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Tarja en Barcelona: “Emoción y clásicos”

Tarja en Barcelona: “Emoción y clásicos”

Desde el momento en que las puertas de la Razzmatazz se abren a las 17:45h y el aire fresco de Barcelona se mezcla con el calor expectante de la sala […]

Cryptopsy en Copenhague: “El pasado que todavía mata”

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Como ya se habló varias veces en estas reseñas, muchas bandas apelan a la nostalgia para mantener firmes sus carreras. Esto generalmente atrae a los viejos fans al concierto, demostrando […]

Born Of Osiris en Copenhague: “Contra la corriente del deathcore moderno”

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Hoy en día hay una nueva generación de deathcore que acapara gran parte del mercado de la música extrema actual. Bandas como Slaughter to Prevail o Lorna Shore llenan estadios y lideran festivales. Pero […]

Legion D.C. en Barcelona: “Cenizas a las Cenizas”

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Seis años después de su retorno a los campos de batalla, los thrashers catalanes han protagonizado estos dos últimos años disputas, juicios y divergencias entre sus dos miembros fundadores. Hechos […]

Terror en Buenos Aires: “Autentica muestra de descontrol y hardcore”

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Foto de Portada: CuervoDeth (Gentileza Metal-Argento) Pocas veces se tiene la oportunidad de asistir a un recital de tal intensidad y descontrol, como el que se vivió el pasado jueves […]

Jinjer en Glasgow: “El nuevo álbum Duel toma el control del SWG3”

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El grupo ucraniano de metalcore progresivo Jinjer emprendió su más reciente gira europea para marcar el lanzamiento de su nuevo álbum Duel. El cuarteto llegó al siempre popular recinto tipo […]

Heidenfest 2026 en Barcelona: “Bailoteo, Birra y Amistad”

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El Heidenfest 2026 en la sala Salamandra no solo fue un despliegue de metal extremo, sino una travesía cultural que comenzó con el abordaje de The Dread Crew of Oddwood, quienes demostraron que […]

Epica en Barcelona: “En lo mas alto del metal sinfonico”

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La encargada de abrir la noche en Razzmatazz fue Charlotte Wessels, presentando su etapa en solitario ante un público que fue entrando poco a poco en la sala. Su actuación […]

Kim Dracula en Barcelona: “El Diablo de Tasmania arrasó con la sala Razzmatazz”

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El pasado 27 de enero asistimos a uno de los conciertos que considero que ha pasado más desapercibido debido al gran número de shows que tenemos en este inicio de […]

Lorna Shore en Praga: “Desatando el infierno”

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Texto: Christopher Wilke Ir de Bratislava a Praga para cubrir a Lorna Shore tenía un punto especial, primer cobertura para Track To Hell (si bien ya he acompañado a nuestro […]


Tarja en Barcelona: “Emoción y clásicos”
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Desde el momento en que las puertas de la Razzmatazz se abren a las 17:45h y el aire fresco de Barcelona se mezcla con el calor expectante de la sala repleta, asumo mi lugar en la pista para dar comienzo a una odisea que trasciende lo musical. Eran las 18:05h, pero para Serpentyne el reloj no marcaba el inicio de un set, sino el momento de fracturar el presente para invocar un mundo que ya no existe. Su labor en esta gira 2026 trasciende el simple calentamiento del ambiente; son los arquitectos de una atmósfera donde el metal sinfónico se funde con el mito. Al frente, Maggiebeth Sand no solo canta, sino que actúa como una suma sacerdotisa que canaliza la historia a través de su voz y las cuerdas ancestrales de la nyckelharpa. A su flanco, Lee Wilmer en la guitarra y Nigel Middleton al bajo trazan líneas de fuerza que sostienen la estructura sonora, mientras John Haithwaite expande el horizonte desde los teclados. La reciente incorporación de Marco Biagini a la batería ha sido el catalizador definitivo, inyectando una agresividad técnica y una pegada que eleva nuestra propuesta a una dimensión de contundencia inédita.

Ataviados con ropajes que evocan la mística del Medievo y el Renacimiento, transforman y refuerzan la narrativa de guerreras eternas como Boudicca o Juana de Arco. El set, aunque breve, es un viaje transgresor que arranca con la liberación de Away from the World y atraviesa los paisajes espectrales de Spirits of the Desert, la oscuridad de The Dark Queen y la tragedia de Helen of Troy, para culminar en la descarga salvaje de Viking Blood. Lo que Serpentyne entrega es un sonido híbrido: una danza hipnótica entre riffs pesados y arreglos ancestrales que deja al público sumido en un trance de misterio, épica y gloria guerrera.

Sin embargo, el hechizo se rompe de forma magistral cuando el testigo lo recoge Rok Ali and the Addiction. Aquí, la elegancia sinfónica cede el paso a la fuerza bruta de Nashville. Como Alison “Rok Ali” Krebs, me planto ante la multitud con una energía que no pide permiso, apoyada por un auténtico escuadrón de mercenarios del rock que entienden que la pureza está en la ausencia de artificios. No hay samplers, no hay secuencias, no hay red de seguridad: solo el rugido de los amplificadores de válvulas y la electricidad suspendida en el aire. Chris Nix castiga su guitarra con solos que cortan como cristales, mientras la base rítmica de Lee Beverly y Mark Poiesz golpea con una precisión industrial pero llena de alma. Temas como Keep My Secrets, Pulse, Can’t Stop y The Beast se suceden como detonadores en una reacción en cadena, conectando con las fibras más primarias de la audiencia. El sonido es robusto, crudo, noblemente sucio, creando una comunión inmediata donde la energía fluye sin filtros. Cuando finalmente bajamos del escenario, la sala no solo está caliente; está cargada de una estática vibrante, como una atmósfera saturada antes de que el rayo decida dónde golpear.

Y el rayo golpea exactamente a las 19:35h cuando, como Marko Hietala, da un paso al frente bajo los focos. El cambio de densidad es palpable; ya no se trata solo de un concierto, sino de una declaración de principios de un músico que ha recuperado su soberanía absoluta. Con mi bajo de mástil tallado a modo de estandarte, se rodeo del virtuosismo camaleónico de Tuomas Wäinölä, la sofisticada arquitectura sonora de Vili Ollila y el latido tectónico de Anssi Nykänen en la batería. Este show es un ejercicio de honestidad brutal y madurez artística; entre canciones, se tomó un momento para hidratarse, para bromear con el público sobre las cicatrices del tiempo y los beneficios de la sobriedad, dejando que esa claridad vital se filtre en una voz que suena más firme, rica y expansiva que nunca. Frankenstein’s Wife abre el bloque con una teatralidad oscura que eriza la piel, seguida por la sacudida de Rebel of the North y la solidez de Stones. En Impatient Zero, exhibe un músculo técnico que deja sin aliento, pero es en The Dragon Must Die donde ocurre la verdadera magia: la guitarra de doce cuerdas teje una base acústica tan delicada como poderosa, elevando la interpretación a un plano espiritual. Tras la profundidad emocional de Roses From the Deep, cierra  la ceremonia con homenaje a Ozzy con el rugido icónico de War Pigs, una oda a la rebeldía que retumba en los cimientos de la sala, confirmando que, aunque el camino haya sido largo, el espíritu del rock sigue ardiendo con una sabiduría renovada y una fuerza imparable antes de entregarle el alma de la noche a Tarja.

Y entonces llega la hora señalada. A las 21:00h, bajo el manto eléctrico de este 2026, la ciudad deja de ser una coordenada y se transforma en el epicentro de una colisión estelar que llevaba décadas gestándose. Yo me descubro parte de una hermandad de almas expectantes cuando Tarja Turunen toma el escenario. No entra, se manifiesta. La emperatriz de hielo y fuego se presenta con una calma imponente, consciente de su legado y de su presente, escoltada por una guardia pretoriana de virtuosismo absoluto: Doug Wimbish de Living Colour retorciendo el bajo como si manipulara materia oscura, Alex Scholpp levantando muros de fuego con cada acorde, Julián Barrett inyectando pasión desde la guitarra rítmica, Alex Holzwarth marcando el pulso con precisión divina y Guillermo De Medio envolviendo todo en texturas sinfónicas que abrazan la sala como un sudario de estrellas. El arranque con “Eye of the Storm”, “Undertaker” y “500 Letters” es una declaración de dominio, y Tarja rompe cualquier barrera al tomar el móvil de un fan y capturar el momento desde el escenario, recordándonos que la grandeza también puede ser cercana. Tras “Crimson Deep”, “Demons in You” y “Victim of Ritual”, la noche gira hacia dentro, hacia el núcleo emocional que terminará definiéndolo todo.

El escenario se adelanta, las luces se suavizan y la banda se sienta en taburetes en primera fila, al mismo nivel que nosotros. No hay distancia, no hay escudos. El set acústico se convierte en un confesionario colectivo, un momento de verdad absoluta. “The Crying Moon” flota frágil y mística, con la voz de Tarja desnuda, cortando el silencio como una hoja de obsidiana; “Feel for You” se transforma en una caricia íntima, sostenida por arreglos contenidos y miradas cómplices; “Eagle Eye” actúa como un puente espiritual que suspende el tiempo y une las respiraciones de toda la sala. Y entonces llega “Higher Than Hope”. Sentados juntos, Tarja y Marko Hietala entrelazan voces y cicatrices en una interpretación que trasciende la nostalgia para convertirse en redención. La canción de Nightwish, despojada de su épica original, se vuelve humana, casi terapéutica, elevada por los arreglos sutiles de Guillermo De Medio y el pulso delicado de Wimbish, mientras Scholpp y Barrett tejen un nido de cuerdas perfecto. No hay gritos, no hay histeria: hay silencio reverente, piel erizada y una emoción que pesa toneladas.

Cuando la calma se rompe y la aplanadora heavy vuelve a ponerse en marcha con otro hit de Nightwish “Wishmaster”, el impacto es sísmico. Los móviles se alzan como luciérnagas en trance y el reencuentro entre Tarja y Marko en “Slaying the Dreamer” y “Silent Masquerade” confirma que su química es una fuerza de la naturaleza, inmune al paso del tiempo. Tarja abandona brevemente el escenario y regresa convertida en la diva absoluta, envuelta en un corse de cuero y falda negro como la noche, imponiendo autoridad con cada gesto. El tramo final es una embestida implacable: “Dead Promises”, “Wish I Had an Angel” otra del cancionero Nightwish y “Until My Last Breath” caen como martillazos finales que sellan la noche. No fue simplemente un concierto; fue un rito de paso, una ceremonia sagrada donde el tiempo se detuvo para rendir pleitesía a la soberana absoluta del metal sinfónico, cuya voz no es un mero instrumento, sino un puente tendido entre lo terrenal y lo divino. Tarja Turunen se alzó sobre el escenario como la personificación de la resiliencia, fundiendo su majestuosidad nórdica con una calidez humana desbordante que se manifiesta en su profunda conexión con la lengua de Cervantes; ese español que domina con dulzura y que utiliza para derribar cualquier barrera entre el mito y su audiencia. Su presencia es un recordatorio contundente de que la verdadera magnitud de una leyenda no se mide por la técnica —que en ella roza lo sobrenatural— sino por su simpatía genuina y su capacidad de convertir la vulnerabilidad en una armadura invencible. Al final, la mayor fuerza del metal no reside en la distorsión ni en el volumen, sino en la verdad inquebrantable que Tarja se atreve a revelar cuando todo se queda en silencio y solo queda su eco, cargado de gratitud y cercanía, vibrando para siempre en la eternidad.

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Tarja en Barcelona: “Emoción y clásicos”
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Desde el momento en que las puertas de la Razzmatazz se abren a las 17:45h y el aire fresco de Barcelona se mezcla con el calor expectante de la sala repleta, asumo mi lugar en la pista para dar comienzo a una odisea que trasciende lo musical. Eran las 18:05h, pero para Serpentyne el reloj no marcaba el inicio de un set, sino el momento de fracturar el presente para invocar un mundo que ya no existe. Su labor en esta gira 2026 trasciende el simple calentamiento del ambiente; son los arquitectos de una atmósfera donde el metal sinfónico se funde con el mito. Al frente, Maggiebeth Sand no solo canta, sino que actúa como una suma sacerdotisa que canaliza la historia a través de su voz y las cuerdas ancestrales de la nyckelharpa. A su flanco, Lee Wilmer en la guitarra y Nigel Middleton al bajo trazan líneas de fuerza que sostienen la estructura sonora, mientras John Haithwaite expande el horizonte desde los teclados. La reciente incorporación de Marco Biagini a la batería ha sido el catalizador definitivo, inyectando una agresividad técnica y una pegada que eleva nuestra propuesta a una dimensión de contundencia inédita.

Ataviados con ropajes que evocan la mística del Medievo y el Renacimiento, transforman y refuerzan la narrativa de guerreras eternas como Boudicca o Juana de Arco. El set, aunque breve, es un viaje transgresor que arranca con la liberación de Away from the World y atraviesa los paisajes espectrales de Spirits of the Desert, la oscuridad de The Dark Queen y la tragedia de Helen of Troy, para culminar en la descarga salvaje de Viking Blood. Lo que Serpentyne entrega es un sonido híbrido: una danza hipnótica entre riffs pesados y arreglos ancestrales que deja al público sumido en un trance de misterio, épica y gloria guerrera.

Sin embargo, el hechizo se rompe de forma magistral cuando el testigo lo recoge Rok Ali and the Addiction. Aquí, la elegancia sinfónica cede el paso a la fuerza bruta de Nashville. Como Alison “Rok Ali” Krebs, me planto ante la multitud con una energía que no pide permiso, apoyada por un auténtico escuadrón de mercenarios del rock que entienden que la pureza está en la ausencia de artificios. No hay samplers, no hay secuencias, no hay red de seguridad: solo el rugido de los amplificadores de válvulas y la electricidad suspendida en el aire. Chris Nix castiga su guitarra con solos que cortan como cristales, mientras la base rítmica de Lee Beverly y Mark Poiesz golpea con una precisión industrial pero llena de alma. Temas como Keep My Secrets, Pulse, Can’t Stop y The Beast se suceden como detonadores en una reacción en cadena, conectando con las fibras más primarias de la audiencia. El sonido es robusto, crudo, noblemente sucio, creando una comunión inmediata donde la energía fluye sin filtros. Cuando finalmente bajamos del escenario, la sala no solo está caliente; está cargada de una estática vibrante, como una atmósfera saturada antes de que el rayo decida dónde golpear.

Y el rayo golpea exactamente a las 19:35h cuando, como Marko Hietala, da un paso al frente bajo los focos. El cambio de densidad es palpable; ya no se trata solo de un concierto, sino de una declaración de principios de un músico que ha recuperado su soberanía absoluta. Con mi bajo de mástil tallado a modo de estandarte, se rodeo del virtuosismo camaleónico de Tuomas Wäinölä, la sofisticada arquitectura sonora de Vili Ollila y el latido tectónico de Anssi Nykänen en la batería. Este show es un ejercicio de honestidad brutal y madurez artística; entre canciones, se tomó un momento para hidratarse, para bromear con el público sobre las cicatrices del tiempo y los beneficios de la sobriedad, dejando que esa claridad vital se filtre en una voz que suena más firme, rica y expansiva que nunca. Frankenstein’s Wife abre el bloque con una teatralidad oscura que eriza la piel, seguida por la sacudida de Rebel of the North y la solidez de Stones. En Impatient Zero, exhibe un músculo técnico que deja sin aliento, pero es en The Dragon Must Die donde ocurre la verdadera magia: la guitarra de doce cuerdas teje una base acústica tan delicada como poderosa, elevando la interpretación a un plano espiritual. Tras la profundidad emocional de Roses From the Deep, cierra  la ceremonia con homenaje a Ozzy con el rugido icónico de War Pigs, una oda a la rebeldía que retumba en los cimientos de la sala, confirmando que, aunque el camino haya sido largo, el espíritu del rock sigue ardiendo con una sabiduría renovada y una fuerza imparable antes de entregarle el alma de la noche a Tarja.

Y entonces llega la hora señalada. A las 21:00h, bajo el manto eléctrico de este 2026, la ciudad deja de ser una coordenada y se transforma en el epicentro de una colisión estelar que llevaba décadas gestándose. Yo me descubro parte de una hermandad de almas expectantes cuando Tarja Turunen toma el escenario. No entra, se manifiesta. La emperatriz de hielo y fuego se presenta con una calma imponente, consciente de su legado y de su presente, escoltada por una guardia pretoriana de virtuosismo absoluto: Doug Wimbish de Living Colour retorciendo el bajo como si manipulara materia oscura, Alex Scholpp levantando muros de fuego con cada acorde, Julián Barrett inyectando pasión desde la guitarra rítmica, Alex Holzwarth marcando el pulso con precisión divina y Guillermo De Medio envolviendo todo en texturas sinfónicas que abrazan la sala como un sudario de estrellas. El arranque con “Eye of the Storm”, “Undertaker” y “500 Letters” es una declaración de dominio, y Tarja rompe cualquier barrera al tomar el móvil de un fan y capturar el momento desde el escenario, recordándonos que la grandeza también puede ser cercana. Tras “Crimson Deep”, “Demons in You” y “Victim of Ritual”, la noche gira hacia dentro, hacia el núcleo emocional que terminará definiéndolo todo.

El escenario se adelanta, las luces se suavizan y la banda se sienta en taburetes en primera fila, al mismo nivel que nosotros. No hay distancia, no hay escudos. El set acústico se convierte en un confesionario colectivo, un momento de verdad absoluta. “The Crying Moon” flota frágil y mística, con la voz de Tarja desnuda, cortando el silencio como una hoja de obsidiana; “Feel for You” se transforma en una caricia íntima, sostenida por arreglos contenidos y miradas cómplices; “Eagle Eye” actúa como un puente espiritual que suspende el tiempo y une las respiraciones de toda la sala. Y entonces llega “Higher Than Hope”. Sentados juntos, Tarja y Marko Hietala entrelazan voces y cicatrices en una interpretación que trasciende la nostalgia para convertirse en redención. La canción de Nightwish, despojada de su épica original, se vuelve humana, casi terapéutica, elevada por los arreglos sutiles de Guillermo De Medio y el pulso delicado de Wimbish, mientras Scholpp y Barrett tejen un nido de cuerdas perfecto. No hay gritos, no hay histeria: hay silencio reverente, piel erizada y una emoción que pesa toneladas.

Cuando la calma se rompe y la aplanadora heavy vuelve a ponerse en marcha con otro hit de Nightwish “Wishmaster”, el impacto es sísmico. Los móviles se alzan como luciérnagas en trance y el reencuentro entre Tarja y Marko en “Slaying the Dreamer” y “Silent Masquerade” confirma que su química es una fuerza de la naturaleza, inmune al paso del tiempo. Tarja abandona brevemente el escenario y regresa convertida en la diva absoluta, envuelta en un corse de cuero y falda negro como la noche, imponiendo autoridad con cada gesto. El tramo final es una embestida implacable: “Dead Promises”, “Wish I Had an Angel” otra del cancionero Nightwish y “Until My Last Breath” caen como martillazos finales que sellan la noche. No fue simplemente un concierto; fue un rito de paso, una ceremonia sagrada donde el tiempo se detuvo para rendir pleitesía a la soberana absoluta del metal sinfónico, cuya voz no es un mero instrumento, sino un puente tendido entre lo terrenal y lo divino. Tarja Turunen se alzó sobre el escenario como la personificación de la resiliencia, fundiendo su majestuosidad nórdica con una calidez humana desbordante que se manifiesta en su profunda conexión con la lengua de Cervantes; ese español que domina con dulzura y que utiliza para derribar cualquier barrera entre el mito y su audiencia. Su presencia es un recordatorio contundente de que la verdadera magnitud de una leyenda no se mide por la técnica —que en ella roza lo sobrenatural— sino por su simpatía genuina y su capacidad de convertir la vulnerabilidad en una armadura invencible. Al final, la mayor fuerza del metal no reside en la distorsión ni en el volumen, sino en la verdad inquebrantable que Tarja se atreve a revelar cuando todo se queda en silencio y solo queda su eco, cargado de gratitud y cercanía, vibrando para siempre en la eternidad.

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Møl
Dreamcrush (2026)
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Setting Fire to the Sky (2026)
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Liturgy of Death (2026)
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Crystal Lake
The Weight Of Sound (2026)

 

 



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