


La atmósfera del recinto se transformó en un bastión medieval cuando las luces se fundieron a negro y las notas solemnes de la intro de “The Last Kingdom” comenzaron a resonar, marcando el inicio de la liturgia de Hammer King. La formación alemana no entró al escenario simplemente para tocar; entró para reclamar su trono.
Con un estruendo de acero, la banda arrancó con “King for a Day”, un trallazo de power metal que puso las cartas sobre la mesa: ritmos galopantes, estribillos coreables y una entrega física absoluta. Su carismático líder y vocalista, Titan Fox V, apareció ataviado con su característica indumentaria real, alzando su voz con potencia envidiable mientras blandía el martillo sagrado, símbolo inequívoco de la banda, que los fans de las primeras filas replicaban en versiones imaginarias manos en alto.
Sin dar respiro, encadenaron “Make Metal Royal Again”, un auténtico manifiesto de intenciones en el que las guitarras se entrelazaron en armonías hercúleas, demostrando que el espíritu de los grandes clásicos del género sigue vivo. La actuación no escatimó en teatralidad: entre la bruma del escenario, la figura del Verdugo Real hacía apariciones esporádicas, añadiendo una capa de misticismo y peligro, mientras las proyecciones y la actitud de los músicos evocaban la protección de las Doncellas del Reino.
Con “Kingdom of Hammers and Kings” y la agresiva “Pariah Is My Name”, el grupo demostró una cohesión sonora asombrosa, sostenida por una base rítmica que golpeaba como un yunque en cada compás.
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El ecuador del concierto llegó con la majestuosa “König und Kaiser”, interpretada con un orgullo que contagió a toda la sala, seguida de la demoledora “Hammerschlag”, donde los saltos y el headbanging fueron la respuesta unánime del público. Uno de los momentos más sorprendentes y celebrados del repertorio fue la versión de “Danger Zone”, de Kenny Loggins: la banda logró transformar un clásico del pop-rock de los ochenta en un himno de metal pesado, acelerando las pulsaciones antes de encarar la recta final con “Hoheitsgebiet”.
Para el cierre, Hammer King reservó su artillería pesada con “Kingdom of the Hammer King”, un broche épico en el que la comunión entre la banda y sus “súbditos” fue total. Como gesto final, lanzaron monedas de color oro, impresas con su nombre, dejando el pabellón en lo más alto mientras la outro de “The Last Kingdom” despedía a los músicos entre una ovación cerrada.
Los alemanes no solo caldearon el ambiente: ofrecieron un espectáculo de primer nivel, dejando claro que su monarquía del acero es legítima y que el martillo sigue golpeando con la misma fuerza que el primer día.
Las nuevas doncellas del Heavy Metal, Burning Witches, desembarcaron con autoridad en el marco del “Witches and the King Tour 2026”, rubricando una actuación que no solo confirmó su excelente estado de forma, sino que las consolida como una de las formaciones más sólidas y convincentes del heavy metal contemporáneo. Lejos de limitarse a una propuesta estética potente, el quinteto demostró sobre las tablas que su verdadero poder reside en la conjunción de talento instrumental, disciplina escénica y una fe inquebrantable en el legado clásico del género.
El ritual comenzó con la intro “Sanguini Hominum”, una atmósfera densa y ceremonial que envolvió la sala en un halo oscuro, preparando el terreno para una descarga de puro acero. La irrupción con “Soul Eater” fue inmediata y demoledora: la base rítmica formada por Lala Frischknecht y Jeanine Grob se mostró compacta, precisa y musculosa. Lala ejecutó cada golpe con una firmeza casi marcial, alternando potencia y control con una solvencia admirable, mientras que el bajo de Jeanine no se limitó a acompañar, sino que añadió cuerpo, profundidad y un pulso firme que sostuvo cada riff con autoridad. Juntas construyeron un andamiaje sonoro robusto, sobre el cual el resto de la banda pudo desplegar toda su artillería.
En el centro del huracán apareció Laura Guldemond, indiscutible maestra de ceremonias. Más allá de su carisma arrollador y su constante conexión con el público, Laura volvió a demostrar que es una vocalista de primer nivel dentro del heavy metal actual. Su registro es amplio, poderoso y perfectamente proyectado; domina los agudos con limpieza y agresividad, pero también sabe modular y matizar cuando la canción lo requiere. En “Shame” y la ya icónica “Dance With the Devil”, combinó potencia clásica con un fraseo lleno de intención, alternando ataques afilados con líneas melódicas impecables que evocan la tradición del heavy ochentero sin caer en la imitación. Su control de la respiración, su resistencia y su capacidad para mantener la intensidad durante todo el show hablan de una intérprete madura, técnicamente preparada y absolutamente entregada.
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En el apartado guitarrístico, Romana Kalkuhl y Courtney Cox ofrecieron una lección de compenetración y técnica. Romana, como fundadora y principal arquitecta del sonido del grupo, exhibió un riffing sólido, cortante y cargado de personalidad. Sus estructuras rítmicas mantienen ese equilibrio entre melodía y contundencia que define el ADN de la banda. Courtney, por su parte, aportó una ejecución precisa y vibrante, con solos llenos de velocidad, feeling y claridad. En “Maiden of Steel” protagonizaron duelos electrizantes, alternando fraseos armónicos, escalas vertiginosas y armonías gemelas que remitieron directamente a la escuela de la NWOBHM, pero con una frescura y una seguridad que evidencian horas de estudio y carretera. No hubo excesos gratuitos: cada solo tuvo sentido narrativo, cada melodía reforzó el carácter épico de las composiciones.
El bloque central del concierto mantuvo una intensidad física casi agotadora. “The Dark Tower” mostró el costado más denso y afilado del grupo, con riffs de corte thrasher que impulsaron un headbanging masivo y perfectamente sincronizado en la sala. Aquí volvió a brillar la precisión colectiva: cambios de ritmo ejecutados con limpieza, dinámicas bien medidas y una sincronía que solo se logra con cohesión real de banda. “Inquisition”, una de las piezas más celebradas de su material reciente, fue recibida con una ovación cerrada y evidenció su capacidad para construir himnos contemporáneos sin renunciar al espíritu clásico.
La agresividad continuó con “Black Widow” y “Evil Witch”, donde Burning Witches reivindicó con orgullo su herencia priestiana bajo el lema “We Stand as One”. Sin embargo, más que simples herederas, demostraron personalidad propia: riffs afilados, estribillos coreables y una puesta en escena que combina teatralidad y convicción. La interacción constante con el público, los gestos cómplices entre las guitarristas y la seguridad de la sección rítmica reforzaron la sensación de estar ante una maquinaria perfectamente engrasada.
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Tras el hipnótico interludio de “The Witch Circle”, que sumergió al público en un trance casi pagano, la banda abandonó momentáneamente el escenario. El silencio fue efímero: un ensordecedor “OE, OE, OE” emergió desde la pista reclamando su regreso. El quinteto volvió con determinación para afrontar los bises, descargando la atronadora “Hexenhammer” con una energía intacta y culminando con la épica “Wings of Steel”, donde las melodías elevadas y el empuje rítmico reafirmaron su capacidad para construir finales memorables.
El clímax visual llegó con la aparición de una figura de bruja entre sombras, acechando a la banda hasta que un monje irrumpió portando su cabeza cercenada, un recurso teatral impactante que reforzó el imaginario oscuro y conceptual del grupo. No fue un mero adorno escénico, sino una extensión coherente de su propuesta lírica y estética.
El cierre definitivo con “Burning Witches” fue una explosión de fuego, sudor y metal fundido. Con la sala entregada, quedó claro que la banda no solo rinde tributo al pasado glorioso del heavy metal, sino que lo revitaliza con convicción, talento y autenticidad. Virtuosas sin caer en la frialdad técnica, carismáticas sin perder contundencia, Burning Witches demostraron ser músicas disciplinadas, intérpretes apasionadas y auténticas guardianas del acero en pleno 2026.



La atmósfera del recinto se transformó en un bastión medieval cuando las luces se fundieron a negro y las notas solemnes de la intro de “The Last Kingdom” comenzaron a resonar, marcando el inicio de la liturgia de Hammer King. La formación alemana no entró al escenario simplemente para tocar; entró para reclamar su trono.
Con un estruendo de acero, la banda arrancó con “King for a Day”, un trallazo de power metal que puso las cartas sobre la mesa: ritmos galopantes, estribillos coreables y una entrega física absoluta. Su carismático líder y vocalista, Titan Fox V, apareció ataviado con su característica indumentaria real, alzando su voz con potencia envidiable mientras blandía el martillo sagrado, símbolo inequívoco de la banda, que los fans de las primeras filas replicaban en versiones imaginarias manos en alto.
Sin dar respiro, encadenaron “Make Metal Royal Again”, un auténtico manifiesto de intenciones en el que las guitarras se entrelazaron en armonías hercúleas, demostrando que el espíritu de los grandes clásicos del género sigue vivo. La actuación no escatimó en teatralidad: entre la bruma del escenario, la figura del Verdugo Real hacía apariciones esporádicas, añadiendo una capa de misticismo y peligro, mientras las proyecciones y la actitud de los músicos evocaban la protección de las Doncellas del Reino.
Con “Kingdom of Hammers and Kings” y la agresiva “Pariah Is My Name”, el grupo demostró una cohesión sonora asombrosa, sostenida por una base rítmica que golpeaba como un yunque en cada compás.
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El ecuador del concierto llegó con la majestuosa “König und Kaiser”, interpretada con un orgullo que contagió a toda la sala, seguida de la demoledora “Hammerschlag”, donde los saltos y el headbanging fueron la respuesta unánime del público. Uno de los momentos más sorprendentes y celebrados del repertorio fue la versión de “Danger Zone”, de Kenny Loggins: la banda logró transformar un clásico del pop-rock de los ochenta en un himno de metal pesado, acelerando las pulsaciones antes de encarar la recta final con “Hoheitsgebiet”.
Para el cierre, Hammer King reservó su artillería pesada con “Kingdom of the Hammer King”, un broche épico en el que la comunión entre la banda y sus “súbditos” fue total. Como gesto final, lanzaron monedas de color oro, impresas con su nombre, dejando el pabellón en lo más alto mientras la outro de “The Last Kingdom” despedía a los músicos entre una ovación cerrada.
Los alemanes no solo caldearon el ambiente: ofrecieron un espectáculo de primer nivel, dejando claro que su monarquía del acero es legítima y que el martillo sigue golpeando con la misma fuerza que el primer día.
Las nuevas doncellas del Heavy Metal, Burning Witches, desembarcaron con autoridad en el marco del “Witches and the King Tour 2026”, rubricando una actuación que no solo confirmó su excelente estado de forma, sino que las consolida como una de las formaciones más sólidas y convincentes del heavy metal contemporáneo. Lejos de limitarse a una propuesta estética potente, el quinteto demostró sobre las tablas que su verdadero poder reside en la conjunción de talento instrumental, disciplina escénica y una fe inquebrantable en el legado clásico del género.
El ritual comenzó con la intro “Sanguini Hominum”, una atmósfera densa y ceremonial que envolvió la sala en un halo oscuro, preparando el terreno para una descarga de puro acero. La irrupción con “Soul Eater” fue inmediata y demoledora: la base rítmica formada por Lala Frischknecht y Jeanine Grob se mostró compacta, precisa y musculosa. Lala ejecutó cada golpe con una firmeza casi marcial, alternando potencia y control con una solvencia admirable, mientras que el bajo de Jeanine no se limitó a acompañar, sino que añadió cuerpo, profundidad y un pulso firme que sostuvo cada riff con autoridad. Juntas construyeron un andamiaje sonoro robusto, sobre el cual el resto de la banda pudo desplegar toda su artillería.
En el centro del huracán apareció Laura Guldemond, indiscutible maestra de ceremonias. Más allá de su carisma arrollador y su constante conexión con el público, Laura volvió a demostrar que es una vocalista de primer nivel dentro del heavy metal actual. Su registro es amplio, poderoso y perfectamente proyectado; domina los agudos con limpieza y agresividad, pero también sabe modular y matizar cuando la canción lo requiere. En “Shame” y la ya icónica “Dance With the Devil”, combinó potencia clásica con un fraseo lleno de intención, alternando ataques afilados con líneas melódicas impecables que evocan la tradición del heavy ochentero sin caer en la imitación. Su control de la respiración, su resistencia y su capacidad para mantener la intensidad durante todo el show hablan de una intérprete madura, técnicamente preparada y absolutamente entregada.
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En el apartado guitarrístico, Romana Kalkuhl y Courtney Cox ofrecieron una lección de compenetración y técnica. Romana, como fundadora y principal arquitecta del sonido del grupo, exhibió un riffing sólido, cortante y cargado de personalidad. Sus estructuras rítmicas mantienen ese equilibrio entre melodía y contundencia que define el ADN de la banda. Courtney, por su parte, aportó una ejecución precisa y vibrante, con solos llenos de velocidad, feeling y claridad. En “Maiden of Steel” protagonizaron duelos electrizantes, alternando fraseos armónicos, escalas vertiginosas y armonías gemelas que remitieron directamente a la escuela de la NWOBHM, pero con una frescura y una seguridad que evidencian horas de estudio y carretera. No hubo excesos gratuitos: cada solo tuvo sentido narrativo, cada melodía reforzó el carácter épico de las composiciones.
El bloque central del concierto mantuvo una intensidad física casi agotadora. “The Dark Tower” mostró el costado más denso y afilado del grupo, con riffs de corte thrasher que impulsaron un headbanging masivo y perfectamente sincronizado en la sala. Aquí volvió a brillar la precisión colectiva: cambios de ritmo ejecutados con limpieza, dinámicas bien medidas y una sincronía que solo se logra con cohesión real de banda. “Inquisition”, una de las piezas más celebradas de su material reciente, fue recibida con una ovación cerrada y evidenció su capacidad para construir himnos contemporáneos sin renunciar al espíritu clásico.
La agresividad continuó con “Black Widow” y “Evil Witch”, donde Burning Witches reivindicó con orgullo su herencia priestiana bajo el lema “We Stand as One”. Sin embargo, más que simples herederas, demostraron personalidad propia: riffs afilados, estribillos coreables y una puesta en escena que combina teatralidad y convicción. La interacción constante con el público, los gestos cómplices entre las guitarristas y la seguridad de la sección rítmica reforzaron la sensación de estar ante una maquinaria perfectamente engrasada.
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Tras el hipnótico interludio de “The Witch Circle”, que sumergió al público en un trance casi pagano, la banda abandonó momentáneamente el escenario. El silencio fue efímero: un ensordecedor “OE, OE, OE” emergió desde la pista reclamando su regreso. El quinteto volvió con determinación para afrontar los bises, descargando la atronadora “Hexenhammer” con una energía intacta y culminando con la épica “Wings of Steel”, donde las melodías elevadas y el empuje rítmico reafirmaron su capacidad para construir finales memorables.
El clímax visual llegó con la aparición de una figura de bruja entre sombras, acechando a la banda hasta que un monje irrumpió portando su cabeza cercenada, un recurso teatral impactante que reforzó el imaginario oscuro y conceptual del grupo. No fue un mero adorno escénico, sino una extensión coherente de su propuesta lírica y estética.
El cierre definitivo con “Burning Witches” fue una explosión de fuego, sudor y metal fundido. Con la sala entregada, quedó claro que la banda no solo rinde tributo al pasado glorioso del heavy metal, sino que lo revitaliza con convicción, talento y autenticidad. Virtuosas sin caer en la frialdad técnica, carismáticas sin perder contundencia, Burning Witches demostraron ser músicas disciplinadas, intérpretes apasionadas y auténticas guardianas del acero en pleno 2026.












