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Black Label Society en Barcelona: “Despidiendo a Ozzy”
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Texto y fotos: Jaume Estrada

Se sabe que una sala está entregada cuando corea la música de la megafonía. Eso pasaba en Razzmatazz 1 antes de que Black Label Society pisara el escenario, con la gente cantando por encima de los temas de intro como si fueran parte del setlist. Después llegó lo esperado: Zakk Wylde subido a su pedestal, estirando el brazo para grabar la sala con el móvil y, encajadas en el mismo puño, sus figuras de lucha libre de los ochenta con The Ultimate Warrior asomando entre los dedos. Detrás de la máscara y del humo hay un señor con barba hasta el esternón que se lleva los muñecos de gira, y que iba a pasar la siguiente hora y media desenterrando el cancionero de Ozzy Osbourne un martes 4 de agosto, en el mes en que Barcelona debería estar vacía.

Thrown Into Exile
abrieron a las siete en punto ante un cuarto de aforo, con la media hora que les tocaba y ni un minuto más. Su metalcore de California no pretende engañar a nadie: intro grabada y luego “Send Me Below”, “Nihilist” y “Behind The Veil” encadenadas sin dejar respirar, porque cuando eres el primero de tres y el poco público que había en la sala, el silencio entre canciones juega en tu contra. Lo que no vimos venir fue lo de la quinta. Con “You’ve Fallen so Far” el foso se abrió por el centro a petición de la banda y montó un moshpit a las siete y veinte de la tarde, con la sala a un cuarto de capacidad, que es una circunstancia en la que normalmente nadie se pega con nadie. Cerraron con “Declination” habiéndose ganado la noche.

Quince minutos de cambio y a las 19:45 aparecieron Thundermother con la sala ya a tres cuartos, cuarenta minutos aproximadamente y diez canciones para dejarlo todo pisado. Abrieron con “Thunderous” y “Loud and Free” y fueron alternando “Heat Wave”, con “The Road Is Ours” y “Dog From Hell”, y “Dirty & Divine”, con “Take the Power” y “Speaking of the Devil”. Las suecas deben a AC/DC más de lo que cualquier abogado podría defender y no hacen el menor esfuerzo por disimularlo, y ahí está su gracia: chándal ochentero, riffs de tres acordes y un “fucking hot!!” que Linnéa Vikström Egg le grita a un público que ya llenaba el centro de la pista. Cuando ella y Filippa Nässil bajaron al foso a cantar y tocar pegadas a las primeras filas, el turno se les puso de cara. “Driving in Style” cerró cuarenta minutos que dejaron el listón incómodamente alto para lo que venía.

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Media hora larga de montaje después, sonó “Whole Lotta Sabbath” por la PA y entró “Funeral Bell” con la sala llena y apenas un hueco al fondo. Aviso para los que trabajan con cámara: el telón cayó al foso justo al arrancar, así que las primeras fotos del primer tema fueron un poco accidentadas. El arranque va en línea recta, con “Name in Blood”, “Destroy & Conquer”, “A Love Unreal” y “Heart of Darkness” pegadas casi sin aire. Los dos temas de “Engines of Demolition” aguantaron bien la comparación con el resto del set y hubo gente coreando algún estribillo, lo cual para un disco recién salido es más de lo que consigue la mayoría.

Conviene detenerse en el sonido, porque en esta sala no se puede dar por hecho. La voz de Wylde salió por delante de la banda toda la noche, sin peleas con las guitarras, y los cuatro sonaron como un bloque en el que se distinguía cada pieza. La iluminación estuvo por encima de lo que suele verse en una sala de estas dimensiones, con la columna de calaveras coronada por una cruz y los cenitales trabajando en rojo. Cuando el técnico hace su trabajo la crónica se queda sin queja, mi sentido aplaudo.

Y luego llega “No More Tears” y el concierto se convierte en otra cosa. Al terminar, desde el fondo empezó a subir el nombre de Ozzy Osbourne coreado, y ahí quedó claro para qué había venido la gente. No es nostalgia de segunda mano: Wylde puso la guitarra y buena parte de la escritura en los discos de Osbourne desde “No Rest for the Wicked” hasta “Ozzmosis”, y no dejó pasar un solo tema sin señalar hacia arriba al acabarlo. “In This River” fue el pico de la noche junto con el final, con él al piano y los hermanos Abbott ocupando las pantallas laterales de principio a fin, y de rebote saca a relucir esa parte del ADN  del costado sureño de la banda.

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De ahí en adelante manda el músculo. “The Blessed Hellride” llegó en semiacústico y con la guitarra de doble mástil, “Fire It Up” con pelotas hinchables botando sobre las cabezas del foso, que es el recurso menos metal del catálogo y el que más gente pone en movimiento, y “Suicide Messiah” acabó con la sala metida en un “oé, oé, oé” de grada de fútbol. El último tramo lo sostienen los intercambios entre Wylde y Lorina, largos y sin perder el pulso, con los dos escuchándose en lugar de midiéndose. La improvisación final va derivando hasta caer en el riff de “Black Sabbath”, y de ahí a “Stillborn”, grabada en 2003 con la voz de Osbourne encima y recibida como el himno que es. Wylde no había usado el micro para hablar prácticamente en toda la noche, así que se despidió como acostumbra: el puño en el pecho para contestar a las ovaciones, la señal de la cruz y unos segundos de rodillas con la cabeza baja.

Cumplió con lo que se le pedía. Sonó bien, se vio bien y los tramos dedicados a Osbourne justificaron la entrada por sí solos, con un público que llegó cantando y se fue cantando. Ochenta y cinco minutos, trece canciones y ningún bis para una banda con catorce discos y treinta y cinco años a la espalda. El homenaje salió redondo.

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Black Label Society en Barcelona: “Despidiendo a Ozzy”
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Texto y fotos: Jaume Estrada

Se sabe que una sala está entregada cuando corea la música de la megafonía. Eso pasaba en Razzmatazz 1 antes de que Black Label Society pisara el escenario, con la gente cantando por encima de los temas de intro como si fueran parte del setlist. Después llegó lo esperado: Zakk Wylde subido a su pedestal, estirando el brazo para grabar la sala con el móvil y, encajadas en el mismo puño, sus figuras de lucha libre de los ochenta con The Ultimate Warrior asomando entre los dedos. Detrás de la máscara y del humo hay un señor con barba hasta el esternón que se lleva los muñecos de gira, y que iba a pasar la siguiente hora y media desenterrando el cancionero de Ozzy Osbourne un martes 4 de agosto, en el mes en que Barcelona debería estar vacía.

Thrown Into Exile
abrieron a las siete en punto ante un cuarto de aforo, con la media hora que les tocaba y ni un minuto más. Su metalcore de California no pretende engañar a nadie: intro grabada y luego “Send Me Below”, “Nihilist” y “Behind The Veil” encadenadas sin dejar respirar, porque cuando eres el primero de tres y el poco público que había en la sala, el silencio entre canciones juega en tu contra. Lo que no vimos venir fue lo de la quinta. Con “You’ve Fallen so Far” el foso se abrió por el centro a petición de la banda y montó un moshpit a las siete y veinte de la tarde, con la sala a un cuarto de capacidad, que es una circunstancia en la que normalmente nadie se pega con nadie. Cerraron con “Declination” habiéndose ganado la noche.

Quince minutos de cambio y a las 19:45 aparecieron Thundermother con la sala ya a tres cuartos, cuarenta minutos aproximadamente y diez canciones para dejarlo todo pisado. Abrieron con “Thunderous” y “Loud and Free” y fueron alternando “Heat Wave”, con “The Road Is Ours” y “Dog From Hell”, y “Dirty & Divine”, con “Take the Power” y “Speaking of the Devil”. Las suecas deben a AC/DC más de lo que cualquier abogado podría defender y no hacen el menor esfuerzo por disimularlo, y ahí está su gracia: chándal ochentero, riffs de tres acordes y un “fucking hot!!” que Linnéa Vikström Egg le grita a un público que ya llenaba el centro de la pista. Cuando ella y Filippa Nässil bajaron al foso a cantar y tocar pegadas a las primeras filas, el turno se les puso de cara. “Driving in Style” cerró cuarenta minutos que dejaron el listón incómodamente alto para lo que venía.

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Conviene detenerse en el sonido, porque en esta sala no se puede dar por hecho. La voz de Wylde salió por delante de la banda toda la noche, sin peleas con las guitarras, y los cuatro sonaron como un bloque en el que se distinguía cada pieza. La iluminación estuvo por encima de lo que suele verse en una sala de estas dimensiones, con la columna de calaveras coronada por una cruz y los cenitales trabajando en rojo. Cuando el técnico hace su trabajo la crónica se queda sin queja, mi sentido aplaudo.

Y luego llega “No More Tears” y el concierto se convierte en otra cosa. Al terminar, desde el fondo empezó a subir el nombre de Ozzy Osbourne coreado, y ahí quedó claro para qué había venido la gente. No es nostalgia de segunda mano: Wylde puso la guitarra y buena parte de la escritura en los discos de Osbourne desde “No Rest for the Wicked” hasta “Ozzmosis”, y no dejó pasar un solo tema sin señalar hacia arriba al acabarlo. “In This River” fue el pico de la noche junto con el final, con él al piano y los hermanos Abbott ocupando las pantallas laterales de principio a fin, y de rebote saca a relucir esa parte del ADN  del costado sureño de la banda.

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