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Göteborg Brinner 2026: “Una carta de despedida a Tomas Lindberg”
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Gotemburgo es una ciudad preciosa, llena de canales, flores y con un cielo gigante cuajado de nubes. También es la cantera de algunas de las mejores bandas de Metal del mundo y de hecho la cuna del “sonido de Gotemburgo” en cuanto a Death Metal Melódico. In Flames no podría haber elegido lugar mejor para promocionar este festival y compartirlo con sus bandas amigas: nos han invitado a su propia casa.

Con una cola kilométrica, que casi conectaba el puerto de Frihamnen con la Estación Central de Ferrocarril, el festival abre sus puertas a las 12 en punto y pronto va admitiendo a los entregados fans, tanto locales como llegados de 134 países del mundo. Un rotundo éxito de convocatoria que agotó las plazas premium y prácticamente todas las normales, con un aforo aproximado de 10.000 personas. A ellos se sumaron algunos aficionados y curiosos que pudieron escuchar (aunque no ver) el escenario principal desde el puente de Hisingsbron.

Una puerta con cuatro antorchas de fuego nos daba la bienvenida a una explanada enorme y acogedora, con varios puntos para selfies, como el clásico caballo gotemburgués, tatuado en rojo y negro para la ocasión; el esqueleto monstruoso atravesando el suelo; o varios espejos con el logo del festival. Mucha limpieza, buenos baños, fuentes gratuitas, una oferta increíble de comida internacional y una enorme tienda de merchandise que no paraba de facturar. 

Aunque obviamente la gran mayoría de asistentes llevaban camisetas de In Flames, convocantes y absolutos protagonistas de la velada, debo decir que aquellos que corrieron a la primera fila y aguantaron como guerreros desde el mediodía, llevaban en su mayoría las de Avatar, y es que esta troupe causa adicción.

Se ofreció un line-up de ocho bandas en dos escenarios diferentes y sin solapamiento alguno, algo muy de agradecer y que demuestra el mimo con el que se ha creado este tercer Brinner (tras Borgholm y Dalhalla). Esto propiciaba que, entre actuaciones, gran parte del público se trasladara de zona a zona, aprovechando para disfrutar de los servicios del festival y permitiendo a los equipos de limpieza hacer su trabajo. Aún así los suecos beben fuerte, y en festivales más, así que nada podía impedir que el suelo se tapizara una y otra vez de latas de cerveza pisoteadas.

¡Y empieza el metal! Los islandeses Múr golpean con fuerza en el escenario secundario y bajo techo, con una excelente cantidad de asistentes para lo temprano de la hora. Un post-metal vanguardista y atmosférico, que agradó a sus adeptos y sin duda cosechó un buen puñado de nuevos seguidores.

Una servidora visita el puesto de churros y se cruza con el mismísimo Johannes Eckerström paseando como si nada. En redes sociales nos llegan noticias de que entre el público y en el backstage también hay miembros de Orbit Culture, Trivium, Sabaton, At the Gates y otras personalidades.

Tras esto, arranca el escenario principal, compuesto exclusivamente por bandas suecas. Raised Fist recibe una cálida bienvenida, mientras el carismático y pálido Alexander “Alle” Hagman comienza a ponerse literalmente rojo con el abrasador sol, que nos regalaba inusitadamente el país nórdico. Pura energía de hardcore punk, saltos, golpes de karate y un mensaje de paz y de rechazo al odio en las redes sociales, que llegaba al corazón pese al escaso sueco que soy capaz de comprender. También dedicaron a alguien el “cumpleaños feliz” tradicional del país y saludaron con efusividad al staff de un gimnasio local, devotos de la banda. Sin duda desperezaron al público mañanero con éxitos como “Perfectly Broken” o “Anthem”, antes de dar paso al bloque de Death Metal Melódico de Gotemburgo (ellos son de Luleå, mucho más al norte).

Es el turno de los portugueses Gaerea en el escenario secundario. Su concierto fue un rito casi religioso a mitad de tarde. El fuerte viento marino de Frihamnen le dio un toque cinemático a sus capas y capuchas negras, mientras descargaban “Coma”. El sonido fue impecable y consiguieron que su público alcanzara la catarsis.

De vuelta en el primer escenario, aparecen los gotemburgueses Dark Tranquillity con una gran ovación. Están en su casa: se han criado allí mismo, visitando el cercano parque de Jubileum y bañándose justo ahí, en el Bananpiren. Y se nota. Gente de todo el mundo ha venido a verlos, pero los aplausos más cálidos son los de sus propios compatriotas.

Mikael Stanne volvió a demostrar por qué es el vocalista más querido y sonriente de la escena extrema, combinando la rabia de sus voces rasgadas, con pasajes limpios de una cautivadora sensibilidad melancólica. “Atoma” es por supuesto uno de los clímax del día.

Una actuación muy cálida y llena de belleza, que culmina con una sentida celebración de la vida de Tomas “Tompa” Lindberg. Compañero, inspiración y amigo personal. En palabras de Stanne, “sin él, yo no estaría aquí,  ninguna de estas bandas estaría hoy aquí y no existiría tal cosa como la escena de Gotemburgo”. A él se sumó Anders Fridén, vocalista de In Flames, y juntos cantaron “Blinded by fear” sobre un montaje de fotografías de Lindberg, exaltando la memoria, el duelo y el orgullo de pertenecer a una escuela musical única, y haciendo que a muchos nos explotara el corazón hasta dejar salir las lágrimas. 

Grandes emociones en Gotemburgo, que cambiaba de ritmo para recibir a los enormes Napalm Death. La banda de Birmingham se robó a buena parte del público, convirtiendo el segundo escenario en un auténtico hervidero. La sensación de cercanía e intensidad fue brutal. El mosh pit que se organizó durante su set fue, de lejos, el más caótico y salvaje de todo el festival.

Mark “Barney” Greenway, se adueñó del escenario con sus característicos bailes espasmódicos y frenéticos, funcionando como un torbellino de pura adrenalina. Entre descarga y descarga de rabia sonora, ofreció sus breves pero contundentes alegatos antibélicos, antifascistas y en favor de la empatía humana: un alma muy presente en todo el festival.

Mientras, en el escenario principal, un pequeño ejército de técnicos montaban el despliegue de Avatar: su clásica lámpara de bombillas, su batería elevada, los soportes hidráulicos para los micros y una enorme bandera con el logo circense. La banda entró solemne al escenario con “Captain goat” y el viento cargado de polvo que se había levantado repentinamente le voló la capucha a Johannes Eckerström (que permaneció imperturbable). Tras ello, no podía sonar otra cosa que “Let It Burn”, muy apropiada para la temática de fuego transversal a la ocasión. 

Avatar jugaron en otra liga en cuanto a puesta en escena. Salieron a devorarse el escenario con su mezcla única de grotesco vodevil, precisión robótica en cada pulso de batería y su presencia absolutamente magnética que satisfizo a sus acérrimos y atrapó incluso a quienes venían buscando el sonido más clásico. Una actuación muy apretada y sin descanso en la que intercalaron una generosa cantidad de temas, con breves discursos y bromas que sonaban maravillosas en sueco. Johannes más coqueto que nunca, y sin embargo, como siempre, totalmente inspirador y trascendental. Se nota que ellos también se sienten en casa en Gotemburgo, ciudad que varios de ellos siguen habitando y disfrutando como un ciudadano más pese al notable crecimiento internacional de la banda. 

Fue una experiencia memorable y casi perfecta (con un pequeño fallo en la sujeción del micro para los coros de Henrik Sandelin, rápidamente solucionado), aderezada por un gran pogo cuyas olas nos llegaron hasta la primera fila. 

Sin descanso, es ahora el turno de Thrown en el segundo escenario. Los hardcore-punks suecos, esta vez procedentes de Estocolmo, consiguieron reunir un gran aforo, mientras en el principal se realizaban cambios de equipo y se preparaba la gran pirotecnia que vendría después.  Tocaron su setlist de píldoras de 2 minutos (“guilt”, “on the verge”…) y la respuesta de la masa joven fue arrolladora, culminando con un mosh pit brutal.

Atardecía. Media luna enorme y roja, como si también ardiera, se asomó a contemplar el espectáculo. De repente se abrieron los cielos y estalló la tormenta eléctrica que había anunciado la previsión del tiempo: rayos, truenos, lluvia y el fuego de In Flames

Pura energía, devoción y una impresionante pirotecnia arroparon a los absolutos protagonistas de la velada, haciendo botar y bailar bajo la lluvia al personal, gritando a pleno pulmón.

Jugando en casa, como anfitriones y organizadores, salieron con una solidez aplastante y un impacto visual que dejó claro quién mandaba allí. Anders Fridén se mostró visiblemente emocionado y agradecido por la respuesta masiva a este tercer Brinner y primero en su ciudad. El setlist fue un viaje impecable entre las raíces noventeras del melodeath (“Only for the Weak”, temas de Foregone) y sus estribillos más modernos e hímnicos. La compenetración entre Björn Gelotte y Chris Broderick a las guitarras fue milimétrica, y el sonido, arrollador. 

Un momento clave fue la aparición de Matt Heafy, vocalista de Trivium que participó en un nuevo homenaje a Tomas Lindberg, que volvió a arrancar lágrimas entre los que estaban arriba y abajo del escenario. Protagonizó un dueto en “Artifacts of the Black Rain”, tras lo cual sonó “Gyroscope” (por primera vez desde 2012), a la que siguió “Behind Space” con Mikael Stanne… 21 temazos en el setlist más generoso y esperado de la velada.

La efigie de “Tompa” cerró el festival, firmando esta experiencia como una carta de despedida de sus colegas y amigos. Dejando claro que su legado vivirá por siempre.

Para los que aún tenían energías, una afterparty con DJ tuvo lugar en el escenario secundario, afortunadamente techado, mientras el resto de la multitud se marchaba cerrando bien sus chubasqueros.

Pese al carácter internacional del festival, su sabor ha sido eminentemente sueco. Las bandas del escenario principal hablaron casi exclusivamente en este idioma (salvo las pequeñas excepciones recordando a Tomas Lindberg). Y también las vibraciones y el civismo del público hacían gala del carácter propio de Gotemburgo. Hasta los crowdsurfers mantuvieron un educado orden nórdico, perfectamente posicionados en la fila central y magistralmente recogidos por el staff de seguridad, que también mimó a las primera filas ofreciendo agua frecuentemente. Un momento entrañable fue ver a un rubísimo jovencito sueco, probablemente estrenándose en su primer viaje sobre las olas del público, escoltado de cerca por su padre.

Enorme pero acogedor. Ardiente y húmedo. Oscuro y lleno de alma. Una experiencia de contrastes única, que ha dejado mi corazón inflamado para toda la eternidad.

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Göteborg Brinner 2026: “Una carta de despedida a Tomas Lindberg”
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Gotemburgo es una ciudad preciosa, llena de canales, flores y con un cielo gigante cuajado de nubes. También es la cantera de algunas de las mejores bandas de Metal del mundo y de hecho la cuna del “sonido de Gotemburgo” en cuanto a Death Metal Melódico. In Flames no podría haber elegido lugar mejor para promocionar este festival y compartirlo con sus bandas amigas: nos han invitado a su propia casa.

Con una cola kilométrica, que casi conectaba el puerto de Frihamnen con la Estación Central de Ferrocarril, el festival abre sus puertas a las 12 en punto y pronto va admitiendo a los entregados fans, tanto locales como llegados de 134 países del mundo. Un rotundo éxito de convocatoria que agotó las plazas premium y prácticamente todas las normales, con un aforo aproximado de 10.000 personas. A ellos se sumaron algunos aficionados y curiosos que pudieron escuchar (aunque no ver) el escenario principal desde el puente de Hisingsbron.

Una puerta con cuatro antorchas de fuego nos daba la bienvenida a una explanada enorme y acogedora, con varios puntos para selfies, como el clásico caballo gotemburgués, tatuado en rojo y negro para la ocasión; el esqueleto monstruoso atravesando el suelo; o varios espejos con el logo del festival. Mucha limpieza, buenos baños, fuentes gratuitas, una oferta increíble de comida internacional y una enorme tienda de merchandise que no paraba de facturar. 

Aunque obviamente la gran mayoría de asistentes llevaban camisetas de In Flames, convocantes y absolutos protagonistas de la velada, debo decir que aquellos que corrieron a la primera fila y aguantaron como guerreros desde el mediodía, llevaban en su mayoría las de Avatar, y es que esta troupe causa adicción.

Se ofreció un line-up de ocho bandas en dos escenarios diferentes y sin solapamiento alguno, algo muy de agradecer y que demuestra el mimo con el que se ha creado este tercer Brinner (tras Borgholm y Dalhalla). Esto propiciaba que, entre actuaciones, gran parte del público se trasladara de zona a zona, aprovechando para disfrutar de los servicios del festival y permitiendo a los equipos de limpieza hacer su trabajo. Aún así los suecos beben fuerte, y en festivales más, así que nada podía impedir que el suelo se tapizara una y otra vez de latas de cerveza pisoteadas.

¡Y empieza el metal! Los islandeses Múr golpean con fuerza en el escenario secundario y bajo techo, con una excelente cantidad de asistentes para lo temprano de la hora. Un post-metal vanguardista y atmosférico, que agradó a sus adeptos y sin duda cosechó un buen puñado de nuevos seguidores.

Una servidora visita el puesto de churros y se cruza con el mismísimo Johannes Eckerström paseando como si nada. En redes sociales nos llegan noticias de que entre el público y en el backstage también hay miembros de Orbit Culture, Trivium, Sabaton, At the Gates y otras personalidades.

Tras esto, arranca el escenario principal, compuesto exclusivamente por bandas suecas. Raised Fist recibe una cálida bienvenida, mientras el carismático y pálido Alexander “Alle” Hagman comienza a ponerse literalmente rojo con el abrasador sol, que nos regalaba inusitadamente el país nórdico. Pura energía de hardcore punk, saltos, golpes de karate y un mensaje de paz y de rechazo al odio en las redes sociales, que llegaba al corazón pese al escaso sueco que soy capaz de comprender. También dedicaron a alguien el “cumpleaños feliz” tradicional del país y saludaron con efusividad al staff de un gimnasio local, devotos de la banda. Sin duda desperezaron al público mañanero con éxitos como “Perfectly Broken” o “Anthem”, antes de dar paso al bloque de Death Metal Melódico de Gotemburgo (ellos son de Luleå, mucho más al norte).

Es el turno de los portugueses Gaerea en el escenario secundario. Su concierto fue un rito casi religioso a mitad de tarde. El fuerte viento marino de Frihamnen le dio un toque cinemático a sus capas y capuchas negras, mientras descargaban “Coma”. El sonido fue impecable y consiguieron que su público alcanzara la catarsis.

De vuelta en el primer escenario, aparecen los gotemburgueses Dark Tranquillity con una gran ovación. Están en su casa: se han criado allí mismo, visitando el cercano parque de Jubileum y bañándose justo ahí, en el Bananpiren. Y se nota. Gente de todo el mundo ha venido a verlos, pero los aplausos más cálidos son los de sus propios compatriotas.

Mikael Stanne volvió a demostrar por qué es el vocalista más querido y sonriente de la escena extrema, combinando la rabia de sus voces rasgadas, con pasajes limpios de una cautivadora sensibilidad melancólica. “Atoma” es por supuesto uno de los clímax del día.

Una actuación muy cálida y llena de belleza, que culmina con una sentida celebración de la vida de Tomas “Tompa” Lindberg. Compañero, inspiración y amigo personal. En palabras de Stanne, “sin él, yo no estaría aquí,  ninguna de estas bandas estaría hoy aquí y no existiría tal cosa como la escena de Gotemburgo”. A él se sumó Anders Fridén, vocalista de In Flames, y juntos cantaron “Blinded by fear” sobre un montaje de fotografías de Lindberg, exaltando la memoria, el duelo y el orgullo de pertenecer a una escuela musical única, y haciendo que a muchos nos explotara el corazón hasta dejar salir las lágrimas. 

Grandes emociones en Gotemburgo, que cambiaba de ritmo para recibir a los enormes Napalm Death. La banda de Birmingham se robó a buena parte del público, convirtiendo el segundo escenario en un auténtico hervidero. La sensación de cercanía e intensidad fue brutal. El mosh pit que se organizó durante su set fue, de lejos, el más caótico y salvaje de todo el festival.

Mark “Barney” Greenway, se adueñó del escenario con sus característicos bailes espasmódicos y frenéticos, funcionando como un torbellino de pura adrenalina. Entre descarga y descarga de rabia sonora, ofreció sus breves pero contundentes alegatos antibélicos, antifascistas y en favor de la empatía humana: un alma muy presente en todo el festival.

Mientras, en el escenario principal, un pequeño ejército de técnicos montaban el despliegue de Avatar: su clásica lámpara de bombillas, su batería elevada, los soportes hidráulicos para los micros y una enorme bandera con el logo circense. La banda entró solemne al escenario con “Captain goat” y el viento cargado de polvo que se había levantado repentinamente le voló la capucha a Johannes Eckerström (que permaneció imperturbable). Tras ello, no podía sonar otra cosa que “Let It Burn”, muy apropiada para la temática de fuego transversal a la ocasión. 

Avatar jugaron en otra liga en cuanto a puesta en escena. Salieron a devorarse el escenario con su mezcla única de grotesco vodevil, precisión robótica en cada pulso de batería y su presencia absolutamente magnética que satisfizo a sus acérrimos y atrapó incluso a quienes venían buscando el sonido más clásico. Una actuación muy apretada y sin descanso en la que intercalaron una generosa cantidad de temas, con breves discursos y bromas que sonaban maravillosas en sueco. Johannes más coqueto que nunca, y sin embargo, como siempre, totalmente inspirador y trascendental. Se nota que ellos también se sienten en casa en Gotemburgo, ciudad que varios de ellos siguen habitando y disfrutando como un ciudadano más pese al notable crecimiento internacional de la banda. 

Fue una experiencia memorable y casi perfecta (con un pequeño fallo en la sujeción del micro para los coros de Henrik Sandelin, rápidamente solucionado), aderezada por un gran pogo cuyas olas nos llegaron hasta la primera fila. 

Sin descanso, es ahora el turno de Thrown en el segundo escenario. Los hardcore-punks suecos, esta vez procedentes de Estocolmo, consiguieron reunir un gran aforo, mientras en el principal se realizaban cambios de equipo y se preparaba la gran pirotecnia que vendría después.  Tocaron su setlist de píldoras de 2 minutos (“guilt”, “on the verge”…) y la respuesta de la masa joven fue arrolladora, culminando con un mosh pit brutal.

Atardecía. Media luna enorme y roja, como si también ardiera, se asomó a contemplar el espectáculo. De repente se abrieron los cielos y estalló la tormenta eléctrica que había anunciado la previsión del tiempo: rayos, truenos, lluvia y el fuego de In Flames

Pura energía, devoción y una impresionante pirotecnia arroparon a los absolutos protagonistas de la velada, haciendo botar y bailar bajo la lluvia al personal, gritando a pleno pulmón.

Jugando en casa, como anfitriones y organizadores, salieron con una solidez aplastante y un impacto visual que dejó claro quién mandaba allí. Anders Fridén se mostró visiblemente emocionado y agradecido por la respuesta masiva a este tercer Brinner y primero en su ciudad. El setlist fue un viaje impecable entre las raíces noventeras del melodeath (“Only for the Weak”, temas de Foregone) y sus estribillos más modernos e hímnicos. La compenetración entre Björn Gelotte y Chris Broderick a las guitarras fue milimétrica, y el sonido, arrollador. 

Un momento clave fue la aparición de Matt Heafy, vocalista de Trivium que participó en un nuevo homenaje a Tomas Lindberg, que volvió a arrancar lágrimas entre los que estaban arriba y abajo del escenario. Protagonizó un dueto en “Artifacts of the Black Rain”, tras lo cual sonó “Gyroscope” (por primera vez desde 2012), a la que siguió “Behind Space” con Mikael Stanne… 21 temazos en el setlist más generoso y esperado de la velada.

La efigie de “Tompa” cerró el festival, firmando esta experiencia como una carta de despedida de sus colegas y amigos. Dejando claro que su legado vivirá por siempre.

Para los que aún tenían energías, una afterparty con DJ tuvo lugar en el escenario secundario, afortunadamente techado, mientras el resto de la multitud se marchaba cerrando bien sus chubasqueros.

Pese al carácter internacional del festival, su sabor ha sido eminentemente sueco. Las bandas del escenario principal hablaron casi exclusivamente en este idioma (salvo las pequeñas excepciones recordando a Tomas Lindberg). Y también las vibraciones y el civismo del público hacían gala del carácter propio de Gotemburgo. Hasta los crowdsurfers mantuvieron un educado orden nórdico, perfectamente posicionados en la fila central y magistralmente recogidos por el staff de seguridad, que también mimó a las primera filas ofreciendo agua frecuentemente. Un momento entrañable fue ver a un rubísimo jovencito sueco, probablemente estrenándose en su primer viaje sobre las olas del público, escoltado de cerca por su padre.

Enorme pero acogedor. Ardiente y húmedo. Oscuro y lleno de alma. Una experiencia de contrastes única, que ha dejado mi corazón inflamado para toda la eternidad.

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