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Sun & Thunder 2026: “De Fuengirola a las Islas Feroe en nueve horas”
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El Sun & Thunder volvió a Fuengirola por segundo año. Con un cambio de fecha que, a la vista de cómo se dio el jueves, pudo ser un acierto ya que la mudanza de julio a finales de agosto coincidió con una semana de bajada de temperaturas y un día ligeramente nublado que hizo mucho más llevaderas las nueve horas de festival. Hasta tal punto que, de hecho, la sorpresa llegó al revés de lo esperado: según fue cayendo la tarde empezó a refrescar de verdad, y en la zona de gradas acabó haciendo falta algo de abrigo, algo insólito en la Costa del Sol el 27 de agosto.

A cambio, el recinto ofreció lo que solo él puede ofrecer: el Mediterráneo de fondo, el Castillo Sohail recortado sobre la arena y, ya de noche, una luna llena asomando justo por detrás del escenario. La segunda edición llega además con un modelo distinto: un solo escenario, sin solapamientos, diecisiete bandas en tres días frente a las cuarenta del año pasado, y la primera jornada sirvió para comprobar que la promesa de “menos grupos y más calidad” se traduce, sobre todo, en poder verlo todo sin renunciar a nada.

Airos abrió el festival a las cuatro de la tarde con la papeleta más ingrata del cartel y la única ventaja que compensa todas las demás: son de aquí. Los de Fuengirola llegaron a su propio escenario con un disco debut recién horneado, homónimo, autoeditado, publicado el pasado 11 de abril. Media hora da para poco, pero les dio para presentarlo con “Dogma” y “Amigo”, recuperar dos de los singles con los que se dieron a conocer en 2023 (“Bajo presión” y esa “Andalucía” que reservaron para el final), meter “Cartas de un soldado” y sacarse el as de la manga: la entrada de Noelia Benítez (hermana de Fran, uno de sus guitarristas) para cantar junto a la banda “Flor marchita”, el tema sobre el maltrato que grabaron juntos el año pasado. Delante había un puñado de incondicionales de primera fila con la camiseta del grupo puesta, prueba de que la apuesta local tenía a quien convocar, y desde el escenario cayó un “¡Viva el Málaga CF!” que terminó de situar el partido.

Tempest Saint tomó el relevo a las cinco con el recinto ya notablemente más poblado: la gente iba llegando conforme aflojaba la tarde. Los británicos son un cuarteto de tres años de vida que llega a Fuengirola con un solo disco a la espalda, “Hyperbolized”, y una manera muy poco disimulada de resolver el problema: tocarlo casi entero. Sonaron el tema título, “Never the End”, “From the Ashes, Rise!”, “The Cursed”, “Beggars Belief” y “Dead Ringer”, seis balas de heavy metal clásico servidas sin florituras ni tiempo que perder. Lo más llamativo estaba en el frontal: el cantante salió con chaqueta (que no tardó en cambiar por un chaleco, seguramente agradeciendo el cambio) y con un bastón como atrezzo, un detalle de puesta en escena que en una banda tan joven dice bastante sobre las intenciones. Una propuesta ideal para ir caldeando el ambiente, y la oportunidad de descubrir una banda a la que aquí prácticamente nadie había visto en directo.

Siddharta puso el primer momento de reconocimiento colectivo del día, y no por casualidad: los malagueños llevan veinticinco años en esto y ya habían tocado en este mismo recinto en el Rock The Coast de 2019. Su media hora fue, básicamente, un viaje al principio de todo. Cuatro de los seis temas salieron de “Octubre”, su disco de debut de 2001: “Títere” para abrir, “M.U.A.”, “Nadia” y el propio “Octubre”. Con “No te rindas”, el single de 2020, colándose en segunda posición, y cerrando con “Sueña”, un tema que no aparece. Detalle de familia que solo se pilla estando allí: uno de los guitarristas, Fran Benítez, acababa de tocar hora y media antes con Airos. Lleva casi una década compaginando ambas bandas (ya figuraba en los créditos de “III” en 2016), así que el jueves hizo doblete en su propia ciudad.

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Debler trajo la primera hora completa de música del festival y, con ella, el primer despliegue teatral. Los madrileños llegaron defendiendo “Lacrimosa”, su disco conceptual sobre Isabel Báthory, pero armaron un set que recorrió toda su carrera: arrancaron con la intro y “Bathory”, metieron cuatro cortes más del disco nuevo (“La promesa del mar”, “Mi oscuridad”, “El infierno soy yo” y “Eterna soledad”) y fueron hacia atrás con “Polvo de Estrellas” y “Adictium”, “Nada nos podrá parar” y “La procesión” y ese “Afrodissia” de su disco “Perversso” que funciona ya como su himno de despedida y que apareció escrito en la pantalla del escenario. Sobre las tablas, Rubén Kelsen no cantó solo: Juwdix, la voz femenina del tema que da título a “Lacrimosa” (y autora, además, de la portada del disco), se alternó con él el protagonismo en varios pasajes. El recinto seguía llenándose sin llegar a llenarse del todo.

Eivor fue el motivo por el que mucha gente estaba allí un jueves, y no defraudó. La feroesa llegó a Fuengirola en un momento afortunado: su nuevo disco, “Tungl” (“luna” en feroés), no sale hasta octubre, así que buena parte de lo que sonó era material que casi nadie del recinto había escuchado antes. Y, como si fuese algo planeado, mientras cantaba, la luna llena asomaba justo por detrás del escenario. El repertorio fue el de su gira de verano, casi milimétrico: “Jarðartrá” para abrir, el tambor chamánico en “Salt”, los dos adelantos de “Tungl” (“Drekafljóð” y “Healer”), “Trøllabundin”, “Gullspunnin” y “Falling Free” de propina, con un regalo que no está en todos los conciertos: “The Last Kingdom”, el tema de la serie, que en España funciona especialmente bien. El único pero que podemos poner fue de volumen: el sonido era bueno, pero se quedó algo corto, lo justo para que las conversaciones de alrededor compitieran con lo que pasaba en el escenario. Aun así, hubo noventa minutos de algo que solo se puede llamar magia: canto de garganta, alas de seda, humo y el mar detrás.

Harakiri For The Sky cerró la jornada a las once y media con la propuesta más arriesgada del día, y con un dato que dice mucho del público de este festival: pese a la hora larga de parón entre ambos y pese a que difícilmente existan dos estilos más dispares, el público que se quedó era prácticamente el mismo que había visto a Eivør. Los austriacos hacen post-black metal de temas de diez minutos, y su fuerte no es la pirotecnia sino la asfixia: el vocalista, J.J. Kogler, construyó una atmósfera claustrofóbica y agobiante, retorciéndose en el suelo durante algunos pasajes hasta convertir el concierto en algo más parecido a una performance que a un recital. A oscuras, en una playa, a las doce de la noche de un jueves de agosto: la disonancia entre lo que sonaba y dónde sonaba fue, probablemente, el mejor argumento a favor de este cartel.

La primera jornada del Sun & Thunder 2026 dejó una sensación: la de que el festival ha cambiado su enfoque de manera radical. Un solo escenario y sin solapamientos, lo que significa que nadie tuvo que elegir entre el heavy metal en español de una banda de la propia Fuengirola y el post-black metal austriaco y que una cantante de un pueblo de cuatrocientos habitantes de las Islas Feroe pudo tocar noventa minutos completos sin que nadie mirara el reloj. Lamentablemente, las paradas necesarias entre conciertos para preparar el escenario hacen que el ritmo se corte durante periodos de tiempo que llegan a ser de una hora. Eso sí, el público asistente, aunque escaso para lo que se ofrecía en el día, fue fiel y aguantó durante toda la jornada, manteniéndose la cantidad de asistentes constante desde el momento de mayor afluencia hasta el cierre.

La primera jornada del Sun & Thunder dejó, sobre todo, la sensación de que el festival ha cambiado de enfoque de manera radical. Nadie tuvo que elegir entre el heavy metal en español de una banda de la propia Fuengirola y el post-black metal austriaco, y una cantante de un pueblo de cuatrocientos habitantes de las Islas Feroe pudo tocar noventa minutos completos sin que nadie mirara el reloj. El precio son los parones: las pausas para preparar el escenario entre concierto y concierto llegan a durar una hora, y el ritmo del día se resiente. Aun así, el público, aunque escaso para lo que se ofrecía, respondió con fidelidad, y la afluencia se mantuvo prácticamente igual desde media tarde hasta el cierre.

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Sun & Thunder 2026: “De Fuengirola a las Islas Feroe en nueve horas”
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El Sun & Thunder volvió a Fuengirola por segundo año. Con un cambio de fecha que, a la vista de cómo se dio el jueves, pudo ser un acierto ya que la mudanza de julio a finales de agosto coincidió con una semana de bajada de temperaturas y un día ligeramente nublado que hizo mucho más llevaderas las nueve horas de festival. Hasta tal punto que, de hecho, la sorpresa llegó al revés de lo esperado: según fue cayendo la tarde empezó a refrescar de verdad, y en la zona de gradas acabó haciendo falta algo de abrigo, algo insólito en la Costa del Sol el 27 de agosto.

A cambio, el recinto ofreció lo que solo él puede ofrecer: el Mediterráneo de fondo, el Castillo Sohail recortado sobre la arena y, ya de noche, una luna llena asomando justo por detrás del escenario. La segunda edición llega además con un modelo distinto: un solo escenario, sin solapamientos, diecisiete bandas en tres días frente a las cuarenta del año pasado, y la primera jornada sirvió para comprobar que la promesa de “menos grupos y más calidad” se traduce, sobre todo, en poder verlo todo sin renunciar a nada.

Airos abrió el festival a las cuatro de la tarde con la papeleta más ingrata del cartel y la única ventaja que compensa todas las demás: son de aquí. Los de Fuengirola llegaron a su propio escenario con un disco debut recién horneado, homónimo, autoeditado, publicado el pasado 11 de abril. Media hora da para poco, pero les dio para presentarlo con “Dogma” y “Amigo”, recuperar dos de los singles con los que se dieron a conocer en 2023 (“Bajo presión” y esa “Andalucía” que reservaron para el final), meter “Cartas de un soldado” y sacarse el as de la manga: la entrada de Noelia Benítez (hermana de Fran, uno de sus guitarristas) para cantar junto a la banda “Flor marchita”, el tema sobre el maltrato que grabaron juntos el año pasado. Delante había un puñado de incondicionales de primera fila con la camiseta del grupo puesta, prueba de que la apuesta local tenía a quien convocar, y desde el escenario cayó un “¡Viva el Málaga CF!” que terminó de situar el partido.

Tempest Saint tomó el relevo a las cinco con el recinto ya notablemente más poblado: la gente iba llegando conforme aflojaba la tarde. Los británicos son un cuarteto de tres años de vida que llega a Fuengirola con un solo disco a la espalda, “Hyperbolized”, y una manera muy poco disimulada de resolver el problema: tocarlo casi entero. Sonaron el tema título, “Never the End”, “From the Ashes, Rise!”, “The Cursed”, “Beggars Belief” y “Dead Ringer”, seis balas de heavy metal clásico servidas sin florituras ni tiempo que perder. Lo más llamativo estaba en el frontal: el cantante salió con chaqueta (que no tardó en cambiar por un chaleco, seguramente agradeciendo el cambio) y con un bastón como atrezzo, un detalle de puesta en escena que en una banda tan joven dice bastante sobre las intenciones. Una propuesta ideal para ir caldeando el ambiente, y la oportunidad de descubrir una banda a la que aquí prácticamente nadie había visto en directo.

Siddharta puso el primer momento de reconocimiento colectivo del día, y no por casualidad: los malagueños llevan veinticinco años en esto y ya habían tocado en este mismo recinto en el Rock The Coast de 2019. Su media hora fue, básicamente, un viaje al principio de todo. Cuatro de los seis temas salieron de “Octubre”, su disco de debut de 2001: “Títere” para abrir, “M.U.A.”, “Nadia” y el propio “Octubre”. Con “No te rindas”, el single de 2020, colándose en segunda posición, y cerrando con “Sueña”, un tema que no aparece. Detalle de familia que solo se pilla estando allí: uno de los guitarristas, Fran Benítez, acababa de tocar hora y media antes con Airos. Lleva casi una década compaginando ambas bandas (ya figuraba en los créditos de “III” en 2016), así que el jueves hizo doblete en su propia ciudad.

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Eivor fue el motivo por el que mucha gente estaba allí un jueves, y no defraudó. La feroesa llegó a Fuengirola en un momento afortunado: su nuevo disco, “Tungl” (“luna” en feroés), no sale hasta octubre, así que buena parte de lo que sonó era material que casi nadie del recinto había escuchado antes. Y, como si fuese algo planeado, mientras cantaba, la luna llena asomaba justo por detrás del escenario. El repertorio fue el de su gira de verano, casi milimétrico: “Jarðartrá” para abrir, el tambor chamánico en “Salt”, los dos adelantos de “Tungl” (“Drekafljóð” y “Healer”), “Trøllabundin”, “Gullspunnin” y “Falling Free” de propina, con un regalo que no está en todos los conciertos: “The Last Kingdom”, el tema de la serie, que en España funciona especialmente bien. El único pero que podemos poner fue de volumen: el sonido era bueno, pero se quedó algo corto, lo justo para que las conversaciones de alrededor compitieran con lo que pasaba en el escenario. Aun así, hubo noventa minutos de algo que solo se puede llamar magia: canto de garganta, alas de seda, humo y el mar detrás.

Harakiri For The Sky cerró la jornada a las once y media con la propuesta más arriesgada del día, y con un dato que dice mucho del público de este festival: pese a la hora larga de parón entre ambos y pese a que difícilmente existan dos estilos más dispares, el público que se quedó era prácticamente el mismo que había visto a Eivør. Los austriacos hacen post-black metal de temas de diez minutos, y su fuerte no es la pirotecnia sino la asfixia: el vocalista, J.J. Kogler, construyó una atmósfera claustrofóbica y agobiante, retorciéndose en el suelo durante algunos pasajes hasta convertir el concierto en algo más parecido a una performance que a un recital. A oscuras, en una playa, a las doce de la noche de un jueves de agosto: la disonancia entre lo que sonaba y dónde sonaba fue, probablemente, el mejor argumento a favor de este cartel.

La primera jornada del Sun & Thunder 2026 dejó una sensación: la de que el festival ha cambiado su enfoque de manera radical. Un solo escenario y sin solapamientos, lo que significa que nadie tuvo que elegir entre el heavy metal en español de una banda de la propia Fuengirola y el post-black metal austriaco y que una cantante de un pueblo de cuatrocientos habitantes de las Islas Feroe pudo tocar noventa minutos completos sin que nadie mirara el reloj. Lamentablemente, las paradas necesarias entre conciertos para preparar el escenario hacen que el ritmo se corte durante periodos de tiempo que llegan a ser de una hora. Eso sí, el público asistente, aunque escaso para lo que se ofrecía en el día, fue fiel y aguantó durante toda la jornada, manteniéndose la cantidad de asistentes constante desde el momento de mayor afluencia hasta el cierre.

La primera jornada del Sun & Thunder dejó, sobre todo, la sensación de que el festival ha cambiado de enfoque de manera radical. Nadie tuvo que elegir entre el heavy metal en español de una banda de la propia Fuengirola y el post-black metal austriaco, y una cantante de un pueblo de cuatrocientos habitantes de las Islas Feroe pudo tocar noventa minutos completos sin que nadie mirara el reloj. El precio son los parones: las pausas para preparar el escenario entre concierto y concierto llegan a durar una hora, y el ritmo del día se resiente. Aun así, el público, aunque escaso para lo que se ofrecía, respondió con fidelidad, y la afluencia se mantuvo prácticamente igual desde media tarde hasta el cierre.

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