


El Ripollet Rock Festival se ha consolidado como uno de los eventos de heavy metal y hard rock más longevos y relevantes de Cataluña y de toda la península ibérica. A lo largo de los años, el festival ha mantenido intacta una de sus principales señas de identidad: ofrecer una cita totalmente gratuita y de acceso libre, convirtiendo el Parc dels Pinetons en un punto de encuentro imprescindible para los amantes del rock y el metal.
Y un año más, el emblemático Parc dels Pinetons volvió a convertirse en el epicentro del metal durante la noche del viernes 28 de agosto. Tras el tradicional discurso de apertura de la organización, que dio el pistoletazo de salida a una nueva edición del festival, Leyendärian tomó puntualmente el escenario a las 21:00 h para inaugurar la jornada con su contundente propuesta de folk metal. La formación catalana arrancó con la enigmática «Profecía», una intro épica que captó de inmediato la atención del público y preparó el terreno para la descarga. Sin pausa, «Nimué» desató los primeros saltos de la noche con sus melodías envueltas entre la flauta travesera y el violín, seguida por la fuerza eléctrica de «Caballero Blanco», donde los riffs de guitarra tomaron el protagonismo absoluto.
La cabalgata sonora continuó con «Epona», un corte de raíces celtas muy festivo que aceleró el ritmo del recinto, dando paso a la contundencia rítmica de «Lujuria y Obsesión», que hizo retumbar la base del escenario. En la recta final del show, «Guerreros del Rey» y «El Hijo del Pendragón» sumergieron a los miles de asistentes en una atmósfera de puro power metal combativo, sirviendo de antesala para su tema insignia, «La Forja de una Leyenda», que fue coreado masivamente por la multitud. Como colofón festivo, la banda sorprendió a todos con su acelerada versión de «Gerdundula», de Status Quo, reconvertida hábilmente al folk metal. Fue precisamente durante los últimos compases de este clásico cuando el batería David van Geisel se puso en pie tras su kit y desplegó con orgullo una bandera de Brasil, provocando una ovación cerrada en todo el parque y cerrando una actuación impecable de principio a fin.
La potente formación germana de power metal de Serious Black, integrada por el vocalista Nikola Mijić, los guitarristas Dominik Sebastian y Bob Katsionis, el batería Christian Schichtl y el emblemático bajista y fundador Mario Lochert, irrumpió con fuerza en el escenario del Ripollet Rock. La banda arrancó su descarga de forma arrolladora, encadenando «Akenathon», «Mr. Nightmist», «Metalized» y «Senso Della Vita», cuatro contundentes cartas de presentación que dejaron patente su pegada y solvencia sobre las tablas antes de dar paso a uno de sus grandes himnos, «Serious Black Magic».
Fue en este punto cuando la noche tomó un matiz profundamente emotivo: este festival marcaba un aniversario de lo más especial para el grupo, ya que la propia banda nació hace años en la esquina derecha del backstage de este mismo recinto. Sin embargo, el bajista Mario Lochert, atravesando una frágil situación de salud tras un reciente ataque al corazón, solo pudo interpretar un par de canciones antes de tener que retirarse, recibiendo el cálido e incondicional apoyo de todo el público. Continuando con el show, Nikola presentó una composición dedicada al sueño de ser una auténtica rockstar, inundando el parque con un mar de luces durante la interpretación de la emotiva power ballad «The Story».
La energía volvió a elevarse con la contundencia de «United» y la acelerada «Tonight I’m Ready to Fight», antes de dar paso a un solo de batería que incluyó un intento de beatbox bastante lamentable por parte del percusionista. Sin perder el ritmo, la banda recuperó la tralla pesada con «Last Man Standing» y encaró la recta final con la fulgurante «High and Low». En esta última gema del power metal, el binomio de guitarristas brilló con luz propia bajo los focos, mientras Nikola Mijić ponía a todo el recinto a rugir al compás de sus dinámicos cánticos de «Hey, hey».
La noche en el Ripollet Rock quedará marcada como la fecha en que Crematory hizo su debut en los escenarios españoles. Tras el parón provocado por la pandemia y los reajustes en su formación, el núcleo histórico —Felix Stass en las voces guturales, Markus Jüllich en la batería y Katrin Jüllich en los teclados—, junto a Rolf Munkes en la guitarra solista, tomó el control del escenario para demostrar que su aplastante sonido industrial sigue intacto. El asalto comenzó de manera demoledora con «Destination», encargada de encender la maquinaria germana con sus ritmos pesados y marcados. Sin dar un solo segundo de tregua, empalmaron con «Höllenbrand», un trallazo donde las voces guturales de Felix Stass retumbaron en todo el recinto, desatando la locura en las primeras filas.
Sin embargo, el directo siempre depara sorpresas: justo en este punto de máxima tensión, un fallo técnico en los teclados interrumpió el listado de canciones. Lejos de enfriar el ambiente, la banda tiró de veteranía e interactuó con las miles de personas congregadas hasta solucionar el problema.
Con el equipo de nuevo a punto, reanudaron la descarga con «Raven Calling», recuperando la atmósfera oscura y envolvente que tan bien domina Katrin desde su puesto. La contundencia continuó con «Born», donde la batería de Markus Jüllich funcionó como un martillo pilón, seguida de «Shadowmaker», que terminó de consolidar el sonido denso y potente de la noche. El clímax absoluto de la velada llegó con su himno atemporal: «Tears of Time» fue vociferado a todo pulmón por el público y resultó, sin duda, el punto más alto del show. Era imposible no contagiarse de la energía colectiva cantando cada verso de este clásico del metal gótico.
Aprovechando esa inercia emocional, la banda presentó «The Future Is a Lonely Place», mostrando su faceta más melancólica y elaborada, para después golpear de nuevo con «Blind», un tema directo que volvió a encender las puestas en escena más agresivas del público. Hacia el tramo final sonó la frenética «Tick Tack». Al ritmo de su machacón compás industrial, el cantante explayó un «¡Muy bien!» en perfecto español, desatando los aplausos y las sonrisas de complicidad de la multitud. Como broche de oro a una noche de redención y potencia, «Rise and Fall» cerró la actuación por todo lo alto, dejando claro que los alemanes han vuelto para reclamar su trono.
La noche fue testigo de una auténtica lección de symphonic power metal a cargo de Rhapsody of Fire. La banda encendió el recinto con una descarga épica donde la precisión técnica y la grandiosidad orquestal se combinaron en uno de los directos más memorables de la edición. Bajo el mando incuestionable de Alex Staropoli en los teclados —único miembro fundador en pie desde 1993— y respaldado por la solidez de Roby De Micheli (guitarra), Alessandro Sala (bajo) y Paolo Marchesich (batería), el grupo demostró un estado de forma demoledor. Sin embargo, todas las miradas se las llevó el vocalista Giacomo Voli, quien deslumbró con una solvencia técnica impecable, alcanzando agudos imposibles mientras derrochaba una energía escénica sin límites.
El asalto comenzó con la imponente «Unholy Warcry», cuya intro orquestal desató la euforia antes de romper en un ataque rítmico implacable. Sin dar respiro, pisaron el acelerador con «Rain of Fury», desatando los primeros pogos al ritmo de guitarras desbocadas, para luego afianzar la épica moderna con «I’ll Be Your Hero». El caos organizado llegó con «Chains of Destiny»: Voli desafió al público a montar un gran circle pit mientras De Micheli no paraba de ejecutar riffs aferrado al mástil. En un arrebato de locura, el vocalista bajó a las primeras filas y se unió al mismísimo circle pit; acto seguido, desapareció entre la multitud ante la mirada atónita de la seguridad, regresando al escenario casi por arte de magia.
La calma y la emoción profunda llegaron de la mano de «The Magic of the Wizard’s Dream», la balada por antonomasia que transformó el recinto en un mar de voces. La tralla regresó con «Challenge the Wind», introducida por un simpático guiño vocal a Freddie Mercury antes de desatar el power metal en todo su esplendor. Durante «On the Way to Ainor», la batería de Marchesich marcó el ritmo de un verdadero aquelarre del metal. En mitad del tema, Voli se lanzó a hacer crowdsurfing, mientras la cantante de la banda Leyendärian se acercaba al foso a saludar.
En «The March of the Swordmaster», el vocalista preguntó al respetable si querían bailar o saltar, a lo que el público asintió sin vacilar con un grito heaviata. Las espadas danzaron al ritmo de cánticos de fuego mientras los músicos se acercaban a Staropoli en señal de respeto al legado del grupo, todo con un Giacomo que no paraba de agitar a las masas. Tras una breve señal del guitarrista para la siguiente descarga, retumbó el clásico «Land of Immortals», sirviendo de rampa de lanzamiento para «Dawn of Victory», donde miles de gargantas corearon a todo pulmón el célebre «Gloria, gloria perpetua» en un épico tramo final.
Tras un brevísimo receso para coger aire, llegó el bis definitivo. Giacomo afianzó a la multitud para organizar un colosal wall of death al anunciar «Emerald Sword». Ripollet se vino abajo por completo. En un momento genial e interactivo, el cantante cogió una de las espadas de plástico del público y bajó a batirse a capa y espada con la gente de las primeras filas. Para rematar un setlist impecable, la banda se despidió uno a uno junto a todo el staff que les acompañaba, posando para la foto final en el escenario, agradeciendo el calor de sus fans y prometiendo volver muy pronto.
Ante la estampida de quienes optaban por abandonar el recinto a esas horas de la madrugada, los verdaderos supervivientes de la jornada fueron los fans y curiosos que decidieron quedarse para la última actuación del Ripollet Rock 2026, la cual tenía un nombre claro: Headon. Salir al escenario pasadas las dos de la madrugada, inmediatamente después del vendaval sinfónico de Rhapsody of Fire y con el cansancio acumulado de una jornada épica en el Parc dels Pinetons, era un reto reservado solo para valientes. Pero los murcianos no solo aceptaron el desafío, sino que convirtieron el cierre del festival en una auténtica demostración de poderío y metal moderno.
Desde los primeros acordes de «Un Nuevo Sol», la banda salió a morder. La contundencia rítmica y los riffs afilados actuaron como una inyección de adrenalina instantánea para un público resistente que se negó a dar la noche por terminada. Al frente, Andy Martínez ejerció de maestro de ceremonias impecable: su versatilidad vocal en directo deslumbró al alternar melodías épicas con momentos de pura agresividad, sin perder en ningún momento la afinación ni el control del escenario.
Headon aprovechó la ocasión para presentar también parte de su nuevo trabajo, con «Sombras» entre los temas destacados de un repertorio que mantuvo la intensidad de principio a fin. La interpretación de «Memento» volvió a poner de manifiesto la solidez instrumental de la formación, construyendo un muro de sonido aplastante que hizo vibrar especialmente la parte frontal del recinto.
A pesar de lo avanzado de la madrugada, los murcianos supieron desafiar el cansancio de un público que llevaba horas de festival a sus espaldas. La conexión fue inmediata y la interacción con la audiencia, constante y directa. Headon no dejó que el ambiente decayese y, mientras las últimas fuerzas del público comenzaban a hacerse notar, la banda redobló esfuerzos para mantener la temperatura del recinto.
La presentación de su nuevo material continuó con «Dogma», que enlazó con «Asphyxia», un corte que introdujo un necesario respiro ambiental antes de volver a encender la maquinaria sonora de la formación. El contraste funcionó a la perfección: después de unos instantes de calma, el sonido ensordecedor de Headon volvió a apoderarse del Parc dels Pinetons.
La comunicación entre Andy Martínez y el público fue directa y constante. «¿Queréis más?», preguntó el vocalista antes de lanzarse de nuevo al ataque con «Inmortal», recibida con entusiasmo por los asistentes que aún resistían en las primeras filas.
Ya en el tramo final, «Revolución» puso el recinto patas arriba y terminó de convertir la última actuación de la noche en una auténtica fiesta de metal alternativo. Banda y público fueron entonces un solo bloque, unidos por los saltos, los cánticos y una energía que parecía desafiar al reloj.
Con una ejecución precisa, un sonido contundente y una actitud escénica que no bajó el listón en ningún momento, Headon demostró por qué se ha convertido en una de las realidades más sólidas del panorama estatal. Los murcianos asumieron el difícil papel de cerrar un festival después de una jornada maratoniana y salieron victoriosos del desafío.
El cierre del Ripollet Rock 2026 no pudo tener mejor banda sonora: una descarga de garra, actitud y calidad que dejó a los verdaderos supervivientes de la noche con el puño en alto y una sonrisa de satisfacción total.
Nos vemos en la edición XXXIV, en 2027.



El Ripollet Rock Festival se ha consolidado como uno de los eventos de heavy metal y hard rock más longevos y relevantes de Cataluña y de toda la península ibérica. A lo largo de los años, el festival ha mantenido intacta una de sus principales señas de identidad: ofrecer una cita totalmente gratuita y de acceso libre, convirtiendo el Parc dels Pinetons en un punto de encuentro imprescindible para los amantes del rock y el metal.
Y un año más, el emblemático Parc dels Pinetons volvió a convertirse en el epicentro del metal durante la noche del viernes 28 de agosto. Tras el tradicional discurso de apertura de la organización, que dio el pistoletazo de salida a una nueva edición del festival, Leyendärian tomó puntualmente el escenario a las 21:00 h para inaugurar la jornada con su contundente propuesta de folk metal. La formación catalana arrancó con la enigmática «Profecía», una intro épica que captó de inmediato la atención del público y preparó el terreno para la descarga. Sin pausa, «Nimué» desató los primeros saltos de la noche con sus melodías envueltas entre la flauta travesera y el violín, seguida por la fuerza eléctrica de «Caballero Blanco», donde los riffs de guitarra tomaron el protagonismo absoluto.
La cabalgata sonora continuó con «Epona», un corte de raíces celtas muy festivo que aceleró el ritmo del recinto, dando paso a la contundencia rítmica de «Lujuria y Obsesión», que hizo retumbar la base del escenario. En la recta final del show, «Guerreros del Rey» y «El Hijo del Pendragón» sumergieron a los miles de asistentes en una atmósfera de puro power metal combativo, sirviendo de antesala para su tema insignia, «La Forja de una Leyenda», que fue coreado masivamente por la multitud. Como colofón festivo, la banda sorprendió a todos con su acelerada versión de «Gerdundula», de Status Quo, reconvertida hábilmente al folk metal. Fue precisamente durante los últimos compases de este clásico cuando el batería David van Geisel se puso en pie tras su kit y desplegó con orgullo una bandera de Brasil, provocando una ovación cerrada en todo el parque y cerrando una actuación impecable de principio a fin.
La potente formación germana de power metal de Serious Black, integrada por el vocalista Nikola Mijić, los guitarristas Dominik Sebastian y Bob Katsionis, el batería Christian Schichtl y el emblemático bajista y fundador Mario Lochert, irrumpió con fuerza en el escenario del Ripollet Rock. La banda arrancó su descarga de forma arrolladora, encadenando «Akenathon», «Mr. Nightmist», «Metalized» y «Senso Della Vita», cuatro contundentes cartas de presentación que dejaron patente su pegada y solvencia sobre las tablas antes de dar paso a uno de sus grandes himnos, «Serious Black Magic».
Fue en este punto cuando la noche tomó un matiz profundamente emotivo: este festival marcaba un aniversario de lo más especial para el grupo, ya que la propia banda nació hace años en la esquina derecha del backstage de este mismo recinto. Sin embargo, el bajista Mario Lochert, atravesando una frágil situación de salud tras un reciente ataque al corazón, solo pudo interpretar un par de canciones antes de tener que retirarse, recibiendo el cálido e incondicional apoyo de todo el público. Continuando con el show, Nikola presentó una composición dedicada al sueño de ser una auténtica rockstar, inundando el parque con un mar de luces durante la interpretación de la emotiva power ballad «The Story».
La energía volvió a elevarse con la contundencia de «United» y la acelerada «Tonight I’m Ready to Fight», antes de dar paso a un solo de batería que incluyó un intento de beatbox bastante lamentable por parte del percusionista. Sin perder el ritmo, la banda recuperó la tralla pesada con «Last Man Standing» y encaró la recta final con la fulgurante «High and Low». En esta última gema del power metal, el binomio de guitarristas brilló con luz propia bajo los focos, mientras Nikola Mijić ponía a todo el recinto a rugir al compás de sus dinámicos cánticos de «Hey, hey».
La noche en el Ripollet Rock quedará marcada como la fecha en que Crematory hizo su debut en los escenarios españoles. Tras el parón provocado por la pandemia y los reajustes en su formación, el núcleo histórico —Felix Stass en las voces guturales, Markus Jüllich en la batería y Katrin Jüllich en los teclados—, junto a Rolf Munkes en la guitarra solista, tomó el control del escenario para demostrar que su aplastante sonido industrial sigue intacto. El asalto comenzó de manera demoledora con «Destination», encargada de encender la maquinaria germana con sus ritmos pesados y marcados. Sin dar un solo segundo de tregua, empalmaron con «Höllenbrand», un trallazo donde las voces guturales de Felix Stass retumbaron en todo el recinto, desatando la locura en las primeras filas.
Sin embargo, el directo siempre depara sorpresas: justo en este punto de máxima tensión, un fallo técnico en los teclados interrumpió el listado de canciones. Lejos de enfriar el ambiente, la banda tiró de veteranía e interactuó con las miles de personas congregadas hasta solucionar el problema.
Con el equipo de nuevo a punto, reanudaron la descarga con «Raven Calling», recuperando la atmósfera oscura y envolvente que tan bien domina Katrin desde su puesto. La contundencia continuó con «Born», donde la batería de Markus Jüllich funcionó como un martillo pilón, seguida de «Shadowmaker», que terminó de consolidar el sonido denso y potente de la noche. El clímax absoluto de la velada llegó con su himno atemporal: «Tears of Time» fue vociferado a todo pulmón por el público y resultó, sin duda, el punto más alto del show. Era imposible no contagiarse de la energía colectiva cantando cada verso de este clásico del metal gótico.
Aprovechando esa inercia emocional, la banda presentó «The Future Is a Lonely Place», mostrando su faceta más melancólica y elaborada, para después golpear de nuevo con «Blind», un tema directo que volvió a encender las puestas en escena más agresivas del público. Hacia el tramo final sonó la frenética «Tick Tack». Al ritmo de su machacón compás industrial, el cantante explayó un «¡Muy bien!» en perfecto español, desatando los aplausos y las sonrisas de complicidad de la multitud. Como broche de oro a una noche de redención y potencia, «Rise and Fall» cerró la actuación por todo lo alto, dejando claro que los alemanes han vuelto para reclamar su trono.
La noche fue testigo de una auténtica lección de symphonic power metal a cargo de Rhapsody of Fire. La banda encendió el recinto con una descarga épica donde la precisión técnica y la grandiosidad orquestal se combinaron en uno de los directos más memorables de la edición. Bajo el mando incuestionable de Alex Staropoli en los teclados —único miembro fundador en pie desde 1993— y respaldado por la solidez de Roby De Micheli (guitarra), Alessandro Sala (bajo) y Paolo Marchesich (batería), el grupo demostró un estado de forma demoledor. Sin embargo, todas las miradas se las llevó el vocalista Giacomo Voli, quien deslumbró con una solvencia técnica impecable, alcanzando agudos imposibles mientras derrochaba una energía escénica sin límites.
El asalto comenzó con la imponente «Unholy Warcry», cuya intro orquestal desató la euforia antes de romper en un ataque rítmico implacable. Sin dar respiro, pisaron el acelerador con «Rain of Fury», desatando los primeros pogos al ritmo de guitarras desbocadas, para luego afianzar la épica moderna con «I’ll Be Your Hero». El caos organizado llegó con «Chains of Destiny»: Voli desafió al público a montar un gran circle pit mientras De Micheli no paraba de ejecutar riffs aferrado al mástil. En un arrebato de locura, el vocalista bajó a las primeras filas y se unió al mismísimo circle pit; acto seguido, desapareció entre la multitud ante la mirada atónita de la seguridad, regresando al escenario casi por arte de magia.
La calma y la emoción profunda llegaron de la mano de «The Magic of the Wizard’s Dream», la balada por antonomasia que transformó el recinto en un mar de voces. La tralla regresó con «Challenge the Wind», introducida por un simpático guiño vocal a Freddie Mercury antes de desatar el power metal en todo su esplendor. Durante «On the Way to Ainor», la batería de Marchesich marcó el ritmo de un verdadero aquelarre del metal. En mitad del tema, Voli se lanzó a hacer crowdsurfing, mientras la cantante de la banda Leyendärian se acercaba al foso a saludar.
En «The March of the Swordmaster», el vocalista preguntó al respetable si querían bailar o saltar, a lo que el público asintió sin vacilar con un grito heaviata. Las espadas danzaron al ritmo de cánticos de fuego mientras los músicos se acercaban a Staropoli en señal de respeto al legado del grupo, todo con un Giacomo que no paraba de agitar a las masas. Tras una breve señal del guitarrista para la siguiente descarga, retumbó el clásico «Land of Immortals», sirviendo de rampa de lanzamiento para «Dawn of Victory», donde miles de gargantas corearon a todo pulmón el célebre «Gloria, gloria perpetua» en un épico tramo final.
Tras un brevísimo receso para coger aire, llegó el bis definitivo. Giacomo afianzó a la multitud para organizar un colosal wall of death al anunciar «Emerald Sword». Ripollet se vino abajo por completo. En un momento genial e interactivo, el cantante cogió una de las espadas de plástico del público y bajó a batirse a capa y espada con la gente de las primeras filas. Para rematar un setlist impecable, la banda se despidió uno a uno junto a todo el staff que les acompañaba, posando para la foto final en el escenario, agradeciendo el calor de sus fans y prometiendo volver muy pronto.
Ante la estampida de quienes optaban por abandonar el recinto a esas horas de la madrugada, los verdaderos supervivientes de la jornada fueron los fans y curiosos que decidieron quedarse para la última actuación del Ripollet Rock 2026, la cual tenía un nombre claro: Headon. Salir al escenario pasadas las dos de la madrugada, inmediatamente después del vendaval sinfónico de Rhapsody of Fire y con el cansancio acumulado de una jornada épica en el Parc dels Pinetons, era un reto reservado solo para valientes. Pero los murcianos no solo aceptaron el desafío, sino que convirtieron el cierre del festival en una auténtica demostración de poderío y metal moderno.
Desde los primeros acordes de «Un Nuevo Sol», la banda salió a morder. La contundencia rítmica y los riffs afilados actuaron como una inyección de adrenalina instantánea para un público resistente que se negó a dar la noche por terminada. Al frente, Andy Martínez ejerció de maestro de ceremonias impecable: su versatilidad vocal en directo deslumbró al alternar melodías épicas con momentos de pura agresividad, sin perder en ningún momento la afinación ni el control del escenario.
Headon aprovechó la ocasión para presentar también parte de su nuevo trabajo, con «Sombras» entre los temas destacados de un repertorio que mantuvo la intensidad de principio a fin. La interpretación de «Memento» volvió a poner de manifiesto la solidez instrumental de la formación, construyendo un muro de sonido aplastante que hizo vibrar especialmente la parte frontal del recinto.
A pesar de lo avanzado de la madrugada, los murcianos supieron desafiar el cansancio de un público que llevaba horas de festival a sus espaldas. La conexión fue inmediata y la interacción con la audiencia, constante y directa. Headon no dejó que el ambiente decayese y, mientras las últimas fuerzas del público comenzaban a hacerse notar, la banda redobló esfuerzos para mantener la temperatura del recinto.
La presentación de su nuevo material continuó con «Dogma», que enlazó con «Asphyxia», un corte que introdujo un necesario respiro ambiental antes de volver a encender la maquinaria sonora de la formación. El contraste funcionó a la perfección: después de unos instantes de calma, el sonido ensordecedor de Headon volvió a apoderarse del Parc dels Pinetons.
La comunicación entre Andy Martínez y el público fue directa y constante. «¿Queréis más?», preguntó el vocalista antes de lanzarse de nuevo al ataque con «Inmortal», recibida con entusiasmo por los asistentes que aún resistían en las primeras filas.
Ya en el tramo final, «Revolución» puso el recinto patas arriba y terminó de convertir la última actuación de la noche en una auténtica fiesta de metal alternativo. Banda y público fueron entonces un solo bloque, unidos por los saltos, los cánticos y una energía que parecía desafiar al reloj.
Con una ejecución precisa, un sonido contundente y una actitud escénica que no bajó el listón en ningún momento, Headon demostró por qué se ha convertido en una de las realidades más sólidas del panorama estatal. Los murcianos asumieron el difícil papel de cerrar un festival después de una jornada maratoniana y salieron victoriosos del desafío.
El cierre del Ripollet Rock 2026 no pudo tener mejor banda sonora: una descarga de garra, actitud y calidad que dejó a los verdaderos supervivientes de la noche con el puño en alto y una sonrisa de satisfacción total.
Nos vemos en la edición XXXIV, en 2027.























