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Havok en Barcelona: “Con los dientes afilados”
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El arranque de la temporada otoñal de conciertos tuvo una cita obligada en la Sala Salamandra de L’Hospitalet. Coincidiendo con la jornada festiva de La Mercè en Barcelona, el recinto acogió una de las giras más demoledoras del metal extremo actual. Con los estadounidenses Havok al frente, el cartel de cuatro bandas ofreció un despliegue sin concesiones de velocidad, técnica y sudor ante un público que, aunque comedido en número al principio, terminó entregado por completo a la causa.

Los encargados de abrir fuego, puntualmente a las siete de la tarde, fueron los suecos Eradikated. Galardonados en su país con una nominación a los Grammy por su debut, Descendants, la joven formación demostró por qué está considerada una de las grandes promesas del thrash europeo.

Con influencias directas del sonido de la Bay Area —con ecos evidentes de Slayer, Exodus o Testament—, descargaron un set directo y rítmicamente impecable. Aunque su repertorio propio todavía es breve, lo compensaron con una actitud arrolladora, una velocidad de riffs endiablada y una presencia escénica capaz de contagiar de inmediato a los madrugadores que ya ocupaban las primeras filas.

El relevo lo tomaron desde Suiza Xonor, una de las sorpresas recientes del género, caracterizada por una aproximación más cruda, acelerada y salpicada de influencias del punk/hardcore.

Los suizos apostaron por el espectáculo desde el primer minuto, saltando al escenario ataviados con pasamontañas y desatando un sonido directo al mentón. El punto álgido de su actuación llegó cuando irrumpieron en la pista acompañados por alguien disfrazado de mono, dispuesto a jalear al público y a desencadenar los primeros pogos serios de la tarde. Un show desenfadado, sólido y cargado de adrenalina que elevó varios grados la temperatura de la sala.

Con cerca de tres décadas de trayectoria y doce álbumes a sus espaldas —con su reciente Siltskin como protagonista—, los noruegos Blood Red Throne asumieron el papel de único bastión de death metal puro de la velada. Y no decepcionaron. Para muchos asistentes, terminaron convirtiéndose en la gran sorpresa de la noche.

Desplegando un death de corte clásico y aroma noventero, al más puro estilo de la escuela de Florida, la banda ofreció una auténtica lección de contundencia técnica. La sección rítmica demolió la sala con una densidad aplastante, transformando el foso de Salamandra en una auténtica zona de desastre. Fueron cuarenta minutos de puro impacto que lograron conquistar incluso a los fanáticos más acérrimos del thrash, dejando a buena parte del público con el cuello tocado tras una sesión de headbanging prácticamente ininterrumpida.

A tres cuartas partes de la noche llegó el turno de los grandes protagonistas de la velada: Havok. El cuarteto de Colorado saltó al escenario en un momento dulce de su carrera, después de haber consolidado su estatus dentro de la escena internacional con trabajos tan representativos como Time Is Up, Conformicide o V. Con nueva música en el horizonte para 2026, la formación afrontaba su actuación como una oportunidad perfecta para reivindicar, una vez más, su posición como una de las bandas indispensables para entender la evolución del thrash metal en el siglo XXI.

Desde los primeros compases quedó claro que Havok no había venido a especular. El arranque fue directo al cuello con «Hang ’Em High», un auténtico disparo de salida que provocó de inmediato el primer gran mosh pit de su actuación. El groove aplastante de la canción, unido a unos coros de espíritu combativo, convirtió rápidamente la pista en una masa de cuerpos en movimiento. La respuesta del público fue instantánea y sirvió también para establecer el tono de lo que quedaba por delante: velocidad, contundencia y una ejecución instrumental extremadamente precisa.

Sin apenas conceder margen para recuperar el aliento, «Prepare for Attack» elevó todavía más las revoluciones. La velocidad alcanzó cotas endiabladas y permitió comprobar desde el primer compás que el estado de forma de la banda es técnicamente impecable. Havok atacó cada cambio de ritmo con una precisión casi matemática, manteniendo una maquinaria perfectamente sincronizada incluso en los pasajes más exigentes. No había espacio para movimientos innecesarios: cada golpe, cada riff y cada transición parecía estar colocado en el lugar exacto.

David Sanchez y los suyos ofrecieron un sonido pulcro, afilado y demoledor. La guitarra mantuvo durante toda la actuación ese carácter cortante tan reconocible en la propuesta de la banda, mientras la sección rítmica aportaba la solidez necesaria para que las canciones no perdieran ni un ápice de su agresividad. La ejecución resultó especialmente efectiva en aquellos momentos en los que Havok combina velocidad y estructuras más pesadas, demostrando que su propuesta no depende únicamente de tocar rápido, sino de saber administrar las diferentes intensidades dentro de cada composición.

En «Give Me Liberty…or Give Me Death», la sala volvió a retumbar con algunos de los estribillos más coreados de la noche. El público respondió con una energía que crecía canción tras canción, convirtiendo buena parte del repertorio en una experiencia colectiva. La fuerza de estos temas reside precisamente en esa capacidad para combinar una base instrumental feroz con pasajes destinados a ser gritados a pleno pulmón, una fórmula que Havok domina con solvencia.

La descarga continuó con «Fifth Generation Warfare» y la clásica «No Amnesty», dos cortes que sacaron a relucir la precisión rítmica del grupo y sus característicos solos acelerados. Las guitarras se sucedían con una velocidad vertiginosa, pero siempre dentro de un marco perfectamente controlado. Lejos de convertirse en una simple exhibición de técnica, los solos funcionaron como extensiones naturales de las canciones, reforzando su carácter agresivo y manteniendo la tensión en lo más alto.

La velocidad volvió a rozar el límite con «D.O.A.», otro de esos momentos en los que Havok demostró que su propuesta sigue teniendo una enorme capacidad para generar impacto en directo. El tema volvió a poner la pista patas arriba, mientras el empuje marcial de «Covering Fire» resultó perfecto para mantener el circle pit en permanente rotación. La sensación desde el escenario hacia el público, y viceversa, era la de una energía que no dejaba de retroalimentarse. Cada aceleración encontraba su respuesta en la pista, y cada cambio de dinámica provocaba una nueva oleada de movimiento.

Después de semejante acumulación de velocidad, llegó el breve respiro atmosférico de la instrumental «Dab Tsog». El corte permitió modificar durante unos instantes la dinámica del concierto y demostrar que la banda también sabe introducir elementos diferentes dentro de un repertorio construido alrededor de la velocidad y la agresividad. Fue apenas una pausa antes de volver a apretar el acelerador.

Con «Phantom Force» y «The Ultimate Weapon», Havok encaró la recta final de su actuación sin intención alguna de bajar el pistón. La demostración de doble bombo y riffs cortantes volvió a situar el listón técnico en lo más alto, mientras la banda parecía empeñada en aprovechar cada segundo disponible. La batería empujaba las canciones hacia delante con una contundencia constante y las guitarras dibujaban una sucesión prácticamente ininterrumpida de riffs afilados.

Uno de los momentos más brillantes desde el punto de vista instrumental llegó con «Intention to Deceive». El tema lució esa inconfundible introducción de bajo con técnica de slap, un recurso que rompe esquemas dentro de los parámetros tradicionales del género y que aporta una personalidad especial al corte. Fue uno de esos detalles que permiten apreciar que detrás de la velocidad y la agresividad existe también una considerable preocupación por la construcción instrumental. En medio de una noche dominada por el ataque frontal, ese recurso funcionó como un pequeño recordatorio de la amplitud técnica de la formación.

El cierre llegó por todo lo alto con «From the Cradle to the Grave». El tema puso el broche final a una actuación marcada por un tono pesado y épico, dejando como última impresión una banda completamente entregada a su cometido. El final condensó buena parte de las virtudes mostradas durante el concierto: contundencia, velocidad, precisión y una capacidad notable para mantener al público conectado hasta el último instante.

En una noche ya de por sí cargada de contundencia, los estadounidenses demostraron por qué continúan siendo una referencia fundamental para entender el thrash metal contemporáneo. Una descarga sin concesiones, técnicamente impecable y ejecutada a una velocidad vertiginosa, que dejó la sensación de haber asistido a una de las citas de metal más intensas de la temporada.

 

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Havok en Barcelona: “Con los dientes afilados”
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El arranque de la temporada otoñal de conciertos tuvo una cita obligada en la Sala Salamandra de L’Hospitalet. Coincidiendo con la jornada festiva de La Mercè en Barcelona, el recinto acogió una de las giras más demoledoras del metal extremo actual. Con los estadounidenses Havok al frente, el cartel de cuatro bandas ofreció un despliegue sin concesiones de velocidad, técnica y sudor ante un público que, aunque comedido en número al principio, terminó entregado por completo a la causa.

Los encargados de abrir fuego, puntualmente a las siete de la tarde, fueron los suecos Eradikated. Galardonados en su país con una nominación a los Grammy por su debut, Descendants, la joven formación demostró por qué está considerada una de las grandes promesas del thrash europeo.

Con influencias directas del sonido de la Bay Area —con ecos evidentes de Slayer, Exodus o Testament—, descargaron un set directo y rítmicamente impecable. Aunque su repertorio propio todavía es breve, lo compensaron con una actitud arrolladora, una velocidad de riffs endiablada y una presencia escénica capaz de contagiar de inmediato a los madrugadores que ya ocupaban las primeras filas.

El relevo lo tomaron desde Suiza Xonor, una de las sorpresas recientes del género, caracterizada por una aproximación más cruda, acelerada y salpicada de influencias del punk/hardcore.

Los suizos apostaron por el espectáculo desde el primer minuto, saltando al escenario ataviados con pasamontañas y desatando un sonido directo al mentón. El punto álgido de su actuación llegó cuando irrumpieron en la pista acompañados por alguien disfrazado de mono, dispuesto a jalear al público y a desencadenar los primeros pogos serios de la tarde. Un show desenfadado, sólido y cargado de adrenalina que elevó varios grados la temperatura de la sala.

Con cerca de tres décadas de trayectoria y doce álbumes a sus espaldas —con su reciente Siltskin como protagonista—, los noruegos Blood Red Throne asumieron el papel de único bastión de death metal puro de la velada. Y no decepcionaron. Para muchos asistentes, terminaron convirtiéndose en la gran sorpresa de la noche.

Desplegando un death de corte clásico y aroma noventero, al más puro estilo de la escuela de Florida, la banda ofreció una auténtica lección de contundencia técnica. La sección rítmica demolió la sala con una densidad aplastante, transformando el foso de Salamandra en una auténtica zona de desastre. Fueron cuarenta minutos de puro impacto que lograron conquistar incluso a los fanáticos más acérrimos del thrash, dejando a buena parte del público con el cuello tocado tras una sesión de headbanging prácticamente ininterrumpida.

A tres cuartas partes de la noche llegó el turno de los grandes protagonistas de la velada: Havok. El cuarteto de Colorado saltó al escenario en un momento dulce de su carrera, después de haber consolidado su estatus dentro de la escena internacional con trabajos tan representativos como Time Is Up, Conformicide o V. Con nueva música en el horizonte para 2026, la formación afrontaba su actuación como una oportunidad perfecta para reivindicar, una vez más, su posición como una de las bandas indispensables para entender la evolución del thrash metal en el siglo XXI.

Desde los primeros compases quedó claro que Havok no había venido a especular. El arranque fue directo al cuello con «Hang ’Em High», un auténtico disparo de salida que provocó de inmediato el primer gran mosh pit de su actuación. El groove aplastante de la canción, unido a unos coros de espíritu combativo, convirtió rápidamente la pista en una masa de cuerpos en movimiento. La respuesta del público fue instantánea y sirvió también para establecer el tono de lo que quedaba por delante: velocidad, contundencia y una ejecución instrumental extremadamente precisa.

Sin apenas conceder margen para recuperar el aliento, «Prepare for Attack» elevó todavía más las revoluciones. La velocidad alcanzó cotas endiabladas y permitió comprobar desde el primer compás que el estado de forma de la banda es técnicamente impecable. Havok atacó cada cambio de ritmo con una precisión casi matemática, manteniendo una maquinaria perfectamente sincronizada incluso en los pasajes más exigentes. No había espacio para movimientos innecesarios: cada golpe, cada riff y cada transición parecía estar colocado en el lugar exacto.

David Sanchez y los suyos ofrecieron un sonido pulcro, afilado y demoledor. La guitarra mantuvo durante toda la actuación ese carácter cortante tan reconocible en la propuesta de la banda, mientras la sección rítmica aportaba la solidez necesaria para que las canciones no perdieran ni un ápice de su agresividad. La ejecución resultó especialmente efectiva en aquellos momentos en los que Havok combina velocidad y estructuras más pesadas, demostrando que su propuesta no depende únicamente de tocar rápido, sino de saber administrar las diferentes intensidades dentro de cada composición.

En «Give Me Liberty…or Give Me Death», la sala volvió a retumbar con algunos de los estribillos más coreados de la noche. El público respondió con una energía que crecía canción tras canción, convirtiendo buena parte del repertorio en una experiencia colectiva. La fuerza de estos temas reside precisamente en esa capacidad para combinar una base instrumental feroz con pasajes destinados a ser gritados a pleno pulmón, una fórmula que Havok domina con solvencia.

La descarga continuó con «Fifth Generation Warfare» y la clásica «No Amnesty», dos cortes que sacaron a relucir la precisión rítmica del grupo y sus característicos solos acelerados. Las guitarras se sucedían con una velocidad vertiginosa, pero siempre dentro de un marco perfectamente controlado. Lejos de convertirse en una simple exhibición de técnica, los solos funcionaron como extensiones naturales de las canciones, reforzando su carácter agresivo y manteniendo la tensión en lo más alto.

La velocidad volvió a rozar el límite con «D.O.A.», otro de esos momentos en los que Havok demostró que su propuesta sigue teniendo una enorme capacidad para generar impacto en directo. El tema volvió a poner la pista patas arriba, mientras el empuje marcial de «Covering Fire» resultó perfecto para mantener el circle pit en permanente rotación. La sensación desde el escenario hacia el público, y viceversa, era la de una energía que no dejaba de retroalimentarse. Cada aceleración encontraba su respuesta en la pista, y cada cambio de dinámica provocaba una nueva oleada de movimiento.

Después de semejante acumulación de velocidad, llegó el breve respiro atmosférico de la instrumental «Dab Tsog». El corte permitió modificar durante unos instantes la dinámica del concierto y demostrar que la banda también sabe introducir elementos diferentes dentro de un repertorio construido alrededor de la velocidad y la agresividad. Fue apenas una pausa antes de volver a apretar el acelerador.

Con «Phantom Force» y «The Ultimate Weapon», Havok encaró la recta final de su actuación sin intención alguna de bajar el pistón. La demostración de doble bombo y riffs cortantes volvió a situar el listón técnico en lo más alto, mientras la banda parecía empeñada en aprovechar cada segundo disponible. La batería empujaba las canciones hacia delante con una contundencia constante y las guitarras dibujaban una sucesión prácticamente ininterrumpida de riffs afilados.

Uno de los momentos más brillantes desde el punto de vista instrumental llegó con «Intention to Deceive». El tema lució esa inconfundible introducción de bajo con técnica de slap, un recurso que rompe esquemas dentro de los parámetros tradicionales del género y que aporta una personalidad especial al corte. Fue uno de esos detalles que permiten apreciar que detrás de la velocidad y la agresividad existe también una considerable preocupación por la construcción instrumental. En medio de una noche dominada por el ataque frontal, ese recurso funcionó como un pequeño recordatorio de la amplitud técnica de la formación.

El cierre llegó por todo lo alto con «From the Cradle to the Grave». El tema puso el broche final a una actuación marcada por un tono pesado y épico, dejando como última impresión una banda completamente entregada a su cometido. El final condensó buena parte de las virtudes mostradas durante el concierto: contundencia, velocidad, precisión y una capacidad notable para mantener al público conectado hasta el último instante.

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