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Dopethrone en Copenhague: “un ritual de distorsión, fuego y comunión subterránea”
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La noche del 7 de junio de 2025, el escenario del Beta en Copenhague se convirtió en un altar de humo, distorsión y furia sonora. Dopethrone, la banda canadiense que lleva años arrojando riffs como proyectiles desde el corazón más sucio del stoner doom, ofreció una presentación demoledora, casi ritual. Con una puesta en escena despojada de pretensiones, pero repleta de actitud y crudeza, hicieron temblar cada rincón del recinto.

Desde el momento en que subieron al escenario, quedó claro que no se trataba de un recital más. No hubo discursos ampulosos ni luces de espectáculo: solo una muralla de sonido espeso y una vibra cruda que fue creciendo tema tras tema, sin respiro. Dopethrone no necesita adornos. Su música habla por ellos. Y en Copenhague lo dejaron todo.

Con más de 15 años de trayectoria, el grupo nacido en Montreal se ha convertido en una referencia inevitable del underground stoner-sludge. Su nombre, claramente un homenaje al icónico disco Dopethrone de Electric Wizard, es solo el punto de partida: lo suyo va más allá del tributo. Desde su primer trabajo, Demonsmoke (2009), hasta el más reciente y feroz Broke Sabbath (2024), han construido un sonido propio, con riffs saturados de fuzz, baterías que aplastan y una voz rasgada que escupe cada verso como si fuese el último.

En vivo, esa esencia se potencia. La banda tiene una presencia escénica magnética, con Vincent Houde al frente, combinando agresividad, sarcasmo y una actitud que desarma cualquier formalidad. En Copenhague, el público respondió con entrega total: puños al aire, pogos espontáneos y una energía que se alimentaba del caos que la banda desataba desde las tablas.

El setlist —una combinación precisa de clásicos, rarezas y material reciente— mostró una banda en estado de gracia. No hubo una sola canción que no sonara como un golpe directo al pecho. La distorsión de los temas nuevos, como los que forman parte de Broke Sabbath, se entrelazó de forma orgánica con la oscuridad de Hochelaga o la violencia directa de Transcanadian Anger. Algunos pasajes fueron lentos y densos, con grooves que parecían emerger de un pantano, mientras otros explotaban en frenesí, empujando al público hacia un trance colectivo.

TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Ulcerate en Copenhague: “Cuando el caos se vuelve arte”

Uno de los aspectos más destacados del show fue la conexión casi inmediata con la audiencia. Entre tema y tema, Houde soltaba comentarios cargados de humor ácido, rompiendo la cuarta pared, riéndose de todo —y de todos— sin perder nunca la intensidad. Fue esa mezcla entre furia sonora e irreverencia lo que dio forma a una experiencia que se sintió más como una ceremonia ruidosa que como un simple show de rock.

Beta, un local que sabe abrazar lo pesado sin sacrificar la intimidad, fue el espacio perfecto para este tipo de encuentro. La acústica del lugar, unida al volumen ensordecedor con el que Dopethrone dispara su arsenal, hizo que cada tema se sintiera como un zarpazo. El sudor, el humo y la vibración en el pecho crearon una atmósfera casi tangible.

Al terminar el show, no hubo bises forzados ni despedidas elaboradas. La banda se marchó como llegó: dejando tras de sí una estela de destrucción sonora y un público aturdido, feliz y con la certeza de haber presenciado algo real.

Dopethrone en Copenhague fue una celebración de lo sucio, lo denso y lo brutal. Una noche sin concesiones, donde el stoner doom se manifestó en su forma más pura: visceral, envolvente y cargada de actitud. La banda canadiense reafirmó por qué, a pesar del paso del tiempo, sigue siendo una figura central dentro del género. Porque no se trata solo de sonar fuerte, sino de construir una experiencia —y esa noche, en Beta, lo lograron con creces.

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Desde el momento en que subieron al escenario, quedó claro que no se trataba de un recital más. No hubo discursos ampulosos ni luces de espectáculo: solo una muralla de sonido espeso y una vibra cruda que fue creciendo tema tras tema, sin respiro. Dopethrone no necesita adornos. Su música habla por ellos. Y en Copenhague lo dejaron todo.

Con más de 15 años de trayectoria, el grupo nacido en Montreal se ha convertido en una referencia inevitable del underground stoner-sludge. Su nombre, claramente un homenaje al icónico disco Dopethrone de Electric Wizard, es solo el punto de partida: lo suyo va más allá del tributo. Desde su primer trabajo, Demonsmoke (2009), hasta el más reciente y feroz Broke Sabbath (2024), han construido un sonido propio, con riffs saturados de fuzz, baterías que aplastan y una voz rasgada que escupe cada verso como si fuese el último.

En vivo, esa esencia se potencia. La banda tiene una presencia escénica magnética, con Vincent Houde al frente, combinando agresividad, sarcasmo y una actitud que desarma cualquier formalidad. En Copenhague, el público respondió con entrega total: puños al aire, pogos espontáneos y una energía que se alimentaba del caos que la banda desataba desde las tablas.

El setlist —una combinación precisa de clásicos, rarezas y material reciente— mostró una banda en estado de gracia. No hubo una sola canción que no sonara como un golpe directo al pecho. La distorsión de los temas nuevos, como los que forman parte de Broke Sabbath, se entrelazó de forma orgánica con la oscuridad de Hochelaga o la violencia directa de Transcanadian Anger. Algunos pasajes fueron lentos y densos, con grooves que parecían emerger de un pantano, mientras otros explotaban en frenesí, empujando al público hacia un trance colectivo.

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