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Igualada Rock City 2025: “Rock para Todos los Gustos”
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El pasado 22 de agosto de 2025, el Parc Central de Igualada se convirtió en nuestro punto de encuentro para vivir la 11ª edición del festival Igualada Rock City. Organizado con éxito por la Associació Rock City y el Ajuntament d’Igualada, el evento consolidó su formato gratuito y, para mí, demostró su reputación de ofrecer un cartel tan ecléctico como potente.

Debido a motivos personales de última hora, la banda local The Wizards no pudo actuar. Su lugar lo ocupó Medalla, la combativa banda barcelonesa, que con su potente mezcla de post-punk y heavy metal, le añadió una capa extra de intensidad al cartel. Así, junto a la energía del hard rock de The Quireboys, el rockabilly de La Perra Blanco, y el rock alternativo de Viva Belgrado, disfrutamos de una jornada vibrante donde la música en directo se adueñó por completo del ambiente.

En el festival, Viva Belgrado confirmó para mí su estatus como una de las bandas más honestas de la escena. Con su propuesta que fusiona el post-rock, el hardcore y una lírica visceral, la banda nos prometió un espectáculo emocionalmente crudo y una catarsis colectiva. El concierto fue una perfecta metáfora de su música, un juego constante de luces y sombras. El setlist, meticulosamente construido, arrancó con la rabia contenida de “Una Soga” y la intensidad de “Cerecita Blues”. La banda nos mostró su lado más íntimo y vulnerable en temas como “Chéjov y las gaviotas” y “Gemini”, que nos sumergieron en una atmósfera densa y cargada de emoción.

El concierto rindió un homenaje a sus orígenes con un verdadero regalo para los fans más antiguos: la triada de su álbum debut Flores, Carne, que incluyó los emotivos “Báltica”, “De carne y flor” y “Madreselva”. El cierre nos dejó momentos para el recuerdo, como la “comunión masiva” que se hizo palpable con “Un tragaluz”. Para mí, Viva Belgrado demostró que su directo es un testamento vital tan agridulce como adictivo, una muestra de rock rebosante de realidad. Se despidieron con la frase perfecta: “Que no nos falten los conciertos, que vengan pocos desencuentros”.

TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Volbeat – God of Angels Trust (2025)

En el corazón del festival, la actuación de La Perra Blanco fue una de las más esperadas, y no nos decepcionó ni por un instante. Alba Blanco, la incombustible guitarrista y vocalista, nos demostró por qué es una de las figuras más importantes de la escena actual. Su concierto no fue solo un repertorio de canciones, sino una lúdica y frenética epopeya eléctrica que se negó a darnos un respiro. Desde que Alba subió al escenario, supe que estábamos a punto de presenciar rock de raíz en su estado más puro. Acompañada por una demoledora sección rítmica, la banda se entregó por completo, convirtiendo cada lamento en una desatada invitación al baile. El setlist, cuidadosamente elegido, nos mostró la fuerza y la versatilidad de la banda. Arrancaron con la elegante exuberancia de “It’s Fun But It’s Wrong” y siguieron con “But Not For You”, que se desplegó con una energía arrolladora, demostrándonos que en el universo de La Perra Blanco no hay cabida para la calma.

En un momento culminante, en un acto de pura espontaneidad, Alba y el saxofonista saltaron la valla de seguridad para adentrarse en las primeras filas. En un electrizante tú a tú con los asistentes, la banda redujo la distancia a cero, creando un momento de conexión que muchos de nosotros jamás podremos olvidar. Su concierto fue la prueba fehaciente de que su música es la tumba del aburrimiento, dejándonos con la sensación de haber presenciado un verdadero torbellino de talento y energía.

TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: H.E.A.T en Ciudad de México: “Hard Rock en Llamas”

El hard rock melódico de The Quireboys nos demostró por qué son “dulces como el Bourbon, salvajes como león enjaulado”. Su regreso triunfal se debe al lanzamiento de su nuevo álbum, Wardour Street, un disco que es el regreso perfecto para Spike y una victoria sobre la adversidad. Desde el primer acorde, la banda londinense dejó claro que no venían a especular. Para mí, la figura de Spike se erigió como el centro magnético del show. Con su voz rasgada como el whisky y su carisma de dandy rockero, se movió por el escenario como un perfecto maestro de ceremonias. Su presencia es la encarnación del rock and roll: una mezcla de elegancia desaliñada y una actitud de “fiesta total”.

Incluso en medio de la vorágine, Spike demostró su cercanía con una anécdota inolvidable: mientras yo estaba concentrado en captar instantáneas, se percató de mi presencia y, con gestos, me hizo señas para preguntarme el nombre de la ciudad, olvidando por un instante que se lo habían dicho antes de salir. Fue un pequeño detalle que reafirmó su espontaneidad.

El setlist, un recorrido vibrante, arrancó con “Jeeze Louise” y “Can’t Park Here”. El concierto alcanzó su punto álgido con la intensidad de “Raining Whiskey” y el himno de siempre “Whippin’ Boy”. Para el bis, nos regalaron “7 O’Clock” y “Like It or Not”. Tras el último acorde, el ambiente de fiesta se trasladó al backstage. Allí, en un momento que sé que muchos de nosotros habríamos querido vivir, tuve la oportunidad de intercambiar unas breves palabras con el mismísimo Spike, sellando la conversación con unas fotos.

Medalla, la banda que sustituyó a última hora a The Wizards, fue la encargada de cerrar el festival. Para nosotros, los valientes que nos quedamos a ver el cierre, la banda barcelonesa demostró por qué su única regla es no levantar el pie del acelerador. Desde el primer acorde, la formación —una máquina perfectamente engranada y una “bestia de cuatro cabezas”— levantó una inquebrantable muralla de distorsión. Su directo fue un acto de pura contundencia. Con una propuesta cargada de acidez, crítica y veneno, la banda nos ofreció frases lapidarias que resuenan con una crudeza brutal, como un recordatorio de que su música es más que sonido.

Medalla no solo cumplió con las expectativas, sino que las pulverizó. Su directo incendiario fue el colofón perfecto para un festival que celebró la diversidad del rock. La banda se despidió del escenario dejándonos con la sensación de haber presenciado un verdadero triunfo musical, un “asalto” en toda regla que se convirtió en el broche de oro perfecto para cerrar el telón de la noche.

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Debido a motivos personales de última hora, la banda local The Wizards no pudo actuar. Su lugar lo ocupó Medalla, la combativa banda barcelonesa, que con su potente mezcla de post-punk y heavy metal, le añadió una capa extra de intensidad al cartel. Así, junto a la energía del hard rock de The Quireboys, el rockabilly de La Perra Blanco, y el rock alternativo de Viva Belgrado, disfrutamos de una jornada vibrante donde la música en directo se adueñó por completo del ambiente.

En el festival, Viva Belgrado confirmó para mí su estatus como una de las bandas más honestas de la escena. Con su propuesta que fusiona el post-rock, el hardcore y una lírica visceral, la banda nos prometió un espectáculo emocionalmente crudo y una catarsis colectiva. El concierto fue una perfecta metáfora de su música, un juego constante de luces y sombras. El setlist, meticulosamente construido, arrancó con la rabia contenida de “Una Soga” y la intensidad de “Cerecita Blues”. La banda nos mostró su lado más íntimo y vulnerable en temas como “Chéjov y las gaviotas” y “Gemini”, que nos sumergieron en una atmósfera densa y cargada de emoción.

El concierto rindió un homenaje a sus orígenes con un verdadero regalo para los fans más antiguos: la triada de su álbum debut Flores, Carne, que incluyó los emotivos “Báltica”, “De carne y flor” y “Madreselva”. El cierre nos dejó momentos para el recuerdo, como la “comunión masiva” que se hizo palpable con “Un tragaluz”. Para mí, Viva Belgrado demostró que su directo es un testamento vital tan agridulce como adictivo, una muestra de rock rebosante de realidad. Se despidieron con la frase perfecta: “Que no nos falten los conciertos, que vengan pocos desencuentros”.

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En un momento culminante, en un acto de pura espontaneidad, Alba y el saxofonista saltaron la valla de seguridad para adentrarse en las primeras filas. En un electrizante tú a tú con los asistentes, la banda redujo la distancia a cero, creando un momento de conexión que muchos de nosotros jamás podremos olvidar. Su concierto fue la prueba fehaciente de que su música es la tumba del aburrimiento, dejándonos con la sensación de haber presenciado un verdadero torbellino de talento y energía.

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El hard rock melódico de The Quireboys nos demostró por qué son “dulces como el Bourbon, salvajes como león enjaulado”. Su regreso triunfal se debe al lanzamiento de su nuevo álbum, Wardour Street, un disco que es el regreso perfecto para Spike y una victoria sobre la adversidad. Desde el primer acorde, la banda londinense dejó claro que no venían a especular. Para mí, la figura de Spike se erigió como el centro magnético del show. Con su voz rasgada como el whisky y su carisma de dandy rockero, se movió por el escenario como un perfecto maestro de ceremonias. Su presencia es la encarnación del rock and roll: una mezcla de elegancia desaliñada y una actitud de “fiesta total”.

Incluso en medio de la vorágine, Spike demostró su cercanía con una anécdota inolvidable: mientras yo estaba concentrado en captar instantáneas, se percató de mi presencia y, con gestos, me hizo señas para preguntarme el nombre de la ciudad, olvidando por un instante que se lo habían dicho antes de salir. Fue un pequeño detalle que reafirmó su espontaneidad.

El setlist, un recorrido vibrante, arrancó con “Jeeze Louise” y “Can’t Park Here”. El concierto alcanzó su punto álgido con la intensidad de “Raining Whiskey” y el himno de siempre “Whippin’ Boy”. Para el bis, nos regalaron “7 O’Clock” y “Like It or Not”. Tras el último acorde, el ambiente de fiesta se trasladó al backstage. Allí, en un momento que sé que muchos de nosotros habríamos querido vivir, tuve la oportunidad de intercambiar unas breves palabras con el mismísimo Spike, sellando la conversación con unas fotos.

Medalla, la banda que sustituyó a última hora a The Wizards, fue la encargada de cerrar el festival. Para nosotros, los valientes que nos quedamos a ver el cierre, la banda barcelonesa demostró por qué su única regla es no levantar el pie del acelerador. Desde el primer acorde, la formación —una máquina perfectamente engranada y una “bestia de cuatro cabezas”— levantó una inquebrantable muralla de distorsión. Su directo fue un acto de pura contundencia. Con una propuesta cargada de acidez, crítica y veneno, la banda nos ofreció frases lapidarias que resuenan con una crudeza brutal, como un recordatorio de que su música es más que sonido.

Medalla no solo cumplió con las expectativas, sino que las pulverizó. Su directo incendiario fue el colofón perfecto para un festival que celebró la diversidad del rock. La banda se despidió del escenario dejándonos con la sensación de haber presenciado un verdadero triunfo musical, un “asalto” en toda regla que se convirtió en el broche de oro perfecto para cerrar el telón de la noche.

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