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Coheed and Cambria en Barcelona: “Dos galaxias y una noche eléctrica”
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La noche comenzó con una sacudida local. Avida Dollars, banda barcelonesa de rock alternativo, asumió el papel de telonero con una entrega que desbordó expectativas. Liderados por Pablo Franco, el cuarteto desplegó una mezcla de crudeza y armonía en castellano que pronto se ganó al público. “XXXXX” abrió el set con fuerza, marcando un ritmo implacable que no decayó en ningún momento.

Sin apenas pausa, “Silencio” reforzó la intensidad de un directo sólido y milimétrico. Con tres trabajos publicados —Paramnesia, Esencia y el single Berriak—, Ávida Dollars demostraron una madurez sonora impropia de un grupo en ascenso. Su sincronía escénica y su energía comunicativa los mostraron como una “máquina perfectamente engranada”, más cercana a una banda de gira internacional que a un simple telonero.

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Canciones como “Hielo y Fuego” y el ya celebrado “Berriak” confirmaron su identidad: un sonido reconocible que bebe de influencias como Thrice o Refused, pero que se expresa con una autenticidad muy propia. El cierre, con “La sombra del ciprés” y “Los Niños Perdidos”, dejó la sala encendida y lista para recibir el siguiente acto cósmico.

Y entonces llegó Coheed and Cambria, transformando la Sala Apolo en una nave intergaláctica. Desde el primer acorde, el público —los fieles Children of the Fence— se sumergió en el universo narrativo de The Amory Wars. Claudio Sánchez, mitad chamán, mitad superhéroe de cómic, comandó la tripulación junto a Travis Stever, Josh Eppard y Zach Cooper, construyendo un muro de sonido tan técnico como emocional.

“Yesterday’s Lost”, “Goodbye, Sunshine” y “Shoulders” marcaron un arranque arrollador, aunque con un bombo inicialmente dominante que pronto encontró equilibrio. Entre tema y tema, Sánchez rompió el hielo con una disculpa sincera: “I’m sorry I don’t speak Spanish, but thank you for being here tonight.” No hizo falta más para conectar.

El grupo navegó con soltura entre la épica progresiva y el pop melódico. “Blood Red Summer”, “A Favor House Atlantic” y “The Liars Club” levantaron coros unánimes, demostrando que el virtuosismo técnico no está reñido con la emoción inmediata. La base rítmica de Eppard y Cooper sostuvo el pulso, mientras Stever y Sánchez elevaban las melodías hacia el firmamento.

El clímax llegó con “In Keeping Secrets of Silent Earth: 3”, un estallido de diez minutos donde Claudio invocó a los dioses eléctricos —Hendrix, Morello, Santana— y el público se convirtió en pura vibración. Tras un breve bis con la íntima “Corner My Confidence”, el cierre fue apoteósico: “Welcome Home” cayó como un meteorito sobre la Apolo, sellando la noche con una ovación que parecía no terminar.

Más que un concierto, fue un ritual donde el tiempo se dobló. En la Apolo coexistieron el adolescente que descubrió Good Apollo en 2005 y el adulto que hoy canta las mismas letras con puños en alto. Cuando las luces se encendieron, todos compartían la misma certeza: lo que acababan de vivir fue efímero, pero se sintió eterno.

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