

El Palacio de Vistalegre volvió a abrir sus puertas para una de esas citas que, sobre el papel, parecían infalibles. Con Alter Bridge encabezando un cartel escoltado por Daughtry y Sevendust, la propuesta era un recorrido completo por el rock estadounidense de las últimas tres décadas. Sin embargo, la experiencia quedó empañada por los problemas endémicos de un recinto que sigue peleado con la acústica.
Abrieron la tarde Sevendust. Los de Atlanta son una anomalía fascinante dentro del metal alternativo. Su estilo se desmarca del resto gracias a la voz de Lajon Witherspoon (que hizo varias referencia a España, su conexión con el idioma y la cultura, así como familiares que viven en nuestras tierras), que aporta un alma soul y R&B a una base instrumental puramente agresiva y sincopada. Esta mezcla de pesadez y melodía aterciopelada es lo que les dio el éxito a finales de los 90 con discos como su debut homónimo o “Animosity”. Ayer intentaron demostrar por qué temas como “Black” siguen siendo himnos, pero el sonido no les hizo justicia. La bola de graves que suele formarse en Vistalegre se tragó gran parte de los matices de la batería de Morgan Rose, dejando una sensación de potencia desdibujada. Espero que vuelvan pronto a Madrid y en un local en el que puedan brillar de verdad.
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Daughtry tomó el relevo con un enfoque mucho más centrado en el post-grunge. La banda de Chris Daughtry, que saltó a la fama mundial tras su paso por American Idol, ha sabido construir una carrera basándose en estribillos épicos y una producción trabajada. Su estilo se define por esa estructura de rock radiofónico donde la voz es el centro absoluto (incluso en la disposición de la banda en el escenario), apoyada en guitarras con mucho cuerpo pero sin la aspereza o distorsión del metal. Sonaron éxitos como “It’s Not Over”, recordando aquel disco debut que vendió millones en 2006. Aunque su entrega fue notable, el eco del pabellón volvió a ser un obstáculo, restando la nitidez que requiere un estilo pulido como el suyo, aunque mejoró según avanzó el setlist. Las lueces fueron muy contrastadas aunque en general bastante oscuras y muy centradas en Chris. El gran telón negro de fondo tampoco ayudaba al tragar mucha luz. Se me hizo larga su actuación y el encore me resultó forzado, si bien, fue muy aplaudido en general.
Finalmente, Alter Bridge saltó al escenario puntuales y con energía. Son profesionales y se notó en cada tema, gesto, pose… La banda nacida de las cenizas de Creed ha logrado algo casi imposible: superar el éxito de su anterior formación gracias a la maestría técnica de Mark Tremonti y la voz de Myles Kennedy. Su música es una evolución del hard rock hacia terrenos más complejos y metálicos, con solos de guitarra que son verdaderas lecciones y composiciones que rozan lo progresivo en álbumes como “Blackbird” o “Fortress”.
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El inicio del show fue accidentado en lo visual. Alter Bridge abusó de unos focos frontales blancos extremadamente potentes que, lejos de crear atmósfera, cegaron literalmente a las primeras filas durante las primeras canciones, dificultando incluso ver a los músicos. Fue una decisión de diseño extraña que se sumó a una iluminación general que cumplió sin alardes. Muchos haces cruzados, tonos neutros y una linea superior de led que daba algún dibujo diferenciador. En lo musical, sonaron piezas clave como “Metalingus” o la esperada “Blackbird”, donde el duelo de guitarras entre Kennedy y Tremonti sigue siendo lo mejor que se puede ver en el género y que disfrutamos entre el jolgorio generalizado. La banda se dejó la piel y demostró una precisión milimétrica, pero el malestar del público con el audio era palpable. Una vez más, la reverberación del recinto dificultó que el trabajo de la mesa de mezclas brillara, convirtiendo lo que debería haber sido una noche de gloria sonora en una lucha constante por distinguir los matices. Alter Bridge son gigantes, pero ayer Vistalegre les quedó pequeño en calidad acústica.
El rock de estadios sobrevive gracias a bandas como estas capaces de mantener la compostura y la pegada, incluso cuando el recinto parece empeñado en boicotearles la noche. Madrid fue testigo de un ejercicio de pura resiliencia profesional; un recordatorio de que, aunque la acústica de la plaza siga sin estar a la altura de la fidelidad que los fans pagan en taquilla, el talento de Kennedy, Tremonti, Lajon, Morgan o Chris, tiene el peso suficiente para hundir cualquier amago de decepción. Nos fuimos a casa con los oídos algo castigados, sí, pero con la certeza de que el legado de estas tres bandas sigue siendo un refugio sólido en tiempos de música prefabricada.


El Palacio de Vistalegre volvió a abrir sus puertas para una de esas citas que, sobre el papel, parecían infalibles. Con Alter Bridge encabezando un cartel escoltado por Daughtry y Sevendust, la propuesta era un recorrido completo por el rock estadounidense de las últimas tres décadas. Sin embargo, la experiencia quedó empañada por los problemas endémicos de un recinto que sigue peleado con la acústica.
Abrieron la tarde Sevendust. Los de Atlanta son una anomalía fascinante dentro del metal alternativo. Su estilo se desmarca del resto gracias a la voz de Lajon Witherspoon (que hizo varias referencia a España, su conexión con el idioma y la cultura, así como familiares que viven en nuestras tierras), que aporta un alma soul y R&B a una base instrumental puramente agresiva y sincopada. Esta mezcla de pesadez y melodía aterciopelada es lo que les dio el éxito a finales de los 90 con discos como su debut homónimo o “Animosity”. Ayer intentaron demostrar por qué temas como “Black” siguen siendo himnos, pero el sonido no les hizo justicia. La bola de graves que suele formarse en Vistalegre se tragó gran parte de los matices de la batería de Morgan Rose, dejando una sensación de potencia desdibujada. Espero que vuelvan pronto a Madrid y en un local en el que puedan brillar de verdad.
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Finalmente, Alter Bridge saltó al escenario puntuales y con energía. Son profesionales y se notó en cada tema, gesto, pose… La banda nacida de las cenizas de Creed ha logrado algo casi imposible: superar el éxito de su anterior formación gracias a la maestría técnica de Mark Tremonti y la voz de Myles Kennedy. Su música es una evolución del hard rock hacia terrenos más complejos y metálicos, con solos de guitarra que son verdaderas lecciones y composiciones que rozan lo progresivo en álbumes como “Blackbird” o “Fortress”.
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El rock de estadios sobrevive gracias a bandas como estas capaces de mantener la compostura y la pegada, incluso cuando el recinto parece empeñado en boicotearles la noche. Madrid fue testigo de un ejercicio de pura resiliencia profesional; un recordatorio de que, aunque la acústica de la plaza siga sin estar a la altura de la fidelidad que los fans pagan en taquilla, el talento de Kennedy, Tremonti, Lajon, Morgan o Chris, tiene el peso suficiente para hundir cualquier amago de decepción. Nos fuimos a casa con los oídos algo castigados, sí, pero con la certeza de que el legado de estas tres bandas sigue siendo un refugio sólido en tiempos de música prefabricada.

















