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Xasthur en Copenhague: “Un Ritual Minimalista de Dolor y Silencio”

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Avatar en Copenhague: “El circo del metal”
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Pareciera que los nuevos grupos que encabezan festivales y apuntan a ser los nuevos referentes del género mezclan el metal con sonidos ajenos al mismo. Pero dentro de todos esos nombres hay uno que mezcla distintos géneros del metal y dice con orgullo que es una banda metalera. Me refiero a Avatar, quienes unen el death metal melódico con el metalcore y toques de otros géneros como el power metal. Todo acompañado por una imagen circense y divertida, que en vivo destaca bastante. Gracias a esto adquirieron mucha popularidad, por lo que el tour que respalda a su nuevo trabajo, Don’t Go in the Forest, fue en grandes lugares. Nosotros lo pudimos apreciar en el precioso Store Vega de Copenhague, por lo que aquí comienza el relato de lo vivido.

Los encargados de abrir la noche fueron los muchachos de Agabas. Definiendo su música como deathjazz, mezclan jazz con hardcore actual y pinceladas de death metal en algunos momentos. Las guitarras y el bajo crean una atmósfera pesada que incita al pogo y a mover el cuello, mientras que la batería forma ritmos intrincados y fills interesantes. Por encima se encuentra el saxo, que forma melodías y colorea las canciones, aportando originalidad y versatilidad. La voz es un grito bien hardcore, sin mucho trabajo, pero que cumple con su función.

El sonido no fue el mejor. Si bien el saxo y la voz estaban al frente y la batería se escuchaba sólida, no así las guitarras y el bajo. Estos formaban una bola de ruido que, si bien saciaba la sed de agresión, no estaba nítida. La falta de definición hizo que los arreglos no se pudieran apreciar. Pero esto no opacó la energía de la banda, que fue el punto alto del show. Los músicos se movían por todo el escenario, invitaban al pogo y hasta se bajaron a poguear con la gente. Esto convenció al público e hizo que superaran el mejorable sonido.

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Los siguientes fueron Alien Weaponry, oriundos de Nueva Zelanda y dueños de una popularidad que va en ascenso. Su propuesta podría compararse con el Sepultura de Chaos A.D. y Roots, ya que mezcla groove metal con música autóctona. La fusión entre el haka maorí y el groove metal encaja muy bien y refresca un género ya gastado. Los estribillos y coros melódicos también están muy logrados, y saben cortar de buena manera con la agresión de las estrofas.

Sin embargo, en el directo se quedaron cortos. Si bien trataron de interactuar con la gente, les faltó trabajar en la comunicación con el público. Solo en contados momentos pudieron lograr que el público se metiera en el show. Durante el resto de la presentación, la gente estaba mirando tranquilamente.

El sonido fue otro punto a mejorar por varios motivos. El primero fue la falta de definición en la guitarra y el bajo: ambos sonaban juntos, pero no se destacaban. Era una bola de sonido en la que no se distinguía qué estaba tocando cada uno. Luego, todo sonaba comprimido y chico. La guitarra no sonaba poderosa ni invitaba a mover la cabeza, el bajo no crujía y apenas se sentía. La batería se escuchó mejor, pero no llegó al nivel de contundencia necesario. El concierto terminó de manera abrupta, con las luces prendiéndose y la banda retirándose, sin haber generado expectativa ni nada. Un show con buena interpretación, pero con muchos puntos a mejorar.

Con el escenario adornado con dos juegos de luces al costado de la batería y un gran telón rojo cerrado, se apagaron las luces. La batería estaba sobre una tarima que se abría lateralmente, por lo que se abrió al igual que el telón. Los músicos ingresaron en fila, con Johanssen a la cabeza, quien se encontraba encapuchado y con una lámpara. Así dio inicio “Captain Goat”, un arranque atmosférico que buscaba calentar motores para lo que vendría. Al terminar la canción, el vocalista se destapó y dio inicio formal al show con la rápida “Silence in the Age of Apes”, seguida a toda máquina con “The Eagle Has Landed” y la cantada por todo el público “In the Airwaves”.

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Hay muchos puntos a destacar, tantos que no sé por dónde empezar, así que vamos con el único que estuvo medio punto abajo de los demás: el sonido. No fue malo, fue nítido y los instrumentos se entendían, pero tuvo por momentos un exceso de graves. Este es un punto muy común en las mezclas de sonido actuales. Por momentos, los graves eran muy altos y resultaban molestos, e incluso llegaron a tapar algún solo de guitarra. Esto no fue durante todo el show y no impidió su disfrute, pero es algo para destacar.

La ejecución fue perfecta: la banda suena ajustada y sólida. Y lo sorprendente es que toquen tan bien mientras juegan con el público y hacen muchas acciones para entretener al mismo. Esto lleva al punto fuerte del show: el entretenimiento. Cambio de vestuarios por doquier, sacaron cualquier cantidad de artilugios y, por sobre todo, un carisma que levantaba hasta a los muertos.

Una presentación de esta magnitud tuvo muchos momentos a destacar, como por ejemplo “The Tower”, donde Johanssen se sentó en el piano. Otro momento brillante fue “Legend of the King”, donde un guitarrista entró al escenario subido a un trono y vestía una corona en la cabeza. Los demás le hacían reverencias mientras tocaba.

Generalmente los monólogos suelen ser aburridos, pero Johanssen demostró, hasta en ellos, que es dueño de una energía que revive a los muertos. Durante el show habló en sueco, danés e inglés. Habló sobre cuando no eran conocidos, contó anécdotas de sus anteriores visitas a Copenhague y agradeció al público.

El final fue de la mano de la poderosa “Hail the Apocalypse”, festejada y pogueada por el colmado recinto. Al terminar la canción, se tomaron un buen rato para saludar a la gente y generar la última sonrisa del espectáculo.

Avatar dio un concierto brillante, donde enalteció al metal, lo honró y lo usó para divertir. Demostró que se merece su aumento de popularidad y que está listo para subirse a cualquier escenario y salir victorioso.

Fotografía portada: Bransholm Photography

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Avatar en Copenhague: “El circo del metal”
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Pareciera que los nuevos grupos que encabezan festivales y apuntan a ser los nuevos referentes del género mezclan el metal con sonidos ajenos al mismo. Pero dentro de todos esos nombres hay uno que mezcla distintos géneros del metal y dice con orgullo que es una banda metalera. Me refiero a Avatar, quienes unen el death metal melódico con el metalcore y toques de otros géneros como el power metal. Todo acompañado por una imagen circense y divertida, que en vivo destaca bastante. Gracias a esto adquirieron mucha popularidad, por lo que el tour que respalda a su nuevo trabajo, Don’t Go in the Forest, fue en grandes lugares. Nosotros lo pudimos apreciar en el precioso Store Vega de Copenhague, por lo que aquí comienza el relato de lo vivido.

Los encargados de abrir la noche fueron los muchachos de Agabas. Definiendo su música como deathjazz, mezclan jazz con hardcore actual y pinceladas de death metal en algunos momentos. Las guitarras y el bajo crean una atmósfera pesada que incita al pogo y a mover el cuello, mientras que la batería forma ritmos intrincados y fills interesantes. Por encima se encuentra el saxo, que forma melodías y colorea las canciones, aportando originalidad y versatilidad. La voz es un grito bien hardcore, sin mucho trabajo, pero que cumple con su función.

El sonido no fue el mejor. Si bien el saxo y la voz estaban al frente y la batería se escuchaba sólida, no así las guitarras y el bajo. Estos formaban una bola de ruido que, si bien saciaba la sed de agresión, no estaba nítida. La falta de definición hizo que los arreglos no se pudieran apreciar. Pero esto no opacó la energía de la banda, que fue el punto alto del show. Los músicos se movían por todo el escenario, invitaban al pogo y hasta se bajaron a poguear con la gente. Esto convenció al público e hizo que superaran el mejorable sonido.

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Sin embargo, en el directo se quedaron cortos. Si bien trataron de interactuar con la gente, les faltó trabajar en la comunicación con el público. Solo en contados momentos pudieron lograr que el público se metiera en el show. Durante el resto de la presentación, la gente estaba mirando tranquilamente.

El sonido fue otro punto a mejorar por varios motivos. El primero fue la falta de definición en la guitarra y el bajo: ambos sonaban juntos, pero no se destacaban. Era una bola de sonido en la que no se distinguía qué estaba tocando cada uno. Luego, todo sonaba comprimido y chico. La guitarra no sonaba poderosa ni invitaba a mover la cabeza, el bajo no crujía y apenas se sentía. La batería se escuchó mejor, pero no llegó al nivel de contundencia necesario. El concierto terminó de manera abrupta, con las luces prendiéndose y la banda retirándose, sin haber generado expectativa ni nada. Un show con buena interpretación, pero con muchos puntos a mejorar.

Con el escenario adornado con dos juegos de luces al costado de la batería y un gran telón rojo cerrado, se apagaron las luces. La batería estaba sobre una tarima que se abría lateralmente, por lo que se abrió al igual que el telón. Los músicos ingresaron en fila, con Johanssen a la cabeza, quien se encontraba encapuchado y con una lámpara. Así dio inicio “Captain Goat”, un arranque atmosférico que buscaba calentar motores para lo que vendría. Al terminar la canción, el vocalista se destapó y dio inicio formal al show con la rápida “Silence in the Age of Apes”, seguida a toda máquina con “The Eagle Has Landed” y la cantada por todo el público “In the Airwaves”.

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La ejecución fue perfecta: la banda suena ajustada y sólida. Y lo sorprendente es que toquen tan bien mientras juegan con el público y hacen muchas acciones para entretener al mismo. Esto lleva al punto fuerte del show: el entretenimiento. Cambio de vestuarios por doquier, sacaron cualquier cantidad de artilugios y, por sobre todo, un carisma que levantaba hasta a los muertos.

Una presentación de esta magnitud tuvo muchos momentos a destacar, como por ejemplo “The Tower”, donde Johanssen se sentó en el piano. Otro momento brillante fue “Legend of the King”, donde un guitarrista entró al escenario subido a un trono y vestía una corona en la cabeza. Los demás le hacían reverencias mientras tocaba.

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