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Candelabrum Metal Fest 2026 Día 1: “La Tormenta de la Melancolía”
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Después de cinco años de acompañar a este festival desde sus inicios, hemos decidido permitirnos el mote de “veteranos”, quizás no por la experiencia, mucho menos por el trastorno de estrés postraumático (manifestado en la muy real depresión post-festival), ni tampoco por sentirnos expertos en candelabrumeces, pero quizás sí por la sensación de batalla, de lucha física, de victoria o derrota, según sea el caso. Ha pasado casi un lustro de aquella primera edición que nos enseñó de qué trataba esto y volteando la vista atrás, es extraño que hayamos llegado hasta aquí. Es extraño que este sueño no se haya extinto, como tantos más.

Nuestra historia empieza en Arandas, Jalisco, a menos de dos horas de León, Guanajuato. Iván, nuestro fotógrafo para la ocasión, nos escoltaría en su ranfla hasta la ciudad del doom desde el día viernes para pernoctar ahí. A la mañana siguiente, desayunados y embotados, nos encaminamos a la carpa de prensa para que tan solo unos momentos después, la brutalidad nos abatiera como una maza de construcción a una cabeza sin protección: Necronos, la espectacular banda queretana de black/death metal, que con una intensidad vibrante y demoledora, nos daba la bienvenida a las decentes de personas que ya se arrempujaban hacia el centro del escenario.

Con su ya característica puntualidad, el festival no nos dejaría descansar por mucho tiempo, siguiendo el turno de los capitalinos Vinnum Sabbathi, una banda ya totalmente legendaria en los bajos mundos del doom metal mexicano. Con un imponente sonido saturado en bajos y efectos siderales, su presentación dejó una impactante huella en mí, convirtiéndose en una de mis presentaciones nacionales favoritas en la historia del festival. Es en este momento donde nos permitimos apreciar que, a diferencia de años pasados, para la una de la tarde, La Velaria de la Feria ya contaba con bastantes asistentes. Nos imaginamos que más allá de las propuestas tempraneras en la programación, tendrá qué ver conque cada vez más asistentes están dispuestos a dejarse embelesar por la propuesta curatorial.

La siguiente banda de la jornada sería Nite, con un impecable y afilado sonido que es tributo a los clásicos del heavy y a los clásicos del black a partes iguales. Un diablo motorizado como pocos, que desde San Francisco, California arrancaron motores para las propuestas internacionales. Pisándole los talones, Spiritus Mortis fue una de esas propuestas que ni conocía, ni me terminó de convencer, curioso, ya que es un doom tradicional muy al estilo de aquellos que me suelen enamorar, pero algo en la presentación no me hizo click del todo, cosa que achaco completamente a mí, ya que a muchas personas les encantó.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: JULIO FERNÁNDEZ (SATURNUS): “LOS ATRAPAREMOS CON NUESTRO HAPPY DOOM”

Con Gehennah había sido momento de aventurarnos un poco por los terrenos del festival, mientras el frenético y blasfemo sonido de los suecos retumbaba a la distancia nos proponíamos a hacerles el honor brindando con fría cerveza, explorando los puestos de merch: un Mondo Medicale de Impaled por aquí, una playera de Pulver de Lifelover por allá, pero ninguna pieza original de Warning a la vista.

Luego de examinar con detenimiento la obra expuesta de NecrosHorns, el artista invitado para esta ocasión, con sus retratos cotidianos de personajes nada cotidianos, volvíamos al centro del escenario para apreciar a los adeptos de la niña flaca, RAM, que muy a pesar de su pinta de black metaleros de la primera ola, su heavy metal distaba de ser algo sucio y demencial y se colocaba como uno de los exponentes más limpios y dinámicos del cartel. Con una presentación energética, muy a la vieja escuela, los noruegos dieron un contraste bastante interesante con relación a la banda que se presentaría después de ellos.

Siendo sin duda una de las propuestas más interesantes e inesperadas de esta visión, Ved Buens Ende de Noruega le quebró la cabeza a más de un asistente con aquel black metal extraño y onírico. Como si las retorcidas imágenes de un paciente psiquiátrico escandinavo quedaran libres por el escenario, con aquellos trajes oscuros y napoleónicos, que dieron una impactante escena acompañada de acordes disonantes y lúgubres voces mientras el sol seguía bajando, cobijado por una espesa capa gris que hacía de cielo aquel sábado.

Para cuando el mejor clon de Carcass (y lo digo como un halago supremo) se trepó al escenario, los ánimos estaban por los cielos, y es que Impaled definitivamente es una de esas bandas que veníamos a ver, porque extrañamos ese sonido, porque el melodic death es mejor cuando le meten gore y el deathgrind nos pone una sonrisota de oreja a oreja, y más aún cuando desde el escenario nos recuerdan que no todos los gringos están de acuerdo con el status quo y que tanto Trump, como Elon Musk y Bibi Netanyahu pueden ir y chingar a toda su re-bomba choncha madre. Y, oh, Satán, el desmadre, el desmadre empalado, denso, duro, directo. Qué hermosa banda y qué hermoso momento.

Y es entonces cuando la penumbra se hizo presente, precedida por la oscuridad del firmamento, que los héroes texanos de la perdición y el lamento, nos fulminaron frente a frente. Solitude Aeturnus, unos gigantes, qué digo gigantes, titanes inauditos del doom metal nos acompañaron con su tortuosa presencia. Enfrentándose al público en agridulce sustitución de Rob Lowe, John-Paul Luna, su nuevo, joven, flamante (y mexa) vocalista, lideró la procesión fúnebre con excelencia, como si aquel trabajo siempre hubiera sido suyo. Administrando una poderosa interpretación vocal directo a la yugular de todos los asistentes, la pionera banda nos despojó de los calzones y nos dio una verdadera cátedra de triste contundencia.

Revenge tocó.

Pero la verdadera joya de la corona, quizás de todas las ediciones de este fabuloso festival estaba por comenzar. La hora se acercaba y todos aquellos que crecimos y sufrimos y padecimos y bailamos y lloramos y follamos con los “amantes de la vida” de fondo nos apretujábamos lo más cercano que pudiéramos para observar y sollozar, cuando de pronto… ¡Bum! Tormenta eléctrica papawh, y de las buenas. Probablemente el retraso más significativo que he experimentado en este festival, y aunque realidad no pudo haber durado más de quince minutos, las pantallas anunciaban cadavéricamente la razón de este. Pasaron los cortos, pero largos minutos, cuando de pronto las flamas sonaron y la atención completa se centró en Kim, Ikanuna y compañía, que por una hora entera nos transportaron a un mundo completamente distinto, donde el dolor y el placer se funden. No paré de chillar durante toda la presentación. Toda una vida adulta de peripecias, amores y desamores se deshizo delante de mis ojos, y mientras los berridos inundaban el recinto, complejos patrones emergían y colapsaban a lo lejos, muy arriba de nuestras cabezas, iluminando las mullidas nubes de tragedia.

Al término de Lifelover, me retiré a tomar aire y alcohol, aún anonado por la experiencia con la certeza de que estaba a punto de ver a otros héroes de la juventud. Mis pies eran una broma y mi cabeza daba vueltas, pero reuniría fuerzas pues el baño de sangre se auguraba a escasos minutos y para mi sorpresa, nah. No traían nada. Lo lamento mucho, yo mismo me siento un fraude escribiendo esto, pero de verdad que me enojé. Siempre había querido ver a Bloodbath y no sé qué pasó, pero no sentí la magia, para nada. El sonido soso y me atrevo a pensar que no fue culpa del recinto ni del staff, pues menores bandas han sonado más ponchadas en esos altavoces. La aburrida y monótona presentación se alargó más lo necesario. Esperaba fuerza, contundencia, derrame de sesos y obtuve un perrillo atropellado al que no le pasó nada al final. Puro guau, guau y nada de splatter. Así que opté por deambular, vagar y arrastrar los pies hasta la zona de comida donde me zampé una hamburguesa con papas por $200 pesos y esperé hasta que fuera turno de Destruction.

Con ellos, los ánimos me fueron retornando de a poco, ya pude volver a poner cara de malo y mover la cabeza, pero mi mente se había quedado muy atrás, en aquella tormenta eléctrica de melancolía, reviviendo momentos profundos, pero efímeros de una vida pasada. Y mientras el tupa-tupa de los teutones me recordaba que esto aún no terminaba, ya me estaba preparando para afrontar un nuevo día, después, en domingo, pero de mientras, aún quedaba cerveza en el vaso y el thrash daba por terminada onceaba jornada de metal que había iniciado en 2022.

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Candelabrum Metal Fest 2026 Día 1: “La Tormenta de la Melancolía”
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Después de cinco años de acompañar a este festival desde sus inicios, hemos decidido permitirnos el mote de “veteranos”, quizás no por la experiencia, mucho menos por el trastorno de estrés postraumático (manifestado en la muy real depresión post-festival), ni tampoco por sentirnos expertos en candelabrumeces, pero quizás sí por la sensación de batalla, de lucha física, de victoria o derrota, según sea el caso. Ha pasado casi un lustro de aquella primera edición que nos enseñó de qué trataba esto y volteando la vista atrás, es extraño que hayamos llegado hasta aquí. Es extraño que este sueño no se haya extinto, como tantos más.

Nuestra historia empieza en Arandas, Jalisco, a menos de dos horas de León, Guanajuato. Iván, nuestro fotógrafo para la ocasión, nos escoltaría en su ranfla hasta la ciudad del doom desde el día viernes para pernoctar ahí. A la mañana siguiente, desayunados y embotados, nos encaminamos a la carpa de prensa para que tan solo unos momentos después, la brutalidad nos abatiera como una maza de construcción a una cabeza sin protección: Necronos, la espectacular banda queretana de black/death metal, que con una intensidad vibrante y demoledora, nos daba la bienvenida a las decentes de personas que ya se arrempujaban hacia el centro del escenario.

Con su ya característica puntualidad, el festival no nos dejaría descansar por mucho tiempo, siguiendo el turno de los capitalinos Vinnum Sabbathi, una banda ya totalmente legendaria en los bajos mundos del doom metal mexicano. Con un imponente sonido saturado en bajos y efectos siderales, su presentación dejó una impactante huella en mí, convirtiéndose en una de mis presentaciones nacionales favoritas en la historia del festival. Es en este momento donde nos permitimos apreciar que, a diferencia de años pasados, para la una de la tarde, La Velaria de la Feria ya contaba con bastantes asistentes. Nos imaginamos que más allá de las propuestas tempraneras en la programación, tendrá qué ver conque cada vez más asistentes están dispuestos a dejarse embelesar por la propuesta curatorial.

La siguiente banda de la jornada sería Nite, con un impecable y afilado sonido que es tributo a los clásicos del heavy y a los clásicos del black a partes iguales. Un diablo motorizado como pocos, que desde San Francisco, California arrancaron motores para las propuestas internacionales. Pisándole los talones, Spiritus Mortis fue una de esas propuestas que ni conocía, ni me terminó de convencer, curioso, ya que es un doom tradicional muy al estilo de aquellos que me suelen enamorar, pero algo en la presentación no me hizo click del todo, cosa que achaco completamente a mí, ya que a muchas personas les encantó.

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Con Gehennah había sido momento de aventurarnos un poco por los terrenos del festival, mientras el frenético y blasfemo sonido de los suecos retumbaba a la distancia nos proponíamos a hacerles el honor brindando con fría cerveza, explorando los puestos de merch: un Mondo Medicale de Impaled por aquí, una playera de Pulver de Lifelover por allá, pero ninguna pieza original de Warning a la vista.

Luego de examinar con detenimiento la obra expuesta de NecrosHorns, el artista invitado para esta ocasión, con sus retratos cotidianos de personajes nada cotidianos, volvíamos al centro del escenario para apreciar a los adeptos de la niña flaca, RAM, que muy a pesar de su pinta de black metaleros de la primera ola, su heavy metal distaba de ser algo sucio y demencial y se colocaba como uno de los exponentes más limpios y dinámicos del cartel. Con una presentación energética, muy a la vieja escuela, los noruegos dieron un contraste bastante interesante con relación a la banda que se presentaría después de ellos.

Siendo sin duda una de las propuestas más interesantes e inesperadas de esta visión, Ved Buens Ende de Noruega le quebró la cabeza a más de un asistente con aquel black metal extraño y onírico. Como si las retorcidas imágenes de un paciente psiquiátrico escandinavo quedaran libres por el escenario, con aquellos trajes oscuros y napoleónicos, que dieron una impactante escena acompañada de acordes disonantes y lúgubres voces mientras el sol seguía bajando, cobijado por una espesa capa gris que hacía de cielo aquel sábado.

Para cuando el mejor clon de Carcass (y lo digo como un halago supremo) se trepó al escenario, los ánimos estaban por los cielos, y es que Impaled definitivamente es una de esas bandas que veníamos a ver, porque extrañamos ese sonido, porque el melodic death es mejor cuando le meten gore y el deathgrind nos pone una sonrisota de oreja a oreja, y más aún cuando desde el escenario nos recuerdan que no todos los gringos están de acuerdo con el status quo y que tanto Trump, como Elon Musk y Bibi Netanyahu pueden ir y chingar a toda su re-bomba choncha madre. Y, oh, Satán, el desmadre, el desmadre empalado, denso, duro, directo. Qué hermosa banda y qué hermoso momento.

Y es entonces cuando la penumbra se hizo presente, precedida por la oscuridad del firmamento, que los héroes texanos de la perdición y el lamento, nos fulminaron frente a frente. Solitude Aeturnus, unos gigantes, qué digo gigantes, titanes inauditos del doom metal nos acompañaron con su tortuosa presencia. Enfrentándose al público en agridulce sustitución de Rob Lowe, John-Paul Luna, su nuevo, joven, flamante (y mexa) vocalista, lideró la procesión fúnebre con excelencia, como si aquel trabajo siempre hubiera sido suyo. Administrando una poderosa interpretación vocal directo a la yugular de todos los asistentes, la pionera banda nos despojó de los calzones y nos dio una verdadera cátedra de triste contundencia.

Revenge tocó.

Pero la verdadera joya de la corona, quizás de todas las ediciones de este fabuloso festival estaba por comenzar. La hora se acercaba y todos aquellos que crecimos y sufrimos y padecimos y bailamos y lloramos y follamos con los “amantes de la vida” de fondo nos apretujábamos lo más cercano que pudiéramos para observar y sollozar, cuando de pronto… ¡Bum! Tormenta eléctrica papawh, y de las buenas. Probablemente el retraso más significativo que he experimentado en este festival, y aunque realidad no pudo haber durado más de quince minutos, las pantallas anunciaban cadavéricamente la razón de este. Pasaron los cortos, pero largos minutos, cuando de pronto las flamas sonaron y la atención completa se centró en Kim, Ikanuna y compañía, que por una hora entera nos transportaron a un mundo completamente distinto, donde el dolor y el placer se funden. No paré de chillar durante toda la presentación. Toda una vida adulta de peripecias, amores y desamores se deshizo delante de mis ojos, y mientras los berridos inundaban el recinto, complejos patrones emergían y colapsaban a lo lejos, muy arriba de nuestras cabezas, iluminando las mullidas nubes de tragedia.

Al término de Lifelover, me retiré a tomar aire y alcohol, aún anonado por la experiencia con la certeza de que estaba a punto de ver a otros héroes de la juventud. Mis pies eran una broma y mi cabeza daba vueltas, pero reuniría fuerzas pues el baño de sangre se auguraba a escasos minutos y para mi sorpresa, nah. No traían nada. Lo lamento mucho, yo mismo me siento un fraude escribiendo esto, pero de verdad que me enojé. Siempre había querido ver a Bloodbath y no sé qué pasó, pero no sentí la magia, para nada. El sonido soso y me atrevo a pensar que no fue culpa del recinto ni del staff, pues menores bandas han sonado más ponchadas en esos altavoces. La aburrida y monótona presentación se alargó más lo necesario. Esperaba fuerza, contundencia, derrame de sesos y obtuve un perrillo atropellado al que no le pasó nada al final. Puro guau, guau y nada de splatter. Así que opté por deambular, vagar y arrastrar los pies hasta la zona de comida donde me zampé una hamburguesa con papas por $200 pesos y esperé hasta que fuera turno de Destruction.

Con ellos, los ánimos me fueron retornando de a poco, ya pude volver a poner cara de malo y mover la cabeza, pero mi mente se había quedado muy atrás, en aquella tormenta eléctrica de melancolía, reviviendo momentos profundos, pero efímeros de una vida pasada. Y mientras el tupa-tupa de los teutones me recordaba que esto aún no terminaba, ya me estaba preparando para afrontar un nuevo día, después, en domingo, pero de mientras, aún quedaba cerveza en el vaso y el thrash daba por terminada onceaba jornada de metal que había iniciado en 2022.

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