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Conociendo a The Kovenant: los alquimistas del black metal espacial
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Hay bandas cuya existencia parece marcada por el deseo de desafiar la lógica musical de su época, romper moldes y reconfigurarse sin pedir disculpas. The Kovenant, oriundos de Noruega, son un claro ejemplo de ese impulso transformador. Nacieron en 1993 bajo el nombre Covenant, como un proyecto de black metal sinfónico formado por dos adolescentes: Stian Arnesen, conocido como Nagash (quien luego adoptaría el seudónimo Lex Icon), y Amund Svensson, alias Blackheart, más adelante Psy Coma. Con apenas 17 años, grabaron una demo cruda pero ambiciosa (From the Storm of Shadows), que terminó siendo la base de su primer disco completo: In Times Before the Light, un álbum que, si bien fue grabado en 1995, no vería la luz oficialmente hasta 1997 debido a problemas de edición.

Aquel debut ya mostraba una ambición inusual para la escena noruega. Mientras otros grupos del segundo auge blacker seguían abrazando el minimalismo ruidoso y la misantropía cruda, Covenant se destacaba por un uso melódico de los teclados y una atmósfera más épica y onírica. Era un black metal sinfónico, sí, pero con intención narrativa, casi cinematográfica. El álbum fue reeditado más tarde con nuevas voces y producción, ya bajo su nuevo nombre: The Kovenant, adoptado tras un litigio legal con la banda sueca de EBM homónima. Esa C que se convirtió en K no fue un simple gesto gráfico: fue una declaración de ruptura.

Lo que siguió fue una transformación radical que pocos vieron venir. En 1998, con el respaldo del sello Nuclear Blast, lanzaron Nexus Polaris, un disco que no solo refinó su propuesta musical, sino que también amplió su alineación a figuras fundamentales del metal noruego. Se sumaron músicos como Astennu (Dimmu Borgir), Sverd (Arcturus), la cantante Sarah Jezebel Deva (Cradle of Filth), y nada menos que el baterista Hellhammer, ícono absoluto por su trabajo en Mayhem. Nexus Polaris se convirtió rápidamente en un disco de culto: una fusión entre el black metal y lo sinfónico, con pasajes progresivos y ciencia ficción como estética conceptual. No por nada ganaron ese año el Spellemann Award, el equivalente noruego a un Grammy.

Pero lo más audaz estaba por venir. En 1999 lanzaron Animatronic, una obra que rompió con todas sus raíces previas. Aquí, The Kovenant dejó de lado casi todo rastro del black metal para sumergirse de lleno en una mezcla de metal industrial, electrónica, cyberpunk y techno oscuro. La influencia de grupos como Ministry, Rammstein y Marilyn Manson se hizo sentir, aunque la banda nunca perdió su esencia escandinava ni su gusto por la teatralidad. El trío central —Lex Icon, Psy Coma y Hellhammer (rebautizado Von Blomberg)— creó un monstruo sonoro y visual: se maquillaban como entidades futuristas, usaban trajes cyber y abrazaban una estética distópica, con letras sobre tecnología, deshumanización y mundos digitales. Contra todo pronóstico, Animatronic fue bien recibido por la crítica y el público, y les valió un segundo Spellemann consecutivo. Para muchos fans, sigue siendo su obra maestra.

El cambio no fue una moda. En 2003, la banda lanzó SETI, un álbum aún más ambicioso desde lo técnico y electrónico. Se sumaron nuevos miembros como Angel, guitarrista de The Crest, el tecladista Brat (luego parte de Apoptygma Berzerk) y el baterista Küth (de Ram-Zet), y con ellos, The Kovenant se convirtió en una suerte de nave espacial sonora, completamente alejada de sus orígenes. SETI llevó al grupo de gira por Estados Unidos y Europa, consolidando su estatus como banda única dentro del espectro metalero. La música ya no era solo metal con toques electrónicos: era una experiencia casi transhumanista, con producción detallada y visión de futuro.

Luego vino el silencio. Aunque comenzaron a trabajar en un nuevo álbum titulado Aria Galactica, el proyecto quedó congelado indefinidamente. Los años siguientes estuvieron marcados por regrabaciones, reediciones de sus primeros trabajos, apariciones esporádicas en festivales y rumores constantes de reunión. Uno de los más notables fue su show en el Inferno Festival 2010, donde revivieron parte de su repertorio clásico. Pero la actividad compositiva se mantuvo suspendida, y los fans empezaron a ver a The Kovenant como una de esas bandas que habían desaparecido en el tiempo, como una anomalía maravillosa y olvidada.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: The Covenant regresa a los escenarios y se presentará en Argentina

Hasta que en 2024, como si el reloj cósmico se reiniciara, la banda volvió a escena. La excusa fue una gira especial tocando Nexus Polaris en vivo, con varios de los miembros originales retomando sus instrumentos y sus nombres de guerra: Astennu, Sverd, Sarah Jezebel Deva, y por supuesto, Lex Icon y Psy Coma. Incluso Hellhammer volvió a las filas. Este regreso no solo revivió la pasión de sus fans de antaño, sino que introdujo a nuevas generaciones en su universo tan particular. Lo que podría haber sido un simple ejercicio de nostalgia se transformó en una verdadera resurrección artística.

A lo largo de su historia, The Kovenant ha contado con músicos que, por sí solos, ya serían garantía de calidad. Nagash, como vocalista y bajista, también dejó huella en bandas como Dimmu Borgir y Troll, mientras que Hellhammer no necesita presentación para ningún fan del black metal. Psy Coma se encargó de programaciones y guitarras con un ojo quirúrgico para la textura sonora. Astennu tuvo una carrera breve pero intensa, también vinculado a Dimmu Borgir. La participación de Sarah Jezebel Deva —voz soprano reconocible en la escena gótica— le dio un matiz lírico y femenino al núcleo duro de la banda. Y si uno sigue la pista de cada músico, encontrará ramificaciones hacia grupos como Mayhem, Arcturus, Chrome Division, Ram-Zet, Cradle of Filth y otros tantos, como si The Kovenant fuera el punto de convergencia de varias corrientes oscuras del metal europeo.

La elección de un disco para recomendar dentro de su discografía es compleja, pero Animatronic suele ser señalado como su obra más emblemática, no solo por el riesgo asumido, sino porque es donde la banda realmente rompió las cadenas del black metal tradicional y se reinventó como un ente único. A nivel de producción, imagen y concepto, no hay otro álbum igual. No obstante, Nexus Polaris también figura como el favorito de muchos puristas, especialmente por su equilibrio entre agresividad y majestuosidad.

En cuanto a canciones esenciales para entender la evolución de The Kovenant, “Dragonstorms” es la puerta de entrada a su etapa más cruda, con su atmósfera helada y sus estructuras propias del black metal noventoso. “The Sulphur Feast” es una declaración de principios: sinfónica, poderosa, con una producción envolvente. “Mirror’s Paradise” y “Spaceman” son muestras claras del viraje hacia lo industrial, con riffs mecánicos y un groove sintético innegable. Y “Star by Star” corona esa transición, un himno electrónico que podría funcionar tanto en una pista de baile futurista como en un festival de metal.

El viaje de The Kovenant es el de una banda que nunca quiso encajar en una sola escena. Se movieron entre el black metal, el industrial, el space-metal y la electrónica sin miedo a las consecuencias, sin pedir permiso. Su legado no solo se mide por sus discos, sino por su capacidad para mutar, para escandalizar, para adelantarse a su tiempo. Hoy, con su regreso, parecen recordarnos que algunas entidades nunca mueren, simplemente hibernan… esperando la próxima señal desde las estrellas

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Pero lo más audaz estaba por venir. En 1999 lanzaron Animatronic, una obra que rompió con todas sus raíces previas. Aquí, The Kovenant dejó de lado casi todo rastro del black metal para sumergirse de lleno en una mezcla de metal industrial, electrónica, cyberpunk y techno oscuro. La influencia de grupos como Ministry, Rammstein y Marilyn Manson se hizo sentir, aunque la banda nunca perdió su esencia escandinava ni su gusto por la teatralidad. El trío central —Lex Icon, Psy Coma y Hellhammer (rebautizado Von Blomberg)— creó un monstruo sonoro y visual: se maquillaban como entidades futuristas, usaban trajes cyber y abrazaban una estética distópica, con letras sobre tecnología, deshumanización y mundos digitales. Contra todo pronóstico, Animatronic fue bien recibido por la crítica y el público, y les valió un segundo Spellemann consecutivo. Para muchos fans, sigue siendo su obra maestra.

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