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Goblinsmoker en Glasgow: “El pantano arde”
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Con un domingo extremadamente caluroso en Glasgow, llega el momento en que las puertas de Ivory Blacks se abren para dar comienzo a la última fecha de la gira escocesa de Goblinsmoker. Una atmósfera densa se instala desde temprano, no por las nubes o la lluvia —que, por una vez, se ausentan— sino por la energía latente en los pasillos, en los callejones y en cada grupo que se acerca con remeras negras y miradas expectantes. La noche promete ser un descenso lento, opresivo y alucinante hacia las profundidades del doom.

La velada comienza con Injection, un grupo conformado por algunos de los músicos más jóvenes que he visto sobre un escenario. No estoy seguro si era su primera presentación en vivo, pero sí quedó claro que contaban con un grupo de seguidores fieles, muchos de ellos probablemente amigos, que se acercaron para alentarlos con entusiasmo inquebrantable. Su set fue breve, no más de media hora, y aunque la ejecución dejó entrever la inexperiencia propia de los comienzos, lo que prevaleció fue algo mucho más valioso: la alegría genuina de tocar con amigos, el arrojo de subirse al escenario y la osadía de cerrar con un cover de Pantera. A veces, en estos pequeños gestos se esconde el germen del futuro de la escena.

La segunda entrega de la noche la ofrece Acid Reflux, trío local que rápidamente toma el control del escenario con una propuesta madura y densa. Aunque también son jóvenes, su sonido muestra una identidad más definida, enclavada en los márgenes viscosos del sludge y el doom metal. Una sorpresa visual y musical fue ver a la bajista Amber comandar las frecuencias bajas con un bajo fretless, algo que se ve con poca frecuencia en este tipo de bandas. Con precisión y carisma, dejó en claro quién sostenía el muro de sonido en cada compás. Acid Reflux fue, sin duda, una de las joyas inesperadas de la jornada, y me aseguraré de seguirles la pista de ahora en adelante.

TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Alestorm estrena el videoclip de “Killed to Death by Piracy”

Como tercer acto de la noche sube al escenario Tar, también oriundos de Glasgow. En esta ocasión presentaron una formación adaptada por razones de fuerza mayor: su cantante habitual no pudo participar por problemas de salud, y el guitarrista asumió las voces de manera improvisada, emitiendo gritos crudos mientras la instrumentación —pesada, monolítica, hipnótica— arrastraba al público hacia un trance sombrío. En uno de los momentos más singulares de la noche, un miembro del público subió al escenario para participar en una canción. Él mismo aclaró que apenas esa mañana había recibido el mensaje invitándolo a sumarse, y que improvisaría lo que pudiera. Lejos de desentonar, la intervención aportó un aire ritual, espontáneo, casi chamánico. Lamentablemente, tras conversar con miembros de la banda unos días más tarde, nos enteramos de que Tar ha decidido poner fin a su recorrido por diferencias internas. Queda la esperanza de que algo nuevo emerja de esas cenizas, como suele ocurrir con los proyectos auténticos: nunca mueren del todo.

El plato fuerte de la noche, por supuesto, fue Goblinsmoker. Procedentes de Durham, llegaban a esta fecha para cerrar su gira por Escocia, que los llevó por Aberdeen, Edimburgo y Dundee antes de desembocar en Glasgow. Conformados como trío, su presencia escénica es tan poderosa que por momentos parece que fueran el doble. La banda toma el escenario con una determinación arrolladora, y apenas suenan los primeros acordes de “Time to Ride” y “Smoked in Darkness”, se siente el impacto físico del sonido, como una avalancha sonora que sacude desde el pecho.

La tercera canción del set, “Eternal Throne”, marca un punto de inflexión: hasta ese momento, el micrófono había presentado problemas que hacían casi inaudible la voz. Cuando finalmente se soluciona, Adam —guitarrista y vocalista— bromea: “Lamentablemente ahora sí van a tener que escucharme cantar”. La risa del público, breve pero cómplice, deja paso a una nueva ola de densidad sonora.

La banda continúa con “Toad King”, himno sombrío y central en la narrativa fantástica que Goblinsmoker ha construido a lo largo de sus lanzamientos. La historia del Rey Sapo —esa figura mitológica, mitad grotesca, mitad divina— encuentra su punto más ritual en este momento. La intensidad es total, los cuerpos del público se mecen lentamente como atrapados por una marea invisible. El cierre llega con “Shamanic Rites”, que pone fin al set con un crescendo implacable, una letanía de distorsión y gritos cavernosos que aún resuenan minutos después de haber abandonado el escenario.

Cinco canciones que se sintieron como mucho más, cada una una odisea de ritmos densos y melodías alucinantes. Goblinsmoker fue una revelación en vivo: suenan impecables, devastadores, con una precisión quirúrgica y una crudeza orgánica que pocas bandas logran conjugar. El hecho de que sean solo tres músicos es asombroso. Dentro de pocos días lanzarán su tercer disco, “The King’s Eternal Throne”, que marcará el cierre de la trilogía conceptual que iniciaron con “Toad King”. El viaje del Rey Sapo parece llegar a su fin… o al menos a una nueva etapa. ¿Quién puede saber qué rituales quedan aún por realizar en los pantanos oscuros de su universo sonoro?

Fue un placer cerrar este domingo abrasador con una velada dedicada al doom y al sludge, géneros que en su aparente lentitud esconden una fuerza arquetípica. Poder ver a Goblinsmoker arrasar con el escenario de Ivory Blacks, y al mismo tiempo ser testigo del surgimiento de nuevos talentos como Acid Reflux o Injection, nos recuerda que la escena está viva, mutando, creciendo desde sus raíces más profundas. Glasgow no necesita lluvias ni nieblas para sumergirse en la oscuridad: basta una noche como esta para entenderlo.

Keep on headbangin’ motherfucker!

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Goblinsmoker en Glasgow: “El pantano arde”
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Con un domingo extremadamente caluroso en Glasgow, llega el momento en que las puertas de Ivory Blacks se abren para dar comienzo a la última fecha de la gira escocesa de Goblinsmoker. Una atmósfera densa se instala desde temprano, no por las nubes o la lluvia —que, por una vez, se ausentan— sino por la energía latente en los pasillos, en los callejones y en cada grupo que se acerca con remeras negras y miradas expectantes. La noche promete ser un descenso lento, opresivo y alucinante hacia las profundidades del doom.

La velada comienza con Injection, un grupo conformado por algunos de los músicos más jóvenes que he visto sobre un escenario. No estoy seguro si era su primera presentación en vivo, pero sí quedó claro que contaban con un grupo de seguidores fieles, muchos de ellos probablemente amigos, que se acercaron para alentarlos con entusiasmo inquebrantable. Su set fue breve, no más de media hora, y aunque la ejecución dejó entrever la inexperiencia propia de los comienzos, lo que prevaleció fue algo mucho más valioso: la alegría genuina de tocar con amigos, el arrojo de subirse al escenario y la osadía de cerrar con un cover de Pantera. A veces, en estos pequeños gestos se esconde el germen del futuro de la escena.

La segunda entrega de la noche la ofrece Acid Reflux, trío local que rápidamente toma el control del escenario con una propuesta madura y densa. Aunque también son jóvenes, su sonido muestra una identidad más definida, enclavada en los márgenes viscosos del sludge y el doom metal. Una sorpresa visual y musical fue ver a la bajista Amber comandar las frecuencias bajas con un bajo fretless, algo que se ve con poca frecuencia en este tipo de bandas. Con precisión y carisma, dejó en claro quién sostenía el muro de sonido en cada compás. Acid Reflux fue, sin duda, una de las joyas inesperadas de la jornada, y me aseguraré de seguirles la pista de ahora en adelante.

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Como tercer acto de la noche sube al escenario Tar, también oriundos de Glasgow. En esta ocasión presentaron una formación adaptada por razones de fuerza mayor: su cantante habitual no pudo participar por problemas de salud, y el guitarrista asumió las voces de manera improvisada, emitiendo gritos crudos mientras la instrumentación —pesada, monolítica, hipnótica— arrastraba al público hacia un trance sombrío. En uno de los momentos más singulares de la noche, un miembro del público subió al escenario para participar en una canción. Él mismo aclaró que apenas esa mañana había recibido el mensaje invitándolo a sumarse, y que improvisaría lo que pudiera. Lejos de desentonar, la intervención aportó un aire ritual, espontáneo, casi chamánico. Lamentablemente, tras conversar con miembros de la banda unos días más tarde, nos enteramos de que Tar ha decidido poner fin a su recorrido por diferencias internas. Queda la esperanza de que algo nuevo emerja de esas cenizas, como suele ocurrir con los proyectos auténticos: nunca mueren del todo.

El plato fuerte de la noche, por supuesto, fue Goblinsmoker. Procedentes de Durham, llegaban a esta fecha para cerrar su gira por Escocia, que los llevó por Aberdeen, Edimburgo y Dundee antes de desembocar en Glasgow. Conformados como trío, su presencia escénica es tan poderosa que por momentos parece que fueran el doble. La banda toma el escenario con una determinación arrolladora, y apenas suenan los primeros acordes de “Time to Ride” y “Smoked in Darkness”, se siente el impacto físico del sonido, como una avalancha sonora que sacude desde el pecho.

La tercera canción del set, “Eternal Throne”, marca un punto de inflexión: hasta ese momento, el micrófono había presentado problemas que hacían casi inaudible la voz. Cuando finalmente se soluciona, Adam —guitarrista y vocalista— bromea: “Lamentablemente ahora sí van a tener que escucharme cantar”. La risa del público, breve pero cómplice, deja paso a una nueva ola de densidad sonora.

La banda continúa con “Toad King”, himno sombrío y central en la narrativa fantástica que Goblinsmoker ha construido a lo largo de sus lanzamientos. La historia del Rey Sapo —esa figura mitológica, mitad grotesca, mitad divina— encuentra su punto más ritual en este momento. La intensidad es total, los cuerpos del público se mecen lentamente como atrapados por una marea invisible. El cierre llega con “Shamanic Rites”, que pone fin al set con un crescendo implacable, una letanía de distorsión y gritos cavernosos que aún resuenan minutos después de haber abandonado el escenario.

Cinco canciones que se sintieron como mucho más, cada una una odisea de ritmos densos y melodías alucinantes. Goblinsmoker fue una revelación en vivo: suenan impecables, devastadores, con una precisión quirúrgica y una crudeza orgánica que pocas bandas logran conjugar. El hecho de que sean solo tres músicos es asombroso. Dentro de pocos días lanzarán su tercer disco, “The King’s Eternal Throne”, que marcará el cierre de la trilogía conceptual que iniciaron con “Toad King”. El viaje del Rey Sapo parece llegar a su fin… o al menos a una nueva etapa. ¿Quién puede saber qué rituales quedan aún por realizar en los pantanos oscuros de su universo sonoro?

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