

La Sala Copernico de Madrid volvió a convertirse en el epicentro de la zapatilla y el sudor con una de las citas más esperadas del año para los amantes de los sonidos más duros. Los británicos Malevolence regresaban a la capital liderando un cartel que completaban los belgas Nasty y los locales Brothers Till We Die. La expectación era máxima y la sala registró una entrada espectacular. A nivel técnico, el audio del recinto estuvo súper correcto, manteniendo esa nitidez y pegada compacta a la que Copernico nos tiene acostumbrados, logrando que cada breakdown retumbara en el pecho sin emborronar el sonido. En el apartado visual, las luces resultaron correctas para el espectáculo del público, pero hay que señalar que fueron notablemente malas para la fotografía. El gran reto de la noche se vivió durante las tres primeras canciones de Nasty, donde el técnico nos dejó un tema completamente a oscuras, obligando a bajar las cámaras y esperar.
Precisamente en esas situaciones difíciles es donde brilla el corazón de nuestra escena. Quiero destacar y agradecer profundamente la ayuda que me prestó desinteresadamente la gente del público. En una pista que era un auténtico hervidero, varios asistentes me cedieron su sitio en primera fila para poder tomar las fotos, mientras que otros vigilaron constantemente que no me cayera nadie encima desde el escenario o cuidaron mis espaldas ante los constantes movimientos del mosh. Me siento súper agradecido y súper orgulloso de formar parte de una comunidad tan unida y respetuosa.
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Los encargados de abrir la veda fueron los madrileños Brothers Till We Die, una banda que juega en casa y que cuenta con una trayectoria impecable de más de una década machacando escenarios europeos. Su estilo es un hardcore metálico con tintes de beatdown y metal extremo, caracterizado por guitarras con afinaciones muy graves, tempos pesados y secciones rítmicas diseñadas específicamente para desatar el jaleo en la pista. Lo que hace singular su propuesta es la agresividad cruda heredada del hardcore neoyorquino combinada con la precisión técnica del metal moderno. Defendiendo himnos de su catálogo como “Hand to hand” o temas de su aclamado disco “Reincarnation”, la banda demostró una madurez escénica tremenda, conectando al instante con unos seguidores que se sabían cada letra y que convirtieron las primeras filas en una zona de combate coreografiada. Prometieron organizar un bolo como cabeza de cartel, les tomamos la palabra y estaremos en primera fila.
A continuación, los belgas Nasty elevaron la temperatura hasta rozar el colapso. Con una trayectoria sólida que los sitúa como auténticos pioneros del beatdown hardcore europeo, el cuarteto destaca por un estilo que se distingue por ritmos extremadamente lentos y machacones, conocidos como slams, combinados con voces cavernosas llenas de desprecio y descontento social. Lo singular del beatdown de Nasty es su minimalismo instrumental efectivo: no busca florituras ni solos de guitarra, sino la máxima expresión de pesadez rítmica que incita al movimiento físico inmediato. Canciones míticas de su discografía, como “Shokka” o cortes de su reciente álbum “Heartbreak Criminals”, desataron la locura absoluta en Copernico, obligando al público a estirar los brazos y a golpear al aire en un ejercicio impecable de catarsis colectiva.
El plato fuerte de la noche llegó con los de Sheffield, Malevolence. El significado de la palabra malevolencia es conocido como el mal más extremo, y resulta interesante analizar cómo se manifiesta este concepto en diferentes contextos. En el ámbito legal y filosófico, se relaciona estrechamente con la malicia, que es la intención deliberada de cometer un acto ilícito o causar un perjuicio. A diferencia de la simple antipatía, que es un sentimiento pasivo, la malevolencia es activa: hay una voluntad que precede a la acción de dañar. En la literatura, es el rasgo definitorio de los peores antagonistas, impulsados por la maldad pura de herir al prójimo sin buscar un beneficio propio. En psicología, se integra dentro de la llamada Tríada Oscura junto al narcisismo y el maquiavelismo, destacando en este caso por un componente de crueldad mucho más marcado.
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El grupo lleva este nombre tan oscuro por bandera, y el público de Madrid lo coreaba con fervor: “¡Malevolencia! ¡plash! ¡plash! ¡plash! ¡plash! ¡plash!”, acompañando el grito con cinco palmadas clavadas al ritmo del nombre. Sin embargo, todo lo que rodeó a su bolo, sus caras y sus gestos, representó el mayor antagonismo de esa palabra: la benevolencia. Este antónimo no implica solo no hacer daño, sino desear activamente el bienestar del otro. Y eso es justo lo que ocurrió cada segundo en cada extremo de la sala Copérnico.
Malevolence practica un poderoso metalcore de tintes sureños y groove metal, un estilo muy singular que combina la influencia de bandas como Pantera o Crowbar —riffs pesados, armónicos de guitarra chillones y solos melódicos de la vieja escuela— con los breakdowns más demoledores del hardcore moderno. Esta mezcla permite transicionar de la violencia más pura a pasajes de una belleza enorme. Defendiendo éxitos de su trayectoria, como la aplastante “On Broken Glass” o los cortes de su aclamado álbum “Malicious Intent”, la banda demostró una predisposición de carácter que lleva a una persona a considerar instintivamente el bienestar ajeno.
Mientras abajo estallaban los saltos y los empujones, la sala se inundaba de comprensión, compasión, justicia y respeto. Vimos a la gente llorando de emoción con sus baladas más sentidas y a otros festejando abrazados en mitad del caos. Esa grandeza de ánimo evitó que nadie se detuviera en pequeñeces o rencores ante los golpes fortuitos. Aunque la malevolencia se sitúe en el extremo más negativo del espectro de la voluntad humana, la banda Malevolence y toda la escena madrileña demostraron colocarse en las antípodas: el extremo más positivo, luminoso y solidario de la voluntad humana. Un concierto inolvidable, tanto dentro como fuera del escenario.


La Sala Copernico de Madrid volvió a convertirse en el epicentro de la zapatilla y el sudor con una de las citas más esperadas del año para los amantes de los sonidos más duros. Los británicos Malevolence regresaban a la capital liderando un cartel que completaban los belgas Nasty y los locales Brothers Till We Die. La expectación era máxima y la sala registró una entrada espectacular. A nivel técnico, el audio del recinto estuvo súper correcto, manteniendo esa nitidez y pegada compacta a la que Copernico nos tiene acostumbrados, logrando que cada breakdown retumbara en el pecho sin emborronar el sonido. En el apartado visual, las luces resultaron correctas para el espectáculo del público, pero hay que señalar que fueron notablemente malas para la fotografía. El gran reto de la noche se vivió durante las tres primeras canciones de Nasty, donde el técnico nos dejó un tema completamente a oscuras, obligando a bajar las cámaras y esperar.
Precisamente en esas situaciones difíciles es donde brilla el corazón de nuestra escena. Quiero destacar y agradecer profundamente la ayuda que me prestó desinteresadamente la gente del público. En una pista que era un auténtico hervidero, varios asistentes me cedieron su sitio en primera fila para poder tomar las fotos, mientras que otros vigilaron constantemente que no me cayera nadie encima desde el escenario o cuidaron mis espaldas ante los constantes movimientos del mosh. Me siento súper agradecido y súper orgulloso de formar parte de una comunidad tan unida y respetuosa.
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Los encargados de abrir la veda fueron los madrileños Brothers Till We Die, una banda que juega en casa y que cuenta con una trayectoria impecable de más de una década machacando escenarios europeos. Su estilo es un hardcore metálico con tintes de beatdown y metal extremo, caracterizado por guitarras con afinaciones muy graves, tempos pesados y secciones rítmicas diseñadas específicamente para desatar el jaleo en la pista. Lo que hace singular su propuesta es la agresividad cruda heredada del hardcore neoyorquino combinada con la precisión técnica del metal moderno. Defendiendo himnos de su catálogo como “Hand to hand” o temas de su aclamado disco “Reincarnation”, la banda demostró una madurez escénica tremenda, conectando al instante con unos seguidores que se sabían cada letra y que convirtieron las primeras filas en una zona de combate coreografiada. Prometieron organizar un bolo como cabeza de cartel, les tomamos la palabra y estaremos en primera fila.
A continuación, los belgas Nasty elevaron la temperatura hasta rozar el colapso. Con una trayectoria sólida que los sitúa como auténticos pioneros del beatdown hardcore europeo, el cuarteto destaca por un estilo que se distingue por ritmos extremadamente lentos y machacones, conocidos como slams, combinados con voces cavernosas llenas de desprecio y descontento social. Lo singular del beatdown de Nasty es su minimalismo instrumental efectivo: no busca florituras ni solos de guitarra, sino la máxima expresión de pesadez rítmica que incita al movimiento físico inmediato. Canciones míticas de su discografía, como “Shokka” o cortes de su reciente álbum “Heartbreak Criminals”, desataron la locura absoluta en Copernico, obligando al público a estirar los brazos y a golpear al aire en un ejercicio impecable de catarsis colectiva.
El plato fuerte de la noche llegó con los de Sheffield, Malevolence. El significado de la palabra malevolencia es conocido como el mal más extremo, y resulta interesante analizar cómo se manifiesta este concepto en diferentes contextos. En el ámbito legal y filosófico, se relaciona estrechamente con la malicia, que es la intención deliberada de cometer un acto ilícito o causar un perjuicio. A diferencia de la simple antipatía, que es un sentimiento pasivo, la malevolencia es activa: hay una voluntad que precede a la acción de dañar. En la literatura, es el rasgo definitorio de los peores antagonistas, impulsados por la maldad pura de herir al prójimo sin buscar un beneficio propio. En psicología, se integra dentro de la llamada Tríada Oscura junto al narcisismo y el maquiavelismo, destacando en este caso por un componente de crueldad mucho más marcado.
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Malevolence practica un poderoso metalcore de tintes sureños y groove metal, un estilo muy singular que combina la influencia de bandas como Pantera o Crowbar —riffs pesados, armónicos de guitarra chillones y solos melódicos de la vieja escuela— con los breakdowns más demoledores del hardcore moderno. Esta mezcla permite transicionar de la violencia más pura a pasajes de una belleza enorme. Defendiendo éxitos de su trayectoria, como la aplastante “On Broken Glass” o los cortes de su aclamado álbum “Malicious Intent”, la banda demostró una predisposición de carácter que lleva a una persona a considerar instintivamente el bienestar ajeno.
Mientras abajo estallaban los saltos y los empujones, la sala se inundaba de comprensión, compasión, justicia y respeto. Vimos a la gente llorando de emoción con sus baladas más sentidas y a otros festejando abrazados en mitad del caos. Esa grandeza de ánimo evitó que nadie se detuviera en pequeñeces o rencores ante los golpes fortuitos. Aunque la malevolencia se sitúe en el extremo más negativo del espectro de la voluntad humana, la banda Malevolence y toda la escena madrileña demostraron colocarse en las antípodas: el extremo más positivo, luminoso y solidario de la voluntad humana. Un concierto inolvidable, tanto dentro como fuera del escenario.





















