

Llegamos al Roig Arena con la sensación de estar ante una de esas noches que terminan quedándose grabadas durante años. La gira de despedida de Megadeth sigue avanzando por Europa sin una fecha definitiva para el adiós, aunque cada concierto parece vivirse como si pudiera ser el último. Dave Mustaine y compañía también aprovecharon esta nueva etapa para presentar material de su próximo trabajo de estudio, sucesor de The Sick, the Dying… and the Dead!, dejando claro que, incluso mirando de reojo al final del camino, la maquinaria de los de Los Ángeles sigue funcionando con hambre y mala leche. Con el recinto llenándose poco a poco y el público preparado para una larga noche de thrash, el cartel prometía una combinación potente entre veteranos y talento estatal.
Los primeros en aparecer fueron The Cost, proyecto liderado por El Estepario Siberiano tras la batería. Y sí, el madrileño volvió a demostrar por qué es uno de los músicos más espectaculares y virales del panorama actual: precisión imposible, pegada brutal y una facilidad insultante para convertir cualquier ritmo en un espectáculo. El problema es que el resto de la banda nunca terminó de conectar con el ambiente de la noche. Su propuesta, mucho más cercana al metal alternativo y moderno, chocó bastante con un público que venía buscando riffs afilados y velocidad thrash desde el minuto uno. Más allá de momentos concretos y del carisma evidente de El Estepario, el concierto se fue diluyendo entre temas que no acabaron de levantar al Roig Arena.
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Muy distinta fue la historia de Crisix. Los catalanes llevaban tiempo sin pasar por Valencia y salieron al escenario como si hubieran acumulado toda esa energía durante meses. Desde el primer minuto aquello fue un caos maravilloso de circle pits, pogos y gente volando por encima de las primeras filas. “Ultra Thrash” y “Brutal Gadget” sonaron demoledoras, mientras Juli Baz no dejó un segundo de respiro entre gritos, carreras y arengas constantes. La banda volvió a demostrar que sigue siendo uno de los nombres más sólidos del thrash europeo cuando se trata de directo: rápidos, divertidos, salvajes y absolutamente conectados con el público. Su actuación dejó el listón peligrosamente alto para lo que venía después.
Poco después de las diez de la noche se apagaron las luces y el rugido del Roig Arena confirmó que había llegado el momento esperado. Megadeth apareció entre una ovación gigantesca y abrió fuego con “Hangar 18”, suficiente para convertir el recinto en una auténtica guerra de riffs y cabezas agitándose sin control. Mustaine, más sobrio en gestos pero firme en presencia, dejó claro desde el inicio que sigue teniendo el control absoluto de su banda, acompañado por una formación que sonó compacta y afiladísima durante toda la noche.
El repertorio fue alternando clásicos incontestables con pinceladas del nuevo material que la banda lleva mostrando en esta gira. “Sweating Bullets”, “She-Wolf” y “Countdown to Extinction” mantuvieron la intensidad constantemente arriba, mientras las canciones recientes encajaron mejor de lo que muchos podían esperar entre semejante colección de himnos. Teemu Mäntysaari volvió a destacar especialmente en las guitarras, clavando solos históricos con una naturalidad insultante y aportando frescura a una maquinaria tan legendaria como exigente.
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Pero el concierto terminó de explotar en su tramo final. “Tornado of Souls” desató uno de los momentos más coreados de la noche, seguido por una monumental “Symphony of Destruction” que hizo retumbar todo el pabellón. El cierre con “Peace Sells” y “Holy Wars… The Punishment Due” fue directamente devastador: circle pits interminables, miles de voces cantando cada palabra y la sensación colectiva de estar viendo a una banda que, incluso encarando su despedida, sigue sonando gigantesca sobre un escenario.
Con el público abandonando lentamente el recinto y todavía comentando cada detalle del concierto, el Roig Arena confirmó que está preparado para albergar noches grandes de metal. Entre el descontrol absoluto de Crisix y la autoridad intacta de Megadeth, Valencia vivió una descarga de thrash de las que dejan zumbando los oídos durante días.

Galería en Construcción


Llegamos al Roig Arena con la sensación de estar ante una de esas noches que terminan quedándose grabadas durante años. La gira de despedida de Megadeth sigue avanzando por Europa sin una fecha definitiva para el adiós, aunque cada concierto parece vivirse como si pudiera ser el último. Dave Mustaine y compañía también aprovecharon esta nueva etapa para presentar material de su próximo trabajo de estudio, sucesor de The Sick, the Dying… and the Dead!, dejando claro que, incluso mirando de reojo al final del camino, la maquinaria de los de Los Ángeles sigue funcionando con hambre y mala leche. Con el recinto llenándose poco a poco y el público preparado para una larga noche de thrash, el cartel prometía una combinación potente entre veteranos y talento estatal.
Los primeros en aparecer fueron The Cost, proyecto liderado por El Estepario Siberiano tras la batería. Y sí, el madrileño volvió a demostrar por qué es uno de los músicos más espectaculares y virales del panorama actual: precisión imposible, pegada brutal y una facilidad insultante para convertir cualquier ritmo en un espectáculo. El problema es que el resto de la banda nunca terminó de conectar con el ambiente de la noche. Su propuesta, mucho más cercana al metal alternativo y moderno, chocó bastante con un público que venía buscando riffs afilados y velocidad thrash desde el minuto uno. Más allá de momentos concretos y del carisma evidente de El Estepario, el concierto se fue diluyendo entre temas que no acabaron de levantar al Roig Arena.
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Poco después de las diez de la noche se apagaron las luces y el rugido del Roig Arena confirmó que había llegado el momento esperado. Megadeth apareció entre una ovación gigantesca y abrió fuego con “Hangar 18”, suficiente para convertir el recinto en una auténtica guerra de riffs y cabezas agitándose sin control. Mustaine, más sobrio en gestos pero firme en presencia, dejó claro desde el inicio que sigue teniendo el control absoluto de su banda, acompañado por una formación que sonó compacta y afiladísima durante toda la noche.
El repertorio fue alternando clásicos incontestables con pinceladas del nuevo material que la banda lleva mostrando en esta gira. “Sweating Bullets”, “She-Wolf” y “Countdown to Extinction” mantuvieron la intensidad constantemente arriba, mientras las canciones recientes encajaron mejor de lo que muchos podían esperar entre semejante colección de himnos. Teemu Mäntysaari volvió a destacar especialmente en las guitarras, clavando solos históricos con una naturalidad insultante y aportando frescura a una maquinaria tan legendaria como exigente.
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Pero el concierto terminó de explotar en su tramo final. “Tornado of Souls” desató uno de los momentos más coreados de la noche, seguido por una monumental “Symphony of Destruction” que hizo retumbar todo el pabellón. El cierre con “Peace Sells” y “Holy Wars… The Punishment Due” fue directamente devastador: circle pits interminables, miles de voces cantando cada palabra y la sensación colectiva de estar viendo a una banda que, incluso encarando su despedida, sigue sonando gigantesca sobre un escenario.
Con el público abandonando lentamente el recinto y todavía comentando cada detalle del concierto, el Roig Arena confirmó que está preparado para albergar noches grandes de metal. Entre el descontrol absoluto de Crisix y la autoridad intacta de Megadeth, Valencia vivió una descarga de thrash de las que dejan zumbando los oídos durante días.

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