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Møl
Dreamcrush (2026)
Nuclear Blast

1. Dream
2. Små forlis
3. Young
4. Hud
5. Garland
6. Favour
7. A Former Blueprint
8. ∞
9. Dissonance
10. Mimic
11. Crush

Si hay algo que siempre engancha del metal no es solo el volumen ni la velocidad, es la honestidad brutal en las guitarras y en la garganta, y Dreamcrush es eso multiplicado por diez. MØL no viene a ser “otro disco más de metal mezclado con shoegaze”; hay bandas que nacen para repetir una fórmula y hay otras que aparecen desde un lugar incómodo, como si nunca hubieran querido encajar del todo. MØL es de esas.

Desde Aarhus, Dinamarca, lejos del ruido de las escenas grandes, fueron armando su identidad en silencio. Desde su primer EP hasta hoy, se nota que no les interesa la complacencia fácil. Han tomado el abanico del metal, black, post, shoegaze y alt-rock, y lo han fusionado hasta que ya no se pueda separar en partes: esa es su identidad.

Dreamcrush no es un disco que te explique cosas. Es un disco que te pone frente a ellas. Su sonido, siempre entre el filo cortante y la atmósfera expansiva, deja en claro que hoy en día están más afilados y maduros que nunca.

Lo que más vuela la cabeza del disco es cómo logra abarcar contradicciones sin sentirse incoherente. Hay momentos casi cinematográficos y otros que te sacuden la médula. Hay riffs que golpean como la vida misma: no piden permiso, te atrapan y te obligan a sentir.

TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Ellende – Zerfall (2026)

Las guitarras siguen siendo densas, pero ahora respiran. Hay mucho más espacio, más aire, más melodía. Se sienten influencias que no vienen del metal extremo puro, sino del shoegaze y del alt-rock noventero, de bandas que entendían que la emoción también puede ser ruidosa. No es suavizar el golpe: es hacerlo más profundo.

La voz de Kim Song Sternkopf es clave en todo esto. El grito sigue ahí, rasposo, visceral, negro. Pero ahora convive con momentos donde canta de verdad, donde se expone. Esa dualidad es el alma del disco: el choque constante entre lo que querés decir y lo que te cuesta aceptar.

Dreamcrush tiene picos de violencia emocional y también momentos de introspección. Hay temas que te empujan y otros que te obligan a quedarte quieto y escuchar. El disco no corre todo el tiempo: sabe cuándo frenar, y eso lo hace más pesado que muchos discos que no bajan un cambio jamás.

Y si hay que señalar un punto donde todo el disco termina de cerrar, es “Crush”.

TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Poppy – Empty Hands (2026)

No es solo el cierre, es la síntesis. Todo lo que MØL viene construyendo desde sus comienzos termina de tomar forma ahí. Es un tema que no necesita explotar desde el segundo uno; se arma de a poco, te envuelve, te desgasta emocionalmente. Tiene agresión, sí, pero también una especie de belleza rota, casi resignada. Es ese momento donde entendés que los sueños no siempre te salvan… a veces también te aplastan. Y aun así, seguís adelante.

Para mí, “Crush” representa exactamente lo que hace grande a este disco: no busca impresionar, busca decir algo verdadero. Es un tema que queda dando vueltas después de que termina, de esos que te hacen volver atrás y escuchar todo el álbum otra vez, pero con otra cabeza.

Los instrumentos acompañan todo este viaje con inteligencia, sin caer en el exceso. Cuando tienen que ser demoledores, lo son. Todo está al servicio de la narrativa, no del lucimiento individual.

Si alguna vez charlamos de cómo el metal puede ser más que furia física —cómo puede ser furia emocional, reflexión, catarsis y poesía distorsionada al mismo tiempo—, Dreamcrush lo demuestra sin pretensiones. No se trata de competir en brutalidad, se trata de construir intensidad y profundidad juntas.

No hay nostalgia forzada ni intento de competir con nadie. Hay identidad.

Y eso, en el metal actual, vale oro.

Dreamcrush no busca gustar a todos. Busca conectar. Y si sos de los que sienten el metal como una herramienta para decir lo que cuesta decir, este disco te va a agarrar fuerte.

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Dreamcrush (2026)
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1. Dream
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3. Young
4. Hud
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6. Favour
7. A Former Blueprint
8. ∞
9. Dissonance
10. Mimic
11. Crush




Si hay algo que siempre engancha del metal no es solo el volumen ni la velocidad, es la honestidad brutal en las guitarras y en la garganta, y Dreamcrush es eso multiplicado por diez. MØL no viene a ser “otro disco más de metal mezclado con shoegaze”; hay bandas que nacen para repetir una fórmula y hay otras que aparecen desde un lugar incómodo, como si nunca hubieran querido encajar del todo. MØL es de esas.

Desde Aarhus, Dinamarca, lejos del ruido de las escenas grandes, fueron armando su identidad en silencio. Desde su primer EP hasta hoy, se nota que no les interesa la complacencia fácil. Han tomado el abanico del metal, black, post, shoegaze y alt-rock, y lo han fusionado hasta que ya no se pueda separar en partes: esa es su identidad.

Dreamcrush no es un disco que te explique cosas. Es un disco que te pone frente a ellas. Su sonido, siempre entre el filo cortante y la atmósfera expansiva, deja en claro que hoy en día están más afilados y maduros que nunca.

Lo que más vuela la cabeza del disco es cómo logra abarcar contradicciones sin sentirse incoherente. Hay momentos casi cinematográficos y otros que te sacuden la médula. Hay riffs que golpean como la vida misma: no piden permiso, te atrapan y te obligan a sentir.

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Las guitarras siguen siendo densas, pero ahora respiran. Hay mucho más espacio, más aire, más melodía. Se sienten influencias que no vienen del metal extremo puro, sino del shoegaze y del alt-rock noventero, de bandas que entendían que la emoción también puede ser ruidosa. No es suavizar el golpe: es hacerlo más profundo.

La voz de Kim Song Sternkopf es clave en todo esto. El grito sigue ahí, rasposo, visceral, negro. Pero ahora convive con momentos donde canta de verdad, donde se expone. Esa dualidad es el alma del disco: el choque constante entre lo que querés decir y lo que te cuesta aceptar.

Dreamcrush tiene picos de violencia emocional y también momentos de introspección. Hay temas que te empujan y otros que te obligan a quedarte quieto y escuchar. El disco no corre todo el tiempo: sabe cuándo frenar, y eso lo hace más pesado que muchos discos que no bajan un cambio jamás.

Y si hay que señalar un punto donde todo el disco termina de cerrar, es “Crush”.

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No es solo el cierre, es la síntesis. Todo lo que MØL viene construyendo desde sus comienzos termina de tomar forma ahí. Es un tema que no necesita explotar desde el segundo uno; se arma de a poco, te envuelve, te desgasta emocionalmente. Tiene agresión, sí, pero también una especie de belleza rota, casi resignada. Es ese momento donde entendés que los sueños no siempre te salvan… a veces también te aplastan. Y aun así, seguís adelante.

Para mí, “Crush” representa exactamente lo que hace grande a este disco: no busca impresionar, busca decir algo verdadero. Es un tema que queda dando vueltas después de que termina, de esos que te hacen volver atrás y escuchar todo el álbum otra vez, pero con otra cabeza.

Los instrumentos acompañan todo este viaje con inteligencia, sin caer en el exceso. Cuando tienen que ser demoledores, lo son. Todo está al servicio de la narrativa, no del lucimiento individual.

Si alguna vez charlamos de cómo el metal puede ser más que furia física —cómo puede ser furia emocional, reflexión, catarsis y poesía distorsionada al mismo tiempo—, Dreamcrush lo demuestra sin pretensiones. No se trata de competir en brutalidad, se trata de construir intensidad y profundidad juntas.

No hay nostalgia forzada ni intento de competir con nadie. Hay identidad.

Y eso, en el metal actual, vale oro.

Dreamcrush no busca gustar a todos. Busca conectar. Y si sos de los que sienten el metal como una herramienta para decir lo que cuesta decir, este disco te va a agarrar fuerte.

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