


El reloj acababa de cruzar la frontera invisible de la noche. Era la antesala del fin de semana y la ciudad quedaba atrás, disuelta entre el asfalto de vísperas de verano y las luces lejanas. Dentro del recinto, sin embargo, el tiempo parecía retroceder varias décadas. Las luces se apagaron por completo y un rugido contenido recorrió la sala. No estábamos a punto de asistir a un concierto de rock al uso. Lo que se intuía en la oscuridad era algo muy distinto: una inmersión total en la pista de baile de una discoteca clandestina, perdida en algún rincón industrial de la Europa del Este de finales de los años ochenta.
Una espesa neblina de humo artificial comenzó a devorar el escenario mientras haces de luz roja, azul eléctrico y violeta saturado atravesaban el aire como estelas de neón. Todo evocaba aquellas noches infinitas de sintetizadores analógicos, hormigón brutalista y melancolía urbana. Frente al escenario, una marea negra de cuerpos vestidos de oscuro aguardaba inmóvil. Nadie necesitaba explicación alguna. Había comenzado el ritual.
La formación de Molchat Doma para este 2026 permanece inalterable, sólida y compacta como uno de esos gigantescos bloques de apartamentos soviéticos que adornan tantas de sus portadas. Roman Komogortsev dominaba su posición entre guitarras afiladas, sintetizadores envolventes y cajas de ritmos programadas con precisión quirúrgica. Pavel Kozlov se encargaba de convertir cada línea de bajo en una auténtica descarga sísmica, capaz de hacer vibrar el suelo bajo los pies del público. Y en el centro de toda aquella maquinaria emocional aparecía la figura magnética de Egor Shkutko, auténtico epicentro de la noche.
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Desde la apertura instrumental con “Intro”, enlazada sin respiro con “Kolesom” y “Ty Zhe Ne Znaesh Kto Ya”, quedó patente que el universo de Molchat Doma adquiere una dimensión completamente distinta sobre un escenario. Lo que en estudio suena frío, distante y cuidadosamente calculado se transforma en directo en una experiencia física, absorbente y profundamente bailable.
Las sombras de Depeche Mode, Joy Division, The Cure e incluso los primeros New Order parecían sobrevolar el recinto, aunque reinterpretadas bajo una óptica contemporánea y eslava. Cada secuencia electrónica funcionaba como una invitación irresistible al movimiento; cada golpe de caja de ritmos parecía diseñado para arrastrar a miles de personas hacia un mismo estado de trance colectivo.
Pero si hubo un elemento verdaderamente hipnótico durante toda la actuación fue la presencia escénica de Egor Shkutko.
Su voz grave, monocorde y cargada de una tristeza casi existencial emergía desde las profundidades de cada canción como una transmisión de radio llegada desde otro tiempo. No importaba comprender el idioma ruso; las emociones atravesaban cualquier barrera lingüística. Había nostalgia, desencanto, soledad y belleza en cada frase.
Y mientras su voz dibujaba paisajes grises y melancólicos, su cuerpo parecía pertenecer a otra dimensión. Shkutko desarrolló durante toda la noche una danza fascinante, a medio camino entre el expresionismo teatral, los movimientos mecánicos de la cold wave y el magnetismo de los grandes iconos del synth-pop ochentero. Por momentos permanecía inmóvil, hierático, casi como una estatua observando el vacío. Instantes después estallaba en una serie de movimientos espasmódicos, fluidos y desarticulados que convertían cada canción en una pequeña performance.
Era imposible apartar la mirada. Cada gesto suyo marcaba el compás emocional de la sala.
Mientras tanto, el bajo de Kozlov actuaba como un auténtico corazón mecánico, bombeando frecuencias graves con una intensidad demoledora. Las vibraciones recorrían el pecho de los asistentes al unísono, transformando la experiencia auditiva en algo completamente físico. Los sintetizadores envolvían cada rincón del recinto con capas sonoras densas y cinematográficas que recordaban a las bandas sonoras electrónicas de la edad dorada del synth-pop.
Temas como “Belaya Polosa” o “Chernye Tsvety” terminaron de derribar cualquier resistencia. Lo que comenzó como un concierto había mutado definitivamente en una gigantesca rave oscura donde la melancolía se exorcizaba a través del baile. Miles de brazos se elevaban al ritmo de secuencias repetitivas mientras las luces estroboscópicas transformaban los movimientos del público en una sucesión de fotografías congeladas.
La temperatura emocional alcanzó su punto máximo en el tramo final del concierto. Canciones como “Discoteque” y “Na Dne” transformaron el recinto en una auténtica celebración colectiva. Si hasta entonces el público había bailado, en ese momento simplemente explotó.
La imagen era sobrecogedora: miles de personas saltando bajo flashes blancos y luces púrpura, convertidas por unos minutos en una gigantesca masa sincronizada que parecía moverse al ritmo de una única pulsación electrónica. Era como asistir al encuentro imposible entre una rave industrial, un club darkwave berlinés y una fiesta synth-pop de finales del siglo pasado.
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Tras una breve retirada entre aplausos ensordecedores, el trío regresó para afrontar un encore que terminó de elevar la noche a la categoría de experiencia memorable.
“Kletka”, “Tancevat” y, por supuesto el éxito, “Sudno (Boris Ryzhyi)” provocaron una reacción inmediata. Bastaron los primeros compases para que la sala entera estallara. El fenómeno global que ha acompañado a la banda durante los últimos años sonó más poderoso que nunca, impulsado por un público que coreó cada palabra como si se tratara de un himno generacional.
A esas alturas ya no existía la posibilidad de permanecer quieto. Los ritmos industriales golpeaban como martillos neumáticos mientras los sintetizadores brillaban con el resplandor nostálgico de una época que muchos de los asistentes ni siquiera llegaron a vivir.
Molchat Doma volvió a demostrar por qué se ha convertido en uno de los nombres fundamentales del post-punk contemporáneo. Su música conecta directamente con los fantasmas emocionales del final del siglo XX, pero lo hace sin quedarse atrapada en la nostalgia. La transforma en movimiento, en catarsis y en celebración.
Porque si algo quedó claro durante esta noche es que la melancolía no siempre se llora. A veces se baila. Y pocas bandas consiguen convertir la tristeza en una fiesta tan irresistible como Molchat Doma.



El reloj acababa de cruzar la frontera invisible de la noche. Era la antesala del fin de semana y la ciudad quedaba atrás, disuelta entre el asfalto de vísperas de verano y las luces lejanas. Dentro del recinto, sin embargo, el tiempo parecía retroceder varias décadas. Las luces se apagaron por completo y un rugido contenido recorrió la sala. No estábamos a punto de asistir a un concierto de rock al uso. Lo que se intuía en la oscuridad era algo muy distinto: una inmersión total en la pista de baile de una discoteca clandestina, perdida en algún rincón industrial de la Europa del Este de finales de los años ochenta.
Una espesa neblina de humo artificial comenzó a devorar el escenario mientras haces de luz roja, azul eléctrico y violeta saturado atravesaban el aire como estelas de neón. Todo evocaba aquellas noches infinitas de sintetizadores analógicos, hormigón brutalista y melancolía urbana. Frente al escenario, una marea negra de cuerpos vestidos de oscuro aguardaba inmóvil. Nadie necesitaba explicación alguna. Había comenzado el ritual.
La formación de Molchat Doma para este 2026 permanece inalterable, sólida y compacta como uno de esos gigantescos bloques de apartamentos soviéticos que adornan tantas de sus portadas. Roman Komogortsev dominaba su posición entre guitarras afiladas, sintetizadores envolventes y cajas de ritmos programadas con precisión quirúrgica. Pavel Kozlov se encargaba de convertir cada línea de bajo en una auténtica descarga sísmica, capaz de hacer vibrar el suelo bajo los pies del público. Y en el centro de toda aquella maquinaria emocional aparecía la figura magnética de Egor Shkutko, auténtico epicentro de la noche.
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Desde la apertura instrumental con “Intro”, enlazada sin respiro con “Kolesom” y “Ty Zhe Ne Znaesh Kto Ya”, quedó patente que el universo de Molchat Doma adquiere una dimensión completamente distinta sobre un escenario. Lo que en estudio suena frío, distante y cuidadosamente calculado se transforma en directo en una experiencia física, absorbente y profundamente bailable.
Las sombras de Depeche Mode, Joy Division, The Cure e incluso los primeros New Order parecían sobrevolar el recinto, aunque reinterpretadas bajo una óptica contemporánea y eslava. Cada secuencia electrónica funcionaba como una invitación irresistible al movimiento; cada golpe de caja de ritmos parecía diseñado para arrastrar a miles de personas hacia un mismo estado de trance colectivo.
Pero si hubo un elemento verdaderamente hipnótico durante toda la actuación fue la presencia escénica de Egor Shkutko.
Su voz grave, monocorde y cargada de una tristeza casi existencial emergía desde las profundidades de cada canción como una transmisión de radio llegada desde otro tiempo. No importaba comprender el idioma ruso; las emociones atravesaban cualquier barrera lingüística. Había nostalgia, desencanto, soledad y belleza en cada frase.
Y mientras su voz dibujaba paisajes grises y melancólicos, su cuerpo parecía pertenecer a otra dimensión. Shkutko desarrolló durante toda la noche una danza fascinante, a medio camino entre el expresionismo teatral, los movimientos mecánicos de la cold wave y el magnetismo de los grandes iconos del synth-pop ochentero. Por momentos permanecía inmóvil, hierático, casi como una estatua observando el vacío. Instantes después estallaba en una serie de movimientos espasmódicos, fluidos y desarticulados que convertían cada canción en una pequeña performance.
Era imposible apartar la mirada. Cada gesto suyo marcaba el compás emocional de la sala.
Mientras tanto, el bajo de Kozlov actuaba como un auténtico corazón mecánico, bombeando frecuencias graves con una intensidad demoledora. Las vibraciones recorrían el pecho de los asistentes al unísono, transformando la experiencia auditiva en algo completamente físico. Los sintetizadores envolvían cada rincón del recinto con capas sonoras densas y cinematográficas que recordaban a las bandas sonoras electrónicas de la edad dorada del synth-pop.
Temas como “Belaya Polosa” o “Chernye Tsvety” terminaron de derribar cualquier resistencia. Lo que comenzó como un concierto había mutado definitivamente en una gigantesca rave oscura donde la melancolía se exorcizaba a través del baile. Miles de brazos se elevaban al ritmo de secuencias repetitivas mientras las luces estroboscópicas transformaban los movimientos del público en una sucesión de fotografías congeladas.
La temperatura emocional alcanzó su punto máximo en el tramo final del concierto. Canciones como “Discoteque” y “Na Dne” transformaron el recinto en una auténtica celebración colectiva. Si hasta entonces el público había bailado, en ese momento simplemente explotó.
La imagen era sobrecogedora: miles de personas saltando bajo flashes blancos y luces púrpura, convertidas por unos minutos en una gigantesca masa sincronizada que parecía moverse al ritmo de una única pulsación electrónica. Era como asistir al encuentro imposible entre una rave industrial, un club darkwave berlinés y una fiesta synth-pop de finales del siglo pasado.
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Tras una breve retirada entre aplausos ensordecedores, el trío regresó para afrontar un encore que terminó de elevar la noche a la categoría de experiencia memorable.
“Kletka”, “Tancevat” y, por supuesto el éxito, “Sudno (Boris Ryzhyi)” provocaron una reacción inmediata. Bastaron los primeros compases para que la sala entera estallara. El fenómeno global que ha acompañado a la banda durante los últimos años sonó más poderoso que nunca, impulsado por un público que coreó cada palabra como si se tratara de un himno generacional.
A esas alturas ya no existía la posibilidad de permanecer quieto. Los ritmos industriales golpeaban como martillos neumáticos mientras los sintetizadores brillaban con el resplandor nostálgico de una época que muchos de los asistentes ni siquiera llegaron a vivir.
Molchat Doma volvió a demostrar por qué se ha convertido en uno de los nombres fundamentales del post-punk contemporáneo. Su música conecta directamente con los fantasmas emocionales del final del siglo XX, pero lo hace sin quedarse atrapada en la nostalgia. La transforma en movimiento, en catarsis y en celebración.
Porque si algo quedó claro durante esta noche es que la melancolía no siempre se llora. A veces se baila. Y pocas bandas consiguen convertir la tristeza en una fiesta tan irresistible como Molchat Doma.












