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Rock The Sun 2026 – Día 1: “El rock que llegó para quedarse”
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La jornada inaugural del viernes 18 se abrió bajo un sol que todavía apretaba con fuerza sobre La Carpa. Si el año pasado el hard rock melódico fue el rey absoluto, esta vez el festival quiso arrancar con un atrevimiento estilístico mayor, apostando por sonoridades clásicas de heavy y speed metal. Los barceloneses Redshark, formados en 2012 por iniciativa de Philip Graves (quien ha pasado de bajista y vocalista a asentarse en las seis cuerdas), fueron los valientes encargados de congregar a los primeros fieles.

A pesar de que el horario vespertino hacía que la presencia de público fuera todavía contenida, el quinteto no escatimó un solo gramo de energía. Tras haber visto frenada su progresión en 2020 justo cuando su EP Evil Realm destacaba, supieron encauzar esa rabia en su debut con el sello francés Listenable Records, Digital Race (2022), y consolidarlo con el contundente Sudden Impact (2025). Sobre las tablas, sonaron arrolladores y con un sonido extraordinario. Pero el momento más sobrecogedor y humano de su actuación llegó cuando detuvieron el pulso del concierto para rendir un sentido homenaje a Dani White, fan y querido amigo de la banda fallecido hace apenas dos meses. Presentando temas de sus dos discos de larga duración y con el sudor corriendo por los rostros de las primeras filas, Redshark nos recordaron que el metal también es una familia que no olvida a los suyos.

A continuación, tomaron el escenario Kilmara, una formación que merecía estar en este cartel por pura perseverancia, calidad y méritos propios tras más de dos décadas de historia resiliente. Nacidos en su día como Jadde y con el guitarrista John Portillo como incansable fundador y único superviviente de aquel embrión, la banda ha sabido evolucionar su sonido desde el power metal de manual hacia lo que ellos definen como melodic prog power metal.

Ataviados con unos llamativos monos de trabajo de color azul con mangas celestes, Kilmara irrumpieron en la escena vespertina. La majestuosa e instrumental intro de “Wildfire” nos sumergió de lleno en un universo épico. Continuaron con “Power of the Mind”, donde tras el tema el vocalista Daniel Ponce dio las “muchísimas gracias” al respetable y dedicó la canción formalmente al nuevo y último miembro incorporado a la batería, Neil Gómez. Sonó impecable la labor de Carlos Salse a la segunda guitarra y producción, así como el sólido bajo de Dídac Plà (responsable también de la portada de su aclamado Journey to the Sun de 2025). Cerraron su vibrante pasaje con “Alliance of the Free”, dejando patente que la estética retrofuturista de su álbum y su directo arrollador los sitúan en el lugar que merecen antes de embarcarse en su próxima gira europea de octubre junto a Induction y Tungsten.

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Avanzada la tarde, la atención del recinto se trasladó sin contemplaciones hacia el sleaze rock de herencia escandinava más salvaje. El mapa genético de esta corriente irreverente nos lleva en un viaje sin retorno desde los dorados años ochenta en el Sunset Strip de Los Ángeles (con abanderados de la talla de Mötley Crüe, Skid Row o Faster Pussycat) hasta sus raíces embrionarias europeas encarnadas en la figura legendaria de Hanoi Rocks. Décadas más tarde, aquel espíritu resurgió con fuerza en el norte de Europa a principios de los 2000 gracias a bandas de culto como Vains of Jenna. Fue precisamente de las cenizas de esta última —tras su intensa andadura desarrollada principalmente en Los Ángeles entre 2005 y 2012 por el vocalista Lizzy DeVine y el bajista J.P. White— donde germinó en Oslo en 2015 la semilla de The Cruel Intentions.

En la actualidad, con el carismático Lizzy DeVine firme al frente escoltado por Kristian Nygaard Solhaug a la guitarra solista, Mats Wernerson al bajo y Robin Nilsson tras la batería, la formación nórdica desembarcaba en Barcelona para presentar los cortes de su ambicioso tercer álbum de estudio, All Hail Hypocrisy (2026). Pero que nadie se deje engañar por su procedencia escandinava: estos cuatro músicos no entienden de bajas temperaturas ni de contemplaciones. Su actuación fue una auténtica provocación fiestera, una bacanal de sudor y un vendaval de guitarras afiladas que derribó cualquier amago de contención.

El asalto arrancó a tumba abierta con la percusión atronadora de «Beating In My Chest», enlazada de inmediato con el golpe directo al mentón que supuso «Triple Threat» y la vertiginosa «Living Out of Line». Desde los primeros compases, el cuarteto dejó claro que venían a derretir el escenario de La Carpa a base de hard rock gamberro, visceral y maduro. La melódica «Sunrise Over Sunset» sirvió como guiño a sus años angelinos, abriendo paso a la rabia sin filtros de «Salt i ditt sår» y el puñetazo actitudinal de «Go Fuck Yourself», que hizo retumbar las gargantas del público entre puños en alto.

A medida que el concierto alcanzaba su temperatura de ebullición, sonaron la adictiva «Weekend Suffering» y el tema título de su nuevo trabajo, «All Hail Hypocrisy», donde las guitarras de DeVine y Solhaug se entrelazaron en un duelo de riffs verdaderamente demoledor. La electricidad continuó abrasando el recinto con la velocidad de «Kerosene», la agresividad rítmica de «Jawbreaker», el caos controlado de «Chaos in a Bombshell» y la contagiosa «Check Your Head», culminando la descarga propia con la explosión de pura adrenalina de «Sick Adrenaline». Durante todo el show, el mismísimo Lizzy DeVine ejerció de frontman impredecible, merodeando micrófono en mano tras sus compañeros, encaramándose a las protecciones e interactuando con las primeras filas mientras buscaba las notas más desgarradas, contagiando a La Carpa de una actitud desenfrenada que dejó el ambiente caldeado a más no poder.

Para rematar una actuación memorable, la banda se despidió mientras por megafonía resonaba la mítica «Heartbreak Blvd.» de Shotgun Messiah, dejando tras de sí un rastro de acople, ovaciones enfervorecidas y la certeza absoluta de que The Cruel Intentions firmaron uno de los conciertos más peligrosos, auténticos y festivos de todo el festival.

Llegaba el esperado turno de la hermana mayor del glam/sleaze escandinavo: los suecos Crazy Lixx, activos desde 2002 y respaldados desde 2009 por la prestigiosa firma Frontiers Music. Con ocho álbumes de estudio a sus espaldas —incluyendo joyas incontestables de su discografía como Ruff Justice, Forever Wild, Street Leather, Two Shots at Glory y su trabajo Thrill of the Bite (2025)—, el público de La Carpa guardaba muchas ganas de reencontrarse con ellos para quitarse el sabor a poco que nos dejó su brevísimo paso por la Ciudad Condal en 2023 teloneando a H.E.A.T.

El asalto sonoro arrancó tras la intro «Enter The Dojo» empalmando de lleno con «Rise Above». Pese a que el inicio estuvo marcado por unos breves problemas en los monitores de las guitarras, la veteranía de Danny Rexon disipó cualquier atisbo de duda. Alzando el puño en alto al grito ritual de «¡1, 2, 3!», el frontman infundió ánimos al recinto y contagió de inmediato esa electricidad a sus guitarristas Jens Lundgren y Chrisse Olsson. Mientras las baquetas de Robin Nilsson (quien hacía un despliegue físico brutal haciendo doblete esa misma noche tras tocar con The Cruel Intentions) atacaban los parches con piruetas imposibles, el sudor comenzaba a pegar la ropa al cuerpo de los músicos. Destacó el solos ejecutado en primera fila por el guitarra rubio, luciendo un vistoso corte de cruz que unía la pierna de cuero de su pantalón.

La fiesta glam continuó ganando temperatura con la arrolladora «Hell Raising Women» y los coros adhesivos de «Silent Thunder», y la nostálgica «Girls of the 80’s». Danny aprovechó un respiro para presentar con orgullo a la banda antes de encarar sorpresas mayúsculas como su impecable versión del «Sword and Stone» de Bonfire y la trepidante «Hunt for Danger», canciones de un barniz melódico exquisito que pusieron a mover el esqueleto a todo el recinto.

Tras una breve intro atmosférica donde el batería nos observaba enigmático en medio de la penumbra, la banda regresó al escenario para el tramo decisivo: Rexon había cambiado la chupa de cuero por un chaleco de mezclilla repleto de parches icónicos (donde se apreciaban guiños como Gijón, Coca-Cola, Chevron o la Route 66). El concierto alcanzó su cénit con un espectacular duelo de solos sobre los subwoofers frontales usados como tarima. Se escuchó el potente “Time to fly!” replicado por el cantante mientras el líder de Cruel Intentions merodeaba sonriente entre bambalinas. La teatralidad máxima llegó durante la interpretación de «XIII», donde Danny reapareció transfigurado en el mismísimo Jason Voorhees de Viernes 13, empuñando de forma amenazante un micrófono con forma de puñal.

Para encarar la traca final, la banda golpeó con la adictiva «Blame It on Love», marcada por una línea de bajo arrolladora a cargo de Jens Andersson y un coro de estadio dirigido al unísono por el batería desde la parte frontal. La trinchera definitiva fue la absoluta declaración de principios de «Who Said Rock ’n’ Roll Is Dead», que devolvió todo el poder primario del género a la velada y cerró el círculo de una actuación redonda. La formación se despidió entre una ovación enfervorecida mientras por la megafonía de La Carpa sonaba «Crazy Crazy Lixx», una reinterpretación del clásico «Crazy Nights» de KISS.

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Pocas presentaciones necesitan los indiscutibles coronadores de la noche del viernes. Eclipse no pisó el escenario de La Carpa; lo reclamó como el territorio soberano que le pertenece por derecho propio. El tándem orquestador de Erik Mårtensson y Magnus Henriksson, blindado por la estruendosa maquinaria rítmica de los hermanos Victor y Philip Crusner al bajo y la batería, demostró que para ellos el directo no es una simple representación, sino un altar de fuego continuo.

El concierto se desplegó como un torrente ininterrumpido de himnos grabado a fuego en la memoria de los presentes:

La tempestad se desató sin anestesia con «Roses on Your Grave» y «All I Want», un arranque eléctrico donde la percusión cobró vida propia cuando Philip abandonó por un instante el parapeto de sus platos para invadir la tarima frontal, golpeando el aire y encendiendo la chispa del delirio en las primeras filas. Sin tregua, «Dying Breed» tomó el testigo: Erik, micrófono en mano, prendió la mecha de este tema de altísimo octanaje que puso a media Carpa a rugir al unísono, escoltando los solos corsarios que Magnus dibujaba sobre el mástil con una solvencia quirúrgica.

El verdadero baño de masas eclosionó al retumbar en el recinto el desafío ritual: «Barcelona, are you ready?», seguido por el atronador «Scream for me!» que terminó de derretir las últimas reservas del público antes de liberar la descarga melódica de «Wake Me Up». A partir de ahí, convirtió La Carpa en una verbena de cuero y sudor, una fiesta colectiva impulsada por coros contagiosos y carreras frenéticas a lo largo de las líneas de riffs.

Tras el vendaval, la calma poética llegó de la mano de «Twilight» y «The Downfall of Eden». Erik se tomó un segundo para deshacerse en elogios hacia la atmósfera de este «increíble festival» y colgarse la guitarra acústica, cediendo el espacio para que Magnus bordara unas líneas solistas de pura orfebrería que engrandecieron la épica del cancionero sueco. La electricidad volvió a rugir en «Blood Enemies», donde se desató un soberbio duelo instrumental en primera línea de fuego: el bajo Rickenbacker de Victor y la Gibson de Magnus dialogaron a tumba abierta a través de los amplificadores, mientras Erik erigía el pie de micro rojo como un estandarte para reclutar a las huestes del metal.

Los cánticos de «¡Olé, olé, olé!» dedicados a Erik retumbaron en la gradería como una marea incontrolable. El frontman recogió el guante con una sonrisa complaciente antes de ceder el testigo a Victor Crusner para anunciar «High Road», fusionando ambas voces en una melodía compartida mientras Philip machacaba los parches con la fiereza de un mazo hidráulico.

Llegó entonces el momento más distendido del show: tras un fugaz pulso sobre el escenario donde el batería desafió al cantante a improvisar y Victor agradeció la devoción del recinto con un sincero «Muchas gracias» en español, Erik recordó a los allí congregados que la medianoche ya acariciaba el fin de semana para desatar el himno fiestero «Saturday Night (Hallelujah)». El viaje continuó con la dupla formada por «Battlegrounds» y «Black Rain», donde Erik avanzó victorioso hacia los amplificadores centrales para moldear los coros del público sobre una arquitectura sonora verdaderamente monumental.

En los compases finales, Magnus rindió un sutil homenaje a Ozzy Osbourne deslizando las notas iniciales de «Crazy Train» como preámbulo de «The Hardest Part Is Losing You», un tema que germinó desde la delicadez acústica hasta florecer en un sobrecogedor coro a capella donde la voz de Erik se trenzó con las gargantas de cientos de devotos. A continuación, «Runaways» trajo la eclosión del hard rock melódico en su máxima expresión —aquel tema con el que rozaron Eurovisión en el Melodifestivalen—, aderezado entre la multitud por la surrealista estampa de un fan finlandés empeñado contra todo pronóstico en abrirse paso para conocer a los miembros de Faster Pussycat.

Para la penúltima estrofa, el escenario quedó en penumbra. Solamente Erik, arropado por el foco central y su mítica guitarra blanca, encaró «Anthem». Soltó un visceral «Barcelona, vamos» y entregó la canción a corazón abierto antes de que la banda al completo irrumpiera de golpe para elevar el clímax hasta el cielo.

El broche de oro llegó con la inmortal «Viva la Victoria». Victor asumió el papel de maestro de ceremonias saludando a los apasionados acólitos llegados desde rincones tan distantes como Colombia, Finlandia o Italia. Erik pidió un último esfuerzo de palmas para este himno —un claro y afectuoso guiño a la lengua de Cervantes—, aprovechando el instante para presentar a sus camaradas y sellar definitivamente una de las noches de hard rock más redondas, poéticas y memorables que se recuerdan en la historia reciente de la Ciudad Condal.

 

 

 

 

 

 

 

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A pesar de que el horario vespertino hacía que la presencia de público fuera todavía contenida, el quinteto no escatimó un solo gramo de energía. Tras haber visto frenada su progresión en 2020 justo cuando su EP Evil Realm destacaba, supieron encauzar esa rabia en su debut con el sello francés Listenable Records, Digital Race (2022), y consolidarlo con el contundente Sudden Impact (2025). Sobre las tablas, sonaron arrolladores y con un sonido extraordinario. Pero el momento más sobrecogedor y humano de su actuación llegó cuando detuvieron el pulso del concierto para rendir un sentido homenaje a Dani White, fan y querido amigo de la banda fallecido hace apenas dos meses. Presentando temas de sus dos discos de larga duración y con el sudor corriendo por los rostros de las primeras filas, Redshark nos recordaron que el metal también es una familia que no olvida a los suyos.

A continuación, tomaron el escenario Kilmara, una formación que merecía estar en este cartel por pura perseverancia, calidad y méritos propios tras más de dos décadas de historia resiliente. Nacidos en su día como Jadde y con el guitarrista John Portillo como incansable fundador y único superviviente de aquel embrión, la banda ha sabido evolucionar su sonido desde el power metal de manual hacia lo que ellos definen como melodic prog power metal.

Ataviados con unos llamativos monos de trabajo de color azul con mangas celestes, Kilmara irrumpieron en la escena vespertina. La majestuosa e instrumental intro de “Wildfire” nos sumergió de lleno en un universo épico. Continuaron con “Power of the Mind”, donde tras el tema el vocalista Daniel Ponce dio las “muchísimas gracias” al respetable y dedicó la canción formalmente al nuevo y último miembro incorporado a la batería, Neil Gómez. Sonó impecable la labor de Carlos Salse a la segunda guitarra y producción, así como el sólido bajo de Dídac Plà (responsable también de la portada de su aclamado Journey to the Sun de 2025). Cerraron su vibrante pasaje con “Alliance of the Free”, dejando patente que la estética retrofuturista de su álbum y su directo arrollador los sitúan en el lugar que merecen antes de embarcarse en su próxima gira europea de octubre junto a Induction y Tungsten.

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Avanzada la tarde, la atención del recinto se trasladó sin contemplaciones hacia el sleaze rock de herencia escandinava más salvaje. El mapa genético de esta corriente irreverente nos lleva en un viaje sin retorno desde los dorados años ochenta en el Sunset Strip de Los Ángeles (con abanderados de la talla de Mötley Crüe, Skid Row o Faster Pussycat) hasta sus raíces embrionarias europeas encarnadas en la figura legendaria de Hanoi Rocks. Décadas más tarde, aquel espíritu resurgió con fuerza en el norte de Europa a principios de los 2000 gracias a bandas de culto como Vains of Jenna. Fue precisamente de las cenizas de esta última —tras su intensa andadura desarrollada principalmente en Los Ángeles entre 2005 y 2012 por el vocalista Lizzy DeVine y el bajista J.P. White— donde germinó en Oslo en 2015 la semilla de The Cruel Intentions.

En la actualidad, con el carismático Lizzy DeVine firme al frente escoltado por Kristian Nygaard Solhaug a la guitarra solista, Mats Wernerson al bajo y Robin Nilsson tras la batería, la formación nórdica desembarcaba en Barcelona para presentar los cortes de su ambicioso tercer álbum de estudio, All Hail Hypocrisy (2026). Pero que nadie se deje engañar por su procedencia escandinava: estos cuatro músicos no entienden de bajas temperaturas ni de contemplaciones. Su actuación fue una auténtica provocación fiestera, una bacanal de sudor y un vendaval de guitarras afiladas que derribó cualquier amago de contención.

El asalto arrancó a tumba abierta con la percusión atronadora de «Beating In My Chest», enlazada de inmediato con el golpe directo al mentón que supuso «Triple Threat» y la vertiginosa «Living Out of Line». Desde los primeros compases, el cuarteto dejó claro que venían a derretir el escenario de La Carpa a base de hard rock gamberro, visceral y maduro. La melódica «Sunrise Over Sunset» sirvió como guiño a sus años angelinos, abriendo paso a la rabia sin filtros de «Salt i ditt sår» y el puñetazo actitudinal de «Go Fuck Yourself», que hizo retumbar las gargantas del público entre puños en alto.

A medida que el concierto alcanzaba su temperatura de ebullición, sonaron la adictiva «Weekend Suffering» y el tema título de su nuevo trabajo, «All Hail Hypocrisy», donde las guitarras de DeVine y Solhaug se entrelazaron en un duelo de riffs verdaderamente demoledor. La electricidad continuó abrasando el recinto con la velocidad de «Kerosene», la agresividad rítmica de «Jawbreaker», el caos controlado de «Chaos in a Bombshell» y la contagiosa «Check Your Head», culminando la descarga propia con la explosión de pura adrenalina de «Sick Adrenaline». Durante todo el show, el mismísimo Lizzy DeVine ejerció de frontman impredecible, merodeando micrófono en mano tras sus compañeros, encaramándose a las protecciones e interactuando con las primeras filas mientras buscaba las notas más desgarradas, contagiando a La Carpa de una actitud desenfrenada que dejó el ambiente caldeado a más no poder.

Para rematar una actuación memorable, la banda se despidió mientras por megafonía resonaba la mítica «Heartbreak Blvd.» de Shotgun Messiah, dejando tras de sí un rastro de acople, ovaciones enfervorecidas y la certeza absoluta de que The Cruel Intentions firmaron uno de los conciertos más peligrosos, auténticos y festivos de todo el festival.

Llegaba el esperado turno de la hermana mayor del glam/sleaze escandinavo: los suecos Crazy Lixx, activos desde 2002 y respaldados desde 2009 por la prestigiosa firma Frontiers Music. Con ocho álbumes de estudio a sus espaldas —incluyendo joyas incontestables de su discografía como Ruff Justice, Forever Wild, Street Leather, Two Shots at Glory y su trabajo Thrill of the Bite (2025)—, el público de La Carpa guardaba muchas ganas de reencontrarse con ellos para quitarse el sabor a poco que nos dejó su brevísimo paso por la Ciudad Condal en 2023 teloneando a H.E.A.T.

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La fiesta glam continuó ganando temperatura con la arrolladora «Hell Raising Women» y los coros adhesivos de «Silent Thunder», y la nostálgica «Girls of the 80’s». Danny aprovechó un respiro para presentar con orgullo a la banda antes de encarar sorpresas mayúsculas como su impecable versión del «Sword and Stone» de Bonfire y la trepidante «Hunt for Danger», canciones de un barniz melódico exquisito que pusieron a mover el esqueleto a todo el recinto.

Tras una breve intro atmosférica donde el batería nos observaba enigmático en medio de la penumbra, la banda regresó al escenario para el tramo decisivo: Rexon había cambiado la chupa de cuero por un chaleco de mezclilla repleto de parches icónicos (donde se apreciaban guiños como Gijón, Coca-Cola, Chevron o la Route 66). El concierto alcanzó su cénit con un espectacular duelo de solos sobre los subwoofers frontales usados como tarima. Se escuchó el potente “Time to fly!” replicado por el cantante mientras el líder de Cruel Intentions merodeaba sonriente entre bambalinas. La teatralidad máxima llegó durante la interpretación de «XIII», donde Danny reapareció transfigurado en el mismísimo Jason Voorhees de Viernes 13, empuñando de forma amenazante un micrófono con forma de puñal.

Para encarar la traca final, la banda golpeó con la adictiva «Blame It on Love», marcada por una línea de bajo arrolladora a cargo de Jens Andersson y un coro de estadio dirigido al unísono por el batería desde la parte frontal. La trinchera definitiva fue la absoluta declaración de principios de «Who Said Rock ’n’ Roll Is Dead», que devolvió todo el poder primario del género a la velada y cerró el círculo de una actuación redonda. La formación se despidió entre una ovación enfervorecida mientras por la megafonía de La Carpa sonaba «Crazy Crazy Lixx», una reinterpretación del clásico «Crazy Nights» de KISS.

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El concierto se desplegó como un torrente ininterrumpido de himnos grabado a fuego en la memoria de los presentes:

La tempestad se desató sin anestesia con «Roses on Your Grave» y «All I Want», un arranque eléctrico donde la percusión cobró vida propia cuando Philip abandonó por un instante el parapeto de sus platos para invadir la tarima frontal, golpeando el aire y encendiendo la chispa del delirio en las primeras filas. Sin tregua, «Dying Breed» tomó el testigo: Erik, micrófono en mano, prendió la mecha de este tema de altísimo octanaje que puso a media Carpa a rugir al unísono, escoltando los solos corsarios que Magnus dibujaba sobre el mástil con una solvencia quirúrgica.

El verdadero baño de masas eclosionó al retumbar en el recinto el desafío ritual: «Barcelona, are you ready?», seguido por el atronador «Scream for me!» que terminó de derretir las últimas reservas del público antes de liberar la descarga melódica de «Wake Me Up». A partir de ahí, convirtió La Carpa en una verbena de cuero y sudor, una fiesta colectiva impulsada por coros contagiosos y carreras frenéticas a lo largo de las líneas de riffs.

Tras el vendaval, la calma poética llegó de la mano de «Twilight» y «The Downfall of Eden». Erik se tomó un segundo para deshacerse en elogios hacia la atmósfera de este «increíble festival» y colgarse la guitarra acústica, cediendo el espacio para que Magnus bordara unas líneas solistas de pura orfebrería que engrandecieron la épica del cancionero sueco. La electricidad volvió a rugir en «Blood Enemies», donde se desató un soberbio duelo instrumental en primera línea de fuego: el bajo Rickenbacker de Victor y la Gibson de Magnus dialogaron a tumba abierta a través de los amplificadores, mientras Erik erigía el pie de micro rojo como un estandarte para reclutar a las huestes del metal.

Los cánticos de «¡Olé, olé, olé!» dedicados a Erik retumbaron en la gradería como una marea incontrolable. El frontman recogió el guante con una sonrisa complaciente antes de ceder el testigo a Victor Crusner para anunciar «High Road», fusionando ambas voces en una melodía compartida mientras Philip machacaba los parches con la fiereza de un mazo hidráulico.

Llegó entonces el momento más distendido del show: tras un fugaz pulso sobre el escenario donde el batería desafió al cantante a improvisar y Victor agradeció la devoción del recinto con un sincero «Muchas gracias» en español, Erik recordó a los allí congregados que la medianoche ya acariciaba el fin de semana para desatar el himno fiestero «Saturday Night (Hallelujah)». El viaje continuó con la dupla formada por «Battlegrounds» y «Black Rain», donde Erik avanzó victorioso hacia los amplificadores centrales para moldear los coros del público sobre una arquitectura sonora verdaderamente monumental.

En los compases finales, Magnus rindió un sutil homenaje a Ozzy Osbourne deslizando las notas iniciales de «Crazy Train» como preámbulo de «The Hardest Part Is Losing You», un tema que germinó desde la delicadez acústica hasta florecer en un sobrecogedor coro a capella donde la voz de Erik se trenzó con las gargantas de cientos de devotos. A continuación, «Runaways» trajo la eclosión del hard rock melódico en su máxima expresión —aquel tema con el que rozaron Eurovisión en el Melodifestivalen—, aderezado entre la multitud por la surrealista estampa de un fan finlandés empeñado contra todo pronóstico en abrirse paso para conocer a los miembros de Faster Pussycat.

Para la penúltima estrofa, el escenario quedó en penumbra. Solamente Erik, arropado por el foco central y su mítica guitarra blanca, encaró «Anthem». Soltó un visceral «Barcelona, vamos» y entregó la canción a corazón abierto antes de que la banda al completo irrumpiera de golpe para elevar el clímax hasta el cielo.

El broche de oro llegó con la inmortal «Viva la Victoria». Victor asumió el papel de maestro de ceremonias saludando a los apasionados acólitos llegados desde rincones tan distantes como Colombia, Finlandia o Italia. Erik pidió un último esfuerzo de palmas para este himno —un claro y afectuoso guiño a la lengua de Cervantes—, aprovechando el instante para presentar a sus camaradas y sellar definitivamente una de las noches de hard rock más redondas, poéticas y memorables que se recuerdan en la historia reciente de la Ciudad Condal.

 

 

 

 

 

 

 

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