


La jornada del sábado en el Sun & Thunder comenzó con una brisa templada que anticipaba emociones fuertes. Un cartel variado prometía una maratón de sonidos, desde el metal extremo hasta el hard rock clásico, todo aderezado con la brisa marina que caracteriza a la costa almeriense. La energía en el ambiente era palpable, y desde los primeros acordes hasta el último ritual pagano, la música no dio tregua.
Brutal Thin fue el pistoletazo de salida. La banda andaluza de thrash/hardcore desplegó un directo crudo, sucio y sin concesiones, de esos que van directo al pecho. Con más de tres décadas de trayectoria, demostraron que el underground tiene músculo y actitud, ganándose al público con riffs cortantes, letras de barrio y una entrega sin artificios.
Ciclón tomó el relevo con una propuesta muy distinta, pero igualmente efectiva. El grupo madrileño trajo heavy metal clásico en vena, con ese aire ochentero que tan bien dominan. El show fue tan teatral como efectivo, con varios personajes escénicos y una selección de temas potentes como “Criaturas de la Noche”, “Palabras de Acero”, “Magia”, “Kamikaze” o “Caballeros del Rock”. Cerraron con la imprescindible “Matar por Matar”, dejando claro que lo suyo no es nostalgia, sino resistencia.
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Jolly Joker pusieron el toque más festivo de la tarde con su rock n’ roll macarra y glamuroso. Su actitud desinhibida encajó a la perfección con el ambiente playero del festival. Temas como “Sky Is So High”, “Fuck It All”, “My Little Cadillac”, “I Am Rock and Roll”, “Hey You” y “Rockin’ in Stereo” demostraron que esta banda valenciana sabe cómo levantar cualquier escenario.
Azrael, una de las bandas más veteranas del heavy patrio, volvió a demostrar por qué sigue siendo un nombre respetado. Su set fue potente y sin rodeos, con clásicos como “Tres y el apocalipsis”, “Tarde ya” o “Sacrificio”. Su sonido crudo y directo conectó con las generaciones que han crecido escuchándolos y con quienes los descubrían por primera vez.
Wheel, desde Finlandia, ofreció un set envolvente, denso y atmosférico. Su metal progresivo, técnico pero emocional, cautivó al público con canciones como “Porcelain”, “Fugue”, “Empire”, “Dissipating”, “Lacking”, “Vultures” y “Wheel”. Cada tema fue una construcción sonora que hipnotizaba y elevaba, consolidándolos como una de las grandes revelaciones del festival.
Daeria subió la temperatura con su metal melódico cargado de energía. Su conexión con el público fue inmediata y contagiosa, llevando el espíritu del verano a cada riff. No faltaron “El Alquimista”, “Vive”, “Maléfica”, “Siete mares”, “Laberinto”, “Fénix” y la aclamada “Reina de corazones”, todas interpretadas con una entrega que hizo vibrar al recinto.
Blackbriar ofreció uno de los momentos más mágicos del día. La banda neerlandesa sumergió al público en una atmósfera gótica y etérea, liderada por la voz hipnótica de Zora Cock. Canciones como “Crimson Faces”, “I’d Rather Burn”, “Arms of the Ocean”, “Selkie”, “Floriography”, “Until Eternity” y otras joyas de The Cause of Shipwreck y A Dark Euphony sonaron como un cuento oscuro hecho música. Su elegancia y fuerza dejaron una huella profunda.
Eluveitie arrasó con su mezcla de death melódico y folk celta. Fue un espectáculo tan épico como visceral, con flautas, gaitas y guturales conviviendo en perfecta armonía. Temas como “Helvetios”, “Ategnatos”, “A Rose for Epona”, “Deathwalker”, “The Call of the Mountains”, “King” y el apoteósico “Inis Mona” convirtieron su concierto en una celebración tribal donde el público bailó, gritó y se rindió ante el poder ancestral de la banda suiza.
Freedom Call puso el toque más luminoso con su power metal lleno de coros, ganchos pegadizos y mensajes positivos. Aunque el uso excesivo de pistas restó cierta espontaneidad, Chris Bay y compañía ofrecieron un set efectivo con himnos como “Hammer of the Gods”, “Union of the Strong”, “Out of Space”, “Power & Glory”, “Metal Is for Everyone” y el cierre con “Land of Light”. Un show perfecto para cantar con los puños en alto.
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Uriah Heep, leyendas vivas del hard rock británico, ofrecieron una lección magistral de clase y presencia. Con una producción impecable y un repertorio que recorrió joyas como “Overload”, “Shadows of Grief”, “Hurricane”, “Stealin’”, “Gypsy”, “Sweet Lorraine”, “The Magician’s Birthday”, “July Morning”, “Sunrise” y el colofón “Easy Livin’”, demostraron que su legado no solo vive, sino que brilla con luz propia.
Tankard, los alemanes del thrash cervecero, no dieron tregua. Pese al retraso acumulado y la ausencia de “Space Beer”, ofrecieron una descarga salvaje con “One Foot in the Grave”, “The Morning After”, “Need Money for Beer”, “Chemical Invasion”, “Zombie Attack” y la inevitable “(Empty) Tankard”. Fue una fiesta descontrolada, sudorosa y perfecta para liberar tensiones con pogos y cerveza volando.
Primordial aportó oscuridad y solemnidad. Los irlandeses liderados por Alan Averill ofrecieron una actuación intensa, cargada de épica y emoción. Canciones como “As Rome Burns”, “No Grave Deep Enough”, “Gods to the Godless”, “To Hell or the Hangman”, “The Coffin Ships”, “Victory Has 1000 Fathers, Defeat Is an Orphan” y “Empire Falls” hicieron vibrar al público con su mezcla de black, doom y folk, todo bañado en melancolía y rabia contenida.
Opeth convirtió el escenario en un templo sonoro. Con un directo elegante, potente y milimétricamente ejecutado, repasaron varias etapas de su carrera con “Master’s Apprentices”, “The Leper Affinity”, “In My Time of Need”, “Ghost of Perdition” y “Deliverance”. Mikael Åkerfeldt, carismático y distante a la vez, condujo un show que fue más una experiencia sensorial que un simple concierto.
Käbrones, nueva encarnación con miembros clásicos de Mägo de Oz como José Andrëa, Carlitos y Frank, cerraron el escenario principal entre la nostalgia y la reinvención. Pese a algunos problemas técnicos, ofrecieron un repertorio plagado de clásicos como “Maritormes”, “La Leyenda de La Mancha”, “Molinos de Viento”, “El Santo Grial” y la infalible “Fiesta Pagana”, que desató la locura y dejó al público con una sonrisa de oreja a oreja.
Batushka fue el encargado de poner el broche final con una liturgia oscura y fascinante. El proyecto liderado por Krzysztof Drabikowski sumió al público en una misa ortodoxa en clave de black metal, donde cada tema fue una invocación. Interpretaron “Pesn’ 1” hasta “Pesn’ 8”, además de piezas como “Yekteniya I: Ochishcheniye” y “Yekteniya VIII: Spaseniye”, entre cirios, cánticos y una puesta en escena tan solemne como perturbadora. Fue un final místico y apabullante.
Con el eco de guitarras aún vibrando y la piel erizada por tantos momentos intensos, me fui sabiendo que este festival fue mucho más que música: fue comunión, fue historia y fue el inicio de una tradición que ya estoy deseando repetir en 2026.




La jornada del sábado en el Sun & Thunder comenzó con una brisa templada que anticipaba emociones fuertes. Un cartel variado prometía una maratón de sonidos, desde el metal extremo hasta el hard rock clásico, todo aderezado con la brisa marina que caracteriza a la costa almeriense. La energía en el ambiente era palpable, y desde los primeros acordes hasta el último ritual pagano, la música no dio tregua.
Brutal Thin fue el pistoletazo de salida. La banda andaluza de thrash/hardcore desplegó un directo crudo, sucio y sin concesiones, de esos que van directo al pecho. Con más de tres décadas de trayectoria, demostraron que el underground tiene músculo y actitud, ganándose al público con riffs cortantes, letras de barrio y una entrega sin artificios.
Ciclón tomó el relevo con una propuesta muy distinta, pero igualmente efectiva. El grupo madrileño trajo heavy metal clásico en vena, con ese aire ochentero que tan bien dominan. El show fue tan teatral como efectivo, con varios personajes escénicos y una selección de temas potentes como “Criaturas de la Noche”, “Palabras de Acero”, “Magia”, “Kamikaze” o “Caballeros del Rock”. Cerraron con la imprescindible “Matar por Matar”, dejando claro que lo suyo no es nostalgia, sino resistencia.
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Jolly Joker pusieron el toque más festivo de la tarde con su rock n’ roll macarra y glamuroso. Su actitud desinhibida encajó a la perfección con el ambiente playero del festival. Temas como “Sky Is So High”, “Fuck It All”, “My Little Cadillac”, “I Am Rock and Roll”, “Hey You” y “Rockin’ in Stereo” demostraron que esta banda valenciana sabe cómo levantar cualquier escenario.
Azrael, una de las bandas más veteranas del heavy patrio, volvió a demostrar por qué sigue siendo un nombre respetado. Su set fue potente y sin rodeos, con clásicos como “Tres y el apocalipsis”, “Tarde ya” o “Sacrificio”. Su sonido crudo y directo conectó con las generaciones que han crecido escuchándolos y con quienes los descubrían por primera vez.
Wheel, desde Finlandia, ofreció un set envolvente, denso y atmosférico. Su metal progresivo, técnico pero emocional, cautivó al público con canciones como “Porcelain”, “Fugue”, “Empire”, “Dissipating”, “Lacking”, “Vultures” y “Wheel”. Cada tema fue una construcción sonora que hipnotizaba y elevaba, consolidándolos como una de las grandes revelaciones del festival.
Daeria subió la temperatura con su metal melódico cargado de energía. Su conexión con el público fue inmediata y contagiosa, llevando el espíritu del verano a cada riff. No faltaron “El Alquimista”, “Vive”, “Maléfica”, “Siete mares”, “Laberinto”, “Fénix” y la aclamada “Reina de corazones”, todas interpretadas con una entrega que hizo vibrar al recinto.
Blackbriar ofreció uno de los momentos más mágicos del día. La banda neerlandesa sumergió al público en una atmósfera gótica y etérea, liderada por la voz hipnótica de Zora Cock. Canciones como “Crimson Faces”, “I’d Rather Burn”, “Arms of the Ocean”, “Selkie”, “Floriography”, “Until Eternity” y otras joyas de The Cause of Shipwreck y A Dark Euphony sonaron como un cuento oscuro hecho música. Su elegancia y fuerza dejaron una huella profunda.
Eluveitie arrasó con su mezcla de death melódico y folk celta. Fue un espectáculo tan épico como visceral, con flautas, gaitas y guturales conviviendo en perfecta armonía. Temas como “Helvetios”, “Ategnatos”, “A Rose for Epona”, “Deathwalker”, “The Call of the Mountains”, “King” y el apoteósico “Inis Mona” convirtieron su concierto en una celebración tribal donde el público bailó, gritó y se rindió ante el poder ancestral de la banda suiza.
Freedom Call puso el toque más luminoso con su power metal lleno de coros, ganchos pegadizos y mensajes positivos. Aunque el uso excesivo de pistas restó cierta espontaneidad, Chris Bay y compañía ofrecieron un set efectivo con himnos como “Hammer of the Gods”, “Union of the Strong”, “Out of Space”, “Power & Glory”, “Metal Is for Everyone” y el cierre con “Land of Light”. Un show perfecto para cantar con los puños en alto.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Sun & Thunder Festival 2025 – Dia 2: “Rituales de Acero Bajo el Sol de Fuengirola”
Uriah Heep, leyendas vivas del hard rock británico, ofrecieron una lección magistral de clase y presencia. Con una producción impecable y un repertorio que recorrió joyas como “Overload”, “Shadows of Grief”, “Hurricane”, “Stealin’”, “Gypsy”, “Sweet Lorraine”, “The Magician’s Birthday”, “July Morning”, “Sunrise” y el colofón “Easy Livin’”, demostraron que su legado no solo vive, sino que brilla con luz propia.
Tankard, los alemanes del thrash cervecero, no dieron tregua. Pese al retraso acumulado y la ausencia de “Space Beer”, ofrecieron una descarga salvaje con “One Foot in the Grave”, “The Morning After”, “Need Money for Beer”, “Chemical Invasion”, “Zombie Attack” y la inevitable “(Empty) Tankard”. Fue una fiesta descontrolada, sudorosa y perfecta para liberar tensiones con pogos y cerveza volando.
Primordial aportó oscuridad y solemnidad. Los irlandeses liderados por Alan Averill ofrecieron una actuación intensa, cargada de épica y emoción. Canciones como “As Rome Burns”, “No Grave Deep Enough”, “Gods to the Godless”, “To Hell or the Hangman”, “The Coffin Ships”, “Victory Has 1000 Fathers, Defeat Is an Orphan” y “Empire Falls” hicieron vibrar al público con su mezcla de black, doom y folk, todo bañado en melancolía y rabia contenida.
Opeth convirtió el escenario en un templo sonoro. Con un directo elegante, potente y milimétricamente ejecutado, repasaron varias etapas de su carrera con “Master’s Apprentices”, “The Leper Affinity”, “In My Time of Need”, “Ghost of Perdition” y “Deliverance”. Mikael Åkerfeldt, carismático y distante a la vez, condujo un show que fue más una experiencia sensorial que un simple concierto.
Käbrones, nueva encarnación con miembros clásicos de Mägo de Oz como José Andrëa, Carlitos y Frank, cerraron el escenario principal entre la nostalgia y la reinvención. Pese a algunos problemas técnicos, ofrecieron un repertorio plagado de clásicos como “Maritormes”, “La Leyenda de La Mancha”, “Molinos de Viento”, “El Santo Grial” y la infalible “Fiesta Pagana”, que desató la locura y dejó al público con una sonrisa de oreja a oreja.
Batushka fue el encargado de poner el broche final con una liturgia oscura y fascinante. El proyecto liderado por Krzysztof Drabikowski sumió al público en una misa ortodoxa en clave de black metal, donde cada tema fue una invocación. Interpretaron “Pesn’ 1” hasta “Pesn’ 8”, además de piezas como “Yekteniya I: Ochishcheniye” y “Yekteniya VIII: Spaseniye”, entre cirios, cánticos y una puesta en escena tan solemne como perturbadora. Fue un final místico y apabullante.
Con el eco de guitarras aún vibrando y la piel erizada por tantos momentos intensos, me fui sabiendo que este festival fue mucho más que música: fue comunión, fue historia y fue el inicio de una tradición que ya estoy deseando repetir en 2026.
