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Wolvennest en Copenhague: “Ceremonia sonora bajo el signo del ocultismo”
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La escena underground es un nido de propuestas interesantes, que escapan al oído o interés del común de las masas. Tal puede ser por propuestas extremas o vanguardistas que buscan poner a prueba al oyente más que entregarle lo que quiere. Tal es el caso del tour que nos convoca, donde los belgas Wolvennest son los cabezas de cartel. Acompañados por Double Darkness y Déhà.

Desafortunadamente, estas propuestas cuentan con una economía frágil y cualquier detalle les puede jugar una mala pasada. Desgraciadamente, Dolch, la banda que co-lideraría el tour, canceló su participación. Esto ocasionó la anulación de varias fechas. Por suerte, la cita en Copenhague, alojada en el acogedor Beta2300, no corrió esa suerte, y permitió disfrutar de una velada diferente, intensa y sumamente particular.

El encargado de abrir la jornada fue la banda unipersonal Déhà, quien se ocupó de las voces y la guitarra, acompañado por una pista de batería y algún que otro teclado o sonido ambiental. La propuesta consistió en funeral doom con una guitarra grave y disonante, alternando los golpes fuertes del tempo con la base programada. No hubo riffs ni pasajes definidos; simplemente acordes y disonancias que servían de marco a la verdadera protagonista: la voz.

Esta pasó por todo tipo de técnicas. Desde susurros hasta guturales profundos, y desde gritos desgarrados a alaridos agudos, cercanos al estilo black metal depresivo. En el momento en que este último tipo de grito hizo su aparición, el músico se alejó del micrófono, y aun así logró que su voz retumbara por todo el recinto, demostrando una potencia impresionante. Sin pausa alguna, la presentación duró aproximadamente media hora y finalizó con un breve discurso sobre apreciar y pensar en los seres queridos que ya no están con nosotros. Un cierre sincero y melancólico, que dejó a la sala en un clima introspectivo.

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La velada siguió su curso con Double Darkness, dúo de electro-goth que contó con dos vocalistas: una femenina y uno masculino. Las bases y los beats provenían de pistas, por lo que lo único ejecutado en vivo fueron las performances vocales. Con excepción de una canción, donde contaron con un guitarrista invitado, quien únicamente se dedicó a pincelar las pistas con punteos y texturas sonoras.

Las voces combinaban muy bien entre sí: la femenina más aguda y la masculina profunda, al mejor estilo gótico clásico. Ambas demostraron versatilidad, pasando de susurros a momentos más agudos y, por supuesto, los clásicos registros graves que caracterizan al género. El set arrancó con temas más bailables y, a medida que avanzaba, se fue tornando más denso, oscuro y ambiental.

Un punto a favor fue el despliegue visual: el escenario presentaba un altar de huesos en el centro, acompañado por dos barriles iluminados de rojo. Detrás, una pantalla proyectaba imágenes urbanas y extrañas, por momentos perturbadoras, que acompañaban perfectamente la evolución del show. Estas también se fueron oscureciendo con el correr del set, acentuando la atmósfera sombría y decadente. Una presentación concisa, entretenida y destacable dentro de la velada.

Finalmente llegó el turno de los esperados Wolvennest, quienes transformaron por completo la atmósfera del lugar desde los primeros segundos. Si las bandas anteriores prepararon el terreno, los belgas se encargaron de elevar la experiencia a otro nivel. El sonido fue excelente, equilibrado y envolvente. Se distinguía claramente el trabajo de las tres guitarras, que tejían una densa red de capas sonoras hipnóticas. El bajo marcaba presencia con un tono profundo y redondo, mientras que la batería se comportó como una máquina locomotora, implacable y precisa, sosteniendo con solidez todo el entramado.

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La cantante y multiinstrumentista Shazzula tuvo una actuación sobresaliente. Su voz, cargada de reverb y misticismo, flotaba entre las guitarras creando una sensación casi ritual. Además, interpretó un instrumento poco común llamado thamarin —una especie de cuerda metálica tensada sobre un marco, que al ser frotada o golpeada genera vibraciones y resonancias espectrales—. Su inclusión aportó matices únicos, reforzando el carácter ceremonial de la presentación.

El show se sintió como un ritual colectivo, donde la música fue la verdadera protagonista. No hubo discursos ni pausas innecesarias; las canciones fluían una tras otra, guiando al público a través de distintos estados de ánimo. Desde momentos hipnóticos y repetitivos hasta estallidos de energía casi caótica, el grupo demostró una cohesión admirable.

La mayor parte del setlist se centró en la presentación de su nuevo disco, editado en octubre, una obra que continúa expandiendo su particular universo entre el black metal atmosférico, el rock psicodélico y el ocultismo sonoro. La apertura con “Damnation” fue monumental: una introducción lenta y envolvente que creció hasta alcanzar una intensidad abrumadora. Más adelante, “Ritual Lovers” ofreció uno de los momentos más emotivos, con su cadencia hipnótica y la voz de Shazzula dominando el espacio como una invocación.

El cierre con “Accabadora” fue simplemente demoledor. Más directo, con un espíritu casi rockero, sirvió para liberar toda la tensión acumulada a lo largo del concierto. La audiencia, aunque escasa, respondió con total entrega, completamente absorta en el trance que la banda había creado. No hubo pogo ni euforia desmedida: solo una comunión silenciosa, una conexión intensa entre músicos y espectadores.

Así concluyó una noche que, a pesar de las adversidades y las cancelaciones, logró sostener la esencia del underground: autenticidad, entrega y una búsqueda artística sincera. En tiempos donde la música suele ser consumo rápido, propuestas como la de Wolvennest y sus acompañantes recuerdan que aún existen espacios donde el sonido es experiencia, y el concierto, un ritual.

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Desafortunadamente, estas propuestas cuentan con una economía frágil y cualquier detalle les puede jugar una mala pasada. Desgraciadamente, Dolch, la banda que co-lideraría el tour, canceló su participación. Esto ocasionó la anulación de varias fechas. Por suerte, la cita en Copenhague, alojada en el acogedor Beta2300, no corrió esa suerte, y permitió disfrutar de una velada diferente, intensa y sumamente particular.

El encargado de abrir la jornada fue la banda unipersonal Déhà, quien se ocupó de las voces y la guitarra, acompañado por una pista de batería y algún que otro teclado o sonido ambiental. La propuesta consistió en funeral doom con una guitarra grave y disonante, alternando los golpes fuertes del tempo con la base programada. No hubo riffs ni pasajes definidos; simplemente acordes y disonancias que servían de marco a la verdadera protagonista: la voz.

Esta pasó por todo tipo de técnicas. Desde susurros hasta guturales profundos, y desde gritos desgarrados a alaridos agudos, cercanos al estilo black metal depresivo. En el momento en que este último tipo de grito hizo su aparición, el músico se alejó del micrófono, y aun así logró que su voz retumbara por todo el recinto, demostrando una potencia impresionante. Sin pausa alguna, la presentación duró aproximadamente media hora y finalizó con un breve discurso sobre apreciar y pensar en los seres queridos que ya no están con nosotros. Un cierre sincero y melancólico, que dejó a la sala en un clima introspectivo.

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Las voces combinaban muy bien entre sí: la femenina más aguda y la masculina profunda, al mejor estilo gótico clásico. Ambas demostraron versatilidad, pasando de susurros a momentos más agudos y, por supuesto, los clásicos registros graves que caracterizan al género. El set arrancó con temas más bailables y, a medida que avanzaba, se fue tornando más denso, oscuro y ambiental.

Un punto a favor fue el despliegue visual: el escenario presentaba un altar de huesos en el centro, acompañado por dos barriles iluminados de rojo. Detrás, una pantalla proyectaba imágenes urbanas y extrañas, por momentos perturbadoras, que acompañaban perfectamente la evolución del show. Estas también se fueron oscureciendo con el correr del set, acentuando la atmósfera sombría y decadente. Una presentación concisa, entretenida y destacable dentro de la velada.

Finalmente llegó el turno de los esperados Wolvennest, quienes transformaron por completo la atmósfera del lugar desde los primeros segundos. Si las bandas anteriores prepararon el terreno, los belgas se encargaron de elevar la experiencia a otro nivel. El sonido fue excelente, equilibrado y envolvente. Se distinguía claramente el trabajo de las tres guitarras, que tejían una densa red de capas sonoras hipnóticas. El bajo marcaba presencia con un tono profundo y redondo, mientras que la batería se comportó como una máquina locomotora, implacable y precisa, sosteniendo con solidez todo el entramado.

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El show se sintió como un ritual colectivo, donde la música fue la verdadera protagonista. No hubo discursos ni pausas innecesarias; las canciones fluían una tras otra, guiando al público a través de distintos estados de ánimo. Desde momentos hipnóticos y repetitivos hasta estallidos de energía casi caótica, el grupo demostró una cohesión admirable.

La mayor parte del setlist se centró en la presentación de su nuevo disco, editado en octubre, una obra que continúa expandiendo su particular universo entre el black metal atmosférico, el rock psicodélico y el ocultismo sonoro. La apertura con “Damnation” fue monumental: una introducción lenta y envolvente que creció hasta alcanzar una intensidad abrumadora. Más adelante, “Ritual Lovers” ofreció uno de los momentos más emotivos, con su cadencia hipnótica y la voz de Shazzula dominando el espacio como una invocación.

El cierre con “Accabadora” fue simplemente demoledor. Más directo, con un espíritu casi rockero, sirvió para liberar toda la tensión acumulada a lo largo del concierto. La audiencia, aunque escasa, respondió con total entrega, completamente absorta en el trance que la banda había creado. No hubo pogo ni euforia desmedida: solo una comunión silenciosa, una conexión intensa entre músicos y espectadores.

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