

El entorno idílico del Jardín Botánico acogió el pasado 20 de julio una de las citas marcadas en rojo dentro del ciclo Las Noches del Botánico: la visita de los legendarios ZZ Top. Los texanos desembarcaron en Madrid sin teloneros, asumiendo en solitario el protagonismo absoluto de una velada de pura nostalgia y rock sureño. A nivel técnico, la iluminación del escenario resultó bastante correcta, ofreciendo un planteamiento funcional sin buscar fuegos artificiales ni grandes alardes espectaculares. El recinto contó con un fondo bien iluminado que servía de base sólida para los músicos, combinado con haces potentes dirigidos siempre hacia el techo y algún que otro momento apoyado por luz puntual. En general, predominó una luz blanca sin excesivos contrastes, una decisión que cedió todo el protagonismo a la música y al propio peso icónico de los artistas.
En el plano del audio, el resultado fue algo mejorable respecto a lo esperado para una cita de este nivel. La voz principal quedó bastante hundida en la mezcla durante varios pasajes del repertorio, restándole presencia a la interpretación. Por su parte, el bajo sonó excesivamente alto puntualmente, traduciéndose en ocasiones en golpes secos más que en notas definidas. La guitarra de Billy Gibbons también experimentó momentos de estridencia en ciertos temas, aunque la batería de Michael Monahan se mantuvo en líneas generales correcta, siendo quizás el instrumento mejor equilibrado y definido de todo el conjunto.
La escenografía ofreció un empaque visual carismático y muy ochentero. El fondo estaba presidido por un gran grafiti con el nombre de ZZ Top en el centro, flanqueado en la base por varias estructuras de equipos de sonido en tonos pastel. A ambos lados, varias tablas de skate colgadas de cables giraban libremente al viento; la que más se vio en la realización del evento era una con un conejo de Playboy. Destacaban especialmente los dos pies de micro, diseñados como espectaculares tubos de escape cromados e iluminados desde el interior con luz roja. Todo este montaje sirvió de marco para repasar el estilo inconfundible de la formación: una sólida fusión de Blues Rock, Boogie Rock y Hard Rock. Este género se caracteriza técnicamente por el uso de patrones rítmicos acelerados basados en el shuffle, un groove bailable y un uso magistral del slide y la distorsión sorda en la guitarra, elementos que convirtieron temas como “Gimme All Your Lovin'”, “Sharp Dressed Man” o “Legs” en auténticos himnos universales del rock desde los años setenta y ochenta.
Con más de cinco décadas de trayectoria impecable a sus espaldas e hitos millonarios en ventas como su aclamado álbum Eliminator (1983), ZZ Top afronta esta gira en un momento de profunda transición. El grupo sigue honrando el recuerdo de su histórico bajista Dusty Hill, fallecido en 2021 y sustituido con enorme solvencia por Elwood Francis, mientras que en la batería se mantiene la fuerza de Frank Beard, actualmente convaleciente y sustituido momentáneamente por Monahan. Esta gira arrancó meses atrás recorriendo recintos emblemáticos de Norteamérica y Europa, y tras su exitoso paso por el ciclo madrileño, continuará su itinerario por diversos festivales y arenas del continente europeo antes de encarar el cierre definitivo de su extenso periplo.
Los tres músicos estuvieron excelentes en actitud, logrando un ambiente festivo digno de una banda mítica. El público, completamente entregado desde el primer acorde, cantó cada tema, acompañó los riffs y celebró los característicos bailes y sincronizaciones de brazos, movimientos de instrumentos, pasitos y baibenes de cuerpo, que son seña de identidad del trío, ejecutados siempre con soltura y alegría, no me parecieron forzados, sino como algo automático que ofrecer a sus fans. Gibbons ejerció de maestro de ceremonias impecable, aprovechando un momento del show para felicitar a los presentes por la reciente victoria en el Mundial de Fútbol. Además, lució la bandera de España en el cuerpo de su primera guitarra, mientras que la batería lucía también decorada con banderas en el suelo. Otro aspecto divertidísimo del directo fue el constante intercambio de instrumentos, mostrando guitarras y bajos de diseños originales y personalizados que hicieron las delicias de los aficionados a las seis cuerdas. Lo mejor es que los busquéis para verlos con vuestros propios ojos porque describirlos no estará nunca a la altura de lo imaginativo y estrambótico. Peludos, gigantes, clásicos…
El aspecto visual tuvo un punto culminante durante la pausa para el encore. La banda aprovechó este descanso para cambiarse de vestuario, cambiando su atuendo inicial de motivos florales bordados por unos trajes deslumbrantes inspirados en el traje de luces de los toreros. Las lentejuelas de las chaquetas brillaban intensamente bajo los focos, proyectando bonitos destellos circulares sobre la ropa y los propios instrumentos. Sustituyendo al anterior traje con motivos florales bordados y lentejuelas, está claro que disfrutan de esa parte del espectáculo .Y ambos outfits fueron muy comentados y celebrados.
El extenso setlist repasó toda su discografía sin dejarse fuera ninguna de sus joyas más populares, demostrando una generosidad enorme considerando el calor de la noche madrileña. Resultó especialmente curioso el teatrillo con el que jugaron antes del clímax final: la banda fingió despedirse en varias ocasiones sin haber interpretado su clásico “La Grange”, amenazando con irse para regresar de inmediato a las tablas. Cuando por fin se arrancaron con el tema, ofrecieron una versión muy personal, plagada de pausas donde el público coreó a pleno pulmón el emblemático punteo de guitarra. Varios retomes le dieron importancia a cada tramo de la canción, se degustó con cierta dificultad, pero se respeta la intención de la banda de ofrecer algo novedoso. Por supuesto, no faltó el clásico movimiento de brazos para la transición de batería que tanto se comentó desde su origen. El público pareció disfrutarlo despidiendo el tema con una ovación elevada y duradera a la altura de la noche.
El concierto cerró entre aplausos y vítores masivos, dejando el listón muy alto. Desde aquí no queda más que rendir un emotivo recuerdo a la memoria del inolvidable Dusty Hill, enviar todas las fuerzas del mundo a su batería, Frank Beard, en su recuperación, y desearle al grupo que siga disfrutando con la misma pasión que el resto de esta histórica gira.


El entorno idílico del Jardín Botánico acogió el pasado 20 de julio una de las citas marcadas en rojo dentro del ciclo Las Noches del Botánico: la visita de los legendarios ZZ Top. Los texanos desembarcaron en Madrid sin teloneros, asumiendo en solitario el protagonismo absoluto de una velada de pura nostalgia y rock sureño. A nivel técnico, la iluminación del escenario resultó bastante correcta, ofreciendo un planteamiento funcional sin buscar fuegos artificiales ni grandes alardes espectaculares. El recinto contó con un fondo bien iluminado que servía de base sólida para los músicos, combinado con haces potentes dirigidos siempre hacia el techo y algún que otro momento apoyado por luz puntual. En general, predominó una luz blanca sin excesivos contrastes, una decisión que cedió todo el protagonismo a la música y al propio peso icónico de los artistas.
En el plano del audio, el resultado fue algo mejorable respecto a lo esperado para una cita de este nivel. La voz principal quedó bastante hundida en la mezcla durante varios pasajes del repertorio, restándole presencia a la interpretación. Por su parte, el bajo sonó excesivamente alto puntualmente, traduciéndose en ocasiones en golpes secos más que en notas definidas. La guitarra de Billy Gibbons también experimentó momentos de estridencia en ciertos temas, aunque la batería de Michael Monahan se mantuvo en líneas generales correcta, siendo quizás el instrumento mejor equilibrado y definido de todo el conjunto.
La escenografía ofreció un empaque visual carismático y muy ochentero. El fondo estaba presidido por un gran grafiti con el nombre de ZZ Top en el centro, flanqueado en la base por varias estructuras de equipos de sonido en tonos pastel. A ambos lados, varias tablas de skate colgadas de cables giraban libremente al viento; la que más se vio en la realización del evento era una con un conejo de Playboy. Destacaban especialmente los dos pies de micro, diseñados como espectaculares tubos de escape cromados e iluminados desde el interior con luz roja. Todo este montaje sirvió de marco para repasar el estilo inconfundible de la formación: una sólida fusión de Blues Rock, Boogie Rock y Hard Rock. Este género se caracteriza técnicamente por el uso de patrones rítmicos acelerados basados en el shuffle, un groove bailable y un uso magistral del slide y la distorsión sorda en la guitarra, elementos que convirtieron temas como “Gimme All Your Lovin'”, “Sharp Dressed Man” o “Legs” en auténticos himnos universales del rock desde los años setenta y ochenta.
Con más de cinco décadas de trayectoria impecable a sus espaldas e hitos millonarios en ventas como su aclamado álbum Eliminator (1983), ZZ Top afronta esta gira en un momento de profunda transición. El grupo sigue honrando el recuerdo de su histórico bajista Dusty Hill, fallecido en 2021 y sustituido con enorme solvencia por Elwood Francis, mientras que en la batería se mantiene la fuerza de Frank Beard, actualmente convaleciente y sustituido momentáneamente por Monahan. Esta gira arrancó meses atrás recorriendo recintos emblemáticos de Norteamérica y Europa, y tras su exitoso paso por el ciclo madrileño, continuará su itinerario por diversos festivales y arenas del continente europeo antes de encarar el cierre definitivo de su extenso periplo.
Los tres músicos estuvieron excelentes en actitud, logrando un ambiente festivo digno de una banda mítica. El público, completamente entregado desde el primer acorde, cantó cada tema, acompañó los riffs y celebró los característicos bailes y sincronizaciones de brazos, movimientos de instrumentos, pasitos y baibenes de cuerpo, que son seña de identidad del trío, ejecutados siempre con soltura y alegría, no me parecieron forzados, sino como algo automático que ofrecer a sus fans. Gibbons ejerció de maestro de ceremonias impecable, aprovechando un momento del show para felicitar a los presentes por la reciente victoria en el Mundial de Fútbol. Además, lució la bandera de España en el cuerpo de su primera guitarra, mientras que la batería lucía también decorada con banderas en el suelo. Otro aspecto divertidísimo del directo fue el constante intercambio de instrumentos, mostrando guitarras y bajos de diseños originales y personalizados que hicieron las delicias de los aficionados a las seis cuerdas. Lo mejor es que los busquéis para verlos con vuestros propios ojos porque describirlos no estará nunca a la altura de lo imaginativo y estrambótico. Peludos, gigantes, clásicos…
El aspecto visual tuvo un punto culminante durante la pausa para el encore. La banda aprovechó este descanso para cambiarse de vestuario, cambiando su atuendo inicial de motivos florales bordados por unos trajes deslumbrantes inspirados en el traje de luces de los toreros. Las lentejuelas de las chaquetas brillaban intensamente bajo los focos, proyectando bonitos destellos circulares sobre la ropa y los propios instrumentos. Sustituyendo al anterior traje con motivos florales bordados y lentejuelas, está claro que disfrutan de esa parte del espectáculo .Y ambos outfits fueron muy comentados y celebrados.
El extenso setlist repasó toda su discografía sin dejarse fuera ninguna de sus joyas más populares, demostrando una generosidad enorme considerando el calor de la noche madrileña. Resultó especialmente curioso el teatrillo con el que jugaron antes del clímax final: la banda fingió despedirse en varias ocasiones sin haber interpretado su clásico “La Grange”, amenazando con irse para regresar de inmediato a las tablas. Cuando por fin se arrancaron con el tema, ofrecieron una versión muy personal, plagada de pausas donde el público coreó a pleno pulmón el emblemático punteo de guitarra. Varios retomes le dieron importancia a cada tramo de la canción, se degustó con cierta dificultad, pero se respeta la intención de la banda de ofrecer algo novedoso. Por supuesto, no faltó el clásico movimiento de brazos para la transición de batería que tanto se comentó desde su origen. El público pareció disfrutarlo despidiendo el tema con una ovación elevada y duradera a la altura de la noche.
El concierto cerró entre aplausos y vítores masivos, dejando el listón muy alto. Desde aquí no queda más que rendir un emotivo recuerdo a la memoria del inolvidable Dusty Hill, enviar todas las fuerzas del mundo a su batería, Frank Beard, en su recuperación, y desearle al grupo que siga disfrutando con la misma pasión que el resto de esta histórica gira.

















