


El Heidenfest 2026 en la sala Salamandra no solo fue un despliegue de metal extremo, sino una travesía cultural que comenzó con el abordaje de The Dread Crew of Oddwood, quienes demostraron que para ser pesado no se necesita electricidad. La tripulación californiana, liderada por la voz de taberna de Wolfbeard O’Brady y el contundente “trueno de madera” del contrabajo de The Scurvy Ben, transformó el recinto en una fragata pirata. Sin guitarras eléctricas, pero con una actitud puramente punk, desataron el delirio con temas como “Side Quest” y la surrealista “Giant Fucking Demon Crab”, logrando que toda la sala se sentara en el suelo para realizar una de las “filas de remo” más multitudinarias que se recuerdan en L’Hospitalet mientras atronaba “Trollwhack”. Tras este motín acústico, el ambiente dio un giro de 180 grados hacia la solemnidad y la épica con los holandeses
La sobriedad germánica fue dinamitada de inmediato por la irrupción de Trollfest, los embajadores del “True Norwegian Balkan Metal”, quienes convirtieron la Salamandra en un manicomio psicodélico. Ataviados con disfraces coloridos y absurdos que rompían cualquier protocolo del metal tradicional, Jostein “Trollmannen” Austvik y su banda desataron una tormenta de ritmos balcánicos, saxofones esquizofrénicos a cargo de Fjodor y acordeones frenéticos pilotados por Kjellkjell. Canciones como “Dance Like a Pink Flamingo” y “Flamongous” convirtieron la pista en una explosión de confeti y coreografías ridículas, donde el black metal más agresivo se daba la mano con la música de dibujos animados en cortes como “Kaptein Kaos” y la fiestera “Piña Colada”. El cierre con “All Drinks on Me” fue el epitafio perfecto para un bloque de bandas que, desde el piratería acústica de Oddwood hasta el caos carnavalesco de Trollfest, pasando por la nobleza himnológica de Heidevolk, prepararon el terreno de manera magistral para el asalto final de los trolls y los bosques finlandeses.
Bajo un halo de misticismo ancestral, Heidevolk irrumpió en escena como una hueste surgida de la bruma del tiempo, transformando el recinto en un bastión vivo de la vieja Europa. Vestidos con una estética que rendía tributo a la herencia de las tribus bátavas y sajonas —cueros curtidos, linos austeros y una sobriedad guerrera ajena a cualquier artificio moderno—, los neerlandeses no conquistaron mediante la violencia sonora, sino a través de su arma más poderosa y ancestral: el imponente dueto vocal barítono de Daniël Wansink y Jacco de Wijs. Sus voces, profundas y sólidas como robles centenarios, se alzaron entrelazadas para forjar himnos que ya pertenecen al panteón del folk metal europeo, y durante la ejecución de Ontwaakt y la solemne Walhalla wacht sentí cómo el tiempo se plegaba sobre sí mismo y la audiencia era arrastrada a una era de mitos, juramentos y rituales olvidados. Fue, sin embargo, con la majestuosa Nehalennia cuando se alcanzó el clímax absoluto: las armonías vocales erigieron una atmósfera de orgullo pagano y hermandad guerrera que parecía sacudir los cimientos del lugar y encender un fuego invisible en cada pecho. El público, sometido al pulso solemne de la percusión, abandonó cualquier vestigio de caos para entregarse a un headbanging rítmico y ceremonial, como si todos formáramos parte de un mismo clan reunido en torno al tambor de guerra. Ya no asistía a un simple concierto, sino a una auténtica asamblea tribal, donde la frontera entre banda y seguidores se desvanecía en un solo espíritu colectivo. El desenlace fue apoteósico: Heidevolk desató su versión de Vulgaris Magistralis y un estruendo unánime brotó de cientos de gargantas fundidas en un grito final de victoria, sellando una noche en la que la tradición y el metal demostraron, una vez más, ser lenguajes eternos e inseparables.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Nanowar of Steel en Madrid: “Carnaval de metal y exotismo oriental”
Si Heidevolk puso la cerveza y el baile, Finntroll se encargó de aportar la sangre, el barro y la oscuridad en la sala Salamandra el pasado 28 de enero. Como pieza esencial del Heidenfest 2026, los trolls finlandeses transformaron el recinto de L’Hospitalet en una cueva lúgubre y peligrosa, ofreciendo un espectáculo en el que la agresividad del black metal se fundió de manera maniaca con el ritmo frenético y contagioso del humppa. El contraste con la banda precedente fue total: donde antes reinaba la fiesta tabernaria, ahora se imponía un ambiente opresivo, casi hostil, que atrapó al público desde el primer instante.
La atmósfera cambió de forma drástica en cuanto los músicos aparecieron en escena. Ataviados con sus características orejas puntiagudas, maquillajes de guerra que simulaban suciedad y harapos que los hacían parecer recién emergidos de un bosque milenario, dejaron claro que su propuesta es, ante todo, una experiencia teatral. Finntroll no se limita a tocar canciones: construye un universo propio, una inmersión en un folclore rudo y violento donde los trolls no son criaturas simpáticas, sino entidades salvajes y vengativas.
El asalto sonoro comenzó con la imponente Midvinterdraken, levantando de inmediato un muro de sonido compacto y abrasivo, liderado por la figura dominante de Mathias «Vreth» Lillmåns. El vocalista, que ha sabido mantener y reforzar el legado de la banda desde 2006, descargó guturales desgarradores mientras se desplazaba por el escenario con una energía casi animal. Su interpretación logró que el idioma sueco resonara con una fuerza primitiva, coreada por el público barcelonés más por instinto visceral que por comprensión lingüística.
A su lado, la dupla de guitarras formada por Skrymer y Routa tejió una red de riffs afilados que oscilaban con naturalidad entre la velocidad cortante del black metal y el carácter saltarín de piezas como Vindfärd / Människopesten o Solsagan. Resulta especialmente llamativo cómo la banda consigue que estos cambios de registro no rompan la coherencia del conjunto, sino que refuercen su identidad. La sección rítmica, con Tundra al bajo y Mörkö a la batería, sostuvo el edificio sonoro con una mezcla perfecta de precisión técnica y brutalidad desatada, permitiendo que las melodías de teclado de Aleksi Virta —claramente herederas del ingenio de Trollhorn— inyectaran ese inconfundible aroma de polca infernal que convierte a Finntroll en una banda única dentro del metal extremo.
El setlist fue una auténtica montaña rusa de emociones trollescas. Con Blodsvept y Nedgång, la Salamandra se transformó en un hervidero de empujones, saltos y bailes frenéticos, un caos controlado en el que la temática anticristiana y las leyendas del rey Rivfader cobraban vida bajo las luces estroboscópicas. El clímax llegó, como era de esperar, con el himno Trollhammaren: en ese instante, el suelo de la sala vibró bajo el peso de cientos de seguidores saltando al unísono, generando una comunión de sudor, violencia festiva y alegría pagana que se prolongó con la épica Nattfödd.
Lejos de conceder un respiro, la banda mantuvo la intensidad hasta el final, encadenando la crudeza de Jaktens tid con el cierre magistral de Ormfolk. El resultado fue un público exhausto, empapado y con la sensación de haber sobrevivido a un ataque nocturno en los bosques del norte. Finntroll no se limitó a tocar metal: ofreció un auténtico ritual de humppa metal agresivo y sin concesiones, demostrando que su estética de criaturas del bosque no es solo un disfraz, sino el envoltorio perfecto para una de las propuestas más sólidas, coherentes y, paradójicamente, divertidas del metal extremo actual.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Sylosis en Copenhague: “Cuando la expectativa se vuelve violencia”
La noche de L’Hospitalet se transformó, ante mis ojos, en un claro del bosque finlandés bajo el influjo del Heidenfest, una de las giras más esperadas del año, que traía de regreso a los auténticos maestros del desenfreno folk: Korpiklaani. La expectación era máxima, no solo por la envergadura del festival —con un cartel compartido con gigantes como Finntroll y Heidevolk—, sino por la oportunidad de presenciar en directo la madurez de una banda que ha sabido evolucionar sin perder ni un ápice de su esencia rústica y festiva.
Desde el momento en que los músicos pisaron las tablas, quedó claro que la formación actual atraviesa un auténtico estado de gracia. Jonne Järvelä, carismático líder de melena salvaje e indumentaria de alquimista imposible, se erigió en maestro de ceremonias de una auténtica «celebración pagana», que arrancó con la potencia de Hunting Song y la ya emblemática Wooden Pints. Su voz, curtida en mil batallas y madurada en barrica de roble, no se limitó a sostener las canciones: su presencia escénica —saltando con la guitarra, dirigiendo los coros del público— eliminó cualquier distancia física entre la banda y la audiencia.
La sección instrumental fue un despliegue de virtuosismo orgánico. Sami Perttula, al acordeón, y Tuomas Rounakari, al violín, acapararon gran parte del protagonismo. Verlos interactuar es comprender el alma misma de Korpiklaani: mientras Sami imprime ese ritmo de polca metalera que obliga a mover los pies, Tuomas eleva el conjunto con arreglos que evocan los paisajes míticos del Kalevala. La reciente incorporación de Olli Vänskä ha reforzado aún más esta faceta, creando una auténtica pared de cuerdas y fuelles que suena atronadora y genuina, demostrando que la banda no necesita pistas pregrabadas para resultar densa y vibrante.
A medida que el setlist avanzaba, el grupo fue desgranando los tres pilares de su identidad. La vertiente más mística y ancestral brilló en temas como Ämmänhauta y la hipnótica Leväluhta, donde el ritmo se vuelve más pesado y las letras nos transportan a las leyendas de los bosques finlandeses. En esos momentos, la sala Salamandra parecía guardar un silencio reverencial, roto solo por los aplausos ante la complejidad técnica de Jarkko Aaltonen al bajo, quien, con su sobriedad habitual y su barba kilométrica, cimentaba una base rítmica inquebrantable junto a la batería.
La presentación de su último álbum, Rankarumpu, aportó cortes como Aita, Kalmisto y la frenética Saunaan, canciones que mantienen intacto el pulso joven y vigoroso del grupo y que encajan a la perfección con los clásicos de siempre. La entrega de los guitarristas, especialmente la de Kalle «Cane» Savijärvi, fue impecable: riffs que beben directamente del heavy metal más puro, pero que se entrelazan con las melodías folclóricas de un modo casi mágico.
El punto de inflexión hacia la locura colectiva llegó con la versión de Gotta Go Home (original de Boney M.), que desató un mosh pit discotequero tan masivo como inesperado y arrancó sonrisas cómplices entre los asistentes, confirmando que Korpiklaani no teme lo lúdico ni lo imprevisible.
La interacción con el público de L’Hospitalet y Barcelona fue constante y sincera. Jonne se acercaba una y otra vez al borde del escenario para chocar manos y compartir miradas de júbilo, mientras la banda agradecía entre canción y canción la energía de una sala que colgó el cartel de «sold out». El tramo final fue un ascenso imparable hacia el paroxismo festivo: Viima y Metsämies prepararon el terreno para un cierre apoteósico. Cuando los primeros acordes de Vodka retumbaron en la Salamandra, el recinto se convirtió en un caos controlado de saltos, brindis al aire y sudor compartido.
Al terminar, con los músicos exhaustos pero sonrientes despidiéndose desde el escenario, me quedó la sensación de haber asistido a algo más que un concierto de metal. Fue una auténtica fiesta de pueblo finlandesa trasladada al corazón de la ciudad, un recordatorio de que, a través de la música, los bosques ancestrales y las tabernas eternas siempre están a nuestro alcance.



El Heidenfest 2026 en la sala Salamandra no solo fue un despliegue de metal extremo, sino una travesía cultural que comenzó con el abordaje de The Dread Crew of Oddwood, quienes demostraron que para ser pesado no se necesita electricidad. La tripulación californiana, liderada por la voz de taberna de Wolfbeard O’Brady y el contundente “trueno de madera” del contrabajo de The Scurvy Ben, transformó el recinto en una fragata pirata. Sin guitarras eléctricas, pero con una actitud puramente punk, desataron el delirio con temas como “Side Quest” y la surrealista “Giant Fucking Demon Crab”, logrando que toda la sala se sentara en el suelo para realizar una de las “filas de remo” más multitudinarias que se recuerdan en L’Hospitalet mientras atronaba “Trollwhack”. Tras este motín acústico, el ambiente dio un giro de 180 grados hacia la solemnidad y la épica con los holandeses
La sobriedad germánica fue dinamitada de inmediato por la irrupción de Trollfest, los embajadores del “True Norwegian Balkan Metal”, quienes convirtieron la Salamandra en un manicomio psicodélico. Ataviados con disfraces coloridos y absurdos que rompían cualquier protocolo del metal tradicional, Jostein “Trollmannen” Austvik y su banda desataron una tormenta de ritmos balcánicos, saxofones esquizofrénicos a cargo de Fjodor y acordeones frenéticos pilotados por Kjellkjell. Canciones como “Dance Like a Pink Flamingo” y “Flamongous” convirtieron la pista en una explosión de confeti y coreografías ridículas, donde el black metal más agresivo se daba la mano con la música de dibujos animados en cortes como “Kaptein Kaos” y la fiestera “Piña Colada”. El cierre con “All Drinks on Me” fue el epitafio perfecto para un bloque de bandas que, desde el piratería acústica de Oddwood hasta el caos carnavalesco de Trollfest, pasando por la nobleza himnológica de Heidevolk, prepararon el terreno de manera magistral para el asalto final de los trolls y los bosques finlandeses.
Bajo un halo de misticismo ancestral, Heidevolk irrumpió en escena como una hueste surgida de la bruma del tiempo, transformando el recinto en un bastión vivo de la vieja Europa. Vestidos con una estética que rendía tributo a la herencia de las tribus bátavas y sajonas —cueros curtidos, linos austeros y una sobriedad guerrera ajena a cualquier artificio moderno—, los neerlandeses no conquistaron mediante la violencia sonora, sino a través de su arma más poderosa y ancestral: el imponente dueto vocal barítono de Daniël Wansink y Jacco de Wijs. Sus voces, profundas y sólidas como robles centenarios, se alzaron entrelazadas para forjar himnos que ya pertenecen al panteón del folk metal europeo, y durante la ejecución de Ontwaakt y la solemne Walhalla wacht sentí cómo el tiempo se plegaba sobre sí mismo y la audiencia era arrastrada a una era de mitos, juramentos y rituales olvidados. Fue, sin embargo, con la majestuosa Nehalennia cuando se alcanzó el clímax absoluto: las armonías vocales erigieron una atmósfera de orgullo pagano y hermandad guerrera que parecía sacudir los cimientos del lugar y encender un fuego invisible en cada pecho. El público, sometido al pulso solemne de la percusión, abandonó cualquier vestigio de caos para entregarse a un headbanging rítmico y ceremonial, como si todos formáramos parte de un mismo clan reunido en torno al tambor de guerra. Ya no asistía a un simple concierto, sino a una auténtica asamblea tribal, donde la frontera entre banda y seguidores se desvanecía en un solo espíritu colectivo. El desenlace fue apoteósico: Heidevolk desató su versión de Vulgaris Magistralis y un estruendo unánime brotó de cientos de gargantas fundidas en un grito final de victoria, sellando una noche en la que la tradición y el metal demostraron, una vez más, ser lenguajes eternos e inseparables.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Nanowar of Steel en Madrid: “Carnaval de metal y exotismo oriental”
Si Heidevolk puso la cerveza y el baile, Finntroll se encargó de aportar la sangre, el barro y la oscuridad en la sala Salamandra el pasado 28 de enero. Como pieza esencial del Heidenfest 2026, los trolls finlandeses transformaron el recinto de L’Hospitalet en una cueva lúgubre y peligrosa, ofreciendo un espectáculo en el que la agresividad del black metal se fundió de manera maniaca con el ritmo frenético y contagioso del humppa. El contraste con la banda precedente fue total: donde antes reinaba la fiesta tabernaria, ahora se imponía un ambiente opresivo, casi hostil, que atrapó al público desde el primer instante.
La atmósfera cambió de forma drástica en cuanto los músicos aparecieron en escena. Ataviados con sus características orejas puntiagudas, maquillajes de guerra que simulaban suciedad y harapos que los hacían parecer recién emergidos de un bosque milenario, dejaron claro que su propuesta es, ante todo, una experiencia teatral. Finntroll no se limita a tocar canciones: construye un universo propio, una inmersión en un folclore rudo y violento donde los trolls no son criaturas simpáticas, sino entidades salvajes y vengativas.
El asalto sonoro comenzó con la imponente Midvinterdraken, levantando de inmediato un muro de sonido compacto y abrasivo, liderado por la figura dominante de Mathias «Vreth» Lillmåns. El vocalista, que ha sabido mantener y reforzar el legado de la banda desde 2006, descargó guturales desgarradores mientras se desplazaba por el escenario con una energía casi animal. Su interpretación logró que el idioma sueco resonara con una fuerza primitiva, coreada por el público barcelonés más por instinto visceral que por comprensión lingüística.
A su lado, la dupla de guitarras formada por Skrymer y Routa tejió una red de riffs afilados que oscilaban con naturalidad entre la velocidad cortante del black metal y el carácter saltarín de piezas como Vindfärd / Människopesten o Solsagan. Resulta especialmente llamativo cómo la banda consigue que estos cambios de registro no rompan la coherencia del conjunto, sino que refuercen su identidad. La sección rítmica, con Tundra al bajo y Mörkö a la batería, sostuvo el edificio sonoro con una mezcla perfecta de precisión técnica y brutalidad desatada, permitiendo que las melodías de teclado de Aleksi Virta —claramente herederas del ingenio de Trollhorn— inyectaran ese inconfundible aroma de polca infernal que convierte a Finntroll en una banda única dentro del metal extremo.
El setlist fue una auténtica montaña rusa de emociones trollescas. Con Blodsvept y Nedgång, la Salamandra se transformó en un hervidero de empujones, saltos y bailes frenéticos, un caos controlado en el que la temática anticristiana y las leyendas del rey Rivfader cobraban vida bajo las luces estroboscópicas. El clímax llegó, como era de esperar, con el himno Trollhammaren: en ese instante, el suelo de la sala vibró bajo el peso de cientos de seguidores saltando al unísono, generando una comunión de sudor, violencia festiva y alegría pagana que se prolongó con la épica Nattfödd.
Lejos de conceder un respiro, la banda mantuvo la intensidad hasta el final, encadenando la crudeza de Jaktens tid con el cierre magistral de Ormfolk. El resultado fue un público exhausto, empapado y con la sensación de haber sobrevivido a un ataque nocturno en los bosques del norte. Finntroll no se limitó a tocar metal: ofreció un auténtico ritual de humppa metal agresivo y sin concesiones, demostrando que su estética de criaturas del bosque no es solo un disfraz, sino el envoltorio perfecto para una de las propuestas más sólidas, coherentes y, paradójicamente, divertidas del metal extremo actual.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Sylosis en Copenhague: “Cuando la expectativa se vuelve violencia”
La noche de L’Hospitalet se transformó, ante mis ojos, en un claro del bosque finlandés bajo el influjo del Heidenfest, una de las giras más esperadas del año, que traía de regreso a los auténticos maestros del desenfreno folk: Korpiklaani. La expectación era máxima, no solo por la envergadura del festival —con un cartel compartido con gigantes como Finntroll y Heidevolk—, sino por la oportunidad de presenciar en directo la madurez de una banda que ha sabido evolucionar sin perder ni un ápice de su esencia rústica y festiva.
Desde el momento en que los músicos pisaron las tablas, quedó claro que la formación actual atraviesa un auténtico estado de gracia. Jonne Järvelä, carismático líder de melena salvaje e indumentaria de alquimista imposible, se erigió en maestro de ceremonias de una auténtica «celebración pagana», que arrancó con la potencia de Hunting Song y la ya emblemática Wooden Pints. Su voz, curtida en mil batallas y madurada en barrica de roble, no se limitó a sostener las canciones: su presencia escénica —saltando con la guitarra, dirigiendo los coros del público— eliminó cualquier distancia física entre la banda y la audiencia.
La sección instrumental fue un despliegue de virtuosismo orgánico. Sami Perttula, al acordeón, y Tuomas Rounakari, al violín, acapararon gran parte del protagonismo. Verlos interactuar es comprender el alma misma de Korpiklaani: mientras Sami imprime ese ritmo de polca metalera que obliga a mover los pies, Tuomas eleva el conjunto con arreglos que evocan los paisajes míticos del Kalevala. La reciente incorporación de Olli Vänskä ha reforzado aún más esta faceta, creando una auténtica pared de cuerdas y fuelles que suena atronadora y genuina, demostrando que la banda no necesita pistas pregrabadas para resultar densa y vibrante.
A medida que el setlist avanzaba, el grupo fue desgranando los tres pilares de su identidad. La vertiente más mística y ancestral brilló en temas como Ämmänhauta y la hipnótica Leväluhta, donde el ritmo se vuelve más pesado y las letras nos transportan a las leyendas de los bosques finlandeses. En esos momentos, la sala Salamandra parecía guardar un silencio reverencial, roto solo por los aplausos ante la complejidad técnica de Jarkko Aaltonen al bajo, quien, con su sobriedad habitual y su barba kilométrica, cimentaba una base rítmica inquebrantable junto a la batería.
La presentación de su último álbum, Rankarumpu, aportó cortes como Aita, Kalmisto y la frenética Saunaan, canciones que mantienen intacto el pulso joven y vigoroso del grupo y que encajan a la perfección con los clásicos de siempre. La entrega de los guitarristas, especialmente la de Kalle «Cane» Savijärvi, fue impecable: riffs que beben directamente del heavy metal más puro, pero que se entrelazan con las melodías folclóricas de un modo casi mágico.
El punto de inflexión hacia la locura colectiva llegó con la versión de Gotta Go Home (original de Boney M.), que desató un mosh pit discotequero tan masivo como inesperado y arrancó sonrisas cómplices entre los asistentes, confirmando que Korpiklaani no teme lo lúdico ni lo imprevisible.
La interacción con el público de L’Hospitalet y Barcelona fue constante y sincera. Jonne se acercaba una y otra vez al borde del escenario para chocar manos y compartir miradas de júbilo, mientras la banda agradecía entre canción y canción la energía de una sala que colgó el cartel de «sold out». El tramo final fue un ascenso imparable hacia el paroxismo festivo: Viima y Metsämies prepararon el terreno para un cierre apoteósico. Cuando los primeros acordes de Vodka retumbaron en la Salamandra, el recinto se convirtió en un caos controlado de saltos, brindis al aire y sudor compartido.
Al terminar, con los músicos exhaustos pero sonrientes despidiéndose desde el escenario, me quedó la sensación de haber asistido a algo más que un concierto de metal. Fue una auténtica fiesta de pueblo finlandesa trasladada al corazón de la ciudad, un recordatorio de que, a través de la música, los bosques ancestrales y las tabernas eternas siempre están a nuestro alcance.






















