


La noche en la Sala Wolf de Barcelona olía a sudor, cerveza y riffs afilados. Con una asistencia rozando el sold out, el público respondió desde primera hora a una velada marcada por la contundencia y la técnica. El cartel era un golosina para los amantes del metal más exigente, y la respuesta fue una sala entregada, caliente y con ganas de guerra desde el primer acorde.
Los encargados de abrir fuego fueron Life Cycles, desde Texas con actitud y tablas. Su descarga fue directa, sin rodeos, combinando groove y agresividad con una puesta en escena sobria pero eficaz. Supieron aprovechar cada minuto para meterse al público en el bolsillo, dejando claro que la escena local tiene músculo y hambre, y que no estaban allí para cumplir expediente sino para plantar cara a cualquier banda sea nacional o internacional.
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La brutalidad llegó de la mano de Distant, que convirtieron la Wolf en un campo de demolición a base de breakdowns sísmicos y guturales abismales. La banda descargó una tormenta de deathcore moderno, con afinaciones bajísimas y una presencia escénica imponente. Los muros de sonido hicieron temblar la sala mientras los primeros pogos serios de la noche tomaban forma, demostrando que su propuesta conecta de lleno con una generación que busca extremidad sin concesiones.
El nivel técnico se disparó con la salida de Revocation, que ofrecieron una lección magistral de precisión y complejidad. Desde los primeros compases quedó claro que lo suyo es combinar virtuosismo y agresividad sin perder pegada. Cada cambio de ritmo, cada solo vertiginoso, fue recibido con vítores por un público que sabía perfectamente lo que tenía delante.
Temas como “Diabolical Majesty” o “The Outer Ones” sonaron afilados, con una ejecución impecable y una banda absolutamente compenetrada. El guitarrista y vocalista llevó el peso del show con carisma y solvencia, mientras la base rítmica sostenía estructuras imposibles con una naturalidad pasmosa. Su actuación elevó el listón y dejó la sensación de estar ante uno de los nombres más sólidos del death metal técnico actual.
Pero la noche tenía un claro protagonista: Sylosis. Los británicos saltaron al escenario entre una ovación cerrada y no tardaron en desatar la locura con “Poison for the Lost” y “Servitude”, mostrando que su combinación de thrash moderno y death melódico sigue siendo tan afilada como siempre. La sala, ya al límite de temperatura, respondió con circle pits y headbanging masivo desde el primer minuto.
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El repaso a Edge of the Earth fue uno de los momentos más celebrados, especialmente con “Altered States of Consciousness”, que sonó monumental y confirmó el estatus casi de culto de ese trabajo. Tampoco faltaron guiños a etapas más recientes, con cortes de A Sign of Things to Come que demostraron la evolución del grupo hacia terrenos aún más oscuros y contundentes. Cada riff cayó como un martillazo, con un sonido compacto y demoledor.
Uno de los puntos álgidos llegó con “Empyreal” y la imprescindible “Deadwood”, convertida ya en himno generacional para sus seguidores. La banda se mostró firme, técnica y emocional, conectando con una audiencia que coreó cada línea y celebró cada breakdown. Sin artificios innecesarios, apoyados únicamente en su potencia y en un repertorio incontestable, Sylosis firmaron una actuación que dejó claro por qué siguen siendo una referencia indiscutible del metal contemporáneo.



La noche en la Sala Wolf de Barcelona olía a sudor, cerveza y riffs afilados. Con una asistencia rozando el sold out, el público respondió desde primera hora a una velada marcada por la contundencia y la técnica. El cartel era un golosina para los amantes del metal más exigente, y la respuesta fue una sala entregada, caliente y con ganas de guerra desde el primer acorde.
Los encargados de abrir fuego fueron Life Cycles, desde Texas con actitud y tablas. Su descarga fue directa, sin rodeos, combinando groove y agresividad con una puesta en escena sobria pero eficaz. Supieron aprovechar cada minuto para meterse al público en el bolsillo, dejando claro que la escena local tiene músculo y hambre, y que no estaban allí para cumplir expediente sino para plantar cara a cualquier banda sea nacional o internacional.
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Temas como “Diabolical Majesty” o “The Outer Ones” sonaron afilados, con una ejecución impecable y una banda absolutamente compenetrada. El guitarrista y vocalista llevó el peso del show con carisma y solvencia, mientras la base rítmica sostenía estructuras imposibles con una naturalidad pasmosa. Su actuación elevó el listón y dejó la sensación de estar ante uno de los nombres más sólidos del death metal técnico actual.
Pero la noche tenía un claro protagonista: Sylosis. Los británicos saltaron al escenario entre una ovación cerrada y no tardaron en desatar la locura con “Poison for the Lost” y “Servitude”, mostrando que su combinación de thrash moderno y death melódico sigue siendo tan afilada como siempre. La sala, ya al límite de temperatura, respondió con circle pits y headbanging masivo desde el primer minuto.
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