


En el marco del “Brother Tour 2026″ por Europa, los franceses Lion’s Law reafirma su posición como referente europeo del Oi! y el street punk acompañados por First Attack y No Time. La cita no fue un simple concierto, sino una demostración de fuerza de la escena S.H.A.R.P. (Skinheads Against Racial Prejudice). Antes de la primera descarga, la sala ya imponía respeto: un uniforme de resistencia y estilo dominado por el código “Smart, Clean and Tough”. Chaquetas Bomber MA-1 y Harrington, cabezas rapadas al milímetro, cortes Chelsea femeninos y el brillo inconfundible de las botas Dr. Martens —negras y en clásico oxblood— bajo los Levi’s 501 con vuelta marcaban el paso de una clase trabajadora orgullosa de su herencia multirracial.
Si alguien pensaba que el plato fuerte de la noche sería únicamente la técnica de Lion’s Law, No Time se encargó de pulverizar esa expectativa desde el primer segundo. La banda de Pittsburgh no salió a ofrecer un concierto, sino a librar una batalla. La intro marcó el inicio de una atmósfera asfixiante que estalló con True Hate y Man In Uniform, disparando la adrenalina de un público que pronto dejó de distinguir entre pogo y caos.
El despliegue de Adam Thomas fue sencillamente aterrador. Desde los primeros compases de You’ll Get Yours e Iron Breed, el vocalista se movía como un animal enjaulado, borrando cualquier distancia con las primeras filas. Pero fue durante la frenética descarga de Life Sucker y Anxiety cuando la intensidad cruzó la línea de lo físico: en un arrebato de rabia pura, Adam comenzó a golpearse la frente con el micrófono una y otra vez.
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El impacto seco del metal contra el hueso no tardó en dejar huella. La frente de Thomas se abrió y un hilo de sangre empezó a recorrer su rostro mientras seguía escupiendo las letras de Never Wrong y No Enemies. Lejos de detenerse, la herida pareció insuflarle aún más energía, elevando el listón de la actitud punk a cotas que pocas bandas alcanzan hoy en día. Con el rostro manchado y la mirada desencajada, el líder encarnó el sonido “Iron Breed” de su ciudad natal: duro, oxidado y auténtico.
En lo musical, la banda funcionó como una máquina de demolición. Savage Age y Comply or Die sonaron como una bofetada de powerviolence camuflada de Oi!, con una sección rítmica implacable que no concedió un segundo de tregua. Tras la crudeza de YWBM, llegó su versión de Anti Social, coreada con una violencia eléctrica que preparó el terreno para el asalto final.
El cierre con Suffer No Fool fue el golpe de gracia. Con Adam Thomas aún sangrando y el público exhausto pero completamente entregado, No Time demostró que lo suyo no es solo música, sino una experiencia visceral. Abandonaron el escenario con el listón de la actitud en lo más alto y la sensación inequívoca de haber presenciado uno de los directos más crudos y auténticos de la gira.
Desde el primer acorde de “Run You Down”, quedó claro que los de Vancouver venían a arrasar. Sin rodeos ni concesiones, el cuarteto descargó un Oi! crudo y afilado que encontró respuesta inmediata en una sala ya caliente. “Pull It Over Your Eyes” mantuvo la presión, con los primeros pogos abriéndose paso entre las filas delanteras.
Greg Huff lideró el ataque con su voz rasposa y desafiante, marcando el ritmo de la noche mientras alternaba riffs con Rob Foster. En “Too Afraid” se vio la precisión quirúrgica de ambos: guitarras compactas, miradas cómplices y cambios ejecutados con una sincronía impecable. Con “Another Soldier”, la comunión fue total; el estribillo se convirtió en un grito colectivo, con Huff acercando el micro al público y sonriendo ante la respuesta.
La base rítmica fue un bloque de hormigón. Matt Vogler, sólido y contundente, sostuvo el pulso en “We’re The Victim”, donde Huff no dejó de señalar a la multitud, azuzando un pogo que ya era imparable. El bajo de Noah Heath retumbó con fuerza en “Enough” y “Hit a Wall”, golpeando el pecho de las primeras filas y reforzando ese sonido compacto y callejero que define a la banda.
El tramo central, con “Looking Back” y “If You Say So”, mostró el lado más melódico sin perder agresividad. Pero fue con “Violent Society” cuando todo explotó: micrófonos extendidos hacia el público, puños en alto y un coro ensordecedor que eclipsó por momentos a la propia banda.
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“No Escape” llegó como una descarga final de adrenalina antes de “On The Other Side”, donde la intensidad se tiñó de una melancolía combativa. Sin apenas abandonar el escenario, regresaron para el bis con “More Sorrow”. El cierre fue apoteósico: músicos y asistentes fundidos en una sola voz, guitarras en alto y la sensación de haber presenciado un asalto directo, conciso y sin fisuras. Barcelona cayó rendida ante First Attack. Y no hubo supervivientes.
Cuando cesó la obertura, Lion’s Law emergió para demostrar por qué es el referente actual del género. Sobre el escenario, la cohesión fue quirúrgica. Victor “Wattie”, líder y vocalista desde la fundación de la banda en 2012, desplegó un carisma arrollador: castigó sus cuerdas vocales con rabia y conectó con el público en un castellano afilado y bromista: “Un tema más y os vais a casa, que os veo cansados”, provocando el rugido colectivo.
La maquinaria parisina funcionó como una apisonadora. Daick y Olivier (Vovott) son los encargados actuales de mantener el característico muro de sonido de Lion’s Law, siguiendo la línea clásica del género: potencia y robustez sin concesiones. A su lado, Swann, miembro fundamental de la sección rítmica, aportó profundidad melódica con un bajo influenciado por el punk clásico, mientras que Thomas “Thomoï”, veterano de la escena punk francesa y ex batería de Komintern Sect, sostuvo el tempo con una resistencia sobrehumana.
El setlist recorrió su discografía con una marcha más acelerada que en estudio, imprimiendo una velocidad hardcore a su Oi! tradicional. Himnos como Lafayette y Brother resonaron con contundencia, y el inesperado momento de I Ran (A Flock of Seagulls), dedicado a “las generaciones de los 80”, tendió un puente entre veteranos de tirantes finos y parches de Trojan Records y adolescentes con polos Fred Perry y Ben Sherman perfectamente abotonados.
El tramo final fue incendiario. Tras The World Is On Fire, la sala explotó con Antisocial, coreada a pleno pulmón mientras el público lanzaba proclamas políticas y cánticos de libertad. Con un desafiante “¡Quedan tres!”, cerraron con la tríada sagrada: For My Clan, Son of Oi! y un Skinhead final que dejó el foso cubierto de sudor y orgullo.
Lion’s Law no ofreció solo un concierto: reafirmó que el street punk sigue siendo una declaración de principios escrita con botas, lealtad y música sin piedad.



En el marco del “Brother Tour 2026″ por Europa, los franceses Lion’s Law reafirma su posición como referente europeo del Oi! y el street punk acompañados por First Attack y No Time. La cita no fue un simple concierto, sino una demostración de fuerza de la escena S.H.A.R.P. (Skinheads Against Racial Prejudice). Antes de la primera descarga, la sala ya imponía respeto: un uniforme de resistencia y estilo dominado por el código “Smart, Clean and Tough”. Chaquetas Bomber MA-1 y Harrington, cabezas rapadas al milímetro, cortes Chelsea femeninos y el brillo inconfundible de las botas Dr. Martens —negras y en clásico oxblood— bajo los Levi’s 501 con vuelta marcaban el paso de una clase trabajadora orgullosa de su herencia multirracial.
Si alguien pensaba que el plato fuerte de la noche sería únicamente la técnica de Lion’s Law, No Time se encargó de pulverizar esa expectativa desde el primer segundo. La banda de Pittsburgh no salió a ofrecer un concierto, sino a librar una batalla. La intro marcó el inicio de una atmósfera asfixiante que estalló con True Hate y Man In Uniform, disparando la adrenalina de un público que pronto dejó de distinguir entre pogo y caos.
El despliegue de Adam Thomas fue sencillamente aterrador. Desde los primeros compases de You’ll Get Yours e Iron Breed, el vocalista se movía como un animal enjaulado, borrando cualquier distancia con las primeras filas. Pero fue durante la frenética descarga de Life Sucker y Anxiety cuando la intensidad cruzó la línea de lo físico: en un arrebato de rabia pura, Adam comenzó a golpearse la frente con el micrófono una y otra vez.
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En lo musical, la banda funcionó como una máquina de demolición. Savage Age y Comply or Die sonaron como una bofetada de powerviolence camuflada de Oi!, con una sección rítmica implacable que no concedió un segundo de tregua. Tras la crudeza de YWBM, llegó su versión de Anti Social, coreada con una violencia eléctrica que preparó el terreno para el asalto final.
El cierre con Suffer No Fool fue el golpe de gracia. Con Adam Thomas aún sangrando y el público exhausto pero completamente entregado, No Time demostró que lo suyo no es solo música, sino una experiencia visceral. Abandonaron el escenario con el listón de la actitud en lo más alto y la sensación inequívoca de haber presenciado uno de los directos más crudos y auténticos de la gira.
Desde el primer acorde de “Run You Down”, quedó claro que los de Vancouver venían a arrasar. Sin rodeos ni concesiones, el cuarteto descargó un Oi! crudo y afilado que encontró respuesta inmediata en una sala ya caliente. “Pull It Over Your Eyes” mantuvo la presión, con los primeros pogos abriéndose paso entre las filas delanteras.
Greg Huff lideró el ataque con su voz rasposa y desafiante, marcando el ritmo de la noche mientras alternaba riffs con Rob Foster. En “Too Afraid” se vio la precisión quirúrgica de ambos: guitarras compactas, miradas cómplices y cambios ejecutados con una sincronía impecable. Con “Another Soldier”, la comunión fue total; el estribillo se convirtió en un grito colectivo, con Huff acercando el micro al público y sonriendo ante la respuesta.
La base rítmica fue un bloque de hormigón. Matt Vogler, sólido y contundente, sostuvo el pulso en “We’re The Victim”, donde Huff no dejó de señalar a la multitud, azuzando un pogo que ya era imparable. El bajo de Noah Heath retumbó con fuerza en “Enough” y “Hit a Wall”, golpeando el pecho de las primeras filas y reforzando ese sonido compacto y callejero que define a la banda.
El tramo central, con “Looking Back” y “If You Say So”, mostró el lado más melódico sin perder agresividad. Pero fue con “Violent Society” cuando todo explotó: micrófonos extendidos hacia el público, puños en alto y un coro ensordecedor que eclipsó por momentos a la propia banda.
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“No Escape” llegó como una descarga final de adrenalina antes de “On The Other Side”, donde la intensidad se tiñó de una melancolía combativa. Sin apenas abandonar el escenario, regresaron para el bis con “More Sorrow”. El cierre fue apoteósico: músicos y asistentes fundidos en una sola voz, guitarras en alto y la sensación de haber presenciado un asalto directo, conciso y sin fisuras. Barcelona cayó rendida ante First Attack. Y no hubo supervivientes.
Cuando cesó la obertura, Lion’s Law emergió para demostrar por qué es el referente actual del género. Sobre el escenario, la cohesión fue quirúrgica. Victor “Wattie”, líder y vocalista desde la fundación de la banda en 2012, desplegó un carisma arrollador: castigó sus cuerdas vocales con rabia y conectó con el público en un castellano afilado y bromista: “Un tema más y os vais a casa, que os veo cansados”, provocando el rugido colectivo.
La maquinaria parisina funcionó como una apisonadora. Daick y Olivier (Vovott) son los encargados actuales de mantener el característico muro de sonido de Lion’s Law, siguiendo la línea clásica del género: potencia y robustez sin concesiones. A su lado, Swann, miembro fundamental de la sección rítmica, aportó profundidad melódica con un bajo influenciado por el punk clásico, mientras que Thomas “Thomoï”, veterano de la escena punk francesa y ex batería de Komintern Sect, sostuvo el tempo con una resistencia sobrehumana.
El setlist recorrió su discografía con una marcha más acelerada que en estudio, imprimiendo una velocidad hardcore a su Oi! tradicional. Himnos como Lafayette y Brother resonaron con contundencia, y el inesperado momento de I Ran (A Flock of Seagulls), dedicado a “las generaciones de los 80”, tendió un puente entre veteranos de tirantes finos y parches de Trojan Records y adolescentes con polos Fred Perry y Ben Sherman perfectamente abotonados.
El tramo final fue incendiario. Tras The World Is On Fire, la sala explotó con Antisocial, coreada a pleno pulmón mientras el público lanzaba proclamas políticas y cánticos de libertad. Con un desafiante “¡Quedan tres!”, cerraron con la tríada sagrada: For My Clan, Son of Oi! y un Skinhead final que dejó el foso cubierto de sudor y orgullo.
Lion’s Law no ofreció solo un concierto: reafirmó que el street punk sigue siendo una declaración de principios escrita con botas, lealtad y música sin piedad.












