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Lamb of God
Into Oblivion (2026)
Epic Records/Century Media

1. Into Oblivion
2. Parasocial Christ
3. Sepsis
4. The Killing Floor
5. El Vacío
6. St. Catherine’s Wheel
7. Blunt Force Blues
8. Bully
9. A Thousand Years
10. Devise / Destroy

Desde el primer acorde, Lamb of God te mete de lleno en un viaje visceral y violento con su nuevo disco, Into Oblivion. Cada vez que la banda de Richmond saca un álbum, algo se me activa adentro: vuelve ese pibe adolescente que encontró en el groove metal un refugio, una identidad y una forma de descargar todo. Formados en 1994, vienen siendo una fuerza clave dentro del metal moderno, mezclando groove y thrash con una personalidad que no se negocia. Y lo mejor es que siguen evolucionando sin perder esa esencia cruda y auténtica que los define.

El disco arranca con el tema homónimo, “Into Oblivion”, que además fue el primer adelanto. Es una declaración de principios: riffs filosos, velocidad al palo y la voz de Randy Blythe escupiendo una crítica directa al mundo actual. La letra deja en claro que el colapso no llega de golpe: es un proceso lento, casi invisible, mientras todos miran para otro lado. El groove clásico de la banda está intacto, pero hay una vuelta técnica que lo hace sonar más afilado que nunca. Siguen siendo titanes del género, sin discusión.

Los dos cortes que salieron también antes del disco, “Parasocial Christ” y “Sepsis”, muestran esa crítica social que la banda viene puliendo hace años. “Parasocial Christ” es un palazo a la era digital, al culto al algoritmo y a la economía de la atención. En energía remite a “Contractor”, de Wrath, pero con una mirada completamente actual. Es rabiosa, incómoda y necesaria.

“Sepsis”, en cambio, tiene ese bajo distorsionado que te obliga a cabecear sí o sí. Hay algo bien denso, casi sludge, y un guiño directo a la escena de Richmond. Es sucio, pesado y recontra efectivo.

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Después aparece “The Killing Floor”, probablemente el tema más rápido del disco. Está atravesado por la experiencia carcelaria de Randy Blythe, y se siente: hay bronca, oscuridad y resistencia. La música acompaña esa tensión interna.

Y cuando parece que no van a aflojar nunca, llega “El Vacío”. Un respiro necesario. Una canción que conecta con esa fragilidad emocional que también forma parte del ADN de la banda. Es imposible no pensar en “Vigil”, de As the Palaces Burn. Acá la voz limpia de Randy Blythe brilla y demuestra que no todo es violencia: también hay dolor, introspección y humanidad.

“St. Catherine’s Wheel” y “Blunt Force Blues” son directamente una trompada en la cara. De lo más pesado del álbum. Vuelven a esa brutalidad que muchos descubrieron en Wrath y que algunos injustamente subestimaron. Riffs demoledores, breakdowns para que el circle pit explote y una batería que no da tregua. Es esa mezcla de nostalgia y adrenalina que te recuerda por qué te enamoraste de la banda en primer lugar.

El cierre llega con “Bully”, rápida y arrolladora, casi un himno contra la intimidación. Después, “A Thousand Years” y “Devise Destroy” bajan un cambio sin perder intensidad. La primera tiene un costado más melódico, más emocional; la segunda arranca con una guitarra que parece más contenida, pero termina explotando en el último golpe pesado del disco. Te dejan con ganas de volver a poner play desde el principio.

En lo instrumental, Willie Adler es una máquina de fabricar riffs memorables. Mark Morton aporta ese toque más blusero y melódico que equilibra tanta violencia. John Campbell la rompe, especialmente en “Sepsis” y “A Thousand Years”, con un bajo firme y preciso que sostiene todo el andamiaje sonoro.

Y Randy Blythe… bueno, Randy sigue siendo un animal. Su capacidad para combinar agresividad con melancolía es lo que hace que esta banda trascienda lo puramente musical. No es solo metal: es catarsis, es conciencia, es identidad.

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Con respecto a Art Cruz, todavía está construyendo su propia huella dentro del grupo. Es un baterista técnicamente impecable, pero personalmente extraño esos arreglos tan únicos que aportaba Chris Adler, esas baterías que podías tararear como si fueran una melodía más. Capaz es pura nostalgia, pero esa conexión era especial. De todos modos, Art Cruz sostiene la energía con solidez y seguramente, con el tiempo, terminará de imprimir su identidad en el sonido de la banda.

En definitiva, Into Oblivion no es el mejor trabajo de Lamb of God. No viene a destronar a los clásicos ni a ocupar ese altar que para muchos siguen siendo discos como Ashes of the Wake o As the Palaces Burn. Lo viejo es la esencia, es el ADN puro de cualquier fanático: ahí están los himnos, los riffs que nos formaron y la banda sonora de una etapa que no vuelve más. Y sí, muchas veces nos quedamos viviendo ahí.

Pero eso no le quita mérito a este disco.

Porque, aunque no sea su obra cumbre, sigue siendo un trabajo de Lamb of God. Y eso, en sí mismo, ya es garantía de intensidad, honestidad y personalidad. No es revolucionario, no cambia las reglas del juego… pero golpea fuerte, suena sólido y tiene momentos que te recuerdan por qué esta banda sigue siendo referencia obligada en el metal moderno.

No todos los discos tienen que ser históricos para ser buenos. A veces alcanza con que sean reales.

Al final, capaz siempre volvamos a los clásicos, a esos temas que nos marcaron la piel. Pero mientras haya riffs nuevos que nos hagan cabecear y letras que incomoden, el fuego sigue vivo. Y si el fuego sigue vivo, entonces Lamb of God todavía tiene algo para decir.

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Lamb of God
Into Oblivion (2026)
Epic Records/Century Media

1. Into Oblivion
2. Parasocial Christ
3. Sepsis
4. The Killing Floor
5. El Vacío
6. St. Catherine’s Wheel
7. Blunt Force Blues
8. Bully
9. A Thousand Years
10. Devise / Destroy




Desde el primer acorde, Lamb of God te mete de lleno en un viaje visceral y violento con su nuevo disco, Into Oblivion. Cada vez que la banda de Richmond saca un álbum, algo se me activa adentro: vuelve ese pibe adolescente que encontró en el groove metal un refugio, una identidad y una forma de descargar todo. Formados en 1994, vienen siendo una fuerza clave dentro del metal moderno, mezclando groove y thrash con una personalidad que no se negocia. Y lo mejor es que siguen evolucionando sin perder esa esencia cruda y auténtica que los define.

El disco arranca con el tema homónimo, “Into Oblivion”, que además fue el primer adelanto. Es una declaración de principios: riffs filosos, velocidad al palo y la voz de Randy Blythe escupiendo una crítica directa al mundo actual. La letra deja en claro que el colapso no llega de golpe: es un proceso lento, casi invisible, mientras todos miran para otro lado. El groove clásico de la banda está intacto, pero hay una vuelta técnica que lo hace sonar más afilado que nunca. Siguen siendo titanes del género, sin discusión.

Los dos cortes que salieron también antes del disco, “Parasocial Christ” y “Sepsis”, muestran esa crítica social que la banda viene puliendo hace años. “Parasocial Christ” es un palazo a la era digital, al culto al algoritmo y a la economía de la atención. En energía remite a “Contractor”, de Wrath, pero con una mirada completamente actual. Es rabiosa, incómoda y necesaria.

“Sepsis”, en cambio, tiene ese bajo distorsionado que te obliga a cabecear sí o sí. Hay algo bien denso, casi sludge, y un guiño directo a la escena de Richmond. Es sucio, pesado y recontra efectivo.

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Y cuando parece que no van a aflojar nunca, llega “El Vacío”. Un respiro necesario. Una canción que conecta con esa fragilidad emocional que también forma parte del ADN de la banda. Es imposible no pensar en “Vigil”, de As the Palaces Burn. Acá la voz limpia de Randy Blythe brilla y demuestra que no todo es violencia: también hay dolor, introspección y humanidad.

“St. Catherine’s Wheel” y “Blunt Force Blues” son directamente una trompada en la cara. De lo más pesado del álbum. Vuelven a esa brutalidad que muchos descubrieron en Wrath y que algunos injustamente subestimaron. Riffs demoledores, breakdowns para que el circle pit explote y una batería que no da tregua. Es esa mezcla de nostalgia y adrenalina que te recuerda por qué te enamoraste de la banda en primer lugar.

El cierre llega con “Bully”, rápida y arrolladora, casi un himno contra la intimidación. Después, “A Thousand Years” y “Devise Destroy” bajan un cambio sin perder intensidad. La primera tiene un costado más melódico, más emocional; la segunda arranca con una guitarra que parece más contenida, pero termina explotando en el último golpe pesado del disco. Te dejan con ganas de volver a poner play desde el principio.

En lo instrumental, Willie Adler es una máquina de fabricar riffs memorables. Mark Morton aporta ese toque más blusero y melódico que equilibra tanta violencia. John Campbell la rompe, especialmente en “Sepsis” y “A Thousand Years”, con un bajo firme y preciso que sostiene todo el andamiaje sonoro.

Y Randy Blythe… bueno, Randy sigue siendo un animal. Su capacidad para combinar agresividad con melancolía es lo que hace que esta banda trascienda lo puramente musical. No es solo metal: es catarsis, es conciencia, es identidad.

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Con respecto a Art Cruz, todavía está construyendo su propia huella dentro del grupo. Es un baterista técnicamente impecable, pero personalmente extraño esos arreglos tan únicos que aportaba Chris Adler, esas baterías que podías tararear como si fueran una melodía más. Capaz es pura nostalgia, pero esa conexión era especial. De todos modos, Art Cruz sostiene la energía con solidez y seguramente, con el tiempo, terminará de imprimir su identidad en el sonido de la banda.

En definitiva, Into Oblivion no es el mejor trabajo de Lamb of God. No viene a destronar a los clásicos ni a ocupar ese altar que para muchos siguen siendo discos como Ashes of the Wake o As the Palaces Burn. Lo viejo es la esencia, es el ADN puro de cualquier fanático: ahí están los himnos, los riffs que nos formaron y la banda sonora de una etapa que no vuelve más. Y sí, muchas veces nos quedamos viviendo ahí.

Pero eso no le quita mérito a este disco.

Porque, aunque no sea su obra cumbre, sigue siendo un trabajo de Lamb of God. Y eso, en sí mismo, ya es garantía de intensidad, honestidad y personalidad. No es revolucionario, no cambia las reglas del juego… pero golpea fuerte, suena sólido y tiene momentos que te recuerdan por qué esta banda sigue siendo referencia obligada en el metal moderno.

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