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Stoned Jesus en Barcelona: “Desierto psicodélico”
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A pesar del inconveniente horario “vermut” de las 18:30 el 9 de abril —que penalizó a los trabajadores e impidió que muchos llegaran a tiempo—, Ice Sealed Eyes ofreció un show arrollador en la Razzmatazz 2. Los belgas superaron la frialdad inicial de la sala con una presencia escénica dominante y un sonido nítido, logrando trasladar su metalcore atmosférico y cinematográfico con total precisión. Con un setlist que equilibró la agresividad de los breakdowns con la belleza de las voces limpias, la banda firmó el inicio perfecto para una noche variopinta de estilos, sirviendo de contrapunto moderno a la densidad stoner de Stoned Jesus y al virtuosismo progresivo de Wheel. Al final, lograron conquistar a un público que, aunque acudía por los platos principales, terminó señalándolos como una de las grandes revelaciones europeas de este 2026.

La velada quedó en la memoria de los asistentes como el momento definitivo en que Wheel dejó de ser una promesa del género para confirmarse como una realidad absoluta y dominante del metal progresivo mundial. La banda finlandesa desplegó una auténtica muralla de precisión quirúrgica en una noche definida por una riquísima y necesaria variedad estilística, logrando el equilibrio perfecto como puente entre el metalcore atmosférico de los teloneros y la densidad desértica del stoner posterior. Liderados por un carismático James Lascelles en estado de gracia, cuya voz e interpretación navegaron con maestría entre la vulnerabilidad melódica más sutil y una rabia contenida devastadora, el cuarteto demostró un nivel técnico que rozó la perfección en cada compás.

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El sonido en la sala fue nítido, cristalino y arrollador a partes iguales, permitiendo que cada nota del bajo de Jyri Helko retumbara con una claridad física en el pecho del público, marcando el pulso de una maquinaria rítmica sin margen de error. Por su parte, el guitarrista solista Jussi Turunen elevó la atmósfera del show a una dimensión superior, aportando texturas ambientales y leads de una exactitud matemática que flotaban sobre la base rítmica. El uso estratégico de guitarras de escala barítono y afinaciones extremadamente graves fue clave para mantener la definición sonora: a pesar de la brutal densidad de los riffs, nunca se alcanzó una saturación confusa, lo que permitió que las complejas capas sonoras de discos como Charismatic Leaders cobrarán vida de forma vibrante y orgánica sobre el escenario.

Sin duda, uno de los grandes focos de atención de la noche fue el estreno del nuevo batería, quien afrontaba el desafío titánico de sustituir a un pilar histórico de la formación bajo una considerable presión externa. La prueba no solo fue superada, sino ejecutada con asombrosa solvencia, desgranando con una frialdad casi robótica los polirritmos y los intrincados compases de amalgama que definen la identidad de la banda. El setlist trazó un viaje dinámico y ascendente que comenzó con la fuerza de “Submission” y “Up The Chain”, estableciendo desde el primer minuto un estado de hipnotismo puro, reforzado por un juego de luces minimalista de ráfagas blancas y sombras que encajaba perfectamente con la estética industrial de la Razzmatazz.

A medida que avanzaba el show, piezas de enorme envergadura emocional como “Ascend”, la majestuosa y densa “Resident Human” y la visceral “Old Earth” sumergieron a la audiencia en un trance colectivo donde el tiempo parecía detenerse. El despliegue técnico alcanzó su cénit con la interpretación consecutiva de “Porcelain” y “Fugue”, temas de una complejidad rítmica cercana al math metal y en los que el nuevo percusionista demostró haber interiorizado el ADN de Wheel en tiempo récord, logrando una sincronización total con el resto de la banda. El tramo final, marcado por la contundencia rítmica de “Empire” y un cierre agresivo y catártico con “Vultures”, desató una descarga de adrenalina total en una sala que ya presentaba un lleno absoluto y una entrega física completa. Wheel se retiró bajo una ovación cerrada, prolongada y ensordecedora, dejando el listón a una altura casi inalcanzable para el resto de la gira y demostrando que su fórmula —basada en el equilibrio entre la agresividad más cruda y una belleza melódica sofisticada— no tiene rival en la escena progresiva actual.

La noche alcanzó su cénit cuando los ucranianos Stoned Jesus tomaron el escenario para clausurar una jornada de contrastes sonoros inolvidable. Tras el despliegue de virtuosismo frío y quirúrgico de Wheel, el trío de Kiev aterrizó con su gira Spring Equinox Tour para recordar que el rock, en su esencia más pura, es una cuestión de vibración, vísceras y una distorsión que se siente en el pecho. La formación, una de las instituciones más respetadas y resilientes del stoner/doom europeo, demostró una química inquebrantable forjada en mil batallas.

El carismático Igor Sydorenko, líder indiscutible y cerebro de la banda, ejerció como maestro de ceremonias con una presencia imponente. Su capacidad para alternar riffs monolíticos de densidad aplastante con una voz que navega entre la melancolía más vulnerable y el desgarro emocional fue el hilo conductor del concierto. A su izquierda, Serhij Sljussar no solo acompañó al bajo, sino que levantó una pared de sonido orgánica y cálida que hacía vibrar físicamente la sala, moviéndose con fluidez entre el doom más plomizo y pasajes psicodélicos que evocaban el espíritu de los años setenta. Cerrando el triángulo, Viktor Kondratov inyectó desde la batería un empuje dinámico y vibrante, incorporando matices del grunge y del rock progresivo que alejaron el show de cualquier atisbo de monotonía.

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El viaje sensorial comenzó con la presentación de su nuevo material de Songs to Sun. Los temas de apertura, “New Dawn” y “Shadowland”, envolvieron la Razzmatazz en una atmósfera hipnótica, revelando en directo una capa más pesada y psicodélica que en estudio. La audiencia, que ya había hecho suyas estas composiciones, respondió con entrega inmediata. Con “Rituals of the Sun”, la banda terminó de sellar el trance, evidenciando una madurez compositiva notable. Uno de los momentos más memorables y humanos llegó durante “Hands Resist Him”: en un arrebato de energía, Igor intentó quitarse la chaqueta y quedó momentáneamente enredado en ella. Lejos de detenerse, continuó tocando con maestría mientras lidiaba con la prenda, transformando un posible error en un instante de complicidad y humor que reforzó la conexión con el público.

Tras la intensidad rítmica de “Low”, llegó el momento más esperado: el clímax con “I’m the Mountain”. Fue una interpretación monumental de más de quince minutos que trascendió lo musical para convertirse en un rito colectivo. La sala entera coreó cada riff mientras la banda se sumergía en secciones de improvisación que expandieron la psicodelia hasta llenar cada rincón. Una demostración de fuerza y arte que dejó a la audiencia en un estado de éxtasis.

Tras un breve respiro con “See You on the Road”, regresaron para un encore cargado de emotividad y potencia. “Wound” fue un cierre sencillamente maravilloso: el coro a cappella entre banda y público creó una comunión sobrecogedora, cargada de un respeto implícito hacia la situación de su país. Finalmente, desbordados por la devoción de una Barcelona que se negaba a dejarlos marchar, regalaron como bonus track la electrizante “Here Come the Robots”, poniendo el broche de oro a una noche de viaje sensorial. Si Wheel hizo trabajar la mente con sus métricas imposibles, Stoned Jesus hizo vibrar cuerpo y alma, despidiéndose entre una ovación ensordecedora que se prolongó durante minutos tras el último acorde.

Fotografías por: Jaume Estrada

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Stoned Jesus en Barcelona: “Desierto psicodélico”
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A pesar del inconveniente horario “vermut” de las 18:30 el 9 de abril —que penalizó a los trabajadores e impidió que muchos llegaran a tiempo—, Ice Sealed Eyes ofreció un show arrollador en la Razzmatazz 2. Los belgas superaron la frialdad inicial de la sala con una presencia escénica dominante y un sonido nítido, logrando trasladar su metalcore atmosférico y cinematográfico con total precisión. Con un setlist que equilibró la agresividad de los breakdowns con la belleza de las voces limpias, la banda firmó el inicio perfecto para una noche variopinta de estilos, sirviendo de contrapunto moderno a la densidad stoner de Stoned Jesus y al virtuosismo progresivo de Wheel. Al final, lograron conquistar a un público que, aunque acudía por los platos principales, terminó señalándolos como una de las grandes revelaciones europeas de este 2026.

La velada quedó en la memoria de los asistentes como el momento definitivo en que Wheel dejó de ser una promesa del género para confirmarse como una realidad absoluta y dominante del metal progresivo mundial. La banda finlandesa desplegó una auténtica muralla de precisión quirúrgica en una noche definida por una riquísima y necesaria variedad estilística, logrando el equilibrio perfecto como puente entre el metalcore atmosférico de los teloneros y la densidad desértica del stoner posterior. Liderados por un carismático James Lascelles en estado de gracia, cuya voz e interpretación navegaron con maestría entre la vulnerabilidad melódica más sutil y una rabia contenida devastadora, el cuarteto demostró un nivel técnico que rozó la perfección en cada compás.

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El sonido en la sala fue nítido, cristalino y arrollador a partes iguales, permitiendo que cada nota del bajo de Jyri Helko retumbara con una claridad física en el pecho del público, marcando el pulso de una maquinaria rítmica sin margen de error. Por su parte, el guitarrista solista Jussi Turunen elevó la atmósfera del show a una dimensión superior, aportando texturas ambientales y leads de una exactitud matemática que flotaban sobre la base rítmica. El uso estratégico de guitarras de escala barítono y afinaciones extremadamente graves fue clave para mantener la definición sonora: a pesar de la brutal densidad de los riffs, nunca se alcanzó una saturación confusa, lo que permitió que las complejas capas sonoras de discos como Charismatic Leaders cobrarán vida de forma vibrante y orgánica sobre el escenario.

Sin duda, uno de los grandes focos de atención de la noche fue el estreno del nuevo batería, quien afrontaba el desafío titánico de sustituir a un pilar histórico de la formación bajo una considerable presión externa. La prueba no solo fue superada, sino ejecutada con asombrosa solvencia, desgranando con una frialdad casi robótica los polirritmos y los intrincados compases de amalgama que definen la identidad de la banda. El setlist trazó un viaje dinámico y ascendente que comenzó con la fuerza de “Submission” y “Up The Chain”, estableciendo desde el primer minuto un estado de hipnotismo puro, reforzado por un juego de luces minimalista de ráfagas blancas y sombras que encajaba perfectamente con la estética industrial de la Razzmatazz.

A medida que avanzaba el show, piezas de enorme envergadura emocional como “Ascend”, la majestuosa y densa “Resident Human” y la visceral “Old Earth” sumergieron a la audiencia en un trance colectivo donde el tiempo parecía detenerse. El despliegue técnico alcanzó su cénit con la interpretación consecutiva de “Porcelain” y “Fugue”, temas de una complejidad rítmica cercana al math metal y en los que el nuevo percusionista demostró haber interiorizado el ADN de Wheel en tiempo récord, logrando una sincronización total con el resto de la banda. El tramo final, marcado por la contundencia rítmica de “Empire” y un cierre agresivo y catártico con “Vultures”, desató una descarga de adrenalina total en una sala que ya presentaba un lleno absoluto y una entrega física completa. Wheel se retiró bajo una ovación cerrada, prolongada y ensordecedora, dejando el listón a una altura casi inalcanzable para el resto de la gira y demostrando que su fórmula —basada en el equilibrio entre la agresividad más cruda y una belleza melódica sofisticada— no tiene rival en la escena progresiva actual.

La noche alcanzó su cénit cuando los ucranianos Stoned Jesus tomaron el escenario para clausurar una jornada de contrastes sonoros inolvidable. Tras el despliegue de virtuosismo frío y quirúrgico de Wheel, el trío de Kiev aterrizó con su gira Spring Equinox Tour para recordar que el rock, en su esencia más pura, es una cuestión de vibración, vísceras y una distorsión que se siente en el pecho. La formación, una de las instituciones más respetadas y resilientes del stoner/doom europeo, demostró una química inquebrantable forjada en mil batallas.

El carismático Igor Sydorenko, líder indiscutible y cerebro de la banda, ejerció como maestro de ceremonias con una presencia imponente. Su capacidad para alternar riffs monolíticos de densidad aplastante con una voz que navega entre la melancolía más vulnerable y el desgarro emocional fue el hilo conductor del concierto. A su izquierda, Serhij Sljussar no solo acompañó al bajo, sino que levantó una pared de sonido orgánica y cálida que hacía vibrar físicamente la sala, moviéndose con fluidez entre el doom más plomizo y pasajes psicodélicos que evocaban el espíritu de los años setenta. Cerrando el triángulo, Viktor Kondratov inyectó desde la batería un empuje dinámico y vibrante, incorporando matices del grunge y del rock progresivo que alejaron el show de cualquier atisbo de monotonía.

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Tras la intensidad rítmica de “Low”, llegó el momento más esperado: el clímax con “I’m the Mountain”. Fue una interpretación monumental de más de quince minutos que trascendió lo musical para convertirse en un rito colectivo. La sala entera coreó cada riff mientras la banda se sumergía en secciones de improvisación que expandieron la psicodelia hasta llenar cada rincón. Una demostración de fuerza y arte que dejó a la audiencia en un estado de éxtasis.

Tras un breve respiro con “See You on the Road”, regresaron para un encore cargado de emotividad y potencia. “Wound” fue un cierre sencillamente maravilloso: el coro a cappella entre banda y público creó una comunión sobrecogedora, cargada de un respeto implícito hacia la situación de su país. Finalmente, desbordados por la devoción de una Barcelona que se negaba a dejarlos marchar, regalaron como bonus track la electrizante “Here Come the Robots”, poniendo el broche de oro a una noche de viaje sensorial. Si Wheel hizo trabajar la mente con sus métricas imposibles, Stoned Jesus hizo vibrar cuerpo y alma, despidiéndose entre una ovación ensordecedora que se prolongó durante minutos tras el último acorde.

Fotografías por: Jaume Estrada

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