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The Rasmus en Madrid: “Referentes con sold out”
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IMAGEN JORGE

Este primer fin de semana de julio ha sido, musicalmente, una anomalía perfecta. El Rock Imperium ardía en Cartagena, el Rock Fest hacía lo propio en Barcelona y el Resurrection Fest reunía a la tribu en Viveiro y los pocos que decidieran quedarse en la capital estaban llamados al festival Río Babel y su variopinto cartel. Añade el calor aplastante que llevamos semanas soportando y las fiestas del Orgullo convirtiendo la capital en una fiesta internacional, y el resultado lógico habría sido una Sala Copérnico a medio gas. Pero la lógica, una vez más, se rindió ante los hechos.

Llegué cerca de una hora antes de la apertura de puertas y la cola ya daba la vuelta a la manzana. Un público mayoritariamente femenino, de edades variadas, aguardaba en riguroso orden con la determinación de quien lleva semanas —o meses— contando los días. Los fieles de THE RASMUS no improvisan. Y eso ya dice mucho de lo que estaba a punto de pasar dentro.

Quienes habían conseguido el acceso VIP lo tuvieron aún mejor: desde las 19:30, un Meet and Greet permitió a las asistentes charlar con la banda, hacerse fotos, entregar regalos y llevarse autógrafos en sus discos. Unos pocos afortunados y afortunadas que descendían la larga escalinata de acceso a la sala con la ilusión infantil de quien disfruta de algo por primera vez. THE RASMUS lo ofrecieron con una naturalidad que ya anticipaba el tono de la noche: cercanía genuina, sin postureo. El resto de mortales debería esperar a las 20:30 para que se abrieran las puertas al público general. Solo se necesitaron unos minutos y Copérnico se llenó hasta completar su aforo de setecientas personas. Aquí no hubo rezagados de última hora ni previa en los bares de alrededor. Todos y cada uno de los asistentes accedió con puntualidad militar para lograr ocupar los mejores sitios.

En esta ocasión la banda venía a presentar su último lanzamiento. Weirdo, undécimo álbum de estudio de THE RASMUS, que llegó el 12 de septiembre de 2025, con diez canciones y poco más de treinta minutos de duración. No es un disco que reinvente a la banda, pero sí que la reafirma gracias a canciones como “Creatures of Chaos”, “Break These Chains” —con Niko Vilhelm de Blind Channel—, “Banksy” o el propio tema titular destilando esa convicción con la solidez de quien lleva tres décadas diciéndolo en serio.

No tuve la ocasión de comprobar si la banda había montado un espacio para el mechand, pero dada la ferocidad del publico dudo que nadie quisiera cecder un milímetro de espacio a ningún desconocido. Eso si, pude ver a varias asistentes con discos, fotos de la banda y algún vinilo firmado, disfrutando de su tesoro en el rato de demora hasta que arrancara el espectáculo.

Para eso habría que esperar hasta las 21:30 momento en que los finlandeses saltaran al escenario, sin teloneros. No los necesitaban. La sala ya era un hervidero mucho antes: Linkin Park y System of a Down sonando de fondo fueron suficientes para que el público se pusiera a corear letras enteras desde todos los rincones de la sala, convirtiendo la espera en parte del espectáculo.

Cuando THE RASMUS apareció, el backline era limpio y austero: sin amplificadores a la vista. Tan solo una pedalera digital para la guitarra, los pies de micro y una pantalla trasera proyectando imágenes que daban teatralidad a cada tema. La batería de Aki Hakala quedaba sobre una plataforma elevada al fondo, lamentablemente poco iluminada —ver al baterista fue casi misión imposible durante toda la noche—. Las luces de la sala tampoco ayudaron demasiado: el tramo inicial se resolvió con una iluminación roja intensa que, sumada al humo, llegó en ocasiones a cubrir parcialmente a la banda. La parte positiva es que el escenario bajo de Copérnico acerca físicamente a los músicos al público, y la disposición en distintas alturas de la sala garantiza visibilidad casi desde cualquier punto.

Lauri Ylönen arrancó “Break These Chains” y la sala respondió de inmediato. Lo que siguió fue un bloque de apertura diseñado para no dar respiro: “Guilty”, “No Fear”, “Time to Burn”, “Justify” cayeron uno detrás de otro sobre un público que se sabía cada palabra. El medley de “Bullet”, “Still Standing” y “Shot” fue uno de esos momentos donde dos generaciones distintas de seguidores cantaron al unísono exactamente lo mismo —los veteranos de Dead Letters y los que llegaron más tarde encontraron su punto de convergencia en tres minutos de catarsis colectiva.

Ylönen se dirigió al público en varias ocasiones, en inglés, para agradecer la calurosa acogida y celebrar lo que significa el público español. Emppu Suhonen aprovechó un momento de respiro para señalar que estábamos en plena semana del Orgullo, arrancando el despliegue de banderas arcoíris entre el público que ya habían aparecido espontáneamente desde los primeros acordes. Un gesto que encaja a la perfección con el ADN de una banda cuyo mensaje lleva treinta años siendo el mismo: aquí todo el mundo tiene cabida.

El bloque central del set bajó el pulso de manera deliberada, cediendo protagonismo a la parte más melódica del catálogo. “October & April”, “First Day of My Life” y “Not Like the Other Girls” encendieron los teléfonos como linternas en todo el aforo, convirtiendo Copérnico en una constelación de pantallas. La complicidad entre Heinonen y Emppu fue uno de los mejores detalles visuales de la noche: acercamientos, miradas cómplices, la química de dos músicos que disfrutan de lo que hacen sin necesidad de subrayarlo.

Hay que mencionar el sonido, porque no sería honesto ignorarlo. La batería de Hakala se comió la mezcla en demasiados momentos, dejando al resto de instrumentos en un segundo plano involuntario, resultando en que ciertos pasajes perdieran cuerpo. Lo que salvó la situación —siempre— fue la voz de Ylönen, que estuvo perfecta de principio a fin, impecable en todos los registros, y su presencia física sobre el escenario, que compensó con creces cualquier carencia técnica.

El cierre del set principal con “Weirdo” y “Sail Away” dejó a la sala en ebullición. Y entonces pasó algo que nadie tenía previsto: “In the Shadows” no aparecía en el setlist que la banda tenía en el suelo del escenario. Pero la noche lo pedía, y THE RASMUS no podían despedirse de Madrid sin darle su tema más notorio. Cuando arrancaron esos primeros acordes como bis improvisado, la reacción fue de las que no se olvidan fácilmente. Setecientas personas cantando en bloque un himno de 2003 que nunca ha dejado de ser absolutamente contemporáneo. El tipo de momento que justifica por sí solo haber estado allí.

Para redondear una noche que ya era memorable, al terminar la banda dedicó unos minutos a acercarse a las primeras filas para abrazar a los fans, intercambiar unas palabras, cerrar el círculo de manera física y real. En una industria que cada vez parece más distante entre artistas y público, ese gesto tiene un valor que ningún espectáculo pirotécnico puede comprar.

THE RASMUS no necesitan fuegos artificiales. Necesitan lo que ya tienen: una banda sólida, un frontman excepcional, treinta años de canciones que la gente se sabe de memoria y la inteligencia de saber que el vínculo con su público es su mayor activo. Este concierto fue una noche que muchos recordaran con ilusión y sin lugar a duda “In the Shadows” sigue siendo un himno indestructible.

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The Rasmus en Madrid: “Referentes con sold out”
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Este primer fin de semana de julio ha sido, musicalmente, una anomalía perfecta. El Rock Imperium ardía en Cartagena, el Rock Fest hacía lo propio en Barcelona y el Resurrection Fest reunía a la tribu en Viveiro y los pocos que decidieran quedarse en la capital estaban llamados al festival Río Babel y su variopinto cartel. Añade el calor aplastante que llevamos semanas soportando y las fiestas del Orgullo convirtiendo la capital en una fiesta internacional, y el resultado lógico habría sido una Sala Copérnico a medio gas. Pero la lógica, una vez más, se rindió ante los hechos.

Llegué cerca de una hora antes de la apertura de puertas y la cola ya daba la vuelta a la manzana. Un público mayoritariamente femenino, de edades variadas, aguardaba en riguroso orden con la determinación de quien lleva semanas —o meses— contando los días. Los fieles de THE RASMUS no improvisan. Y eso ya dice mucho de lo que estaba a punto de pasar dentro.

Quienes habían conseguido el acceso VIP lo tuvieron aún mejor: desde las 19:30, un Meet and Greet permitió a las asistentes charlar con la banda, hacerse fotos, entregar regalos y llevarse autógrafos en sus discos. Unos pocos afortunados y afortunadas que descendían la larga escalinata de acceso a la sala con la ilusión infantil de quien disfruta de algo por primera vez. THE RASMUS lo ofrecieron con una naturalidad que ya anticipaba el tono de la noche: cercanía genuina, sin postureo. El resto de mortales debería esperar a las 20:30 para que se abrieran las puertas al público general. Solo se necesitaron unos minutos y Copérnico se llenó hasta completar su aforo de setecientas personas. Aquí no hubo rezagados de última hora ni previa en los bares de alrededor. Todos y cada uno de los asistentes accedió con puntualidad militar para lograr ocupar los mejores sitios.

En esta ocasión la banda venía a presentar su último lanzamiento. Weirdo, undécimo álbum de estudio de THE RASMUS, que llegó el 12 de septiembre de 2025, con diez canciones y poco más de treinta minutos de duración. No es un disco que reinvente a la banda, pero sí que la reafirma gracias a canciones como “Creatures of Chaos”, “Break These Chains” —con Niko Vilhelm de Blind Channel—, “Banksy” o el propio tema titular destilando esa convicción con la solidez de quien lleva tres décadas diciéndolo en serio.

No tuve la ocasión de comprobar si la banda había montado un espacio para el mechand, pero dada la ferocidad del publico dudo que nadie quisiera cecder un milímetro de espacio a ningún desconocido. Eso si, pude ver a varias asistentes con discos, fotos de la banda y algún vinilo firmado, disfrutando de su tesoro en el rato de demora hasta que arrancara el espectáculo.

Para eso habría que esperar hasta las 21:30 momento en que los finlandeses saltaran al escenario, sin teloneros. No los necesitaban. La sala ya era un hervidero mucho antes: Linkin Park y System of a Down sonando de fondo fueron suficientes para que el público se pusiera a corear letras enteras desde todos los rincones de la sala, convirtiendo la espera en parte del espectáculo.

Cuando THE RASMUS apareció, el backline era limpio y austero: sin amplificadores a la vista. Tan solo una pedalera digital para la guitarra, los pies de micro y una pantalla trasera proyectando imágenes que daban teatralidad a cada tema. La batería de Aki Hakala quedaba sobre una plataforma elevada al fondo, lamentablemente poco iluminada —ver al baterista fue casi misión imposible durante toda la noche—. Las luces de la sala tampoco ayudaron demasiado: el tramo inicial se resolvió con una iluminación roja intensa que, sumada al humo, llegó en ocasiones a cubrir parcialmente a la banda. La parte positiva es que el escenario bajo de Copérnico acerca físicamente a los músicos al público, y la disposición en distintas alturas de la sala garantiza visibilidad casi desde cualquier punto.

Lauri Ylönen arrancó “Break These Chains” y la sala respondió de inmediato. Lo que siguió fue un bloque de apertura diseñado para no dar respiro: “Guilty”, “No Fear”, “Time to Burn”, “Justify” cayeron uno detrás de otro sobre un público que se sabía cada palabra. El medley de “Bullet”, “Still Standing” y “Shot” fue uno de esos momentos donde dos generaciones distintas de seguidores cantaron al unísono exactamente lo mismo —los veteranos de Dead Letters y los que llegaron más tarde encontraron su punto de convergencia en tres minutos de catarsis colectiva.

Ylönen se dirigió al público en varias ocasiones, en inglés, para agradecer la calurosa acogida y celebrar lo que significa el público español. Emppu Suhonen aprovechó un momento de respiro para señalar que estábamos en plena semana del Orgullo, arrancando el despliegue de banderas arcoíris entre el público que ya habían aparecido espontáneamente desde los primeros acordes. Un gesto que encaja a la perfección con el ADN de una banda cuyo mensaje lleva treinta años siendo el mismo: aquí todo el mundo tiene cabida.

El bloque central del set bajó el pulso de manera deliberada, cediendo protagonismo a la parte más melódica del catálogo. “October & April”, “First Day of My Life” y “Not Like the Other Girls” encendieron los teléfonos como linternas en todo el aforo, convirtiendo Copérnico en una constelación de pantallas. La complicidad entre Heinonen y Emppu fue uno de los mejores detalles visuales de la noche: acercamientos, miradas cómplices, la química de dos músicos que disfrutan de lo que hacen sin necesidad de subrayarlo.

Hay que mencionar el sonido, porque no sería honesto ignorarlo. La batería de Hakala se comió la mezcla en demasiados momentos, dejando al resto de instrumentos en un segundo plano involuntario, resultando en que ciertos pasajes perdieran cuerpo. Lo que salvó la situación —siempre— fue la voz de Ylönen, que estuvo perfecta de principio a fin, impecable en todos los registros, y su presencia física sobre el escenario, que compensó con creces cualquier carencia técnica.

El cierre del set principal con “Weirdo” y “Sail Away” dejó a la sala en ebullición. Y entonces pasó algo que nadie tenía previsto: “In the Shadows” no aparecía en el setlist que la banda tenía en el suelo del escenario. Pero la noche lo pedía, y THE RASMUS no podían despedirse de Madrid sin darle su tema más notorio. Cuando arrancaron esos primeros acordes como bis improvisado, la reacción fue de las que no se olvidan fácilmente. Setecientas personas cantando en bloque un himno de 2003 que nunca ha dejado de ser absolutamente contemporáneo. El tipo de momento que justifica por sí solo haber estado allí.

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