


Hay noches en las que la música deja de ser un mero espectáculo para convertirse en una auténtica experiencia física y emocional. Cruzar los recintos del Poble Espanyol era adentrarse en un santuario al aire libre listo para la combustión. En el ambiente flotaba esa electricidad reservada a las grandes citas del rock alternativo: una multitud heterogénea en la que convivían desde espectadores ocasionales y melómanos de a pie hasta músicos profesionales y docentes de conservatorio, todos unidos efervescentemente bajo el mismo grito de guerra: «Mon the Biff!».
La aparición de Biffy Clyro desató la primera gran explosión de la noche. Sobre el escenario, Simon Neil (voz y guitarra) y Ben Johnston (batería, percusión y coros) volvieron a exhibir su ya inconfundible estampa: el torso desnudo, la entrega absoluta y sus característicos tatuajes sudados brillando bajo el juego de focos.
Para este despliegue, la formación en directo ofreció una arquitectura sonora impecable. La alineación presentaba una novedad crucial: ante la ausencia temporal de James Johnston, retirado para centrarse en su salud mental y arropado con absoluto respeto por el público, la bajista Naomi Macleod asumió el peso de las cuatro cuerdas con una solvencia impecable, aportando además unos coros afilados y llenos de personalidad.
Junto a ella, el grupo se apoyó en la solidez de Mike Vennart (guitarra de apoyo y texturas de pedales) y Richard “Gambler” Ingram (teclados y guitarra adicional). El toque de distinción definitivo lo aportaron dos violinistas situadas en primera línea, completando una puesta en escena destinada a fundir la contundencia del rock con una dimensión orquestal.
El viaje arrancó con la grandiosidad de “The Captain”, cuyos arreglos se transformaron en riffs de acero que hicieron saltar al público desde el primer compás. Sin conceder un respiro llegó “That Golden Rule”, donde la precisión matemática del math rock y el demoledor bajo de Macleod golpearon con una intensidad casi física.
El frenesí continuó con “Who’s Got a Match?”, impulsada por la batería arrolladora de Johnston. El primer gran giro emocional llegó con “Biblical”, cuando las violinistas ocuparon el centro del escenario para envolver el estribillo en unos arreglos que multiplicaron su carga épica y pusieron la piel de gallina a los asistentes.
La banda equilibró después la frescura de “A Little Love” con la electrónica de “Instant History”, antes de sumergirse en la delicadeza de “Goodbye”, interpretada con una sensibilidad que contrastó con la intensidad dominante del concierto.
La segunda mitad elevó aún más el listón. La inquietante introducción de “Living Is a Problem Because Everything Dies” desembocó en uno de los riffs más demoledores de la noche. A continuación llegaron la emotiva “Hunting Season” y la atmósfera casi espiritual de “Space”, donde las cuerdas adquirieron protagonismo mientras miles de teléfonos iluminaban el recinto, transformando el Poble Espanyol en una inmensa constelación.
El viaje alcanzó uno de sus momentos más ambiciosos con “Cop Syrup”, capaz de pasar del caos hardcore a un pasaje neoclásico de enorme belleza. La transición hacia “Different People” resultó natural antes de que “A Hunger in Your Haunt” devolviera toda la agresividad de la banda.
El tramo final del repertorio principal llegó con una soberbia “Black Chandelier”, construida sobre una tensión perfectamente medida que explotó en un estribillo liberador. Después, “Mountains” convirtió el recinto en un gigantesco coro colectivo, con miles de voces acompañando cada verso.
Tras una breve retirada, la banda regresó entre ovaciones mientras el enorme logotipo de Biffy Clyro dominaba el fondo del escenario.
El bis comenzó con “Machines”, probablemente el instante más emotivo de la velada. Simon Neil apareció solo con su guitarra acústica, acompañado únicamente por el delicado apoyo del violín, mientras el público asumía el protagonismo cantando al unísono las estrofas más íntimas del repertorio.
La intensidad volvió de inmediato con “Wolves of Winter”, una descarga de adrenalina directa y salvaje, seguida por “Bubbles”, cuyo riff irresistible hizo saltar al Poble Espanyol de punta a punta.
El cierre definitivo quedó reservado para la monumental “Many of Horror”. La canción nació en un desnudado formato acústico, con Simon Neil sosteniendo la melodía arropado únicamente por un elegante solo de violín. Poco a poco, el pasaje derivó en un emocionante diálogo cara a cara entre la madera acústica y la batería de Ben Johnston, respaldado por sus propios coros.
Cuando el resto de la banda irrumpió en escena, el inolvidable “When we collide we sparkle” dejó de pertenecer al grupo para convertirse en un himno colectivo coreado a pleno pulmón por miles de personas. Esa frase —que sintetiza el lado caótico, complejo y brillante del amor del que habla la canción— cobró todo su sentido en el directo. Bajo una lluvia de pura emoción, Biffy Clyro puso el broche de oro a más de dos horas de absoluta solidez instrumental, entrega física y una comunión difícil de olvidar.
El público, exhausto y agradecido, despidió a la banda consciente de haber presenciado un espectáculo único: si William Wallace lideraba a los clanes escoceses a cuerpo descubierto y con pintura de guerra, Simon Neil y los suyos hicieron exactamente lo mismo sobre el escenario del Poble Espanyol, sustituyendo las espadas por guitarras de distorsión pesada para firmar una victoria memorable.
Etiquetas: barcelona, Biffy Clyro


Hay noches en las que la música deja de ser un mero espectáculo para convertirse en una auténtica experiencia física y emocional. Cruzar los recintos del Poble Espanyol era adentrarse en un santuario al aire libre listo para la combustión. En el ambiente flotaba esa electricidad reservada a las grandes citas del rock alternativo: una multitud heterogénea en la que convivían desde espectadores ocasionales y melómanos de a pie hasta músicos profesionales y docentes de conservatorio, todos unidos efervescentemente bajo el mismo grito de guerra: «Mon the Biff!».
La aparición de Biffy Clyro desató la primera gran explosión de la noche. Sobre el escenario, Simon Neil (voz y guitarra) y Ben Johnston (batería, percusión y coros) volvieron a exhibir su ya inconfundible estampa: el torso desnudo, la entrega absoluta y sus característicos tatuajes sudados brillando bajo el juego de focos.
Para este despliegue, la formación en directo ofreció una arquitectura sonora impecable. La alineación presentaba una novedad crucial: ante la ausencia temporal de James Johnston, retirado para centrarse en su salud mental y arropado con absoluto respeto por el público, la bajista Naomi Macleod asumió el peso de las cuatro cuerdas con una solvencia impecable, aportando además unos coros afilados y llenos de personalidad.
Junto a ella, el grupo se apoyó en la solidez de Mike Vennart (guitarra de apoyo y texturas de pedales) y Richard “Gambler” Ingram (teclados y guitarra adicional). El toque de distinción definitivo lo aportaron dos violinistas situadas en primera línea, completando una puesta en escena destinada a fundir la contundencia del rock con una dimensión orquestal.
El viaje arrancó con la grandiosidad de “The Captain”, cuyos arreglos se transformaron en riffs de acero que hicieron saltar al público desde el primer compás. Sin conceder un respiro llegó “That Golden Rule”, donde la precisión matemática del math rock y el demoledor bajo de Macleod golpearon con una intensidad casi física.
El frenesí continuó con “Who’s Got a Match?”, impulsada por la batería arrolladora de Johnston. El primer gran giro emocional llegó con “Biblical”, cuando las violinistas ocuparon el centro del escenario para envolver el estribillo en unos arreglos que multiplicaron su carga épica y pusieron la piel de gallina a los asistentes.
La banda equilibró después la frescura de “A Little Love” con la electrónica de “Instant History”, antes de sumergirse en la delicadeza de “Goodbye”, interpretada con una sensibilidad que contrastó con la intensidad dominante del concierto.
La segunda mitad elevó aún más el listón. La inquietante introducción de “Living Is a Problem Because Everything Dies” desembocó en uno de los riffs más demoledores de la noche. A continuación llegaron la emotiva “Hunting Season” y la atmósfera casi espiritual de “Space”, donde las cuerdas adquirieron protagonismo mientras miles de teléfonos iluminaban el recinto, transformando el Poble Espanyol en una inmensa constelación.
El viaje alcanzó uno de sus momentos más ambiciosos con “Cop Syrup”, capaz de pasar del caos hardcore a un pasaje neoclásico de enorme belleza. La transición hacia “Different People” resultó natural antes de que “A Hunger in Your Haunt” devolviera toda la agresividad de la banda.
El tramo final del repertorio principal llegó con una soberbia “Black Chandelier”, construida sobre una tensión perfectamente medida que explotó en un estribillo liberador. Después, “Mountains” convirtió el recinto en un gigantesco coro colectivo, con miles de voces acompañando cada verso.
Tras una breve retirada, la banda regresó entre ovaciones mientras el enorme logotipo de Biffy Clyro dominaba el fondo del escenario.
El bis comenzó con “Machines”, probablemente el instante más emotivo de la velada. Simon Neil apareció solo con su guitarra acústica, acompañado únicamente por el delicado apoyo del violín, mientras el público asumía el protagonismo cantando al unísono las estrofas más íntimas del repertorio.
La intensidad volvió de inmediato con “Wolves of Winter”, una descarga de adrenalina directa y salvaje, seguida por “Bubbles”, cuyo riff irresistible hizo saltar al Poble Espanyol de punta a punta.
El cierre definitivo quedó reservado para la monumental “Many of Horror”. La canción nació en un desnudado formato acústico, con Simon Neil sosteniendo la melodía arropado únicamente por un elegante solo de violín. Poco a poco, el pasaje derivó en un emocionante diálogo cara a cara entre la madera acústica y la batería de Ben Johnston, respaldado por sus propios coros.
Cuando el resto de la banda irrumpió en escena, el inolvidable “When we collide we sparkle” dejó de pertenecer al grupo para convertirse en un himno colectivo coreado a pleno pulmón por miles de personas. Esa frase —que sintetiza el lado caótico, complejo y brillante del amor del que habla la canción— cobró todo su sentido en el directo. Bajo una lluvia de pura emoción, Biffy Clyro puso el broche de oro a más de dos horas de absoluta solidez instrumental, entrega física y una comunión difícil de olvidar.
El público, exhausto y agradecido, despidió a la banda consciente de haber presenciado un espectáculo único: si William Wallace lideraba a los clanes escoceses a cuerpo descubierto y con pintura de guerra, Simon Neil y los suyos hicieron exactamente lo mismo sobre el escenario del Poble Espanyol, sustituyendo las espadas por guitarras de distorsión pesada para firmar una victoria memorable.
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