

Deathfeast Open Air es uno de esos festivales que, visto desde fuera, puede parecer difícil de digerir. Brutal death, slam, deathcore, grindcore y todas sus posibles ramificaciones se dan cita durante tres días en Andernach, convirtiendo el festival en una auténtica concentración de música extrema. Sin embargo, una vez dentro, es fácil darse cuenta de que hay bastante más variedad de la que puede parecer sobre el papel.
Esta edición, además, tenía un punto especial. No solo por el nivel de las bandas, sino porque sería la última vez que Deathfeast se celebraría en Andernach antes del cambio de ubicación previsto para su vigésimo aniversario. Y, personalmente, tenía muchas ganas de volver.
Llegué con el festival ya en marcha, así que mi cobertura comenzó con Emasculated Vituperation, que junto a Scatology Secretion se encargó de poner las cosas en su sitio. No hubo demasiadas concesiones: puro slam, sonido brutal y una barrera de sonido que dejaba bastante claro desde el principio a qué habíamos venido. Era todavía pronto y no llevaba demasiadas horas con la cámara en las manos, pero ambas bandas funcionaron perfectamente como entrante para lo que vendría después.
Y entonces llegó Filth. La banda estadounidense venía de una larga gira europea después de haber pasado previamente por Australia junto a K9, una banda francesa con la que, además, tengo bastante relación. Pero más allá de esa conexión personal, tenía curiosidad por ver cómo encajarían en un cartel tan cargado de brutal death y slam. La respuesta fue bastante sencilla: muy bien.
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Filth aportaron algo diferente a la jornada. Su deathcore, mezclado con ese componente downtempo y una estética bastante urbana y cercana al imaginario gangster, hacía que destacasen inmediatamente entre el resto de bandas. Buena parte de esa identidad viene de Dustin, su vocalista, que domina el escenario con una actitud muy distinta a la que habíamos visto durante las primeras horas.
Durante unos 45 minutos, Filth se dedicaron a hacer lo que mejor saben hacer. Sonaron “Stay Gutter”, “Chin Check”, que personalmente es uno de mis temas favoritos de la banda, y cerraron con una elección que probablemente nadie esperaba en un festival como este: “Rollin’” de Limp Bizkit.
Y funcionó. De hecho, creo que esa es una de las cosas que más me gustan de Deathfeast: incluso dentro de un cartel aparentemente tan homogéneo, hay bandas capaces de romper la dinámica y aportar algo distinto sin desentonar. Filth consiguieron precisamente eso. El público respondió muy bien y, durante esos 45 minutos, el festival adquirió una personalidad diferente.
Después llegó Fatuous Rump, devolviéndonos de nuevo al terreno del slam. Tras el pequeño paréntesis estilístico de Filth, su presencia servía prácticamente como puente hacia lo que sería uno de los platos fuertes de mi jornada.
Porque Coffin Feeder no estaba originalmente en el cartel. La banda belga entró a última hora para sustituir a Extermination Dismemberment, que no pudieron participar debido a problemas relacionados con su documentación para entrar en Europa. Y, sinceramente, creo que fue uno de esos cambios que terminan saliendo especialmente bien.
Coffin Feeder era una de las bandas que más ganas tenía de ver. Ya había visto anteriormente a Sven de Caluwé, también conocido por su trabajo al frente de Aborted, pero aquella experiencia no terminó de convencerme demasiado. Sin embargo, aquí todo me pareció diferente.
Coffin Feeder tiene un enfoque mucho más cercano al deathcore, y creo que la voz de Sven encaja especialmente bien con ese sonido. Pero, sobre todo, fue su presencia escénica la que terminó de convencerme.
Frenética.No se me ocurre una palabra mejor. Sven prácticamente no dejó de moverse en ningún momento. Entre saltos, movimientos constantes y una energía que parecía no agotarse nunca, fotografiarle fue un auténtico dolor de cabeza. Para entonces ya era de noche, las condiciones de luz eran bastante más complicadas y tuve que llevar la cámara a ISOs muy altos para poder congelar todo aquello. Pero mereció la pena.
Al final conseguí sacar todas las fotografías que quería y, personalmente, fue uno de los sets que más disfruté de todo el festival. No solo por la música, sino porque había algo que fotografiar prácticamente en cada segundo. La banda estaba completamente metida en el concierto y el público respondió de la misma manera. Después de Coffin Feeder la energía bajó un poco, pero no porque la siguiente propuesta fuese mala. Simplemente, veníamos de un concierto especialmente intenso. El primer día todavía tenía bastante recorrido por delante y tocaba bajar ligeramente las revoluciones antes del cierre.
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Y para cerrar la jornada estaban Signs of the Swarm. Aquí jugaban con ventaja. Ya había cubierto a la banda en dos ocasiones anteriores y tengo una relación especialmente cercana con David Simonich y Michael, así que sabía perfectamente lo que podía esperar de ellos. Sin embargo, había una diferencia importante respecto a aquellas anteriores ocasiones: esta vez venían presentando prácticamente todo su último trabajo, To Rid Myself of Truth, publicado el año anterior.
Las dos veces que había visto a Signs of the Swarm antes de la existencia de ese disco, así que era la primera oportunidad que tenía de escuchar esas canciones en directo. Y tengo que decirlo: fue majestuoso. La banda sonó enorme. El sonido, las luces y la puesta en escena estaban perfectamente coordinados, pero lo más impresionante estaba delante del escenario. Para cuando Signs salieron, el recinto estaba completamente entregado.
Deathfeast puede estar muy asociado al brutal death y al slam, pero Signs of the Swarm demostraron por qué una banda de deathcore puede funcionar perfectamente como cabeza de cartel en un festival así. No solo consiguieron que los seguidores del deathcore se involucrasen, sino que también lograron unir a buena parte del público más orientado hacia el death metal extremo. Había miles de personas moviéndose prácticamente al mismo tiempo. Cuando David pedía un mosh pit, el público respondía inmediatamente. Cuando llegaban los breakdowns, las cabezas se movían al unísono. Desde el foso, rodeado de toda aquella gente, la sensación era extraña en el mejor de los sentidos: completamente arropado, como si durante una hora todos fuéramos uno.
Y creo que eso es precisamente lo que hace que Signs of the Swarm fueran una elección tan acertada para cerrar este primer día. Después de horas de brutal death, slam y sonidos extremos, su deathcore aportó algo diferente sin romper la dinámica del festival. Cuando terminó su concierto, también terminó mi primera jornada en Deathfeast. Después de una tarde y una noche cargadas de música extrema, la sensación era clara: el festival había arrancado con fuerza. Y todavía quedaban dos días por delante.


Deathfeast Open Air es uno de esos festivales que, visto desde fuera, puede parecer difícil de digerir. Brutal death, slam, deathcore, grindcore y todas sus posibles ramificaciones se dan cita durante tres días en Andernach, convirtiendo el festival en una auténtica concentración de música extrema. Sin embargo, una vez dentro, es fácil darse cuenta de que hay bastante más variedad de la que puede parecer sobre el papel.
Esta edición, además, tenía un punto especial. No solo por el nivel de las bandas, sino porque sería la última vez que Deathfeast se celebraría en Andernach antes del cambio de ubicación previsto para su vigésimo aniversario. Y, personalmente, tenía muchas ganas de volver.
Llegué con el festival ya en marcha, así que mi cobertura comenzó con Emasculated Vituperation, que junto a Scatology Secretion se encargó de poner las cosas en su sitio. No hubo demasiadas concesiones: puro slam, sonido brutal y una barrera de sonido que dejaba bastante claro desde el principio a qué habíamos venido. Era todavía pronto y no llevaba demasiadas horas con la cámara en las manos, pero ambas bandas funcionaron perfectamente como entrante para lo que vendría después.
Y entonces llegó Filth. La banda estadounidense venía de una larga gira europea después de haber pasado previamente por Australia junto a K9, una banda francesa con la que, además, tengo bastante relación. Pero más allá de esa conexión personal, tenía curiosidad por ver cómo encajarían en un cartel tan cargado de brutal death y slam. La respuesta fue bastante sencilla: muy bien.
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Filth aportaron algo diferente a la jornada. Su deathcore, mezclado con ese componente downtempo y una estética bastante urbana y cercana al imaginario gangster, hacía que destacasen inmediatamente entre el resto de bandas. Buena parte de esa identidad viene de Dustin, su vocalista, que domina el escenario con una actitud muy distinta a la que habíamos visto durante las primeras horas.
Durante unos 45 minutos, Filth se dedicaron a hacer lo que mejor saben hacer. Sonaron “Stay Gutter”, “Chin Check”, que personalmente es uno de mis temas favoritos de la banda, y cerraron con una elección que probablemente nadie esperaba en un festival como este: “Rollin’” de Limp Bizkit.
Y funcionó. De hecho, creo que esa es una de las cosas que más me gustan de Deathfeast: incluso dentro de un cartel aparentemente tan homogéneo, hay bandas capaces de romper la dinámica y aportar algo distinto sin desentonar. Filth consiguieron precisamente eso. El público respondió muy bien y, durante esos 45 minutos, el festival adquirió una personalidad diferente.
Después llegó Fatuous Rump, devolviéndonos de nuevo al terreno del slam. Tras el pequeño paréntesis estilístico de Filth, su presencia servía prácticamente como puente hacia lo que sería uno de los platos fuertes de mi jornada.
Porque Coffin Feeder no estaba originalmente en el cartel. La banda belga entró a última hora para sustituir a Extermination Dismemberment, que no pudieron participar debido a problemas relacionados con su documentación para entrar en Europa. Y, sinceramente, creo que fue uno de esos cambios que terminan saliendo especialmente bien.
Coffin Feeder era una de las bandas que más ganas tenía de ver. Ya había visto anteriormente a Sven de Caluwé, también conocido por su trabajo al frente de Aborted, pero aquella experiencia no terminó de convencerme demasiado. Sin embargo, aquí todo me pareció diferente.
Coffin Feeder tiene un enfoque mucho más cercano al deathcore, y creo que la voz de Sven encaja especialmente bien con ese sonido. Pero, sobre todo, fue su presencia escénica la que terminó de convencerme.
Frenética.No se me ocurre una palabra mejor. Sven prácticamente no dejó de moverse en ningún momento. Entre saltos, movimientos constantes y una energía que parecía no agotarse nunca, fotografiarle fue un auténtico dolor de cabeza. Para entonces ya era de noche, las condiciones de luz eran bastante más complicadas y tuve que llevar la cámara a ISOs muy altos para poder congelar todo aquello. Pero mereció la pena.
Al final conseguí sacar todas las fotografías que quería y, personalmente, fue uno de los sets que más disfruté de todo el festival. No solo por la música, sino porque había algo que fotografiar prácticamente en cada segundo. La banda estaba completamente metida en el concierto y el público respondió de la misma manera. Después de Coffin Feeder la energía bajó un poco, pero no porque la siguiente propuesta fuese mala. Simplemente, veníamos de un concierto especialmente intenso. El primer día todavía tenía bastante recorrido por delante y tocaba bajar ligeramente las revoluciones antes del cierre.
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Y para cerrar la jornada estaban Signs of the Swarm. Aquí jugaban con ventaja. Ya había cubierto a la banda en dos ocasiones anteriores y tengo una relación especialmente cercana con David Simonich y Michael, así que sabía perfectamente lo que podía esperar de ellos. Sin embargo, había una diferencia importante respecto a aquellas anteriores ocasiones: esta vez venían presentando prácticamente todo su último trabajo, To Rid Myself of Truth, publicado el año anterior.
Las dos veces que había visto a Signs of the Swarm antes de la existencia de ese disco, así que era la primera oportunidad que tenía de escuchar esas canciones en directo. Y tengo que decirlo: fue majestuoso. La banda sonó enorme. El sonido, las luces y la puesta en escena estaban perfectamente coordinados, pero lo más impresionante estaba delante del escenario. Para cuando Signs salieron, el recinto estaba completamente entregado.
Deathfeast puede estar muy asociado al brutal death y al slam, pero Signs of the Swarm demostraron por qué una banda de deathcore puede funcionar perfectamente como cabeza de cartel en un festival así. No solo consiguieron que los seguidores del deathcore se involucrasen, sino que también lograron unir a buena parte del público más orientado hacia el death metal extremo. Había miles de personas moviéndose prácticamente al mismo tiempo. Cuando David pedía un mosh pit, el público respondía inmediatamente. Cuando llegaban los breakdowns, las cabezas se movían al unísono. Desde el foso, rodeado de toda aquella gente, la sensación era extraña en el mejor de los sentidos: completamente arropado, como si durante una hora todos fuéramos uno.
Y creo que eso es precisamente lo que hace que Signs of the Swarm fueran una elección tan acertada para cerrar este primer día. Después de horas de brutal death, slam y sonidos extremos, su deathcore aportó algo diferente sin romper la dinámica del festival. Cuando terminó su concierto, también terminó mi primera jornada en Deathfeast. Después de una tarde y una noche cargadas de música extrema, la sensación era clara: el festival había arrancado con fuerza. Y todavía quedaban dos días por delante.



































