


Una nueva edición del Kill-Town Deathfest volvió a tomar por asalto Pumpehuset, en Copenhague, para ofrecer una de las propuestas más específicas y subterráneas dentro del death metal mundial. Lejos de los grandes festivales y de las bandas que suelen repetirse en los carteles más importantes del género, Kill-Town apuesta por lo extraño, lo oscuro y lo difícil de encontrar, reuniendo agrupaciones provenientes de diferentes rincones del planeta. Esa particularidad convirtió al festival en un punto de encuentro para seguidores del death metal de todo el mundo, que año tras año llegan a Copenhague atraídos por una programación que difícilmente pueda encontrarse en otro lugar.
Como ya es habitual, el festival utiliza prácticamente todo el espacio de Pumpehuset: los dos escenarios interiores y el patio, donde se instala un tercer escenario al aire libre. Con una programación cargada de death metal en sus distintas formas y procedencias, esta nueva edición comenzó con una primera jornada que dejó el listón bastante alto.
El comienzo del festival no pudo ser mejor. Los encargados de abrir esta edición fueron los finlandeses Morbific, un trío que ejecuta un death metal fuertemente ligado a la vieja escuela de su país. Su propuesta se apoyó principalmente en ritmos de medio tiempo y una marcada inclinación hacia las partes lentas. Esto no significa que los blast beats estuvieran ausentes; por el contrario, aparecieron en varios momentos, aunque generalmente funcionando como transiciones entre las distintas secciones de las canciones y sin convertirse en el recurso predominante.
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La guitarra tenía ese sonido grueso y característico del death metal clásico, acompañada por riffs intrincados que, aunque complejos, nunca caían en el terreno de lo excesivamente técnico. Lo más interesante estaba quizás en una ligera impronta hardcore que podía percibirse en determinados pasajes, recordando a aquella relación entre el metal extremo y el hardcore que comenzó a desarrollarse en Florida durante los primeros años de la escena. La voz del bajista era un gutural profundo y potente, aunque sin llegar a ese registro completamente ahogado propio del brutal death. El guitarrista, por su parte, aportaba coros con un grito mucho más desgarrado, generando un contraste interesante.
El bajo, grueso y grave, junto con una batería brutal, aportaba buena parte del peso y la violencia del conjunto. Hubo, eso sí, algunas imperfecciones por parte del baterista, principalmente durante los blast beats y algunos fills rápidos y cortos. Incluso hubo un pequeño momento de desconcierto durante la última canción, cuando el baterista comenzó a tocar antes de tiempo y el resto de la banda tuvo que reiniciar el tema. Esto dejó en evidencia cierto nerviosismo o inseguridad del músico durante algunos momentos del concierto.
Pero fueron detalles que no llegaron a opacar una muy buena presentación. Además, hubo otro aspecto que mereció atención desde el comienzo: el sonido del escenario principal fue espectacular desde el primer minuto, algo especialmente destacable teniendo en cuenta los problemas que habían podido percibirse durante la edición anterior.
El escenario secundario fue inaugurado por los italianos Shrieking Demons, quienes ofrecieron una propuesta bastante más cambiante. Su death metal se movió constantemente entre diferentes terrenos, incorporando por momentos ciertas vibraciones del doom clásico y, en otros, una guitarra mucho más rockera. La agresión y la velocidad estuvieron presentes, naturalmente, pero no siempre fueron las protagonistas. La banda parecía más interesada en explorar diferentes climas y texturas dentro de sus canciones.
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El sonido general fue bueno, aunque hubo algunos inconvenientes técnicos. La segunda guitarra se encontraba inicialmente demasiado baja en la mezcla, hasta el punto de quedar completamente opacada por la principal. Esto obligó a realizar una pequeña pausa para solucionar el problema. La situación mejoró después del ajuste, aunque la guitarra secundaria nunca llegó a alcanzar un volumen completamente adecuado.
Paradójicamente, esto también permitió notar que su función dentro de la banda era bastante más secundaria. Mientras la guitarra principal se encargaba de buena parte del protagonismo, con un sonido particularmente rockero y fluido y una gran variedad de influencias, la segunda guitarra se concentraba más en acompañar, reforzar acentuaciones y trabajar en conjunto con el bajo y la batería. Precisamente el bajo fue otro de los puntos fuertes, con un sonido crujiente y grave que complementaba muy bien al resto de los instrumentos.
Durante la última parte del set aparecieron además canciones donde se hizo mucho más evidente la influencia del death metal de finales de los ochenta y comienzos de los noventa. Más allá del inconveniente técnico, Shrieking Demons consiguió ofrecer un gran concierto y recibió una muy buena respuesta del público al finalizar su presentación.
Desde Estados Unidos llegó el primer show aniversario de la jornada. Father Befouled celebraba nada menos que veinte años de trayectoria y, aunque su propuesta no pretende reinventar el death metal, hay algo que resulta innegable: lo que hacen, lo hacen realmente bien. Podrían definirse como una versión ligeramente más moderna y técnica de Incantation, con una fuerte presencia de momentos lentos, riffs confusos y arrastrados y esa sensación de oscuridad permanente que caracteriza a buena parte del death metal más cavernoso. Pero también aparecieron momentos de absoluta violencia, con blast beats y riffs que parecen avanzar deliberadamente por caminos imposibles de seguir.
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Una de las claves estuvo en la manera en que se complementaron las dos guitarras. La del vocalista se encargaba principalmente de la violencia, los riffs más extravagantes y las partes más agresivas, mientras que la segunda guitarra aportaba sonidos más concretos, atmósferas, detalles y algunos momentos ligeramente técnicos. Esto resultaba todavía más interesante teniendo en cuenta que la guitarra principal era de seis cuerdas mientras que la segunda era de siete. El registro más grave de esta última aportaba una dimensión adicional al sonido y permitía construir esas texturas que enriquecían la propuesta.
El baterista fue otro de los grandes protagonistas. Su ejecución fue precisa y poderosa, con blast beats claros y fills prolijos, pero también demostró ser un músico creativo, especialmente cuando la banda se adentraba en sus partes más lentas. El concierto tuvo además un cierre especialmente emotivo con “Rotting Godless Throne”, dedicada al ex baterista de la banda, quien se suicidó en 2009. Fue un final brutal, pero al mismo tiempo cargado de emoción, para una presentación excelente.
El turno siguiente correspondió a otro representante de la escena europea: los portugueses Phenocryst. Siguiendo en cierta medida la línea marcada por Father Befouled, la banda presentó una propuesta oscura, densa y atmosférica, nuevamente con una fuerte influencia de Incantation. La diferencia estuvo en el equilibrio conseguido entre agresión y densidad, haciendo que ambos elementos convivieran constantemente sin que ninguno terminara desplazando al otro.
Las canciones fluyeron con naturalidad entre los momentos más violentos y aquellos donde la banda se concentraba en generar atmósferas. La guitarra líder aportaba solos interesantes y sonidos más agudos que enriquecían el conjunto, mientras que la segunda guitarra tenía como principal función construir el clima oscuro que rodeaba a las composiciones. El bajo y la batería se encargaban de sostener la estructura, aunque el baterista mereció una mención especial.
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Su estilo era abierto y orgánico, con una manera de golpear que hacía que cada instrumento sonara más natural y contundente. También mostró bastante creatividad en el uso de los toms y los platillos, aportando movimiento incluso en las secciones más densas. Lamentablemente, la voz quedó demasiado baja en la mezcla, algo que restó un poco de impacto al conjunto. Aun así, Phenocryst logró imponerse con una propuesta interesante y coherente con el espíritu subterráneo del festival.
Después de varias propuestas oscuras y densas, hacía falta cambiar un poco el estado de ánimo. De eso se encargaron los clásicos finlandeses Purtenance, con un death metal pesado y directo, fuertemente ligado a la vieja escuela de Estocolmo. La banda descargó una buena cantidad de blast beats y riffs filosos, aunque también hubo espacio para momentos más oscuros. El sonido continuó manteniéndose en un nivel excelente, permitiendo apreciar perfectamente el carácter grueso y contundente de cada instrumento.
Pero donde Purtenance realmente aportó frescura fue en su manera de entender el concierto. En lugar de adoptar una actitud completamente solemne, la banda se mostró mucho más relajada, divertida y comunicativa, invitando constantemente al público a participar y a armar pogo. La respuesta fue inmediata: apareció el primer gran pit de la noche.
Los músicos recorrieron el escenario sin parar y demostraron una energía contagiosa, pero la figura que terminó llevándose buena parte de las miradas fue el vocalista. Además de cantar de manera excelente, se ganó a la audiencia con una presencia escénica difícil de ignorar. Visualmente, resultaba casi imposible no encontrarlo simpático: una especie de versión tatuada, metalera y completamente pelada de Ned Flanders. Y, como si eso fuera poco, estaba descalzo y llevaba unas medias con patitos.
Fue un concierto excelente, pero sobre todo uno de esos shows que recuerdan que un festival de death metal no tiene por qué ser permanentemente solemne o intimidante para funcionar.
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El festival volvió a cambiar de dirección con Mutation, una banda formada por músicos muy jóvenes que parecen tener como objetivo recuperar el espíritu más primitivo del metal extremo. De hecho, resulta difícil encasillarlos estrictamente dentro del death metal. Su propuesta parece ubicarse en ese territorio indefinido de mediados de los ochenta, cuando las fronteras entre los distintos subgéneros todavía no estaban claramente establecidas. En su sonido podían encontrarse ecos del primer Celtic Frost y del primer Mayhem, cuando el metal extremo todavía estaba buscando su propia identidad.
La estética acompañaba perfectamente la propuesta. Los integrantes de la banda aparecieron lookeados como músicos de aquella época, con tachas, camperas de cuero y collares de huesos. Al principio, el sonido no acompañó demasiado: todo parecía sonar como si el público estuviera dentro de una cueva. Sin embargo, la situación fue mejorando progresivamente.
Curiosamente, ese ambiente de antro o cueva nunca llegó a desaparecer por completo y terminó jugando a favor de la banda. Después de todo, buena parte de lo que sostiene esta propuesta es precisamente la nostalgia por una época en la que el metal extremo todavía sonaba primitivo, crudo y peligroso. Mutation aprovechó esa sensación y ofreció un concierto divertido, que fue bien recibido por los presentes.
Y entonces llegó el momento más esperado de la jornada. Funebrarum era, sin dudas, uno de los grandes atractivos de este primer día, algo que podía comprobarse fácilmente al observar la cantidad de camisetas de la banda entre el público. Apenas comenzó el concierto, el caos se desató.
Un pogo enorme, gente volando por los aires y cabezas girando a kilómetros por hora acompañaron la descarga de Funebrarum, que despachó un death metal extremadamente violento, con pocos momentos lentos y una energía y agresión absolutamente contagiosas.
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El vocalista y único miembro fundador, Daryl Kahan, se cargó la banda al hombro con sus guturales poderosos y una energía escénica que rápidamente contagió a todo el lugar. La banda se encuentra además presentando su nuevo trabajo, Beckoning the Void of Eternal Silence, que fue muy bien recibido y cosechó excelentes críticas.
El sonido estuvo entre los mejores de toda la jornada y la banda respondió de manera prácticamente perfecta. Fue un cierre genial para un primer día que terminó dejando una sensación muy positiva.
La primera jornada del Kill-Town Deathfest demostró rápidamente por qué el festival se ha convertido en un punto de encuentro para los seguidores más acérrimos del death metal. Una programación extremadamente específica, bandas provenientes de distintos puntos del mundo, un público dispuesto a meterse de lleno en cada propuesta y una organización que funcionó muy bien dieron como resultado un comienzo excelente.
Y si este primer día ya dejó semejante cantidad de estilos, sonidos y grandes presentaciones, quedaba claro que todavía había mucho por descubrir en las jornadas siguientes.




Una nueva edición del Kill-Town Deathfest volvió a tomar por asalto Pumpehuset, en Copenhague, para ofrecer una de las propuestas más específicas y subterráneas dentro del death metal mundial. Lejos de los grandes festivales y de las bandas que suelen repetirse en los carteles más importantes del género, Kill-Town apuesta por lo extraño, lo oscuro y lo difícil de encontrar, reuniendo agrupaciones provenientes de diferentes rincones del planeta. Esa particularidad convirtió al festival en un punto de encuentro para seguidores del death metal de todo el mundo, que año tras año llegan a Copenhague atraídos por una programación que difícilmente pueda encontrarse en otro lugar.
Como ya es habitual, el festival utiliza prácticamente todo el espacio de Pumpehuset: los dos escenarios interiores y el patio, donde se instala un tercer escenario al aire libre. Con una programación cargada de death metal en sus distintas formas y procedencias, esta nueva edición comenzó con una primera jornada que dejó el listón bastante alto.
El comienzo del festival no pudo ser mejor. Los encargados de abrir esta edición fueron los finlandeses Morbific, un trío que ejecuta un death metal fuertemente ligado a la vieja escuela de su país. Su propuesta se apoyó principalmente en ritmos de medio tiempo y una marcada inclinación hacia las partes lentas. Esto no significa que los blast beats estuvieran ausentes; por el contrario, aparecieron en varios momentos, aunque generalmente funcionando como transiciones entre las distintas secciones de las canciones y sin convertirse en el recurso predominante.
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El bajo, grueso y grave, junto con una batería brutal, aportaba buena parte del peso y la violencia del conjunto. Hubo, eso sí, algunas imperfecciones por parte del baterista, principalmente durante los blast beats y algunos fills rápidos y cortos. Incluso hubo un pequeño momento de desconcierto durante la última canción, cuando el baterista comenzó a tocar antes de tiempo y el resto de la banda tuvo que reiniciar el tema. Esto dejó en evidencia cierto nerviosismo o inseguridad del músico durante algunos momentos del concierto.
Pero fueron detalles que no llegaron a opacar una muy buena presentación. Además, hubo otro aspecto que mereció atención desde el comienzo: el sonido del escenario principal fue espectacular desde el primer minuto, algo especialmente destacable teniendo en cuenta los problemas que habían podido percibirse durante la edición anterior.
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Paradójicamente, esto también permitió notar que su función dentro de la banda era bastante más secundaria. Mientras la guitarra principal se encargaba de buena parte del protagonismo, con un sonido particularmente rockero y fluido y una gran variedad de influencias, la segunda guitarra se concentraba más en acompañar, reforzar acentuaciones y trabajar en conjunto con el bajo y la batería. Precisamente el bajo fue otro de los puntos fuertes, con un sonido crujiente y grave que complementaba muy bien al resto de los instrumentos.
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Desde Estados Unidos llegó el primer show aniversario de la jornada. Father Befouled celebraba nada menos que veinte años de trayectoria y, aunque su propuesta no pretende reinventar el death metal, hay algo que resulta innegable: lo que hacen, lo hacen realmente bien. Podrían definirse como una versión ligeramente más moderna y técnica de Incantation, con una fuerte presencia de momentos lentos, riffs confusos y arrastrados y esa sensación de oscuridad permanente que caracteriza a buena parte del death metal más cavernoso. Pero también aparecieron momentos de absoluta violencia, con blast beats y riffs que parecen avanzar deliberadamente por caminos imposibles de seguir.
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El baterista fue otro de los grandes protagonistas. Su ejecución fue precisa y poderosa, con blast beats claros y fills prolijos, pero también demostró ser un músico creativo, especialmente cuando la banda se adentraba en sus partes más lentas. El concierto tuvo además un cierre especialmente emotivo con “Rotting Godless Throne”, dedicada al ex baterista de la banda, quien se suicidó en 2009. Fue un final brutal, pero al mismo tiempo cargado de emoción, para una presentación excelente.
El turno siguiente correspondió a otro representante de la escena europea: los portugueses Phenocryst. Siguiendo en cierta medida la línea marcada por Father Befouled, la banda presentó una propuesta oscura, densa y atmosférica, nuevamente con una fuerte influencia de Incantation. La diferencia estuvo en el equilibrio conseguido entre agresión y densidad, haciendo que ambos elementos convivieran constantemente sin que ninguno terminara desplazando al otro.
Las canciones fluyeron con naturalidad entre los momentos más violentos y aquellos donde la banda se concentraba en generar atmósferas. La guitarra líder aportaba solos interesantes y sonidos más agudos que enriquecían el conjunto, mientras que la segunda guitarra tenía como principal función construir el clima oscuro que rodeaba a las composiciones. El bajo y la batería se encargaban de sostener la estructura, aunque el baterista mereció una mención especial.
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Pero donde Purtenance realmente aportó frescura fue en su manera de entender el concierto. En lugar de adoptar una actitud completamente solemne, la banda se mostró mucho más relajada, divertida y comunicativa, invitando constantemente al público a participar y a armar pogo. La respuesta fue inmediata: apareció el primer gran pit de la noche.
Los músicos recorrieron el escenario sin parar y demostraron una energía contagiosa, pero la figura que terminó llevándose buena parte de las miradas fue el vocalista. Además de cantar de manera excelente, se ganó a la audiencia con una presencia escénica difícil de ignorar. Visualmente, resultaba casi imposible no encontrarlo simpático: una especie de versión tatuada, metalera y completamente pelada de Ned Flanders. Y, como si eso fuera poco, estaba descalzo y llevaba unas medias con patitos.
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Y entonces llegó el momento más esperado de la jornada. Funebrarum era, sin dudas, uno de los grandes atractivos de este primer día, algo que podía comprobarse fácilmente al observar la cantidad de camisetas de la banda entre el público. Apenas comenzó el concierto, el caos se desató.
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El sonido estuvo entre los mejores de toda la jornada y la banda respondió de manera prácticamente perfecta. Fue un cierre genial para un primer día que terminó dejando una sensación muy positiva.
La primera jornada del Kill-Town Deathfest demostró rápidamente por qué el festival se ha convertido en un punto de encuentro para los seguidores más acérrimos del death metal. Una programación extremadamente específica, bandas provenientes de distintos puntos del mundo, un público dispuesto a meterse de lleno en cada propuesta y una organización que funcionó muy bien dieron como resultado un comienzo excelente.
Y si este primer día ya dejó semejante cantidad de estilos, sonidos y grandes presentaciones, quedaba claro que todavía había mucho por descubrir en las jornadas siguientes.




















