


El sábado llegó con la sensación de ser, por fin, el día grande y no nos equivocamos al respecto. En la puerta había bastante más ambiente que las dos jornadas anteriores, dentro se notaba algo más de gente ya desde primera hora y cerca de la entrada habían montado un stand de merchandising de alguna de las bandas. El calor seguía apretando, esta vez sin la brisa que había refrescado las tardes anteriores, pero esto no suponía freno ninguno para los asistentes. Y había un motivo de peso: Avantasia tocaba en Sun & Thunder como única fecha española de todo el año. Nadie sabía todavía que esa noche íbamos a ser testigos de dos despedidas.
Nefarious abrió a las cuatro y media con cincuenta minutos, veinte más de los que habían tenido las bandas de apertura los días anteriores. También con el currículum más desproporcionado del cartel: son una superbanda de thrash de la Bahía de San Francisco montada hace apenas un año, con Rick Hunolt (ex-Exodus) y Doug Piercy (ex-Heathen) a las guitarras, Tom Gears (Blind Illusion) al bajo y Will “Beastman” Carroll (Death Angel) a la batería. El cantante, Sean Rivera, solo lleva en el puesto desde diciembre, después de una ruptura poco amistosa con el anterior. Fuengirola cerraba su primera gira española, cuatro fechas en cuatro días de Zaragoza a la Costa del Sol, y esta era la única cita en formato festival. Tocaron su disco entero, “Addicted to Power”, y se guardaron dos guiños que solo entiende quien sabe de dónde vienen: “Goblin’s Blade”, de Heathen, para Piercy, y “Metal Command”, del “Bonded by Blood” de Exodus, para Hunolt, que estuvo en aquel disco. No es mal apaño para la peor franja del día.
Calva Louise protagonizó el primer momento gracioso de la jornada antes incluso de empezar. Sonaron unos acordes desde el escenario, mucha gente echó a correr hacia la pista creyendo que arrancaba el concierto y resultó ser todavía la prueba de sonido. Y es que había mucha expectación por ver a la banda. Cuando empezaron de verdad, el trío londinense demostró por qué es la anomalía del cartel y por qué eso, aquí, jugaba a su favor. Abrieron con “Tunnel Vision” y dedicaron ocho de las once canciones a “Edge of the Abyss”, su disco del año pasado, así que lo suyo fue una presentación en toda regla y no un repaso de carrera. Jess Allanic es venezolana, canta buena parte del repertorio en español, y cuatro temas sonaron en castellano: “El umbral”, “Con corazón”, “Lo que vale” y “Oportunista”, repartidos por todo el set y no agrupados. Hubo hasta un guiño que solo pilla quien los sigue de cerca: encadenaron “El umbral” con “Over the Threshold”, que parecen la misma canción en dos idiomas y son dos temas distintos, de dos discos distintos. Y cerraron en castellano, con “Oportunista”. Tras algún percance técnico menor (a Allanic se le descolgó la guitarra a mitad de canción) hubo espacio para recordar a las víctimas de los recientes terremotos de Venezuela y Colombia: Jess dijo que querían aprovechar la posición de privilegio que tienen para acordarse de quienes lo están pasando mal. Después del show que dieron, no nos sorprendió que en la sesión de firmas formaran la cola más larga que vimos en los tres días de festival. Más que Soen, que ya es decir. Transmiten mucha simpatía y humildad y, desde mi punto de vista, tienen una gran proyección en estos próximos años. Hay que tenerlos en el radar.
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Primal Fear hizo lo que se espera de casi treinta años de power metal alemán. Abrieron con “We Walk Without Fear”, que es con diferencia la canción más larga de su discografía, más de once minutos en el disco, y una elección insólita para arrancar una hora de festival. El arranque, eso sí, tuvo como protagonista un problema con el bajo. Pudimos ver a Mat Sinner, con cara de no demasiada alegría, dirigiéndose al personal técnico de la banda, solicitando pruebas y correcciones. El set aguantó de sobra: media discografía repasada, de “Chainbreaker”, del debut de 1998, a los tres cortes de “Domination”, y cierre con “Metal Is Forever”, como siempre. Con Ralf Scheepers al frente y el propio Sinner al bajo, los dos únicos supervivientes de la formación fundacional, y con el sol todavía castigando porque la brisa se había calmado del todo. De las cinco actuaciones del día fue la más previsible, pero sumamente disfrutable.
A las 21:30, tal y como estaba previsto, apareció Avantasia en el escenario. Este era el principal reclamo del festival y el motivo fundamental por el que mucha gente había comprado la entrada de día. Tal y como nos tiene acostumbrados, no hubo que esperar más allá del segundo tema, “Reach Out for the Light”, en el que salió a escena la primera colaboración, Ralf Scheepers, que había protagonizado la anterior actuación con Primal Fear. No estaba anunciado y no viene girando con Avantasia este año, no había aparecido en ninguna fecha del verano, así que fue un regalo local. Volvió más tarde para “Shelter from the Rain”, esta vez con Herbie Langhans y sin Tobias Sammet en el escenario. En el tercer tema, “Devil in the Belfry”, Sammet anunció que nunca la habían tocado en España, y no pudimos evitar comprobarlo: sí había sonado, en Barcelona y en Madrid, en abril del año pasado. Se le perdona, porque es una canción de 2008 que tardó diecisiete años en subirse a un escenario. No la estrenaron en directo hasta marzo de 2025, así que a estas alturas hasta a ellos les debe parecer nueva. El resto de invitados fueron Kenny Leckremo, de H.E.A.T., que se llevó el tema “Avantasia”; Ronnie Atkins, de Pretty Maids; el propio Langhans; y Chiara Tricarico, de Moonlight Haze, que cantó “Farewell” (la que grabó Sharon den Adel en el disco original de 2001) con el recinto entero con los móviles encendidos a petición de Sammet, que quería la foto. Hubo trono con fuego y hubo coros de “¡Tobi!” que él recibió haciéndose el emocionado. Posteriormente, subieron un piano a escena, Sammet se sentó, y bromeó con que es “a lousy piano player” y aprovechó para dejar claro que en su espectáculo no hay inteligencia artificial, que todo se toca en directo y que, malo o no, el piano lo tocaba él.
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Hasta aquí todo lo positivo, pero también hubo varios problemas. El show duró noventa minutos y doce canciones, frente a las veintiuna o veintidós que Avantasia viene tocando esta gira. En Barcelona y Madrid, el año pasado, estuvieron dos horas y tres cuartos. Faltaron los dos invitados de más peso del elenco a día de hoy, Tommy Karevik (Kamelot) y Bob Catley (Magnum), que sí habían estado en la fecha anterior de la gira cuatro semanas antes, y con ellos se cayó del repertorio todo lo que dependía de ellos. Se sumó una pizca de mala suerte, ya que durante “The Scarecrow” fallaron las llamas, como si se hubiera agotado el gas, y ya no volvieron a funcionar bien en lo que quedaba de concierto. El cierre, que suele ser un medley largo con todos los invitados en escena, se despachó en versión corta. Finalizado el show uno se queda con la impresión de haber visto media función, sobre todo tras haber visto shows completos de Avantasia en fechas recientes. Este fue el último concierto de Avantasia antes de un parón indefinido, estando Sammet centrado en la vuelta de Edguy, que esperamos ver también por aquí.
Como último participante en el festival, Soen cerró a medianoche con un sonido limpio aunque, como se vino repitiendo el resto de días, con el volumen bastante bajo. Esta es una combinación que me desespera especialmente: se escuchaba increíble pero se escuchaban también, por encima, las conversaciones de alrededor. Tuve que cambiarme de sitio tres veces para poder disfrutarlo un poco. En la recta final del concierto pararon para un momento que ya es habitual en esta gira: antes de “Primal”, el primer corte de “Reliance”, proyectan sobre la pantalla el monólogo final de Charlie Chaplin en “El gran dictador”, el del “unámonos todos”, y Joel Ekelöf lo remata cantando con el puño en alto. Lo que nos descolocó fue el final: terminaron ocho minutos antes de la hora, se fueron del escenario sin despedirse y no volvieron. El público esperó los bises un buen rato y solo cuando quedó claro que no llegaban empezó a moverse hacia la salida. No fue un recorte sobre la marcha: tocaron el mismo set de nueve temas, en el mismo orden, que habían llevado al Summer Breeze y al Alcatraz semanas antes. Su set de festival es así de corto. Eso sí, marcharse con ocho minutos de margen y sin decir adiós es una manera fría de cerrar un festival, y más este. Una lástima, porque la calidad del grupo es indiscutible y se quedó uno con ganas de más. Hay revancha cerca, eso sí, ya que vuelven a España en noviembre con Tribulation y Vulkan, tocando en Murcia, Sevilla, Madrid y Bilbao.
Con el escenario aún desmontándose, la organización publicó en sus redes que esta había sido la última edición del Sun & Thunder. “Las circunstancias que han rodeado el desarrollo del proyecto no nos permiten darle continuidad”, decía el comunicado, sin señalar culpables, sin dar cifras, con agradecimientos al Ayuntamiento de Fuengirola, al recinto y al público, y con un reproche llamativo a las redes sociales por “la distancia que puede existir entre la realidad y la percepción”. Tras dos ediciones en años consecutivos, duele especialmente porque es el tercer festival de metal que se intenta llevar a cabo en este recinto y no cuaja: antes cayeron el Rock The Coast en 2019, tras una sola edición, y el Metal Paradise, que solo llegó a celebrar la de 2021. Tres marcas, tres promotoras y el mismo desenlace, mientras el ciclo de conciertos de Marenostrum bate récords de público un verano tras otro. Algo no encaja ahí, y su análisis merece más espacio del que tiene una crónica.



El sábado llegó con la sensación de ser, por fin, el día grande y no nos equivocamos al respecto. En la puerta había bastante más ambiente que las dos jornadas anteriores, dentro se notaba algo más de gente ya desde primera hora y cerca de la entrada habían montado un stand de merchandising de alguna de las bandas. El calor seguía apretando, esta vez sin la brisa que había refrescado las tardes anteriores, pero esto no suponía freno ninguno para los asistentes. Y había un motivo de peso: Avantasia tocaba en Sun & Thunder como única fecha española de todo el año. Nadie sabía todavía que esa noche íbamos a ser testigos de dos despedidas.
Nefarious abrió a las cuatro y media con cincuenta minutos, veinte más de los que habían tenido las bandas de apertura los días anteriores. También con el currículum más desproporcionado del cartel: son una superbanda de thrash de la Bahía de San Francisco montada hace apenas un año, con Rick Hunolt (ex-Exodus) y Doug Piercy (ex-Heathen) a las guitarras, Tom Gears (Blind Illusion) al bajo y Will “Beastman” Carroll (Death Angel) a la batería. El cantante, Sean Rivera, solo lleva en el puesto desde diciembre, después de una ruptura poco amistosa con el anterior. Fuengirola cerraba su primera gira española, cuatro fechas en cuatro días de Zaragoza a la Costa del Sol, y esta era la única cita en formato festival. Tocaron su disco entero, “Addicted to Power”, y se guardaron dos guiños que solo entiende quien sabe de dónde vienen: “Goblin’s Blade”, de Heathen, para Piercy, y “Metal Command”, del “Bonded by Blood” de Exodus, para Hunolt, que estuvo en aquel disco. No es mal apaño para la peor franja del día.
Calva Louise protagonizó el primer momento gracioso de la jornada antes incluso de empezar. Sonaron unos acordes desde el escenario, mucha gente echó a correr hacia la pista creyendo que arrancaba el concierto y resultó ser todavía la prueba de sonido. Y es que había mucha expectación por ver a la banda. Cuando empezaron de verdad, el trío londinense demostró por qué es la anomalía del cartel y por qué eso, aquí, jugaba a su favor. Abrieron con “Tunnel Vision” y dedicaron ocho de las once canciones a “Edge of the Abyss”, su disco del año pasado, así que lo suyo fue una presentación en toda regla y no un repaso de carrera. Jess Allanic es venezolana, canta buena parte del repertorio en español, y cuatro temas sonaron en castellano: “El umbral”, “Con corazón”, “Lo que vale” y “Oportunista”, repartidos por todo el set y no agrupados. Hubo hasta un guiño que solo pilla quien los sigue de cerca: encadenaron “El umbral” con “Over the Threshold”, que parecen la misma canción en dos idiomas y son dos temas distintos, de dos discos distintos. Y cerraron en castellano, con “Oportunista”. Tras algún percance técnico menor (a Allanic se le descolgó la guitarra a mitad de canción) hubo espacio para recordar a las víctimas de los recientes terremotos de Venezuela y Colombia: Jess dijo que querían aprovechar la posición de privilegio que tienen para acordarse de quienes lo están pasando mal. Después del show que dieron, no nos sorprendió que en la sesión de firmas formaran la cola más larga que vimos en los tres días de festival. Más que Soen, que ya es decir. Transmiten mucha simpatía y humildad y, desde mi punto de vista, tienen una gran proyección en estos próximos años. Hay que tenerlos en el radar.
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Primal Fear hizo lo que se espera de casi treinta años de power metal alemán. Abrieron con “We Walk Without Fear”, que es con diferencia la canción más larga de su discografía, más de once minutos en el disco, y una elección insólita para arrancar una hora de festival. El arranque, eso sí, tuvo como protagonista un problema con el bajo. Pudimos ver a Mat Sinner, con cara de no demasiada alegría, dirigiéndose al personal técnico de la banda, solicitando pruebas y correcciones. El set aguantó de sobra: media discografía repasada, de “Chainbreaker”, del debut de 1998, a los tres cortes de “Domination”, y cierre con “Metal Is Forever”, como siempre. Con Ralf Scheepers al frente y el propio Sinner al bajo, los dos únicos supervivientes de la formación fundacional, y con el sol todavía castigando porque la brisa se había calmado del todo. De las cinco actuaciones del día fue la más previsible, pero sumamente disfrutable.
A las 21:30, tal y como estaba previsto, apareció Avantasia en el escenario. Este era el principal reclamo del festival y el motivo fundamental por el que mucha gente había comprado la entrada de día. Tal y como nos tiene acostumbrados, no hubo que esperar más allá del segundo tema, “Reach Out for the Light”, en el que salió a escena la primera colaboración, Ralf Scheepers, que había protagonizado la anterior actuación con Primal Fear. No estaba anunciado y no viene girando con Avantasia este año, no había aparecido en ninguna fecha del verano, así que fue un regalo local. Volvió más tarde para “Shelter from the Rain”, esta vez con Herbie Langhans y sin Tobias Sammet en el escenario. En el tercer tema, “Devil in the Belfry”, Sammet anunció que nunca la habían tocado en España, y no pudimos evitar comprobarlo: sí había sonado, en Barcelona y en Madrid, en abril del año pasado. Se le perdona, porque es una canción de 2008 que tardó diecisiete años en subirse a un escenario. No la estrenaron en directo hasta marzo de 2025, así que a estas alturas hasta a ellos les debe parecer nueva. El resto de invitados fueron Kenny Leckremo, de H.E.A.T., que se llevó el tema “Avantasia”; Ronnie Atkins, de Pretty Maids; el propio Langhans; y Chiara Tricarico, de Moonlight Haze, que cantó “Farewell” (la que grabó Sharon den Adel en el disco original de 2001) con el recinto entero con los móviles encendidos a petición de Sammet, que quería la foto. Hubo trono con fuego y hubo coros de “¡Tobi!” que él recibió haciéndose el emocionado. Posteriormente, subieron un piano a escena, Sammet se sentó, y bromeó con que es “a lousy piano player” y aprovechó para dejar claro que en su espectáculo no hay inteligencia artificial, que todo se toca en directo y que, malo o no, el piano lo tocaba él.
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Hasta aquí todo lo positivo, pero también hubo varios problemas. El show duró noventa minutos y doce canciones, frente a las veintiuna o veintidós que Avantasia viene tocando esta gira. En Barcelona y Madrid, el año pasado, estuvieron dos horas y tres cuartos. Faltaron los dos invitados de más peso del elenco a día de hoy, Tommy Karevik (Kamelot) y Bob Catley (Magnum), que sí habían estado en la fecha anterior de la gira cuatro semanas antes, y con ellos se cayó del repertorio todo lo que dependía de ellos. Se sumó una pizca de mala suerte, ya que durante “The Scarecrow” fallaron las llamas, como si se hubiera agotado el gas, y ya no volvieron a funcionar bien en lo que quedaba de concierto. El cierre, que suele ser un medley largo con todos los invitados en escena, se despachó en versión corta. Finalizado el show uno se queda con la impresión de haber visto media función, sobre todo tras haber visto shows completos de Avantasia en fechas recientes. Este fue el último concierto de Avantasia antes de un parón indefinido, estando Sammet centrado en la vuelta de Edguy, que esperamos ver también por aquí.
Como último participante en el festival, Soen cerró a medianoche con un sonido limpio aunque, como se vino repitiendo el resto de días, con el volumen bastante bajo. Esta es una combinación que me desespera especialmente: se escuchaba increíble pero se escuchaban también, por encima, las conversaciones de alrededor. Tuve que cambiarme de sitio tres veces para poder disfrutarlo un poco. En la recta final del concierto pararon para un momento que ya es habitual en esta gira: antes de “Primal”, el primer corte de “Reliance”, proyectan sobre la pantalla el monólogo final de Charlie Chaplin en “El gran dictador”, el del “unámonos todos”, y Joel Ekelöf lo remata cantando con el puño en alto. Lo que nos descolocó fue el final: terminaron ocho minutos antes de la hora, se fueron del escenario sin despedirse y no volvieron. El público esperó los bises un buen rato y solo cuando quedó claro que no llegaban empezó a moverse hacia la salida. No fue un recorte sobre la marcha: tocaron el mismo set de nueve temas, en el mismo orden, que habían llevado al Summer Breeze y al Alcatraz semanas antes. Su set de festival es así de corto. Eso sí, marcharse con ocho minutos de margen y sin decir adiós es una manera fría de cerrar un festival, y más este. Una lástima, porque la calidad del grupo es indiscutible y se quedó uno con ganas de más. Hay revancha cerca, eso sí, ya que vuelven a España en noviembre con Tribulation y Vulkan, tocando en Murcia, Sevilla, Madrid y Bilbao.
Con el escenario aún desmontándose, la organización publicó en sus redes que esta había sido la última edición del Sun & Thunder. “Las circunstancias que han rodeado el desarrollo del proyecto no nos permiten darle continuidad”, decía el comunicado, sin señalar culpables, sin dar cifras, con agradecimientos al Ayuntamiento de Fuengirola, al recinto y al público, y con un reproche llamativo a las redes sociales por “la distancia que puede existir entre la realidad y la percepción”. Tras dos ediciones en años consecutivos, duele especialmente porque es el tercer festival de metal que se intenta llevar a cabo en este recinto y no cuaja: antes cayeron el Rock The Coast en 2019, tras una sola edición, y el Metal Paradise, que solo llegó a celebrar la de 2021. Tres marcas, tres promotoras y el mismo desenlace, mientras el ciclo de conciertos de Marenostrum bate récords de público un verano tras otro. Algo no encaja ahí, y su análisis merece más espacio del que tiene una crónica.































