


La primera jornada de Be Prog My Friend 2026 volvió a reunir en el Poble Espanyol de Barcelona una selección de propuestas capaces de llevar el rock progresivo hacia territorios muy diferentes. Desde la precisión de After Lapse hasta la contundencia de The Ocean, pasando por la teatralidad de Einar Solberg y la personalidad de The Dear Hunter, la jornada ofreció un recorrido tan variado como exigente.
After Lapse asumió la responsabilidad de prender la mecha del festival. Romper el hielo bajo un sol implacable exigía solvencia —y casi un mar al lado junto a un buen bote de bloqueador, porque este coletazo de post-verano no dio tregua—, y la banda madrileña, nacida del poso de Delyriüm, respondió con un aplomo intachable para defender Pathways (Frontiers Records). Si en su debut, Face The Storm, el protagonismo recaía en el manto de los teclados, su propuesta actual muta hacia una arquitectura de guitarras mucho más afilada y musculosa. Lo demostraron en el latigazo técnico de “Clones” y, sobre todo, en “Thanks But No Thanks”, un despliegue de dinamismo métrico y pegada melódica que funcionó como una impecable carta de presentación.
Como una sombra impetuosa desafiando el calor sofocante, el cuarteto islandés Agent Fresco irrumpió sobre la tarima ataviado en un negro riguroso y absoluto, celebrando exactamente una década desde su última incursión en la plaza del Poble Espanyol. La embestida inicial de “Howls” y la intrincada arquitectura de “Pyre” abrieron las fauces de un show de magnetismo colosal, dominado por la hiperactividad frenética de su vocalista, Arnór Dan Arnarson, quien recorría el escenario de extremo a extremo como un poseído, incapaz de guardar reposo ante la marejada sonora.
Lejos de acomodarse en una estructura rígida, la banda desató un fascinante juego de sillas instrumentales: el bajista Rafn Hilmarsson y el guitarrista Þórarinn Guðnason se alternaron al piano para tejer las atmósferas de “Wait for Me” y la quebradiza “Bemoan”, demostrando una ductilidad técnica fuera de norma. La catarsis alcanzó su clímax cuando el propio Arnór Dan se sentó a las teclas para interpretar “Eyes of a Cloud Catcher”, culminando la pieza con un alarido desgarrador y visceral que resonó como un trueno en las paredes del recinto. Tras regalarnos el adelanto de una composición inédita cuajada de falsetes de resonancia alternativa, la furia de “See Hell” y la delicadeza marina de “Dark Water” prepararon el terreno para un final apoteósico. Con “The Autumn Red”, los islandeses no solo sellaron una ejecución de precisión milimétrica, sino que transformaron el sofoco estival en un auténtico torbellino de emoción pura.
La figura carismática de Einar Solberg, inconfundible voz y alma máter de Leprous, tomó el escenario para transformar la plaza en un solemne anfiteatro de elegancia y dramatismo. Para trasladar a las tablas la descomunal arquitectura sinfónica de Vox Occulta, su proyecto más ambicioso en solitario, el vocalista se rodeó de una alineación de gala: ocho músicos ataviados de riguroso chaqué, entre los que destacaba un trío de cuerdas —dos violonchelos y un violín— junto a la precisión rítmica del batería Keli Guðjónsson (Agent Fresco). Bajo una iluminación sobria y un atrezo monocromático dominado por la imponente figura de un ídolo con los brazos alzados, la velada arrancó con una majestad sobrecogedora.
El viaje dio comienzo con el despliegue orquestal de “Stella Mortua”, enlazando sin tregua con el dramatismo de “Liberatio” y la fragilidad emocional de “Vita Fragilis”, donde Solberg deslumbró con un dominio vocal soberbio, alternando falsetes cristalinos con pasajes de potencia desgarradora. Las delicadas atmósferas de “A Beautiful Life” y “Serenitas” envolvieron el recinto en una calma hipnótica, sirviendo de preludio a la auténtica tormenta interpretativa: “Splitting the Soul” y la sobrecogedora pieza homónima, “Vox Occulta”. En ellas, Einar se entregó a una puesta en escena de marcado carácter operístico, turnándose en los teclados y dejando espacio para que la sección rítmica desatara pasajes de una tensión aplastante, aderezados con puntuales e impactantes incursiones en el canto gutural. El tramo final encendió la ovación del público con el gancho dinámico de “Over the Top”, el pulso oscuro de “Medulla” y la majestuosa epopeya progresiva de “Grex”, cuyo extenso desarrollo de reminiscencias floydianas cerró una exhibición memorable de virtuosidad, teatro y maestría lírica.
La formación estadounidense The Dear Hunter irrumpió en La Carpa para desplegar el contrapunto más audaz, efervescente y caleidoscópico de la jornada inicial. Liderados por el polifacético Casey Crescenzo —extraordinario en la voz, los teclados y la guitarra acústica—, el quinteto convirtió el escenario en un ebulliciente laboratorio sonoro donde convergieron el funk setentero, la electrónica conceptual, el espíritu del cabaret y dejes de inspiración western. Con una simpatía contagiosa, la banda desarmó al foso desde los primeros compases de “The Wasteland”, un arranque que dio paso a la desbordante energía de “Marauders” y a las elaboradas capas rítmicas de “Ring 7 – Industry”, donde el grupo hizo alarde de un trabajo de armonización vocal impecable.
El viaje prosiguió adentrándose en pasajes cinemáticos con la épica sinfónica de “The Glass Desert II – Cliffs and Stormlands” y el inesperado y polvoriento pulso de “The Most Cursed of Hands”. Ni siquiera los imprevistos técnicos del tramo intermedio lograron restar un ápice de magia a una descarga que continuó con el encanto futurista de “The Bazaareteria” —con tramo de talk box incluido—, el aire retro de influencia británica en “Ring 5 – Middle Class” y la frescura contagiosa de “The Revival” y “Wait”. El clímax teatral llegó de la mano de “The Bitter Suite IV and V: The Congregation and the Sermon in the Silt”, envolviendo el recinto en una atmósfera novelesca bajo luces azules, antes de que la pegada impecable de “Ring 4 – Patrol” pusiera el broche de oro a una actuación deslumbrante, rompedora y llena de color.
Con la llegada de la medianoche, La Carpa del Poble Espanyol quedó sepultada bajo una penumbra carmesí de aliento apocalíptico. La irrupción de The Ocean sobre el escenario trascendió el formato de un concierto convencional para erigirse en la escenificación de un desplome tectónico. El septeto alemán, capitaneado desde la sombra compositiva por el guitarrista fundador Robin Staps, venía a revalidar el monumental calado de su recién publicado álbum Solaris, defendido por una alineación renovada al ochenta por ciento. Lejos de resentirse, la banda funcionó como un engranaje sonoro destructivo e impecable, abanderado por la terna vocal que forman el carismático Enrico Tiberi y la deslumbrante Lane Shi Otayonii.
Desde los primeros pasajes polirrítmicos de “Light Pollution”, el espacio escénico se transformó en un violento lienzo de claroscuros, donde los focos monocromáticos mutaban en ráfagas de luz blanca estroboscópica. En este marco, Lane Shi se reveló como una fuerza de la naturaleza: su entrega física en la sobrecogedora “Pleistocene” rozó la conmoción, alternando guturales abisales con desgarradores alaridos al límite de la capacidad humana. Mientras el baterista Jordi Farré ejercía de motor inagotable marcando métricas imposibles, Enrico Tiberi rompió toda barrera en “Preboreal” al arrojarse en crowdsurfing sobre un foso entregado, vocalizando suspendido en el aire.
El viaje abarcó el patrimonio histórico de la banda con las complejas estructuras de “Jurassic | Cretaceous” y el trance hipnótico de “Mesopelagic: Into the Uncanny”, para adentrarse después en la furia progresiva de “Miocene | Pliocene” y la densidad opresiva de “Swallowed by the Earth”. El tramo definitivo rozó la catarsis con el estreno de “Belligerence” y el clímax de “Última Esperanza”, culminando con Enrico Tiberi y Lane Shi cantando entrelazados directamente sobre las cabezas del público, antes de que el pasaje instrumental de “Milk of My Dreams” disolviera la noche en un remanso de pura belleza. Fue una exhibición de diseño sensorial, potencia acústica y entrega física que fijó el estándar más alto de toda la primera jornada.



La primera jornada de Be Prog My Friend 2026 volvió a reunir en el Poble Espanyol de Barcelona una selección de propuestas capaces de llevar el rock progresivo hacia territorios muy diferentes. Desde la precisión de After Lapse hasta la contundencia de The Ocean, pasando por la teatralidad de Einar Solberg y la personalidad de The Dear Hunter, la jornada ofreció un recorrido tan variado como exigente.
After Lapse asumió la responsabilidad de prender la mecha del festival. Romper el hielo bajo un sol implacable exigía solvencia —y casi un mar al lado junto a un buen bote de bloqueador, porque este coletazo de post-verano no dio tregua—, y la banda madrileña, nacida del poso de Delyriüm, respondió con un aplomo intachable para defender Pathways (Frontiers Records). Si en su debut, Face The Storm, el protagonismo recaía en el manto de los teclados, su propuesta actual muta hacia una arquitectura de guitarras mucho más afilada y musculosa. Lo demostraron en el latigazo técnico de “Clones” y, sobre todo, en “Thanks But No Thanks”, un despliegue de dinamismo métrico y pegada melódica que funcionó como una impecable carta de presentación.
Como una sombra impetuosa desafiando el calor sofocante, el cuarteto islandés Agent Fresco irrumpió sobre la tarima ataviado en un negro riguroso y absoluto, celebrando exactamente una década desde su última incursión en la plaza del Poble Espanyol. La embestida inicial de “Howls” y la intrincada arquitectura de “Pyre” abrieron las fauces de un show de magnetismo colosal, dominado por la hiperactividad frenética de su vocalista, Arnór Dan Arnarson, quien recorría el escenario de extremo a extremo como un poseído, incapaz de guardar reposo ante la marejada sonora.
Lejos de acomodarse en una estructura rígida, la banda desató un fascinante juego de sillas instrumentales: el bajista Rafn Hilmarsson y el guitarrista Þórarinn Guðnason se alternaron al piano para tejer las atmósferas de “Wait for Me” y la quebradiza “Bemoan”, demostrando una ductilidad técnica fuera de norma. La catarsis alcanzó su clímax cuando el propio Arnór Dan se sentó a las teclas para interpretar “Eyes of a Cloud Catcher”, culminando la pieza con un alarido desgarrador y visceral que resonó como un trueno en las paredes del recinto. Tras regalarnos el adelanto de una composición inédita cuajada de falsetes de resonancia alternativa, la furia de “See Hell” y la delicadeza marina de “Dark Water” prepararon el terreno para un final apoteósico. Con “The Autumn Red”, los islandeses no solo sellaron una ejecución de precisión milimétrica, sino que transformaron el sofoco estival en un auténtico torbellino de emoción pura.
La figura carismática de Einar Solberg, inconfundible voz y alma máter de Leprous, tomó el escenario para transformar la plaza en un solemne anfiteatro de elegancia y dramatismo. Para trasladar a las tablas la descomunal arquitectura sinfónica de Vox Occulta, su proyecto más ambicioso en solitario, el vocalista se rodeó de una alineación de gala: ocho músicos ataviados de riguroso chaqué, entre los que destacaba un trío de cuerdas —dos violonchelos y un violín— junto a la precisión rítmica del batería Keli Guðjónsson (Agent Fresco). Bajo una iluminación sobria y un atrezo monocromático dominado por la imponente figura de un ídolo con los brazos alzados, la velada arrancó con una majestad sobrecogedora.
El viaje dio comienzo con el despliegue orquestal de “Stella Mortua”, enlazando sin tregua con el dramatismo de “Liberatio” y la fragilidad emocional de “Vita Fragilis”, donde Solberg deslumbró con un dominio vocal soberbio, alternando falsetes cristalinos con pasajes de potencia desgarradora. Las delicadas atmósferas de “A Beautiful Life” y “Serenitas” envolvieron el recinto en una calma hipnótica, sirviendo de preludio a la auténtica tormenta interpretativa: “Splitting the Soul” y la sobrecogedora pieza homónima, “Vox Occulta”. En ellas, Einar se entregó a una puesta en escena de marcado carácter operístico, turnándose en los teclados y dejando espacio para que la sección rítmica desatara pasajes de una tensión aplastante, aderezados con puntuales e impactantes incursiones en el canto gutural. El tramo final encendió la ovación del público con el gancho dinámico de “Over the Top”, el pulso oscuro de “Medulla” y la majestuosa epopeya progresiva de “Grex”, cuyo extenso desarrollo de reminiscencias floydianas cerró una exhibición memorable de virtuosidad, teatro y maestría lírica.
La formación estadounidense The Dear Hunter irrumpió en La Carpa para desplegar el contrapunto más audaz, efervescente y caleidoscópico de la jornada inicial. Liderados por el polifacético Casey Crescenzo —extraordinario en la voz, los teclados y la guitarra acústica—, el quinteto convirtió el escenario en un ebulliciente laboratorio sonoro donde convergieron el funk setentero, la electrónica conceptual, el espíritu del cabaret y dejes de inspiración western. Con una simpatía contagiosa, la banda desarmó al foso desde los primeros compases de “The Wasteland”, un arranque que dio paso a la desbordante energía de “Marauders” y a las elaboradas capas rítmicas de “Ring 7 – Industry”, donde el grupo hizo alarde de un trabajo de armonización vocal impecable.
El viaje prosiguió adentrándose en pasajes cinemáticos con la épica sinfónica de “The Glass Desert II – Cliffs and Stormlands” y el inesperado y polvoriento pulso de “The Most Cursed of Hands”. Ni siquiera los imprevistos técnicos del tramo intermedio lograron restar un ápice de magia a una descarga que continuó con el encanto futurista de “The Bazaareteria” —con tramo de talk box incluido—, el aire retro de influencia británica en “Ring 5 – Middle Class” y la frescura contagiosa de “The Revival” y “Wait”. El clímax teatral llegó de la mano de “The Bitter Suite IV and V: The Congregation and the Sermon in the Silt”, envolviendo el recinto en una atmósfera novelesca bajo luces azules, antes de que la pegada impecable de “Ring 4 – Patrol” pusiera el broche de oro a una actuación deslumbrante, rompedora y llena de color.
Con la llegada de la medianoche, La Carpa del Poble Espanyol quedó sepultada bajo una penumbra carmesí de aliento apocalíptico. La irrupción de The Ocean sobre el escenario trascendió el formato de un concierto convencional para erigirse en la escenificación de un desplome tectónico. El septeto alemán, capitaneado desde la sombra compositiva por el guitarrista fundador Robin Staps, venía a revalidar el monumental calado de su recién publicado álbum Solaris, defendido por una alineación renovada al ochenta por ciento. Lejos de resentirse, la banda funcionó como un engranaje sonoro destructivo e impecable, abanderado por la terna vocal que forman el carismático Enrico Tiberi y la deslumbrante Lane Shi Otayonii.
Desde los primeros pasajes polirrítmicos de “Light Pollution”, el espacio escénico se transformó en un violento lienzo de claroscuros, donde los focos monocromáticos mutaban en ráfagas de luz blanca estroboscópica. En este marco, Lane Shi se reveló como una fuerza de la naturaleza: su entrega física en la sobrecogedora “Pleistocene” rozó la conmoción, alternando guturales abisales con desgarradores alaridos al límite de la capacidad humana. Mientras el baterista Jordi Farré ejercía de motor inagotable marcando métricas imposibles, Enrico Tiberi rompió toda barrera en “Preboreal” al arrojarse en crowdsurfing sobre un foso entregado, vocalizando suspendido en el aire.
El viaje abarcó el patrimonio histórico de la banda con las complejas estructuras de “Jurassic | Cretaceous” y el trance hipnótico de “Mesopelagic: Into the Uncanny”, para adentrarse después en la furia progresiva de “Miocene | Pliocene” y la densidad opresiva de “Swallowed by the Earth”. El tramo definitivo rozó la catarsis con el estreno de “Belligerence” y el clímax de “Última Esperanza”, culminando con Enrico Tiberi y Lane Shi cantando entrelazados directamente sobre las cabezas del público, antes de que el pasaje instrumental de “Milk of My Dreams” disolviera la noche en un remanso de pura belleza. Fue una exhibición de diseño sensorial, potencia acústica y entrega física que fijó el estándar más alto de toda la primera jornada.



















