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Copenhell 2024 Día 1: “De vuelta al infierno”
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El segundo año consecutivo viajando a Copenhague con mi amigo Pablo Gándara para asistir al festival Copenhell había llegado. El Refshaleøen se llenaba de almas metaleras, ansiosas y vibrantes bajo un cielo dudoso, que oscilaba entre la amenaza y la promesa, como el espíritu de la Navidad moderna. La espera terminó al mediodía, cuando el presentador del escenario Pandemonium dio la señal de inicio, anunciando con un grito prolongado y ritual: “Copen…HELL…Copen…HEEELLLL…” y así, entre ecos reverberantes, pudimos escuchar los primeros acordes de la velada.

Estos acordes pertenecían a “Persecutor”, canción justamente de los locales Persecutor. Jóvenes y enérgicos, lanzaron su thrash metal con la furia de un vendaval. Una explosión de energía que barrió con cualquier vestigio de quietud, seguida por “The Reaper” y “One Final Victim”, hilvanando un tapiz sonoro de guitarras afiladas y ritmos implacables. “Cannibal Island” y “Nothing Remains” resonaron como gritos desde el abismo, mientras “Veil of Despair” y “The Blitz” alzaban una tormenta de notas sobre el público entregado. “Sand of Sahara” y “Feast!” nos llevaron a paisajes desérticos y festines salvajes, hasta que “4 More Beers” y “Legacy” cerraron con una celebración caótica, un brindis por lo que ha sido y lo que está por venir.

Del thrash danés pasamos a Underoath, los (ya no tan) jóvenes veteranos estadounidenses que con más de dos décadas de trayectoria han transitado desde el emo hasta un sonido más industrial y oscuro, sin perder su esencia melódica. Sus notas se elevaron y cayeron como olas en un mar tumultuoso, cada acorde una confesión, cada grito una catarsis. La mezcla de lo antiguo y lo nuevo, de lo conocido y lo inesperado, creó un paisaje sonoro que abrazó a la multitud, llevándola a través de valles de nostalgia y picos de euforia. La lista de canciones tomó tanto del nuevo Voyeurist (“Damn Excuses”“Hallelujah”“Take a Breath”) como de los clásicos metalcore de estos ex cristianos (“A Boy Brushed Red Living in Black and White”“It’s Dangerous Business Walking Out Your Front Door”).

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Jungle Rot, maestros de la mezcla sutil de estilos, presentaron su thrash-groove-death-melodic-metal, un término faraónico que parece capturar la esencia de su sonido. Con una discografía extensa y una presencia que desafía el radar, desplegaron su arte con precisión y brutalidad. Cada riff era una declaración, cada golpe de batería un latido del corazón del metal, resonando en las entrañas del público como un eco de tiempos antiguos y poderosos. “Population Suicide”“Total Extinction”“Worst Case Scenario” y otra larga lista de canciones que suenan como sus títulos pasaron por la presentación.

A pesar del nombre que evocaba tediosas hojas de cálculo, Excel desató un torbellino de hardcore que recordó a todos los motivos por los cuales este género sigue siendo un refugio y una liberación. Con una energía que se alimentaba de su propia longevidad, los californianos trajeron a la vida el espíritu de los 90s, tarde pero con la misma intensidad y furia, un grito de resistencia y autenticidad en cada acorde y cada verso.

Corey Taylor, el hombre de las mil caras, se presentó con su proyecto solista. Influenciado por el grunge de los 90s pero con un tono más enojado, Taylor no solo ofreció temas de su reciente carrera solista como “Black Eyes Blue” o “Home”, sino también joyas de Stone Sour (“Song #3”, “Through Glass”) y Slipknot (“Before I Forget”, “Duality”) e incluso el tema de Bob Esponja, una referencia a su aparición en un video infame del Nostalgia Critic. Su voz, como un río caudaloso, fluía con poder y emoción, arrastrando a la multitud en una corriente de recuerdos y nuevas experiencias, un viaje sonoro a través de su polifacética carrera.

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Dvne, los escoceses progresivos con tonos black metal, presentaron Voidkind, un álbum más crudo y filoso que sus predecesores y del que con excepción de la inicial “Sì-XIV” salieron todas las canciones de su set. Su música era como un paisaje de montaña, áspero y majestuoso, cada nota una piedra, cada ritmo un sendero. Las sombras del black metal se entrelazaban con la luz del progresivo, creando un contraste que fascinaba y envolvía, llevando al público a un viaje a través de tierras sonoras inexploradas.

Empire State Bastard, con la ausencia de Dave Lombardo y la presencia de Simon Neil de Biffy Clyro, ofrecieron un espectáculo que, aunque distinto, no dejó de capturar la atención. Su música era un torbellino de influencias y estilos, una mezcla que, aunque diferente a lo esperado, seguía siendo un testimonio del poder de la creatividad y la colaboración en el metal. Sludge, punk, hardcore, todo en un paquete brutal pero ordenado.

Palaye Royale, la banda más juvenil de todas, trajo una energía fresca y vibrante, una ráfaga de vitalidad en medio del festival. Su sonido, aunque menos pesado, resonó con la misma intensidad emocional, conectando con un público que encontraba en sus melodías y letras un espejo de sus propias experiencias y anhelos.

The Offspring, los primeros cabezas de cartel, desataron una avalancha de clásicos que hicieron vibrar al Refshaleøen. “Come Out and Play”, “All I Want”, y “Want You Bad” abrieron el set, una ráfaga de nostalgia y energía que capturó a la multitud. Cada canción era un himno, cada acorde un eco de los años dorados del punk rock. “Self Esteem” cerró el espectáculo, un recordatorio de que, a pesar del tiempo, la música tiene el poder de unir y trascender.

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Plaguemace, cubiertos recientemente en Sala Bóveda junto a Crypta y Nakkeknaekker, trajeron al escenario una furia y una pasión que recordaban la promesa de camisetas que su cantante Andreas nunca cumplió. Su música era una mezcla de caos y control, una danza de sombras y luces que capturaba la esencia misma del metal.

Bruce Dickinson, el inconfundible frontman de Iron Maiden, presentó The Mandrake Project con una renovada banda. Aunque no permitió fotos, su música habló por sí misma. Las críticas opuestas a su nuevo trabajo parecían desvanecerse en el aire mientras cada nota, cada verso, resonaba con una intensidad que solo Dickinson podía conjurar. A pesar de no tocar ningún tema de su banda madre, su actuación fue un viaje a través de su carrera, una exploración de su evolución como artista.

Dying Fetus, los históricos del death metal, demostraron por qué siguen siendo una influencia enorme. A pesar de la competencia de Dickinson en otro escenario, lograron atraer a una multitud que no dudó en entregarse al pogo, mosh y crowd surfing. Su música era una descarga de energía y brutalidad, un recordatorio del poder del death metal para capturar y liberar.

Avenged Sevenfold, con Life Is but a Dream…, ofrecieron una actuación que dividió opiniones. Su puesta en escena, austera pero efectiva, contrastaba con los videos en las pantallas, creando una experiencia visual y sonora que, aunque diferente, resonó con el público. Su música, una mezcla de lo nuevo y lo familiar, llevó a la multitud en un viaje emocional que desafió y deleitó.

Steel Panther cerró la noche con su hard rock lleno de humor y parodia. Los chistes, tanto refinados como ordinarios, se entrelazaban con la música, creando un espectáculo que era tanto una burla como un homenaje al estilo y los excesos del rock. Su imitación de Ozzy Osbourne con “Crazy Train” fue un momento destacado, un recordatorio de que, en el mundo del metal, el humor y la irreverencia tienen su lugar junto a la furia y la pasión.

Así, el primer día de Copenhell 2024 llegó a su fin, una sinfonía de sonidos y emociones que dejó a todos con el deseo de más, esperando ansiosos el siguiente acto de este épico festival.


 

 

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Estos acordes pertenecían a “Persecutor”, canción justamente de los locales Persecutor. Jóvenes y enérgicos, lanzaron su thrash metal con la furia de un vendaval. Una explosión de energía que barrió con cualquier vestigio de quietud, seguida por “The Reaper” y “One Final Victim”, hilvanando un tapiz sonoro de guitarras afiladas y ritmos implacables. “Cannibal Island” y “Nothing Remains” resonaron como gritos desde el abismo, mientras “Veil of Despair” y “The Blitz” alzaban una tormenta de notas sobre el público entregado. “Sand of Sahara” y “Feast!” nos llevaron a paisajes desérticos y festines salvajes, hasta que “4 More Beers” y “Legacy” cerraron con una celebración caótica, un brindis por lo que ha sido y lo que está por venir.

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A pesar del nombre que evocaba tediosas hojas de cálculo, Excel desató un torbellino de hardcore que recordó a todos los motivos por los cuales este género sigue siendo un refugio y una liberación. Con una energía que se alimentaba de su propia longevidad, los californianos trajeron a la vida el espíritu de los 90s, tarde pero con la misma intensidad y furia, un grito de resistencia y autenticidad en cada acorde y cada verso.

Corey Taylor, el hombre de las mil caras, se presentó con su proyecto solista. Influenciado por el grunge de los 90s pero con un tono más enojado, Taylor no solo ofreció temas de su reciente carrera solista como “Black Eyes Blue” o “Home”, sino también joyas de Stone Sour (“Song #3”, “Through Glass”) y Slipknot (“Before I Forget”, “Duality”) e incluso el tema de Bob Esponja, una referencia a su aparición en un video infame del Nostalgia Critic. Su voz, como un río caudaloso, fluía con poder y emoción, arrastrando a la multitud en una corriente de recuerdos y nuevas experiencias, un viaje sonoro a través de su polifacética carrera.

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