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Copenhell 2025 – Dia 2: “De La Brutalidad al Ritmo Electrónico”
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Crónica: Nerea Fernández Corte

El segundo día del festival Copenhell dejó claro que Dinamarca no solo sabe hacer buen metal, sino también abrir espacio para todas sus vertientes, desde la más brutal hasta la más melódica o electrónica. Con una programación que desafiaba cualquier clasificación tradicional, los asistentes vivieron una jornada marcada por el cambio constante de escenarios, la improvisación y la pasión compartida. Cada banda, desde leyendas consagradas hasta prometedores recién llegados, aportó su voz a un festival que fue mucho más que un evento: una experiencia colectiva, vibrante y única.

La tarde arrancó en el escenario Helviti con The Sword, banda estadounidense de heavy metal originaria de Austin, Texas. Aunque la calidad sonora y la ejecución fueron buenas, el concierto resultó algo repetitivo y terminó por aburrirme, así que decidí moverme hacia uno de mis escenarios preferidos: el Gehenna.

En su debut en Copenhell, los colombianos Syracusæ ofrecieron una actuación técnicamente impecable, pero emocionalmente distante. Su mezcla de metalcore, progresivo y djent se ejecutó con una precisión milimétrica, comandada por un carismático Tomas Perez. Temas complejos, estructuras rítmicas exigentes y el uso del warr guitar conformaron un set preciso y enérgico. Sin embargo, más allá del entusiasmo del público y la entrega de la banda, la propuesta a ratos se sintió como una sucesión de ejercicios estilísticos sin una identidad clara, lo que en ocasiones desconectó más que atrapó. Syracusæ demostraron pasión y potencial, pero aún deben afinar su voz para destacar en el saturado universo del metal técnico. Fue una descarga intensa, pero algo genérica que cumplió sin dejar cicatriz. Quizás la próxima vez el impacto sea más profundo.

TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR:Dopethrone en Copenhague: “un ritual de distorsión, fuego y comunión subterránea”

Después, en el escenario principal, Bullet For My Valentine volvió a dejar huella con un show cargado de energía, emoción y nostalgia pura. Celebrando los 20 años de The Poison, su emblemático álbum debut, la banda galesa decidió interpretarlo completo, en una jugada arriesgada que resultó ser un regalo perfecto para sus fans más veteranos. Desde los primeros acordes, quedó claro que no sería el concierto más brutal del festival, pero sí uno de los más coreados. Temas como “Tears Don’t Fall”, “4 Words (To Choke Upon)” y “All These Things I Hate” desataron una respuesta unánime, con un público que no dejó de cantar y saltar, reviviendo los años dorados del metalcore. Matt Tuck y Michael Paget mostraron una conexión genuina con los asistentes, moviéndose con soltura y animando a una audiencia entregada desde el primer minuto.

A pesar del sol golpeando fuerte en plena tarde, la zona frente a Helviti se llenó rápidamente, especialmente por fans que crecieron con el álbum y que lo convirtieron en la banda sonora de su adolescencia. Aunque para los nuevos seguidores el set pudo parecer limitado por centrarse exclusivamente en The Poison, la entrega emocional de la banda compensó cualquier ausencia de canciones recientes. Bullet For My Valentine no solo celebró dos décadas de un disco clave del metal moderno, sino que demostró que sigue conectando con su audiencia desde lo más visceral: la memoria, la música y la emoción compartida.

El turno de Ashes of Billy fue uno de los momentos más entrañables y sorprendentes del día. Este trío juvenil, cuyos miembros aún no alcanzan la mayoría de edad, entregó un show potente, con un espíritu grunge y noventero que contagió al público. Entre riffs gruesos, coros melódicos y una puesta en escena desbordante, estos jóvenes dieron una lección de presencia y entrega. El escenario Gehenna se quedó pequeño ante la marea de gente que fue a verlos, obligando a muchos a escuchar desde fuera del área porque ya no cabía ni un alma más.

Más tarde, en el escenario Hades, Gloryhammer desató su arsenal de power metal épico, humor absurdo y fantasía desbordante. Con Sozos Michael al frente —quien asumió la difícil tarea de reemplazar al carismático Thomas Winkler—, la banda arrancó con fuerza con “The Land of Unicorns” y una actitud desenfadada que recordó por qué el metal también puede ser pura diversión. Sin embargo, el viento feroz de la tarde jugó en contra, dispersando parte del sonido y haciendo que hasta el vocalista bromease con la climatología vikinga. Aun así, riffs potentes, vestuario fantástico y hasta una aparición inesperada de un hombre-lagarto con saxofón (que terminó noqueado por un martillazo escénico) mantuvieron entretenido al público. Aunque el público disfrutó y no faltó el crowdsurfing, la conexión banda-audiencia se sintió menos intensa que en otras ocasiones, quizás porque Copenhell no es ya el hogar natural del power metal, ahora que festivales como Epic Fest lo celebran con mayor pureza. Canciones como “Hootsforce” y “The Unicorn Invasion of Dundee” recordaron con ironía y maestría por qué Gloryhammer sigue siendo un fenómeno tan querido como desconcertante en el metal.

Con cierto escepticismo, llegué al show de The Cult. La banda británica, aunque no logró encender completamente al público durante buena parte del set, ofreció un concierto sólido, nostálgico y técnicamente impecable. Comenzaron con “In the Clouds”, una elección atrevida y poco conocida que, pese a problemas iniciales de sonido, mostró el buen pulso de Billy Duffy, alma instrumental del grupo. Ian Astbury, carismático y con la voz intacta, intentó sin cesar elevar la energía de una audiencia que no respondió del todo, especialmente durante temas más recientes. Clásicos como “C.O.T.A.” y “Hollow Man” tampoco lograron el impacto esperado, y con un escenario visualmente plano, el peso del concierto recayó en la música. No fue hasta los últimos cuatro temas que la chispa prendió: “Rain”, “Spiritwalker” y “She Sells Sanctuary” despertaron el entusiasmo general, y con la explosiva dupla final de “Fire Woman” y “Love Removal Machine”, The Cult recordó por qué su legado ochentero sigue vigente. Sin reinventarse ni sorprender demasiado, ofrecieron una actuación que, aunque no mágica, fue una cálida caricia para la memoria colectiva de varias generaciones rockeras.

TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: 40 años de “Bonded By Blood” de Exodus: “Liberen a la bestia”

Por la noche, Exodus recordó por qué el thrash metal sigue vivo y coleando: brutal, preciso y lleno de historia, pero también con una energía fresca. Con el regreso del vocalista Rob Dukes tras la polémica salida de Steve Souza y Gary Holt al mando, la banda demostró estar más en forma que muchas contemporáneas. Desde “We Will Rock You” como introducción hasta el cierre devastador con “Strike of the Beast”, todo fue una lección de violencia bien entendida: riffs afilados, circle pits implacables y una entrega que electrizó tanto a veteranos como a una sorprendente cantidad de jóvenes fans. “Bonded by Blood” desató la locura apenas empezado el set, y temas como “A Lesson In Violence”, “Blacklist” o “Deathamphetamine” fueron recibidos como himnos de una generación que no se resigna al paso del tiempo. En apenas una hora, Exodus logró una conexión total con el público, reafirmando que aunque su catálogo no sea tan extenso como el de los gigantes del género, su actitud y fidelidad al thrash los mantiene en la cima.

Los daneses Mnemic regresaron con fuerza quirúrgica y alma de acero al escenario Hades, ofreciendo un concierto cargado de nostalgia industrial y precisión matemática. Considerados pioneros del metal moderno europeo, el quinteto encendió la máquina con “Deathbox”, transformando el recinto en una metrópolis sonora de cemento, metal y caos melódico. Michael Bøgballe, vestido como un anfitrión futurista, osciló entre la frialdad estética y la calidez humana, animando al público con carisma y cerveza en mano. Temas como “Ghost”, “Jack Vegas” y “Dreamstate Emergency” golpearon como martillos hidráulicos, mientras que “Diesel Uterus” trajo el momento más emotivo, dedicado al fallecido Guillaume Bideau y con la participación especial de Asger Mygind (VOLA), cuya voz cristalina encajó sorprendentemente bien. Aunque hubo momentos en que la intensidad rítmica y la homogeneidad pedían más contraste, el cierre con “Liquid” y “Door 2.12” reafirmó la relevancia de una banda que aún mira hacia el futuro sin renegar de su pasado.

Cuando cayó la noche, el caos tomó el control con The Prodigy, siempre polémicos en festivales de metal, pero imposible de ignorar. Con su mezcla explosiva de electrónica, punk y energía industrial, el dúo británico encendió el recinto como solo ellos saben. “Firestarter” y “Smack My Bitch Up” se convirtieron en himnos que mantuvieron a la multitud en movimiento constante. Desde las colinas traseras se admiraba un espectáculo visual con láseres, fuego, humo y pantallas provocadoras, todo al ritmo de beats demoledores. The Prodigy demostraron que no importa cómo los etiqueten, ellos entienden la intensidad, el ritual y la catarsis del metal en su versión más visceral.

El cierre llegó con Abbath, titán noruego del black metal, quien transformó el escenario Pandæmonium en un aquelarre escandinavo de fuego, niebla y distorsión. Con una puesta en escena cargada de tonos azulados, humo denso y estroboscopios, la atmósfera fue tan gélida como hipnótica. Desde el primer riff, Abbath desató un vendaval brutal y minucioso, combinando crudeza sonora con un espectáculo visual sobrenatural. Carismático y teatral, dirigió la velada desde su trono, paseándose con una máscara cornuda e incluso escupiendo fuego al cielo nocturno. Himnos como “All Shall Fall” y “Withstand the Fall of Time” envolvieron a la audiencia en un trance colectivo de cuernos levantados, cabezas sacudidas y energía casi pagana. Abbath ofreció más que un show: una experiencia que desdibujó los límites entre música, ritual y espectáculo.

Finalmente, Lorna Shore transformó el escenario en un abismo sónico con su deathcore sinfónico, una tormenta coreografiada de guturales imposibles, riffs enloquecidos y baterías mecánicas. Con sonido impecable, efectos pirotécnicos sincronizados y energía brutal, entregaron uno de los shows más memorables del festival. Desde el primer breakdown, el público se entregó al caos con pogos gigantes y saltos frenéticos. Esta banda estadounidense ya no pertenece a la escena underground: su lugar está en los grandes escenarios, ante la devoción masiva de las nuevas generaciones.

Copenhell 2025 volvió a dejar huella, no solo por su impecable organización y producción, sino por su capacidad de celebrar todas las facetas del metal: lo etéreo, lo salvaje, lo joven y lo veterano. Entre guitarras, sintetizadores, gruñidos, melodías y fuego, el festival demostró por qué sigue siendo uno de los eventos más queridos y respetados del circuito europeo. El metal está más vivo que nunca, y en Copenhague, durante cuatro días de junio, se le rinde culto con todas sus voces posibles.


 

 

 

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Copenhell 2025 – Dia 2: “De La Brutalidad al Ritmo Electrónico”
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Crónica: Nerea Fernández Corte

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La tarde arrancó en el escenario Helviti con The Sword, banda estadounidense de heavy metal originaria de Austin, Texas. Aunque la calidad sonora y la ejecución fueron buenas, el concierto resultó algo repetitivo y terminó por aburrirme, así que decidí moverme hacia uno de mis escenarios preferidos: el Gehenna.

En su debut en Copenhell, los colombianos Syracusæ ofrecieron una actuación técnicamente impecable, pero emocionalmente distante. Su mezcla de metalcore, progresivo y djent se ejecutó con una precisión milimétrica, comandada por un carismático Tomas Perez. Temas complejos, estructuras rítmicas exigentes y el uso del warr guitar conformaron un set preciso y enérgico. Sin embargo, más allá del entusiasmo del público y la entrega de la banda, la propuesta a ratos se sintió como una sucesión de ejercicios estilísticos sin una identidad clara, lo que en ocasiones desconectó más que atrapó. Syracusæ demostraron pasión y potencial, pero aún deben afinar su voz para destacar en el saturado universo del metal técnico. Fue una descarga intensa, pero algo genérica que cumplió sin dejar cicatriz. Quizás la próxima vez el impacto sea más profundo.

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A pesar del sol golpeando fuerte en plena tarde, la zona frente a Helviti se llenó rápidamente, especialmente por fans que crecieron con el álbum y que lo convirtieron en la banda sonora de su adolescencia. Aunque para los nuevos seguidores el set pudo parecer limitado por centrarse exclusivamente en The Poison, la entrega emocional de la banda compensó cualquier ausencia de canciones recientes. Bullet For My Valentine no solo celebró dos décadas de un disco clave del metal moderno, sino que demostró que sigue conectando con su audiencia desde lo más visceral: la memoria, la música y la emoción compartida.

El turno de Ashes of Billy fue uno de los momentos más entrañables y sorprendentes del día. Este trío juvenil, cuyos miembros aún no alcanzan la mayoría de edad, entregó un show potente, con un espíritu grunge y noventero que contagió al público. Entre riffs gruesos, coros melódicos y una puesta en escena desbordante, estos jóvenes dieron una lección de presencia y entrega. El escenario Gehenna se quedó pequeño ante la marea de gente que fue a verlos, obligando a muchos a escuchar desde fuera del área porque ya no cabía ni un alma más.

Más tarde, en el escenario Hades, Gloryhammer desató su arsenal de power metal épico, humor absurdo y fantasía desbordante. Con Sozos Michael al frente —quien asumió la difícil tarea de reemplazar al carismático Thomas Winkler—, la banda arrancó con fuerza con “The Land of Unicorns” y una actitud desenfadada que recordó por qué el metal también puede ser pura diversión. Sin embargo, el viento feroz de la tarde jugó en contra, dispersando parte del sonido y haciendo que hasta el vocalista bromease con la climatología vikinga. Aun así, riffs potentes, vestuario fantástico y hasta una aparición inesperada de un hombre-lagarto con saxofón (que terminó noqueado por un martillazo escénico) mantuvieron entretenido al público. Aunque el público disfrutó y no faltó el crowdsurfing, la conexión banda-audiencia se sintió menos intensa que en otras ocasiones, quizás porque Copenhell no es ya el hogar natural del power metal, ahora que festivales como Epic Fest lo celebran con mayor pureza. Canciones como “Hootsforce” y “The Unicorn Invasion of Dundee” recordaron con ironía y maestría por qué Gloryhammer sigue siendo un fenómeno tan querido como desconcertante en el metal.

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Los daneses Mnemic regresaron con fuerza quirúrgica y alma de acero al escenario Hades, ofreciendo un concierto cargado de nostalgia industrial y precisión matemática. Considerados pioneros del metal moderno europeo, el quinteto encendió la máquina con “Deathbox”, transformando el recinto en una metrópolis sonora de cemento, metal y caos melódico. Michael Bøgballe, vestido como un anfitrión futurista, osciló entre la frialdad estética y la calidez humana, animando al público con carisma y cerveza en mano. Temas como “Ghost”, “Jack Vegas” y “Dreamstate Emergency” golpearon como martillos hidráulicos, mientras que “Diesel Uterus” trajo el momento más emotivo, dedicado al fallecido Guillaume Bideau y con la participación especial de Asger Mygind (VOLA), cuya voz cristalina encajó sorprendentemente bien. Aunque hubo momentos en que la intensidad rítmica y la homogeneidad pedían más contraste, el cierre con “Liquid” y “Door 2.12” reafirmó la relevancia de una banda que aún mira hacia el futuro sin renegar de su pasado.

Cuando cayó la noche, el caos tomó el control con The Prodigy, siempre polémicos en festivales de metal, pero imposible de ignorar. Con su mezcla explosiva de electrónica, punk y energía industrial, el dúo británico encendió el recinto como solo ellos saben. “Firestarter” y “Smack My Bitch Up” se convirtieron en himnos que mantuvieron a la multitud en movimiento constante. Desde las colinas traseras se admiraba un espectáculo visual con láseres, fuego, humo y pantallas provocadoras, todo al ritmo de beats demoledores. The Prodigy demostraron que no importa cómo los etiqueten, ellos entienden la intensidad, el ritual y la catarsis del metal en su versión más visceral.

El cierre llegó con Abbath, titán noruego del black metal, quien transformó el escenario Pandæmonium en un aquelarre escandinavo de fuego, niebla y distorsión. Con una puesta en escena cargada de tonos azulados, humo denso y estroboscopios, la atmósfera fue tan gélida como hipnótica. Desde el primer riff, Abbath desató un vendaval brutal y minucioso, combinando crudeza sonora con un espectáculo visual sobrenatural. Carismático y teatral, dirigió la velada desde su trono, paseándose con una máscara cornuda e incluso escupiendo fuego al cielo nocturno. Himnos como “All Shall Fall” y “Withstand the Fall of Time” envolvieron a la audiencia en un trance colectivo de cuernos levantados, cabezas sacudidas y energía casi pagana. Abbath ofreció más que un show: una experiencia que desdibujó los límites entre música, ritual y espectáculo.

Finalmente, Lorna Shore transformó el escenario en un abismo sónico con su deathcore sinfónico, una tormenta coreografiada de guturales imposibles, riffs enloquecidos y baterías mecánicas. Con sonido impecable, efectos pirotécnicos sincronizados y energía brutal, entregaron uno de los shows más memorables del festival. Desde el primer breakdown, el público se entregó al caos con pogos gigantes y saltos frenéticos. Esta banda estadounidense ya no pertenece a la escena underground: su lugar está en los grandes escenarios, ante la devoción masiva de las nuevas generaciones.

Copenhell 2025 volvió a dejar huella, no solo por su impecable organización y producción, sino por su capacidad de celebrar todas las facetas del metal: lo etéreo, lo salvaje, lo joven y lo veterano. Entre guitarras, sintetizadores, gruñidos, melodías y fuego, el festival demostró por qué sigue siendo uno de los eventos más queridos y respetados del circuito europeo. El metal está más vivo que nunca, y en Copenhague, durante cuatro días de junio, se le rinde culto con todas sus voces posibles.


 

 

 

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