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Jade en Barcelona: “Cuando el tiempo se pliega”
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Viví la apertura del Triumviratum como un acto fundacional: Bóveda del Sol fue la pieza angular que inauguró el ritual sonoro concebido junto a JADE y Moonloop, aprovechando la mística de un eclipse lunar para convertir el Poble Espanyol en un auténtico epicentro de gravedad sideral.

Desde el primer impacto, la formación barcelonesa desplegó un bloque monolítico de space doom que funcionó como un portal de desmaterialización, arrancando con la asfixiante elegancia de “Event Horizon” y expandiéndose hacia las texturas cósmicas de “Traveler Between Worlds”.

Con una presencia escénica robusta y un sonido de baja frecuencia que vibraba físicamente en el cuerpo, ejecutaron piezas como “Orbitual” y “Collective Unconsciousness” sin conceder un solo respiro al silencio, logrando una inmersión total en el vacío astral. Aquel inicio no solo fijó una atmósfera densa y onírica, sino que actuó como el prefacio perfecto de una alquimia épica, culminada con la rotundidad de “Terra Firma”, dejando la sala sumida en un trance absoluto antes de ceder el testigo.

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La atmósfera mutó entonces desde la densidad mineral hacia una expansión oceánica y vibrante con la entrada de Moonloop, como si las paredes se disolvieran para revelar un arrecife de coral bajo un cielo eléctrico. No era una noche cualquiera: celebrábamos veinticinco años de una travesía inquebrantable que ha convertido a la banda en un faro de integridad dentro del metal progresivo.

Con “Zeal” comprendí que no estaba ante un grupo convencional, sino ante un organismo vivo, madurado por décadas de exploración sonora, donde técnica y emoción respiraban al unísono. El regreso tras años de cambios se reflejaba en el rostro de Eric Baulé: la urgencia del fuego contenido y, a la vez, la serenidad de quien ha observado el paso de las estaciones desde el puente de mando.

La música fluyó como una corriente cristalina y feroz; en “Mask”, riffs afilados como obsidiana convivieron con pasajes atmosféricos donde el espíritu de Cynic y Opeth parecía danzar en un rito de purificación. Cada golpe de Raúl Payán fue geometría sagrada en movimiento, mientras Marc Contel y Alexander Nuñez se integraban como raíces que por fin encuentran su tierra.

Con “Arrival” y “Medusa”, la experiencia se volvió casi táctil: la voz de Eric transitó del rugido gutural a la claridad melódica con la naturalidad de quien respira bajo el agua, recordándonos nuestra fragilidad ante una naturaleza madre y verdugo. “New Dark Reality” funcionó como espejo de un presente incierto, y “Megalodon” cayó sobre la sala como una fuerza tectónica, prehistórica e inevitable.

Cuando el peso del abismo parecía definitivo, “Cosmic Matter” nos elevó de nuevo hacia las estrellas, sellando la noche como una espiral orgánica y pura que celebró veinticinco años de coherencia artística.

Bajo la cúpula de la Sala Upload, el tiempo dejó entonces de ser lineal con la entrada de JADE, transformándose en una densidad mineral, en un estrato geológico que se plegaba sobre nosotros. No asistí a una mera ejecución de temas, sino a la exhumación de un monumento: The Stars Shelter fue el cierre de los párpados antes de un sueño febril, una niebla antigua cargada de turba y vacío estelar.

Con “Light’s Blood”, la sala pareció hundirse bajo tierra y la voz de Fiar emergió como un fenómeno atmosférico, oscilando entre la claridad helada y el rugido tectónico. En “Shores of Otherness”, el death metal clásico se funde con un doom introspectivo, recordándome que el jade es frío al tacto, pero guarda un fuego espiritual en su núcleo.

A partir de “Cascade”, el sonido se volvió una marea negra que nos arrastró hacia “Dragged Fears & Drowned Bones”, donde los riffs pesaban como lápidas y la batería resonaba como el martillo de un enterrador. “Ghastly Eyes” y “Darkness in Movement” confirmaron que la propuesta de JADE trasciende la fuerza bruta para explorar estados liminales, reforzados por unas proyecciones visuales que sellaron el pacto ceremonial.

El tramo final descendió hacia lo onírico y lo sagrado: “A Flowery Dream” reveló una belleza macabra y sofisticada, mientras “The Hidden Crypt” actuó como la losa definitiva que clausura el sepulcro. No fue solo un concierto, sino una liturgia completa; salir a la superficie tras semejante experiencia fue como despertar de un entierro ritual, con el espíritu renovado y los oídos aún vibrando con el eco de la piedra.

 

 

 

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Con “Zeal” comprendí que no estaba ante un grupo convencional, sino ante un organismo vivo, madurado por décadas de exploración sonora, donde técnica y emoción respiraban al unísono. El regreso tras años de cambios se reflejaba en el rostro de Eric Baulé: la urgencia del fuego contenido y, a la vez, la serenidad de quien ha observado el paso de las estaciones desde el puente de mando.

La música fluyó como una corriente cristalina y feroz; en “Mask”, riffs afilados como obsidiana convivieron con pasajes atmosféricos donde el espíritu de Cynic y Opeth parecía danzar en un rito de purificación. Cada golpe de Raúl Payán fue geometría sagrada en movimiento, mientras Marc Contel y Alexander Nuñez se integraban como raíces que por fin encuentran su tierra.

Con “Arrival” y “Medusa”, la experiencia se volvió casi táctil: la voz de Eric transitó del rugido gutural a la claridad melódica con la naturalidad de quien respira bajo el agua, recordándonos nuestra fragilidad ante una naturaleza madre y verdugo. “New Dark Reality” funcionó como espejo de un presente incierto, y “Megalodon” cayó sobre la sala como una fuerza tectónica, prehistórica e inevitable.

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Con “Light’s Blood”, la sala pareció hundirse bajo tierra y la voz de Fiar emergió como un fenómeno atmosférico, oscilando entre la claridad helada y el rugido tectónico. En “Shores of Otherness”, el death metal clásico se funde con un doom introspectivo, recordándome que el jade es frío al tacto, pero guarda un fuego espiritual en su núcleo.

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