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Azkena Rock Festival 2026 – Dia 1: “Mendizabala se rinde al rock”
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Mucho antes de que sonaran los primeros acordes, la liturgia pagana del Azkena Rock Festival 2026 ya se respiraba y se transpiraba en una Mendizabala blindada por un calor sofocante que superaba ampliamente los treinta grados. El césped reseco, el polvo suspendido en el aire y las sombras buscadas con desesperación convertían el recinto en un pequeño infierno estival combatido a base de abanicos improvisados, tatuajes al sol y las primeras cervezas heladas entre cuadrillas de fieles que, año tras año, convierten este rincón de Vitoria-Gasteiz en una auténtica peregrinación rockera. Bajo un cielo plomizo, cargado de electricidad y amenaza de tormenta, que finalmente respetó el ritual sagrado, la vigesimocuarta edición del festival organizado por Last Tour arrancó con la contundencia de una apisonadora emocional.

El escenario Respect fue el encargado de abrir fuego gracias a Nhil, quienes demostraron que el soul hecho en casa puede mirar de frente a cualquiera. Presentando su tercer trabajo, Etxea, la formación vasca desplegó una madurez asombrosa apoyada por una elegante sección de vientos. La voz magnética y aterciopelada de Sara Alonso envolvió Mendizabala mientras las guitarras de Xabier López, los bajos precisos de Asel Errasti y la batería impecable de Beñat Isasti tejían una actuación tan delicada como poderosa.

Casi sin margen para respirar, el escenario God transportó a los presentes a un porche polvoriento perdido en el corazón del Misisipi con la aparición de Robert Finley. El veterano bluesman, ciego pero dotado de un magnetismo casi sobrenatural, convirtió el recinto en una ceremonia colectiva de soul sureño. Acompañado por una banda impecable de cinco músicos y por el emocionante respaldo vocal de su hija Christy Johnson, Finley fue conquistando almas una a una hasta arrancar las primeras lágrimas de emoción de la jornada.

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La intensidad continuó creciendo con la irrupción de DeWolff, responsables de uno de los primeros llenazos del festival. Los neerlandeses ofrecieron un vendaval psicodélico de inspiración setentera donde cada canción parecía una locomotora fuera de control. El trío desplegó un setlist de infarto que arrancó directo al grano con la cruda energía de “Night Train”, “In Love” y “Natural Woman”, para después pisar el acelerador a fondo con la lisérgica versión de “Faster and Faster”, la magnética “Treasure City Moonchild” y esa joya contemporánea que es “Nothing’s Changing”. Pablo van de Poel incendió el escenario con solos imposibles mientras Luka van de Poel convertía la batería en una extensión de su propio cuerpo y Robin Piso hacía levitar al público desde su Hammond. La apoteosis final llegó con los más de veinte minutos de la monumental “Rosita”, momento en el que, a plena luz del día, Pablo van de Poel decidió romper la barrera del foso y bajar del escenario para recorrer medio recinto cara a cara con la multitud; un paseo fotográfico inolvidable en el que el guitarrista avanzó saludando a sus fans mano a mano, mimetizándose con un Mendizabala completamente entregado al trance y firmando una de las estampas más icónicas y auténticas de toda la jornada.

La tarde alcanzó un punto de elegancia y clase difícilmente superable con el esperado regreso de Imelda May, acompañada por el extraordinario Darrel Higham. La irlandesa desplegó un carisma salvaje y una actitud desafiante que recordó por qué sigue siendo una referencia absoluta del rockabilly contemporáneo. Entre contrabajos profundos, guitarras afiladas y una sección rítmica demoledora, la diva facturó un show exclusivo de puro e incandescente Rock & Roll clásico concebido especialmente para Mendizabala. El repertorio fue una sucesión de trallazos sin concesiones que arrancó con la sensualidad ruda de “Oh Romeo”, para de inmediato poner a bailar al festival con “Mayhem”, “Psycho” y la visceral “Wild Woman”. Con una autoridad incontestable, Imelda devoró el escenario principal hilvanando himnos como la demoledora “Johnny Got a Boom Boom”, “Inside Out” y “Big Bad Handsome Man”, enfilando un tramo final de infarto de la mano de la velocisima versión de “Road Runner” para rematar la faena con “Game Changer”, firmando una de las exhibiciones más distinguidas, magnéticas y coreadas de toda la jornada inaugural.

Cuando el sol comenzó a esconderse tras los árboles de Mendizabala, el recinto se despidió de la luz para entregarse por completo al reino de la oscuridad más densa y pesada. Lo que aconteció en el escenario Respect no fue un concierto al uso, fue un auténtico descenso a los infiernos del sludge, el heavy metal de la vieja escuela y el southern rock más rudo y pantanoso. Corrosion of Conformity transformaron las tablas en un lodazal sónico donde los amplificadores escupieron una masa de distorsión absolutamente aplastante, asfixiante y monumental.

Pepper Keenan lideró la ofensiva bélica con una presencia totémica y una voz rasgada que parecía invocar a los espíritus del fango, mientras a su lado Woodroe Weatherman desataba un infierno a las seis cuerdas con armónicos hirientes, Mike Dean ametrallaba sin piedad desde las frecuencias más graves de su bajo y John Green sepultaba Mendizabala bajo la implacable pegada de su batería, levantando una muralla de sonido impenetrable y monolítica.

El cuarteto de Carolina del Norte ejecutó una lección magistral de lodo y contundencia intergeneracional, desgranando un setlist demencial que abrió la veda con la densidad de “Forever Amplified” y la demoledora “Asleep on the Killing Floor”, transitando sin bajar las revoluciones por trallazos de la talla de “My Grain”, “Who’s Got the Fire”, “Seven Days” y la hipnótica crudeza de “Diablo Blvd.”. Los riffs mastodónticos se sucedían uno tras otro con la fuerza de un terremoto, encadenando “Shake Like You”, “Señor Limpio”, “13 Angels”, “Baad Man”, “Born Again for the Last Time” y la abrasiva “Gimme Some Moore”.

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Cada acorde era un golpe directo al pecho de una audiencia completamente hipnotizada que aguantaba el envite a base de pogo y sudor. El terreno estaba ya más que preparado para un tramo final absolutamente devastador e histórico: la banda hizo saltar las alarmas con la carga política y el riff cortante de “Vote With a Bullet”, para después retirarse unos instantes antes de rematar a los fieles con un doble bis de leyenda. La lisergia sureña de la inmortal “Albatross” y una gigantesca, humeante y brutal “Clean My Wounds” pusieron el broche de oro a una de las descargas más salvajes y auténticas de la edición, dejando a miles de cuellos destrozados y pidiendo clemencia tras haber sido sometidos a la apisonadora más pesada y atronadora del heavy metal norteamericano.

Pero si hubo un momento en el que el festival explotó definitivamente, fue con la aparición de The Hives. Lo que ocurrió a continuación fue mucho más que un concierto: fue una demostración absoluta de cómo dominar a decenas de miles de personas durante hora y media sin conceder un solo segundo de tregua. Vestidos con sus impecables trajes blancos y negros, los suecos saltaron al escenario como una banda dispuesta a conquistar un país enemigo. Desde el primer acorde quedó claro que aquella noche les pertenecía.

Y en el centro de toda aquella locura estaba Pelle Almqvist. Pelle no interpreta canciones: invade territorios. Corre, salta, escala amplificadores, desafía al público, provoca, seduce y controla cada movimiento de la multitud con una facilidad insultante. Entre bromas, vaciles en euskera y continuos “gabon” y “eskerrik asko”, convirtió Mendizabala en su patio particular. Entonces llegó el instante que terminó convirtiéndose en uno de los recuerdos imborrables de todo el festival. En mitad de la actuación, Pelle decidió abandonar el escenario y lanzarse al corazón de la multitud. La masa se abrió a su paso mientras él avanzaba entre miles de personas como si fuera una estrella de rock escapada de otra época. Instintivamente, cámara en mano, me lancé tras él. Lo seguí sorteando hombros, vasos volando y una marea humana completamente fuera de control. Durante unos segundos dejé de ser un espectador más para convertirme en parte de la acción.

Pelle seguía avanzando entre la gente y yo detrás, intentando no perder detalle de aquella escena irrepetible. De repente, las gigantescas pantallas del Azkena comenzaron a mostrar el recorrido. Allí estaba él. Y allí estaba yo. Cámara en mano, persiguiendo a uno de los frontmen más espectaculares del planeta en medio de una multitud enfervorecida. Durante unos instantes imposibles de medir, mi imagen apareció proyectada ante miles y miles de personas. Fue ese inesperado y surrealista segundo de fama que todo festivalero sueña vivir alguna vez. Un momento completamente espontáneo, imposible de planificar y que solo puede suceder en un lugar como el Azkena Rock Festival. Mientras las pantallas reflejaban aquella persecución improvisada, la sensación era la de estar dentro del propio espectáculo, formando parte de una actuación que ya estaba entrando por derecho propio en la historia del festival.

Sobre el escenario, mientras tanto, la maquinaria sueca seguía arrasándolo todo. Sonaron “Enough Is Enough”, “Main Offender”, “Paint a Picture”, “Bogus Operandi” y una delirante repetición de “Hate to Say I Told You So” exigida por un público completamente entregado. El remate definitivo llegó con “Countdown to Shutdown”, “Come On!” y una explosiva “Tick Tick Boom”, transformando Mendizabala en una gigantesca trinchera de sudor, polvo, gritos y felicidad colectiva. Fue entonces, justo antes de que se encendieran las luces y la masa comenzara a asimilar el impacto, cuando el sonido ambiente nos sepultó bajo el mantra final, una declaración de intenciones que resonó como un juramento eterno en la noche vitoriana: “The Hives Forever, Forever The Hives”.

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Sin apenas tiempo para recuperar el aliento, la despedida perfecta llegó de la mano de The Adicts y su gira final “Adiós Amigos”. Monkey convirtió el escenario en un carnaval punk de confeti, cartas, sombreros de copa y purpurina, desplegando toda la teatralidad y sonora inspirada en La naranja mecánica que convirtió a la banda en leyenda. Con Pete Dee, Highers y Kid Dee sosteniendo una actuación impecable, el grupo británico repasó décadas de historia a través de himnos como “Let’s Go”, “Joker in the Pack”, “Horrorshow”, “Numbers”, “Troubadour” y la emotiva “My Baby Got Run Over by a Steamroller”.

La recta final alcanzó niveles de emoción difíciles de describir con “Bad Boy”, la imprescindible “Viva la Revolution” y una conmovedora interpretación de “You’ll Never Walk Alone” abrazados a su público, clausurando los escenarios principales con lágrimas, sonrisas y la certeza de estar asistiendo a una despedida histórica.

Mientras tanto, en los márgenes del gran espectáculo, la carpa Trashville continuó funcionando como ese universo paralelo imprescindible donde el garage, el surf, el rockabilly y la actitud más salvaje siguen encontrando refugio. Por allí desfilaron Captain Trasho, Radioactivas, The Concrete Boys y Les Robots, completando una jornada inaugural sencillamente memorable.

Cuando las luces comenzaron a apagarse y el polvo volvió lentamente al suelo, quedó la sensación inequívoca de haber vivido una de esas jornadas que justifican por sí solas un año entero de espera. El Azkena Rock Festival 2026 no solo cumplió con las expectativas: las pulverizó entre actuaciones históricas, reencuentros inolvidables y momentos ya icónicos, como aquella carrera salvaje tras Pelle Almqvist reflejada en las pantallas gigantes de Mendizabala. Con el silencio ganando terreno al ruido, comenzó entonces el verdadero éxodo azkenero: ese largo y mítico camino a pie hacia el camping de Ibaia en mitad de la noche, una suerte de penumbra del rock donde las almas errantes avanzaban cansadas pero eléctricas, apenas alumbradas por los faros de algún que otro vehículo rezagado en la carretera, justo en esa frontera difusa donde acaba Vitoria-Gasteiz y el asfalto se entrega a la noche.

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El escenario Respect fue el encargado de abrir fuego gracias a Nhil, quienes demostraron que el soul hecho en casa puede mirar de frente a cualquiera. Presentando su tercer trabajo, Etxea, la formación vasca desplegó una madurez asombrosa apoyada por una elegante sección de vientos. La voz magnética y aterciopelada de Sara Alonso envolvió Mendizabala mientras las guitarras de Xabier López, los bajos precisos de Asel Errasti y la batería impecable de Beñat Isasti tejían una actuación tan delicada como poderosa.

Casi sin margen para respirar, el escenario God transportó a los presentes a un porche polvoriento perdido en el corazón del Misisipi con la aparición de Robert Finley. El veterano bluesman, ciego pero dotado de un magnetismo casi sobrenatural, convirtió el recinto en una ceremonia colectiva de soul sureño. Acompañado por una banda impecable de cinco músicos y por el emocionante respaldo vocal de su hija Christy Johnson, Finley fue conquistando almas una a una hasta arrancar las primeras lágrimas de emoción de la jornada.

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Cuando el sol comenzó a esconderse tras los árboles de Mendizabala, el recinto se despidió de la luz para entregarse por completo al reino de la oscuridad más densa y pesada. Lo que aconteció en el escenario Respect no fue un concierto al uso, fue un auténtico descenso a los infiernos del sludge, el heavy metal de la vieja escuela y el southern rock más rudo y pantanoso. Corrosion of Conformity transformaron las tablas en un lodazal sónico donde los amplificadores escupieron una masa de distorsión absolutamente aplastante, asfixiante y monumental.

Pepper Keenan lideró la ofensiva bélica con una presencia totémica y una voz rasgada que parecía invocar a los espíritus del fango, mientras a su lado Woodroe Weatherman desataba un infierno a las seis cuerdas con armónicos hirientes, Mike Dean ametrallaba sin piedad desde las frecuencias más graves de su bajo y John Green sepultaba Mendizabala bajo la implacable pegada de su batería, levantando una muralla de sonido impenetrable y monolítica.

El cuarteto de Carolina del Norte ejecutó una lección magistral de lodo y contundencia intergeneracional, desgranando un setlist demencial que abrió la veda con la densidad de “Forever Amplified” y la demoledora “Asleep on the Killing Floor”, transitando sin bajar las revoluciones por trallazos de la talla de “My Grain”, “Who’s Got the Fire”, “Seven Days” y la hipnótica crudeza de “Diablo Blvd.”. Los riffs mastodónticos se sucedían uno tras otro con la fuerza de un terremoto, encadenando “Shake Like You”, “Señor Limpio”, “13 Angels”, “Baad Man”, “Born Again for the Last Time” y la abrasiva “Gimme Some Moore”.

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Cada acorde era un golpe directo al pecho de una audiencia completamente hipnotizada que aguantaba el envite a base de pogo y sudor. El terreno estaba ya más que preparado para un tramo final absolutamente devastador e histórico: la banda hizo saltar las alarmas con la carga política y el riff cortante de “Vote With a Bullet”, para después retirarse unos instantes antes de rematar a los fieles con un doble bis de leyenda. La lisergia sureña de la inmortal “Albatross” y una gigantesca, humeante y brutal “Clean My Wounds” pusieron el broche de oro a una de las descargas más salvajes y auténticas de la edición, dejando a miles de cuellos destrozados y pidiendo clemencia tras haber sido sometidos a la apisonadora más pesada y atronadora del heavy metal norteamericano.

Pero si hubo un momento en el que el festival explotó definitivamente, fue con la aparición de The Hives. Lo que ocurrió a continuación fue mucho más que un concierto: fue una demostración absoluta de cómo dominar a decenas de miles de personas durante hora y media sin conceder un solo segundo de tregua. Vestidos con sus impecables trajes blancos y negros, los suecos saltaron al escenario como una banda dispuesta a conquistar un país enemigo. Desde el primer acorde quedó claro que aquella noche les pertenecía.

Y en el centro de toda aquella locura estaba Pelle Almqvist. Pelle no interpreta canciones: invade territorios. Corre, salta, escala amplificadores, desafía al público, provoca, seduce y controla cada movimiento de la multitud con una facilidad insultante. Entre bromas, vaciles en euskera y continuos “gabon” y “eskerrik asko”, convirtió Mendizabala en su patio particular. Entonces llegó el instante que terminó convirtiéndose en uno de los recuerdos imborrables de todo el festival. En mitad de la actuación, Pelle decidió abandonar el escenario y lanzarse al corazón de la multitud. La masa se abrió a su paso mientras él avanzaba entre miles de personas como si fuera una estrella de rock escapada de otra época. Instintivamente, cámara en mano, me lancé tras él. Lo seguí sorteando hombros, vasos volando y una marea humana completamente fuera de control. Durante unos segundos dejé de ser un espectador más para convertirme en parte de la acción.

Pelle seguía avanzando entre la gente y yo detrás, intentando no perder detalle de aquella escena irrepetible. De repente, las gigantescas pantallas del Azkena comenzaron a mostrar el recorrido. Allí estaba él. Y allí estaba yo. Cámara en mano, persiguiendo a uno de los frontmen más espectaculares del planeta en medio de una multitud enfervorecida. Durante unos instantes imposibles de medir, mi imagen apareció proyectada ante miles y miles de personas. Fue ese inesperado y surrealista segundo de fama que todo festivalero sueña vivir alguna vez. Un momento completamente espontáneo, imposible de planificar y que solo puede suceder en un lugar como el Azkena Rock Festival. Mientras las pantallas reflejaban aquella persecución improvisada, la sensación era la de estar dentro del propio espectáculo, formando parte de una actuación que ya estaba entrando por derecho propio en la historia del festival.

Sobre el escenario, mientras tanto, la maquinaria sueca seguía arrasándolo todo. Sonaron “Enough Is Enough”, “Main Offender”, “Paint a Picture”, “Bogus Operandi” y una delirante repetición de “Hate to Say I Told You So” exigida por un público completamente entregado. El remate definitivo llegó con “Countdown to Shutdown”, “Come On!” y una explosiva “Tick Tick Boom”, transformando Mendizabala en una gigantesca trinchera de sudor, polvo, gritos y felicidad colectiva. Fue entonces, justo antes de que se encendieran las luces y la masa comenzara a asimilar el impacto, cuando el sonido ambiente nos sepultó bajo el mantra final, una declaración de intenciones que resonó como un juramento eterno en la noche vitoriana: “The Hives Forever, Forever The Hives”.

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La recta final alcanzó niveles de emoción difíciles de describir con “Bad Boy”, la imprescindible “Viva la Revolution” y una conmovedora interpretación de “You’ll Never Walk Alone” abrazados a su público, clausurando los escenarios principales con lágrimas, sonrisas y la certeza de estar asistiendo a una despedida histórica.

Mientras tanto, en los márgenes del gran espectáculo, la carpa Trashville continuó funcionando como ese universo paralelo imprescindible donde el garage, el surf, el rockabilly y la actitud más salvaje siguen encontrando refugio. Por allí desfilaron Captain Trasho, Radioactivas, The Concrete Boys y Les Robots, completando una jornada inaugural sencillamente memorable.

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