


El 25 de octubre fue una noche para revivir viejos recuerdos en la Royal Arena de la mano de los legendarios Deep Purple, quienes regresaron a la capital danesa para lo que, muy probablemente, sea su última presentación por estas tierras.
A las 19:00, como banda soporte, tuvimos el lujo de ver a un grupo que parecía haber sido descongelado de los años 70: Jayler. Un conjunto británico que bebe de Led Zeppelin y que no necesariamente busca rendirle tributo, pero transmite la energía de una banda de rock psicodélico de aquella época. Esto también se veía reflejado en su indumentaria, con chalecos y batas abiertas que dejaban el pecho al descubierto, largos rizos y Les Pauls y SGs de antaño. El sonido tuvo a la batería bien al frente, junto a la voz, lo que hacía que la guitarra y el bajo quedaran en segundo plano. Algo que ajustaron cuando empezó a sonar la armónica del cantante, el único ingrediente que le faltaba a la fórmula para convertirse en música de ruta.
Como frutilla del postre, y para alejarnos un poco de Zeppelin, engancharon “The Rink” con “War Pigs”. Fue el momento en el que más se agitó el público, en lo que terminó siendo una noche para estar de pie a tus anchas y sin molestias. Durante 40 minutos, el público de cabello plateado regresó al pasado para revivir aquellos años dorados. Una gran elección tener a Jayler como banda soporte. Si tan solo el público se bancase estar de pie durante tantísimo tiempo, seguramente se llenaría más el campo.
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Casi a las 20:30, mientras esperábamos por Deep Purple, todo se oscureció hasta quedar en una penumbra púrpura proyectada sobre la gran pantalla. Con esta atmósfera, las imágenes nos llevaron flotando a través de un sinfín de referencias a la banda, acompañadas por la grandiosa banda sonora de Gustav Holst, para dar lugar a “Highway Star”, tema emblemático con el que siempre abren y que sirvió para poner el ritmo bien arriba.
El sonido fue magistral: cada músico tenía su espacio en la mezcla, haciendo que, donde uno mirase, pudiera escuchar casi exclusivamente ese instrumento. Lo que más se perdía entre la música era la voz, ya que por momentos se notaba que Ian Gillan llegaba exigido. La misma razón por la que no tocan “Child in Time” desde 2002 y que hace que, a la hora de armar un setlist, incluyan más solos.
El orden del set estuvo inteligentemente orientado para que el frontman pudiera descansar entre secciones instrumentales. Al mismo tiempo, terminó “A Bit on the Side” y, sin pausa, continuaron con “Into the Fire”. De esta manera, iban enlazando entre dos y tres temas para luego dar paso a interludios de puro virtuosismo y psicodelia. Estos pasajes instrumentales fueron de lo más interesante del show, con Don Airey teniendo sus momentos para lucirse detrás del teclado y haciendo honor al sonido clásico de Deep Purple. Una banda que siempre se caracterizó por dejar espacio a la improvisación y que, pese al paso de los años, sigue manteniendo esa esencia que la convirtió en uno de los pilares del rock psicodélico.
Por otra parte, Simon McBride se encargó de cubrir el lugar de Steve Morse y Ritchie Blackmore, con un estilo que combina la técnica y el respeto por el material original. Sin buscar imitar a sus predecesores, el guitarrista aportó su propia personalidad. Junto a Roger Glover e Ian Paice, protagonizó una sección de puro fraseo, con ese ida y vuelta de pregunta y respuesta.
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El setlist fue alternando entre clásicos como “Lazy”, “Perfect Strangers” y “Space Truckin'”, con material más reciente como “A Bit on the Side”, “Arrogant Boy” y “Lazy Sod”. Una buena forma de demostrar que Deep Purple no vive solamente de la nostalgia, sino que sigue componiendo y defendiendo su material más nuevo sobre el escenario.
Uno de los momentos más esperados llegó con “Smoke on the Water”, un riff que trasciende generaciones y que me hacía mucha ilusión presenciar en vivo. La respuesta del público fue inmediata, aunque tímida, con una ausencia de coros que estuvieran a la altura de semejante riff.
Ya para el cierre, “Hush” y “Black Night” terminaron de levantar a la audiencia, con esta última incluyendo un breve pasaje de “Goodnight, Irene”. Un final que dejó a todos con una sonrisa y que resume muy bien lo que fue esta noche: una celebración de una banda que sigue girando, pese al paso del tiempo y a los años que pesan sobre sus integrantes.
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Deep Purple no necesita grandes escenografías ni una producción descomunal para demostrar su peso en la historia del rock. La música habla por sí sola. Con un público que se entregó a cada clásico y una banda que sigue girando pese al desgaste natural de tantos años en la ruta, queda la sensación de haber presenciado algo especial. Quizá sea la última vez que veamos a Deep Purple en Copenhague, pero, si así fuera, se despidieron dejando claro por qué siguen siendo una de las bandas más importantes de la historia del rock.




El 25 de octubre fue una noche para revivir viejos recuerdos en la Royal Arena de la mano de los legendarios Deep Purple, quienes regresaron a la capital danesa para lo que, muy probablemente, sea su última presentación por estas tierras.
A las 19:00, como banda soporte, tuvimos el lujo de ver a un grupo que parecía haber sido descongelado de los años 70: Jayler. Un conjunto británico que bebe de Led Zeppelin y que no necesariamente busca rendirle tributo, pero transmite la energía de una banda de rock psicodélico de aquella época. Esto también se veía reflejado en su indumentaria, con chalecos y batas abiertas que dejaban el pecho al descubierto, largos rizos y Les Pauls y SGs de antaño. El sonido tuvo a la batería bien al frente, junto a la voz, lo que hacía que la guitarra y el bajo quedaran en segundo plano. Algo que ajustaron cuando empezó a sonar la armónica del cantante, el único ingrediente que le faltaba a la fórmula para convertirse en música de ruta.
Como frutilla del postre, y para alejarnos un poco de Zeppelin, engancharon “The Rink” con “War Pigs”. Fue el momento en el que más se agitó el público, en lo que terminó siendo una noche para estar de pie a tus anchas y sin molestias. Durante 40 minutos, el público de cabello plateado regresó al pasado para revivir aquellos años dorados. Una gran elección tener a Jayler como banda soporte. Si tan solo el público se bancase estar de pie durante tantísimo tiempo, seguramente se llenaría más el campo.
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Por otra parte, Simon McBride se encargó de cubrir el lugar de Steve Morse y Ritchie Blackmore, con un estilo que combina la técnica y el respeto por el material original. Sin buscar imitar a sus predecesores, el guitarrista aportó su propia personalidad. Junto a Roger Glover e Ian Paice, protagonizó una sección de puro fraseo, con ese ida y vuelta de pregunta y respuesta.
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