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Dropkick Murphys en Copenhague: “Por el Pueblo”
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En un contexto mundial donde hay guerras y se reparte odio por todos lados, es importante que haya espacios de unión. Espacios donde la gente esté unida y grite en contra del verdadero enemigo, que es el poder.

El punk siempre fue un género que buscó crear ese ámbito, y que al día de hoy lo sigue haciendo. Así quedó demostrado en el concierto de Dropkick Murphys, en la hermosa sala Vega, de Copenhague.

La banda que abrió el escenario fue An Slua. Grupo de hardcore punk, con una impronta callejera y desprolija. Sus músicos se veían como personas de barrios trabajadores, y no como muñecos disfrazados. Así es como se debe ver el punk.

La presentación fue breve, apenas llegó a la media hora. Pero bastó para dar un show contundente. Con canciones cortas, agresivas y directas. Entre ellas, la banda expresó mensajes de lucha, de amor y en contra del genocidio que está cometiendo Israel en Palestina.

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Tras poco más de 30 minutos de pausa, el himno de Sham 69, “If the Kids Are United”, comenzó a sonar a modo de intro. Finalizada esta, Dropkick Murphys salió a escena a pura energía con “The Lonesome Boatman” y “The Boys Are Back”. Canciones que comenzaron a encender al público, que transformó el piso de Vega en una pista de baile y pogo.

Un detalle muy acertado y destacable es que agregaron unas plataformas que conectaban el escenario con las vallas. Esto permitía que los músicos, pero sobre todo el vocalista Al Barr, se acercaran al público y cantaran codo a codo con él.

El sonido fue correcto. Todos los instrumentos se escucharon bien, pero a la vez mantuvo la desprolijidad necesaria del género. Aunque por momentos me hubiera gustado que sonara más potente.

La ejecución de las canciones estuvo bien, aunque hubo algunas desprolijidades. Como por ejemplo en “No Surrender”, donde la mitad de los músicos comenzó a tocar otra canción y luego se acomodaron.

Es para destacar la cantidad de instrumentos que tienen las canciones, y sobre todo a los músicos Tim Brennan y Jeff DaRosa, quienes tocan una gran variedad de instrumentos.

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Durante el show, más allá de los clásicos instrumentos de rock y las icónicas gaitas, sonaron banjos, acordeones y hasta un piano para “The Green Fields of France”.

Nuevamente, el grupo dedicó dos canciones contra el gobierno de Donald Trump y brindó su apoyo al pueblo danés por el reclamo de Estados Unidos sobre Groenlandia. Estas canciones fueron: “First Class Loser” y “Citizen I.C.E.”.

Ya sobre el final, con el clásico “Rose Tattoo”, la banda pidió que hubiera un pogo solo de mujeres, por lo que todas las chicas del público se unieron para bailar y cantar dicho clásico.

El final llegó a puro festejo y baile con los clásicos “I’m Shipping Up to Boston” y “The Big Man”. Tras ellos, el grupo saludó durante un buen rato y se retiró ovacionado.

Dropkick Murphys dio un espectáculo divertido, pero sobre todo combativo. Donde se demuestra que la música no es solo para pasar el rato, sino también un canal para expresar injusticias y alentar al ciudadano a que no deje que le pisen la cabeza.

 

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El punk siempre fue un género que buscó crear ese ámbito, y que al día de hoy lo sigue haciendo. Así quedó demostrado en el concierto de Dropkick Murphys, en la hermosa sala Vega, de Copenhague.

La banda que abrió el escenario fue An Slua. Grupo de hardcore punk, con una impronta callejera y desprolija. Sus músicos se veían como personas de barrios trabajadores, y no como muñecos disfrazados. Así es como se debe ver el punk.

La presentación fue breve, apenas llegó a la media hora. Pero bastó para dar un show contundente. Con canciones cortas, agresivas y directas. Entre ellas, la banda expresó mensajes de lucha, de amor y en contra del genocidio que está cometiendo Israel en Palestina.

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El sonido fue correcto. Todos los instrumentos se escucharon bien, pero a la vez mantuvo la desprolijidad necesaria del género. Aunque por momentos me hubiera gustado que sonara más potente.

La ejecución de las canciones estuvo bien, aunque hubo algunas desprolijidades. Como por ejemplo en “No Surrender”, donde la mitad de los músicos comenzó a tocar otra canción y luego se acomodaron.

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