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Fortress Festival 2025 – Día 1: Un descenso a las profundidades del abismo
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La costa del Mar del Norte ha sido invadida nuevamente por una oleada implacable de oscuridad y sonido. Fortress Festival regresa a Scarborough en su tercera edición, transformando este balneario histórico en el escenario de un aquelarre moderno, donde riffs infernales y voces guturales sustituyen los susurros del viento. Dos días de Black Metal en su máxima expresión: puro, inmisericorde, avasallante.

La anticipación había sido tan sofocante como la niebla densa que se cierne sobre las ruinas de las murallas normandas. Las entradas se agotaron meses antes, y el eco de la expectación retumbaba en cada calle del pueblo costero. Con bandas como Agalloch, Forteresse, 1349, RUÏM y más de veinte nombres adicionales, Fortress Festival prometía abrir un portal hacia un inframundo donde reinan las sombras.

Al llegar a Scarborough Spa, el aire mismo parecía cargado de una malevolencia latente. El acceso al festival es una bajada interminable de escaleras talladas en la roca del acantilado. Cada paso descendente es una ceremonia de tránsito hacia lo desconocido: una ofrenda de carne y sudor al altar del Black Metal. A cada tramo, el retumbar de bajos y bombos se hace más audible, como un rugido surgido desde las mismísimas entrañas de la tierra.

En la puerta, hordas de devotos, todos de negro, algunos cubiertos con corpse paint y cadenas, otros ataviados con túnicas o insignias tribales, esperan con una mezcla de excitación y nerviosismo. Y, sin embargo, en cada rostro se dibuja una sonrisa: la promesa de la comunión en la oscuridad es demasiado fuerte para ser contenida.

Ritual de apertura: Nemorous

A las once en punto, las puertas se abren como las fauces de una bestia hambrienta. Rápidamente, las multitudes se disgregan en busca de mercancía, comida y bebida, pero la verdadera misa negra comienza casi al mediodía, cuando Nemorous toma el Main Stage. Originarios del Reino Unido, son heraldos de la atmósfera y la devastación. Nick, al frente, se entrega al 100%, su rostro contorsionado por la pasión y la furia. Cada riff es una capa de niebla y ceniza que cubre el público, mientras su álbum debut suena en su totalidad. Una apertura ceremonial, un despertar de la bestia que anida bajo nuestros pies.

Perennial Isolation: Melancolía ibérica

El cambio de escenario es breve. El Ocean Room, más pequeño y asfixiante, se convierte en la guarida de Perennial Isolation, llegados desde España. Tras un contratiempo inicial con la guitarra, el hechizo comienza. Sus notas, que transitan entre la furia y la melancolía, dibujan paisajes desolados en la mente de los asistentes. Cada tema es una espiral descendente, un viaje por el dolor y la redención. El público, atrapado entre la penumbra y las luces parpadeantes, sucumbe al influjo de un black metal que se siente como un puñal al corazón.

Aquilus: La serenidad del abismo

De vuelta al escenario principal, Aquilus ofrece un remanso de aparente calma, un susurro en la tormenta. Con violines y guitarras acústicas entrelazadas en su black metal etéreo, sus composiciones se despliegan como un libro de mitos antiguos. Pero no hay paz verdadera aquí: cada nota esconde el aliento helado de la muerte, y cada pausa en sus melodías es el anuncio de un nuevo martirio. Escuchar a Aquilus es como recorrer un bosque encantado donde cada sombra puede devorarte.

Devastator: La furia desatada

De nuevo en el Ocean Room, el espacio se llena de humo y adrenalina. Devastator irrumpe con su mezcla de thrash y black metal, desatando un vendaval de riffs que convierte el suelo en un campo de batalla. El primer circle pit de la jornada estalla apenas suenan los primeros acordes, y desde ahí todo es caos y sudor. La violencia musical es total, y el público responde con la misma fiereza.

Spirit Possession: Dos sombras en la noche

El Main Stage se oscurece casi por completo para dar paso a Spirit Possession. Dos focos rojos, uno en cada extremo del escenario, iluminan apenas a S. Peacock y A. Sprungin. Solo dos músicos, pero su sonido es una muralla impenetrable, una evocación del black metal más ortodoxo y ritual. Cada riff es un látigo, cada golpe de batería un recordatorio de lo efímero de la carne. Sus sintetizadores, fabricados artesanalmente, agregan un matiz de locura a su performance. Es un descenso aún más profundo en el abismo.

Suldusk: La calma ritual

De nuevo, la calma relativa regresa con Suldusk. Su black metal atmosférico, cargado de voces limpias y guturales, lleva al público por pasajes de introspección y desgarro. Emily se mueve como una sacerdotisa, sus manos dibujando símbolos en el aire mientras invoca cada verso. Es un ritual de contrastes: fragilidad y fuerza, serenidad y furia, muerte y renacimiento.

The Great Old Ones: El llamado de las profundidades

Si alguna banda estaba destinada a despertar a Cthulhu en esta costa, esa era The Great Old Ones. Sus túnicas y medallones con simbología lovecraftiana, el despliegue lumínico y la presencia ominosa de Benjamin Guerry con su guitarra cubierta de tentáculos transforman el Main Stage en un altar para los dioses antiguos. Cada nota parece un canto litúrgico que resuena en las aguas del Mar del Norte. El público observa absorto, casi esperando que algo emerja de las profundidades y arrastre todo consigo.

TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Fortress Festival 2025 – Día 2: “El último ritual del abismo”

Selbst: El fuego de América del Sur

En el Ocean Room, el continente americano hace su entrada triunfal con Selbst, un proyecto binacional entre Venezuela y Chile. Su música, tan intensa como oscura, oscila entre lo frenético y lo etéreo. Sus pasajes atmosféricos son como un aliento de la selva más profunda, y sus ataques de black metal puro son descargas de relámpagos. Ver a Selbst en Fortress Festival es una reivindicación de la escena latinoamericana, un recordatorio de que el fuego arde en todos los rincones del mundo.

RUÏM: El retorno del hereje

Una banda con una muy corta trayectoria como conjunto, pero en donde cada miembro de manera individual ha sido parte de la escena del black metal desde hace varios años, RUÏM se apodera del main stage. Liderados por Rune Eriksen, alias Blasphemer (Mayhem, Aura Noir y Vltimas), se presentan por primera vez en el Reino Unido y de qué mejor manera hacerlo que en el Fortress Festival. Tocando su álbum debut completo, Black Royal Spiritism – I – O Sino da Igreja, ofrecen un black metal tradicional de culto, aunque se desmarcan temáticamente del satanismo habitual, optando por letras inspiradas en la Umbanda y la Linha da Esquerda, tradiciones espirituales brasileñas que han marcado a Blasphemer por más de una década. La banda demuestra una precisión quirúrgica en directo, ejecutando cada nota con una fuerza demoledora, y se completa con una estética sombría que recuerda a la Inquisición ibérica. El momento álgido llega cuando interpretan “I Am Thy Labyrinth” de Mayhem, con Ravn de 1349 acompañando en las voces, un gesto que desata una comunión entre pasado y presente que deja al público boquiabierto.

Akhlys: La pesadilla toma forma

Akhlys se encarga de cerrar la noche en el Ocean Room, representando la faceta más onírica y terrorífica del black metal. Esta banda estadounidense, que en sus 15 años de historia ha sabido labrarse un nombre importante, logra materializar las pesadillas y terrores nocturnos a través de la música. Con letras que evocan la parálisis del sueño y estados alterados de consciencia, Naas Alcameth y compañía logran recrear un viaje sonoro que hiela la sangre. Sus riffs y blastbeats incrementan la tensión de cada instante, sumando capas de pesadilla a la atmósfera. Las máscaras de diablillos que usan en escena acentúan la sensación de ritual demoníaco, convirtiendo cada tema en un descenso a los abismos de la mente. El público se ve atrapado en una espiral de emociones y visiones que parece no tener fin, una experiencia que solo una banda como Akhlys puede ofrecer.

1349: La tormenta final

Y finalmente, como un último golpe de fuego y oscuridad, 1349 corona la noche con una presentación incendiaria en el main stage. Seidemann y Archaon aparecen portando antorchas y, situándose cada uno en un extremo del escenario, escupen líquido combustible que enciende llamas desafiantes, envolviendo al público en una atmósfera de puro caos. Con Ravn en el centro, dominando con su carisma inquebrantable, y Frost tras la batería, el ataque sónico es demoledor. Con casi tres décadas de trayectoria, y tras superar algunos momentos difíciles, demuestran que siguen siendo una fuerza imparable. A pesar de un pequeño problema técnico con la batería, la banda muestra una cohesión y energía que deslumbran. Su set podría haber durado hasta el amanecer y nadie habría querido que se detuviera. Esta noche, 1349 ha dejado en claro que su reinado en el black metal está lejos de extinguirse.

El final de la primera noche

Al salir de la penumbra del Spa y volver a enfrentar la brisa fría del Mar del Norte, la mente todavía vibra con las notas finales de 1349. El aire salado y el murmullo del agua chocan con el retumbar de la música en la memoria. Fortress Festival 2025 no es solo un festival, es un descenso voluntario al abismo, un sacrificio personal a los dioses del metal extremo.

Mañana aguarda otro día de oscuridad. Por ahora, me dejo llevar por el viento, sabiendo que apenas hemos rozado la superficie de esta liturgia sonora. La noche sigue joven. Y el abismo nos espera.

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Fortress Festival 2025 – Día 1: Un descenso a las profundidades del abismo
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La anticipación había sido tan sofocante como la niebla densa que se cierne sobre las ruinas de las murallas normandas. Las entradas se agotaron meses antes, y el eco de la expectación retumbaba en cada calle del pueblo costero. Con bandas como Agalloch, Forteresse, 1349, RUÏM y más de veinte nombres adicionales, Fortress Festival prometía abrir un portal hacia un inframundo donde reinan las sombras.

Al llegar a Scarborough Spa, el aire mismo parecía cargado de una malevolencia latente. El acceso al festival es una bajada interminable de escaleras talladas en la roca del acantilado. Cada paso descendente es una ceremonia de tránsito hacia lo desconocido: una ofrenda de carne y sudor al altar del Black Metal. A cada tramo, el retumbar de bajos y bombos se hace más audible, como un rugido surgido desde las mismísimas entrañas de la tierra.

En la puerta, hordas de devotos, todos de negro, algunos cubiertos con corpse paint y cadenas, otros ataviados con túnicas o insignias tribales, esperan con una mezcla de excitación y nerviosismo. Y, sin embargo, en cada rostro se dibuja una sonrisa: la promesa de la comunión en la oscuridad es demasiado fuerte para ser contenida.

Ritual de apertura: Nemorous

A las once en punto, las puertas se abren como las fauces de una bestia hambrienta. Rápidamente, las multitudes se disgregan en busca de mercancía, comida y bebida, pero la verdadera misa negra comienza casi al mediodía, cuando Nemorous toma el Main Stage. Originarios del Reino Unido, son heraldos de la atmósfera y la devastación. Nick, al frente, se entrega al 100%, su rostro contorsionado por la pasión y la furia. Cada riff es una capa de niebla y ceniza que cubre el público, mientras su álbum debut suena en su totalidad. Una apertura ceremonial, un despertar de la bestia que anida bajo nuestros pies.

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El cambio de escenario es breve. El Ocean Room, más pequeño y asfixiante, se convierte en la guarida de Perennial Isolation, llegados desde España. Tras un contratiempo inicial con la guitarra, el hechizo comienza. Sus notas, que transitan entre la furia y la melancolía, dibujan paisajes desolados en la mente de los asistentes. Cada tema es una espiral descendente, un viaje por el dolor y la redención. El público, atrapado entre la penumbra y las luces parpadeantes, sucumbe al influjo de un black metal que se siente como un puñal al corazón.

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De vuelta al escenario principal, Aquilus ofrece un remanso de aparente calma, un susurro en la tormenta. Con violines y guitarras acústicas entrelazadas en su black metal etéreo, sus composiciones se despliegan como un libro de mitos antiguos. Pero no hay paz verdadera aquí: cada nota esconde el aliento helado de la muerte, y cada pausa en sus melodías es el anuncio de un nuevo martirio. Escuchar a Aquilus es como recorrer un bosque encantado donde cada sombra puede devorarte.

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De nuevo en el Ocean Room, el espacio se llena de humo y adrenalina. Devastator irrumpe con su mezcla de thrash y black metal, desatando un vendaval de riffs que convierte el suelo en un campo de batalla. El primer circle pit de la jornada estalla apenas suenan los primeros acordes, y desde ahí todo es caos y sudor. La violencia musical es total, y el público responde con la misma fiereza.

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El Main Stage se oscurece casi por completo para dar paso a Spirit Possession. Dos focos rojos, uno en cada extremo del escenario, iluminan apenas a S. Peacock y A. Sprungin. Solo dos músicos, pero su sonido es una muralla impenetrable, una evocación del black metal más ortodoxo y ritual. Cada riff es un látigo, cada golpe de batería un recordatorio de lo efímero de la carne. Sus sintetizadores, fabricados artesanalmente, agregan un matiz de locura a su performance. Es un descenso aún más profundo en el abismo.

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De nuevo, la calma relativa regresa con Suldusk. Su black metal atmosférico, cargado de voces limpias y guturales, lleva al público por pasajes de introspección y desgarro. Emily se mueve como una sacerdotisa, sus manos dibujando símbolos en el aire mientras invoca cada verso. Es un ritual de contrastes: fragilidad y fuerza, serenidad y furia, muerte y renacimiento.

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Si alguna banda estaba destinada a despertar a Cthulhu en esta costa, esa era The Great Old Ones. Sus túnicas y medallones con simbología lovecraftiana, el despliegue lumínico y la presencia ominosa de Benjamin Guerry con su guitarra cubierta de tentáculos transforman el Main Stage en un altar para los dioses antiguos. Cada nota parece un canto litúrgico que resuena en las aguas del Mar del Norte. El público observa absorto, casi esperando que algo emerja de las profundidades y arrastre todo consigo.

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Una banda con una muy corta trayectoria como conjunto, pero en donde cada miembro de manera individual ha sido parte de la escena del black metal desde hace varios años, RUÏM se apodera del main stage. Liderados por Rune Eriksen, alias Blasphemer (Mayhem, Aura Noir y Vltimas), se presentan por primera vez en el Reino Unido y de qué mejor manera hacerlo que en el Fortress Festival. Tocando su álbum debut completo, Black Royal Spiritism – I – O Sino da Igreja, ofrecen un black metal tradicional de culto, aunque se desmarcan temáticamente del satanismo habitual, optando por letras inspiradas en la Umbanda y la Linha da Esquerda, tradiciones espirituales brasileñas que han marcado a Blasphemer por más de una década. La banda demuestra una precisión quirúrgica en directo, ejecutando cada nota con una fuerza demoledora, y se completa con una estética sombría que recuerda a la Inquisición ibérica. El momento álgido llega cuando interpretan “I Am Thy Labyrinth” de Mayhem, con Ravn de 1349 acompañando en las voces, un gesto que desata una comunión entre pasado y presente que deja al público boquiabierto.

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Akhlys se encarga de cerrar la noche en el Ocean Room, representando la faceta más onírica y terrorífica del black metal. Esta banda estadounidense, que en sus 15 años de historia ha sabido labrarse un nombre importante, logra materializar las pesadillas y terrores nocturnos a través de la música. Con letras que evocan la parálisis del sueño y estados alterados de consciencia, Naas Alcameth y compañía logran recrear un viaje sonoro que hiela la sangre. Sus riffs y blastbeats incrementan la tensión de cada instante, sumando capas de pesadilla a la atmósfera. Las máscaras de diablillos que usan en escena acentúan la sensación de ritual demoníaco, convirtiendo cada tema en un descenso a los abismos de la mente. El público se ve atrapado en una espiral de emociones y visiones que parece no tener fin, una experiencia que solo una banda como Akhlys puede ofrecer.

1349: La tormenta final

Y finalmente, como un último golpe de fuego y oscuridad, 1349 corona la noche con una presentación incendiaria en el main stage. Seidemann y Archaon aparecen portando antorchas y, situándose cada uno en un extremo del escenario, escupen líquido combustible que enciende llamas desafiantes, envolviendo al público en una atmósfera de puro caos. Con Ravn en el centro, dominando con su carisma inquebrantable, y Frost tras la batería, el ataque sónico es demoledor. Con casi tres décadas de trayectoria, y tras superar algunos momentos difíciles, demuestran que siguen siendo una fuerza imparable. A pesar de un pequeño problema técnico con la batería, la banda muestra una cohesión y energía que deslumbran. Su set podría haber durado hasta el amanecer y nadie habría querido que se detuviera. Esta noche, 1349 ha dejado en claro que su reinado en el black metal está lejos de extinguirse.

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