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Hammerfall en Barcelona: “Bajo la lluvia y el martillo”
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Aún con la lluvia empapando las calles de Barcelona y el murmullo expectante llenando el Razzmatazz, Tailgunner apareció como el primer relámpago de la noche. No venían a pasar desapercibidos ni a cumplir el trámite del telonero: venían a abrir una brecha. Desde el primer acorde quedó claro que su heavy metal no entiende de medias tintas, sino de impacto directo.

El arranque con “Midnight Blitz” fue como un motor encendiéndose a máxima potencia. Sentí cómo la sala empezaba a transformarse, cómo los cuerpos aún fríos por la lluvia exterior comenzaban a calentarse a base de riffs afilados y un ritmo constante. Craig Cairns, al frente, cantaba con convicción, con una voz firme que no busca adornos, sino transmitir urgencia y verdad.

Las guitarras construían un muro de sonido sólido y agresivo. La sustitución temporal de Rhea Thompson por Jara Solís no se percibió como una carencia, sino como una adaptación natural: Jara se movía con seguridad, aportando fuerza y precisión, encajando sin fisuras en el engranaje junto a Zach Salvini, que descargaba solos con carácter clásico y pulso moderno. Todo estaba bien medido, bien ejecutado, sin perder crudeza.

Con “White Death” y “Shadows of War”, la banda terminó de conquistar a un público que ya empezaba a responder con cabezas agitándose y puños en alto. El bajo de Thomas “Bones” Hewson retumbaba como una columna vertebral inquebrantable, mientras Eddie Mariotti sostenía el conjunto desde la batería con una pegada constante, sin excesos, pero sin concesiones.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Hammerfall en Buenos Aires: “La actitud por sobre todas las cosas”

El momento más atmosférico llegó con “Tears in Rain”, donde la intensidad se volvió más emocional sin perder peso. Fue un breve respiro dentro de la ofensiva, un instante para tomar aire antes de volver a cargar. Esa capacidad para alternar dureza y épica mostró a una banda que no solo dispara, sino que también sabe cuándo apuntar.

La recta final, con “Barren Lands & Seas of Red”, devolvió la contundencia al primer plano y dejó claro que Tailgunner mira al futuro con ambición. Su próximo disco, Midnight Blitz, producido por K. K. Downing, se intuía ya en cada nota: heavy metal clásico en espíritu, pero ejecutado con hambre y plenamente anclado en el presente.

El falso adiós dio paso a un encore inevitable. “Eulogy” sonó casi como un juramento compartido entre banda y público, y “Guns for Hire” cerró el set con la sensación de que el trabajo estaba hecho. No solo habían calentado la sala: la habían preparado para la guerra.

Cuando abandonaron el escenario, el Razzmatazz ya no era el mismo. Tailgunner había dejado el terreno ardiendo, listo para que HammerFall descargara su cruzada. Y tuve claro que aquella noche no empezó con los suecos, sino con el rugido firme y honesto de una banda que entiende el heavy metal como se debe: sin excusas y de frente.

El Freedom World Crusade Tour 2026 hacía su primera parada en España, y los suecos de HammerFall no iban a defraudarnos. Su álbum Avenge the Fallen había llegado y, con él, una nueva etapa de conquistas y victorias. Bajo el mando de Oscar Dronjak y Joacim Cans, la banda había regresado al campo de batalla con una energía de esas que marcan épocas. No era solo un concierto: era una cruzada.

La intro de Avenge the Fallen llenó el aire con la electricidad que precede a las tormentas, y el martillo de Oscar Dronjak en forma de guitarra resonó como un trueno que cortaba la atmósfera. El público sabía lo que se venía. Y como si el cielo quisiera rendirse ante semejante imparable, la lluvia arreciaba fuera. Pero el martillo había caído: la guerra del metal había comenzado.

Joacim Cans irrumpió en el escenario con esa vitalidad que pocos vocalistas logran conservar con los años. Cada palabra suya resonaba como una orden, como una invitación a la batalla. «¡Bienvenidos a la cruzada!», declaró, y la sala explotó. El riff galopante de “Heeding the Call” nos lanzó a todos al abismo de la locura. La batería de David Wallin latía como un corazón impío, golpeando con furia, y las primeras olas de energía recorrieron el Razzmatazz entre puños alzados.

La fiesta de los himnos estaba en su punto álgido. “Any Means Necessary” sonó como una declaración de principios, un canto de unidad metalera. Como una marea humana, los fans, divididos por el propio Joacim, coreaban el estribillo con tal fuerza que el techo parecía a punto de estallar. En ese instante, público y banda compartían una única alma: el poder del metal hecho carne.

Un instante después, “Hammer of Dawn” iluminó la sala. En esa tormenta eléctrica, Pontus Norgren deslizó los dedos por la guitarra como si el propio destino le dictara los acordes. Su solo, técnico y emotivo, parecía cruzar el tiempo y demostrar que el metal, cuando se ejecuta con maestría, puede volar más allá de la gravedad.

La noche, aunque cargada de furia, también dejó espacio para la nostalgia. “Renegade” irrumpió como un eco lejano de los años noventa, recordándonos que los martillos existían mucho antes de las nuevas victorias. Allí, en medio del rugido, Oscar Dronjak bromeó sobre los inicios de la banda, lanzando un guiño cómplice a un pasado glorioso.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Hammerfall – Avenge The Fallen (2024)

“Chapter V: The Medley” fue el momento en el que pasado y presente se fundieron en un solo golpe, una tormenta sin pausa que repasó las leyendas de “Threshold” y “Crimson Thunder”. Un tributo a los templos del metal que HammerFall ayudó a edificar y que, por unos minutos, pareció cobrar vida propia.

Luego llegó la power ballad “Glory to the Brave”, y el ambiente se transformó por completo. Las luces se apagaron y la emoción se volvió palpable. Joacim, con una claridad vocal que erizaba la piel, nos condujo por una ceremonia solemne en la que los móviles brillaban como pequeñas antorchas. Era como si la canción convocará a los héroes que ya no están, a quienes forjaron este reino de acero.

El final se acercaba, y aunque la tormenta seguía rugiendo en el exterior, el calor dentro de la sala se multiplicaba. En la recta final, “(We Make) Sweden Rock” fue el homenaje a las raíces, un himno coreado como un juramento colectivo. La retirada momentánea solo anunciaba más martillos, más victorias.

El regreso para el encore fue un golpe de fuego. “Hail to the King” sonó con una grandiosidad épica, transformando el recinto en una fortaleza, y “Hearts on Fire”, la llama eterna del metal, cerró la noche. Joacim dejó que el público cantara casi todo el primer estribillo y, cuando la última nota se extinguió, el martillo de Oscar quedó alzado como símbolo de otra victoria.

La cruzada había terminado, pero el eco seguía resonando en las calles de Barcelona. La lluvia había cesado, y el metal, con su furia, su fuego y su verdad, había conquistado una noche más.

 

 

 

 

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Aún con la lluvia empapando las calles de Barcelona y el murmullo expectante llenando el Razzmatazz, Tailgunner apareció como el primer relámpago de la noche. No venían a pasar desapercibidos ni a cumplir el trámite del telonero: venían a abrir una brecha. Desde el primer acorde quedó claro que su heavy metal no entiende de medias tintas, sino de impacto directo.

El arranque con “Midnight Blitz” fue como un motor encendiéndose a máxima potencia. Sentí cómo la sala empezaba a transformarse, cómo los cuerpos aún fríos por la lluvia exterior comenzaban a calentarse a base de riffs afilados y un ritmo constante. Craig Cairns, al frente, cantaba con convicción, con una voz firme que no busca adornos, sino transmitir urgencia y verdad.

Las guitarras construían un muro de sonido sólido y agresivo. La sustitución temporal de Rhea Thompson por Jara Solís no se percibió como una carencia, sino como una adaptación natural: Jara se movía con seguridad, aportando fuerza y precisión, encajando sin fisuras en el engranaje junto a Zach Salvini, que descargaba solos con carácter clásico y pulso moderno. Todo estaba bien medido, bien ejecutado, sin perder crudeza.

Con “White Death” y “Shadows of War”, la banda terminó de conquistar a un público que ya empezaba a responder con cabezas agitándose y puños en alto. El bajo de Thomas “Bones” Hewson retumbaba como una columna vertebral inquebrantable, mientras Eddie Mariotti sostenía el conjunto desde la batería con una pegada constante, sin excesos, pero sin concesiones.

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El Freedom World Crusade Tour 2026 hacía su primera parada en España, y los suecos de HammerFall no iban a defraudarnos. Su álbum Avenge the Fallen había llegado y, con él, una nueva etapa de conquistas y victorias. Bajo el mando de Oscar Dronjak y Joacim Cans, la banda había regresado al campo de batalla con una energía de esas que marcan épocas. No era solo un concierto: era una cruzada.

La intro de Avenge the Fallen llenó el aire con la electricidad que precede a las tormentas, y el martillo de Oscar Dronjak en forma de guitarra resonó como un trueno que cortaba la atmósfera. El público sabía lo que se venía. Y como si el cielo quisiera rendirse ante semejante imparable, la lluvia arreciaba fuera. Pero el martillo había caído: la guerra del metal había comenzado.

Joacim Cans irrumpió en el escenario con esa vitalidad que pocos vocalistas logran conservar con los años. Cada palabra suya resonaba como una orden, como una invitación a la batalla. «¡Bienvenidos a la cruzada!», declaró, y la sala explotó. El riff galopante de “Heeding the Call” nos lanzó a todos al abismo de la locura. La batería de David Wallin latía como un corazón impío, golpeando con furia, y las primeras olas de energía recorrieron el Razzmatazz entre puños alzados.

La fiesta de los himnos estaba en su punto álgido. “Any Means Necessary” sonó como una declaración de principios, un canto de unidad metalera. Como una marea humana, los fans, divididos por el propio Joacim, coreaban el estribillo con tal fuerza que el techo parecía a punto de estallar. En ese instante, público y banda compartían una única alma: el poder del metal hecho carne.

Un instante después, “Hammer of Dawn” iluminó la sala. En esa tormenta eléctrica, Pontus Norgren deslizó los dedos por la guitarra como si el propio destino le dictara los acordes. Su solo, técnico y emotivo, parecía cruzar el tiempo y demostrar que el metal, cuando se ejecuta con maestría, puede volar más allá de la gravedad.

La noche, aunque cargada de furia, también dejó espacio para la nostalgia. “Renegade” irrumpió como un eco lejano de los años noventa, recordándonos que los martillos existían mucho antes de las nuevas victorias. Allí, en medio del rugido, Oscar Dronjak bromeó sobre los inicios de la banda, lanzando un guiño cómplice a un pasado glorioso.

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