

Regresar al Metalkas Fest tiene un sabor especial, me encanta el barrio, su ambiente, su gente, ese carácter reivindicativo y social. Esa resiliencia. Tras haber asistido a la edición del año pasado, constatar que este punto de encuentro para el metal underground mantiene intactos su espíritu, su independencia y su pasión por la escena nacional es la mejor de las noticias. Solo podemos desear que esta cita continúe celebrándose durante años con la misma filosofía. Aunque el festival se desplegó a lo largo de tres jornadas vibrantes, nuestra cobertura se centró en el segundo día de conciertos, celebrado el pasado 29 de agosto de 2026. Una jornada de infarto marcada por la contundencia de cuatro bandas patrias: Napalm Healer, Propicios Días, Prypiat Metal y Stainless Madness.
La tarde echó a andar con la actuación de Napalm Healer, un encendido power trío centrado en las raíces más puras del heavy metal clásico de los años ochenta con marcados ramalazos de speed y thrash metal primigenio. La propuesta musical de la formación se sostiene sobre una sección rítmica que camina a piñón fijo mediante el clásico compás de double bass en la batería, unido a riffs de guitarra basados en el palm muting contundente y progresiones en tonalidades menores que remiten inevitablemente a la New Wave of British Heavy Metal.
El trío ofreció un sonido equilibrado y muy bien definido, siendo los encargados de arrancar los primeros bailes y movimientos de cabeza entre los madrugadores. Su directo, caracterizado por la ejecución limpia de sus pasajes solistas y una voz solista de registro rasgado. En lo que respecta al apartado visual y técnico, las luces del escenario pecaron de ser excesivamente oscuras para el trabajo de fotografía, manteniéndose en un perfil sobrio y discreto que sirvió únicamente para dar ambiente. Sin embargo, su actuación fue tan dinámica que el tiempo de su repertorio se pasó volando, convenciendo a los presentes y granjeándose, sin duda, una buena remesa de nuevos seguidores.
Tomando el relevo en formato de power trío, Propicios Días cambió radicalmente el tercio estilístico para ofrecer una descarga de rock sucio, ruidoso y saturado. Su propuesta musical halla su hábitat entre el punk rock de garaje, el grunge noventero y el stoner más árido, haciendo un uso prominente de pedales de fuzz y overdrive que generan una muralla de distorsión áspera y un volumen desmedido.
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La verdadera singularidad de Propicios Días reside en el concepto de sus canciones y en su lírica. Con títulos de temas sumamente originales (bichear un poco, seguro que os hacen gracia) y letras aún más trabajadas (lo mismo, darles una escucha, no os dejarán indiferentes), la banda aborda pasajes costumbristas de la vida cotidiana impregnados de una altísima dosis de “mala leche”, ironía y sarcasmo. Sus composiciones funcionan como un auténtico desahogo de las frustraciones e ideas de la formación, escupiendo cada verso con rabia y ganas. Con un mensaje directo y una comunicación constante repleta de humor incisivo, el grupo conectó de inmediato con el respetable, convirtiendo su concierto en un bolo desenfadado y muy festejado.
Subiendo varios peldaños la intensidad de la noche, Prypiat Metal irrumpió sobre las tablas para ofrecer un espectáculo que conquistó a la sala desde el primer acorde. Estilísticamente, el grupo practica un thrash metal y groove metal acelerado con una pegada rítmica y una contundencia vocal que recordaba en la rotundidad de sus estructuras a los míticos Soziedad Alkoholika. El trabajo de guitarras se apoya en afinaciones bajadas y acentos sincopados, logrando una pared sonora pesada e implacable.
La banda demostró unas tablas sobresalientes y una entrega absoluta, destacando de forma notable en el plano visual. Ataviados con máscaras, un pie de micrófono personalizado de estética industrial y una colección de poses y gestos de lo más agresivos, su presencia sobre el escenario fue pura actitud metalera. El ambiente en la pista fue eléctrico, empujado por un nutrido sector del público ataviado con camisetas de la formación que celebró cada composición. Los pogos se sucedieron en una sala completamente entregada. La comunión fue tal que el grupo ofreció varios encores en un repertorio que se pasó volando.
El broche de oro a la jornada lo puso Stainless Madness, un joven cuarteto que practica un death metal híbrido con thrash metal saturado de personalidad y madurez compositiva. La propuesta técnica de la agrupación destaca por la velocidad de sus blast beats, los cambios de compás asimétricos y un duelo constante de guitarras donde se alternan riffs vertiginosos con armónicos artificiales y solos de alta precisión ejecutiva.
A pesar de su corta edad, los cuatro músicos demostraron ser valientes, enormemente técnicos y poseer un deseo insaciable de dejarse la piel en cada pasaje. Habiendo tenido la oportunidad de verlos en directo en tres ocasiones anteriores, es evidente que cada una de sus presentaciones supera a la precedente, demostrando un desarrollo escénico que no parece tener techo. Se cumple casi un año desde el lanzamiento de su álbum de debut, un trabajo cuya frescura se mantiene intacta como si hubiese sido publicado ayer. El público del Metalkas Fest se rindió por completo ante su propuesta, comprando cada tema, coreando las letras y convirtiendo la recta final de la noche en un auténtico clamor. Un cierre espectacular para una jornada inolvidable de metal hecho en casa.


Regresar al Metalkas Fest tiene un sabor especial, me encanta el barrio, su ambiente, su gente, ese carácter reivindicativo y social. Esa resiliencia. Tras haber asistido a la edición del año pasado, constatar que este punto de encuentro para el metal underground mantiene intactos su espíritu, su independencia y su pasión por la escena nacional es la mejor de las noticias. Solo podemos desear que esta cita continúe celebrándose durante años con la misma filosofía. Aunque el festival se desplegó a lo largo de tres jornadas vibrantes, nuestra cobertura se centró en el segundo día de conciertos, celebrado el pasado 29 de agosto de 2026. Una jornada de infarto marcada por la contundencia de cuatro bandas patrias: Napalm Healer, Propicios Días, Prypiat Metal y Stainless Madness.
La tarde echó a andar con la actuación de Napalm Healer, un encendido power trío centrado en las raíces más puras del heavy metal clásico de los años ochenta con marcados ramalazos de speed y thrash metal primigenio. La propuesta musical de la formación se sostiene sobre una sección rítmica que camina a piñón fijo mediante el clásico compás de double bass en la batería, unido a riffs de guitarra basados en el palm muting contundente y progresiones en tonalidades menores que remiten inevitablemente a la New Wave of British Heavy Metal.
El trío ofreció un sonido equilibrado y muy bien definido, siendo los encargados de arrancar los primeros bailes y movimientos de cabeza entre los madrugadores. Su directo, caracterizado por la ejecución limpia de sus pasajes solistas y una voz solista de registro rasgado. En lo que respecta al apartado visual y técnico, las luces del escenario pecaron de ser excesivamente oscuras para el trabajo de fotografía, manteniéndose en un perfil sobrio y discreto que sirvió únicamente para dar ambiente. Sin embargo, su actuación fue tan dinámica que el tiempo de su repertorio se pasó volando, convenciendo a los presentes y granjeándose, sin duda, una buena remesa de nuevos seguidores.
Tomando el relevo en formato de power trío, Propicios Días cambió radicalmente el tercio estilístico para ofrecer una descarga de rock sucio, ruidoso y saturado. Su propuesta musical halla su hábitat entre el punk rock de garaje, el grunge noventero y el stoner más árido, haciendo un uso prominente de pedales de fuzz y overdrive que generan una muralla de distorsión áspera y un volumen desmedido.
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Subiendo varios peldaños la intensidad de la noche, Prypiat Metal irrumpió sobre las tablas para ofrecer un espectáculo que conquistó a la sala desde el primer acorde. Estilísticamente, el grupo practica un thrash metal y groove metal acelerado con una pegada rítmica y una contundencia vocal que recordaba en la rotundidad de sus estructuras a los míticos Soziedad Alkoholika. El trabajo de guitarras se apoya en afinaciones bajadas y acentos sincopados, logrando una pared sonora pesada e implacable.
La banda demostró unas tablas sobresalientes y una entrega absoluta, destacando de forma notable en el plano visual. Ataviados con máscaras, un pie de micrófono personalizado de estética industrial y una colección de poses y gestos de lo más agresivos, su presencia sobre el escenario fue pura actitud metalera. El ambiente en la pista fue eléctrico, empujado por un nutrido sector del público ataviado con camisetas de la formación que celebró cada composición. Los pogos se sucedieron en una sala completamente entregada. La comunión fue tal que el grupo ofreció varios encores en un repertorio que se pasó volando.
El broche de oro a la jornada lo puso Stainless Madness, un joven cuarteto que practica un death metal híbrido con thrash metal saturado de personalidad y madurez compositiva. La propuesta técnica de la agrupación destaca por la velocidad de sus blast beats, los cambios de compás asimétricos y un duelo constante de guitarras donde se alternan riffs vertiginosos con armónicos artificiales y solos de alta precisión ejecutiva.
A pesar de su corta edad, los cuatro músicos demostraron ser valientes, enormemente técnicos y poseer un deseo insaciable de dejarse la piel en cada pasaje. Habiendo tenido la oportunidad de verlos en directo en tres ocasiones anteriores, es evidente que cada una de sus presentaciones supera a la precedente, demostrando un desarrollo escénico que no parece tener techo. Se cumple casi un año desde el lanzamiento de su álbum de debut, un trabajo cuya frescura se mantiene intacta como si hubiese sido publicado ayer. El público del Metalkas Fest se rindió por completo ante su propuesta, comprando cada tema, coreando las letras y convirtiendo la recta final de la noche en un auténtico clamor. Un cierre espectacular para una jornada inolvidable de metal hecho en casa.























