


El viernes comenzó algo triste con la noticia de cancelación de Dead Meadow. Tenía muchas ganas de ver a los de Washington pero anunciaban ese mismo día la cancelación de lo que restaba de tour por enfermedad. Como siempre que ocurren estas cosas, hay bandas dispuestas a regresar una segunda vez al escenario, y sobre todo si han viajado desde Australia. Volvía a ser turno para Clamm, que dieron otro recital de punk a una hora a la que costaba más ser público que artista. Tras su concierto, había mucha expectación por lo que venía.
Desde Canadá, y nacida en la década de los ochenta, iba a subirse a las tablas una de las bandas más thrashcendentes de su quinta y de su estilo. Voivod no dejaron a nadie indiferente, mucho más vivos de lo que se les esperaba y a golpe de sol en la cara, completaron un concierto muy decente si soy justo y algo de relleno si soy egoísta. La propuesta thrash me engancha más cuando roza el punk y el monopatín que cuando se esconde tras largas melenas. Pero habíamos venido a divertirnos y se disfrutó igualmente el slot, con la mirada puesta en el siguiente grupo. Volviendo a llenar un SonicBlast de halagos, Conan hicieron su parte. Llegaron, lo dieron y se fueron. Un ejemplo de sonido perfecto, mejor incluso que la última vez en Âncora, y con la gente aún algo fría, recién llegada y sin saber qué les estaba pisando la cabeza. En el momento me pareció que se habían disfrazado de High on Fire y tuve cierta sensación de aperitivo para el sábado. El concierto fue una auténtica apisonadora y tras su concierto solo pude escuchar y de forma consensuada que había sido lo mejor del día, al menos de momento, y con el permiso de mucha gente que faltaba por subirse a la palestra.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: SonicBlast 2026 – Día 1: “El reencuentro que marca el final del verano”
El momento fiesta del día, vino de la mano de The Casualties. Me lo pasé increíble y fue como un viaje al pasado. Y es que la última vez que les había visto fue en 2007 en Gijón. Quizás hable la nostalgia, pero me encantó disfrutarlos de nuevo y sentir que no han cambiado nada. Mismos hits acelerados, coreables, combativos y directos. Tachuelas y crestas dominaron el recinto durante una hora en la que todo el mundo cantó cada riff de guitarra como si fuera suyo. No faltó el himno We are all we have, donde ya di por confirmada mi vejez. A la que le quedaba un último ataque por recibir e iba a tener lugar justo después de que los Casualties terminasen.
Kylesa se subía al escenario para ultimar detalles y probar sonido para recordarme todo el tiempo que había pasado desde la última vez. Esta vez en un formato más compacto, con menos artefacto y sabiendo solucionar muy bien esta merma si los comparamos con su pasada formación. Cualquier vuelta iba a ser buena con tal de poder ver a Laura gritarnos en la cara de nuevo. Empezar con Tired Climb fue un golpe bajísimo del que no me pude recuperar en todo el concierto. Qué manera tan apabullante de llegar al corazón con uno de los mejores riffs de su carrera. La banda de Georgia hizo un set sin descansos y hablando lo justo para que su vuelta sea aún más misteriosa. Pasaron por Cheating Synergy, Said and done, Unspoken y terminaron con Scapegoat y Running Red, sus dos joyas más preciadas. A pesar de lo completo del set, no pude evitar quedarme con ganas de más, pero había que coger un barco y ponerse el gorrito de marinero.
Desde Noruega, y sin tener que demostrar nada, Turbonegro se colgó la medalla de oro del día. Hasta quienes no estaban por la labor, con escepticismo incluso, bailaron y cantaron todos sus hits. Porque, sinceramente, es imposible no pasárselo bien con esta gente. ¿Quién no ha gritado “prince of the rodeo” alguna vez? ¿Quién no ha repetido “and I like it” aceptando su cuerpo y su sudor abrazando la fricción? De verdad, ojalá tocasen todos los años y no se acabasen nunca. Me los he puesto de fondo mientras escribía este humilde relato y me sale una sonrisa de adolescente descubriendo el eyeliner y los solos de guitarra a una mano. Y es que Turbonegro siempre ha sido una banda más allá del All my Friends are dead. Son mensaje, son actitud y son transgresión desde hace muchos años. Necesarios en este y en muchos festivales.
Tras los noruegos, cabalgando riffs, una de las bandas más asiduas del festival pese a tener su domicilio en L.A., California, Deathchant, como los cuatro jinetes del apocalipsis del viernes, defendieron un escaño muy importante. A mí personalmente, nunca terminan de hacerme mucho tilín, pero entiendo que tengan su público. Las primeras veces los veía más de sofá y cerveza, como unos Red Fang algo más melódicos y con el pelo más largo. Ahora se me quedan un poco entre medias de Hallas y Graveyard. Y ojo, no pinta mal aparcar ahí la furgoneta, pero no terminan de ganarme, quizás porque para ir todo el día sin camiseta hay que ser Matt Pike o vigilante de la playa. Está muy bien el rollito de las armonías de las voces, aunque me gustó más el disco.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: SonicBlast 2026 – Día 2: “La sobrecarga perfecta”
La noche nos empezaba a pesar, pero aún quedaba una de las actuaciones que más me apetecía de toda la edición, y aquí volví a echar de menos un escenario más grande, quizás a la altura de cierre de día en otro tipo de festivales. Aprovechamos el pequeño lapso para hidratarnos un poco y pudimos escuchar a Goya mientras descansábamos. He de decir que no le puse al concierto todo el cerebro que debería, pero sí les noté muchas menos capas que en disco. Me esperaba ver mucho más drone y arreglos haciéndole caso a su última etapa, pero terminé viendo un concierto normal de doom metal. La voz muy bien, la banda muy bien, pero average. No es que esperase algo más, es que esperaba algo diferente.
Después de los de Arizona, era turno de N8NOFACE, el mejor bigote del festival, y eso que había muchos. Era el cierre que estábamos esperando, y como comentaba antes, me hubiese gustado algo más de entidad en cualquiera de los main stage y que el synthpunk nos entrase por el pecho para nunca salir. Nate fue un absoluto espectáculo en cuanto a la performance. Cercano, violento, crudo y muy comunicativo. Transmitió tanto que apetecía acercarse para preguntarle qué tal estaba. El cierre fue mucho más punk que synth, desbordaba decibelios cada vez que cogía el micrófono y fue una actuación intensa, en la línea del californiano.



El viernes comenzó algo triste con la noticia de cancelación de Dead Meadow. Tenía muchas ganas de ver a los de Washington pero anunciaban ese mismo día la cancelación de lo que restaba de tour por enfermedad. Como siempre que ocurren estas cosas, hay bandas dispuestas a regresar una segunda vez al escenario, y sobre todo si han viajado desde Australia. Volvía a ser turno para Clamm, que dieron otro recital de punk a una hora a la que costaba más ser público que artista. Tras su concierto, había mucha expectación por lo que venía.
Desde Canadá, y nacida en la década de los ochenta, iba a subirse a las tablas una de las bandas más thrashcendentes de su quinta y de su estilo. Voivod no dejaron a nadie indiferente, mucho más vivos de lo que se les esperaba y a golpe de sol en la cara, completaron un concierto muy decente si soy justo y algo de relleno si soy egoísta. La propuesta thrash me engancha más cuando roza el punk y el monopatín que cuando se esconde tras largas melenas. Pero habíamos venido a divertirnos y se disfrutó igualmente el slot, con la mirada puesta en el siguiente grupo. Volviendo a llenar un SonicBlast de halagos, Conan hicieron su parte. Llegaron, lo dieron y se fueron. Un ejemplo de sonido perfecto, mejor incluso que la última vez en Âncora, y con la gente aún algo fría, recién llegada y sin saber qué les estaba pisando la cabeza. En el momento me pareció que se habían disfrazado de High on Fire y tuve cierta sensación de aperitivo para el sábado. El concierto fue una auténtica apisonadora y tras su concierto solo pude escuchar y de forma consensuada que había sido lo mejor del día, al menos de momento, y con el permiso de mucha gente que faltaba por subirse a la palestra.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: SonicBlast 2026 – Día 1: “El reencuentro que marca el final del verano”
El momento fiesta del día, vino de la mano de The Casualties. Me lo pasé increíble y fue como un viaje al pasado. Y es que la última vez que les había visto fue en 2007 en Gijón. Quizás hable la nostalgia, pero me encantó disfrutarlos de nuevo y sentir que no han cambiado nada. Mismos hits acelerados, coreables, combativos y directos. Tachuelas y crestas dominaron el recinto durante una hora en la que todo el mundo cantó cada riff de guitarra como si fuera suyo. No faltó el himno We are all we have, donde ya di por confirmada mi vejez. A la que le quedaba un último ataque por recibir e iba a tener lugar justo después de que los Casualties terminasen.
Kylesa se subía al escenario para ultimar detalles y probar sonido para recordarme todo el tiempo que había pasado desde la última vez. Esta vez en un formato más compacto, con menos artefacto y sabiendo solucionar muy bien esta merma si los comparamos con su pasada formación. Cualquier vuelta iba a ser buena con tal de poder ver a Laura gritarnos en la cara de nuevo. Empezar con Tired Climb fue un golpe bajísimo del que no me pude recuperar en todo el concierto. Qué manera tan apabullante de llegar al corazón con uno de los mejores riffs de su carrera. La banda de Georgia hizo un set sin descansos y hablando lo justo para que su vuelta sea aún más misteriosa. Pasaron por Cheating Synergy, Said and done, Unspoken y terminaron con Scapegoat y Running Red, sus dos joyas más preciadas. A pesar de lo completo del set, no pude evitar quedarme con ganas de más, pero había que coger un barco y ponerse el gorrito de marinero.
Desde Noruega, y sin tener que demostrar nada, Turbonegro se colgó la medalla de oro del día. Hasta quienes no estaban por la labor, con escepticismo incluso, bailaron y cantaron todos sus hits. Porque, sinceramente, es imposible no pasárselo bien con esta gente. ¿Quién no ha gritado “prince of the rodeo” alguna vez? ¿Quién no ha repetido “and I like it” aceptando su cuerpo y su sudor abrazando la fricción? De verdad, ojalá tocasen todos los años y no se acabasen nunca. Me los he puesto de fondo mientras escribía este humilde relato y me sale una sonrisa de adolescente descubriendo el eyeliner y los solos de guitarra a una mano. Y es que Turbonegro siempre ha sido una banda más allá del All my Friends are dead. Son mensaje, son actitud y son transgresión desde hace muchos años. Necesarios en este y en muchos festivales.
Tras los noruegos, cabalgando riffs, una de las bandas más asiduas del festival pese a tener su domicilio en L.A., California, Deathchant, como los cuatro jinetes del apocalipsis del viernes, defendieron un escaño muy importante. A mí personalmente, nunca terminan de hacerme mucho tilín, pero entiendo que tengan su público. Las primeras veces los veía más de sofá y cerveza, como unos Red Fang algo más melódicos y con el pelo más largo. Ahora se me quedan un poco entre medias de Hallas y Graveyard. Y ojo, no pinta mal aparcar ahí la furgoneta, pero no terminan de ganarme, quizás porque para ir todo el día sin camiseta hay que ser Matt Pike o vigilante de la playa. Está muy bien el rollito de las armonías de las voces, aunque me gustó más el disco.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: SonicBlast 2026 – Día 2: “La sobrecarga perfecta”
La noche nos empezaba a pesar, pero aún quedaba una de las actuaciones que más me apetecía de toda la edición, y aquí volví a echar de menos un escenario más grande, quizás a la altura de cierre de día en otro tipo de festivales. Aprovechamos el pequeño lapso para hidratarnos un poco y pudimos escuchar a Goya mientras descansábamos. He de decir que no le puse al concierto todo el cerebro que debería, pero sí les noté muchas menos capas que en disco. Me esperaba ver mucho más drone y arreglos haciéndole caso a su última etapa, pero terminé viendo un concierto normal de doom metal. La voz muy bien, la banda muy bien, pero average. No es que esperase algo más, es que esperaba algo diferente.
Después de los de Arizona, era turno de N8NOFACE, el mejor bigote del festival, y eso que había muchos. Era el cierre que estábamos esperando, y como comentaba antes, me hubiese gustado algo más de entidad en cualquiera de los main stage y que el synthpunk nos entrase por el pecho para nunca salir. Nate fue un absoluto espectáculo en cuanto a la performance. Cercano, violento, crudo y muy comunicativo. Transmitió tanto que apetecía acercarse para preguntarle qué tal estaba. El cierre fue mucho más punk que synth, desbordaba decibelios cada vez que cogía el micrófono y fue una actuación intensa, en la línea del californiano.























