


La Sala Upload se sentía esa noche como el último bastión de una resistencia olvidada, un refugio de paredes frías donde el vacío inicial, denso y casi físico, amenazaba con devorar las ilusiones de los pocos que nos atrevemos a cruzar el umbral. El silencio inicial era un animal acechante, una sombra que vaticinaba un desastre sin precedentes, pero en cuanto Embersland tomó posiciones, el aire dejó de ser oxígeno para convertirse en pura electricidad estática. No estábamos ante una simple banda, sino ante un ecosistema indomable que ha aprendido a florecer en las grietas del asfalto barcelonés; verlos fue como internarse en un bosque ancestral donde las leyes de la física no aplican y donde el Power Metal se hibrida con lo sinfónico de forma natural. El juego de sus tres voces es un viaje esquizofrénico y delicioso: Will ruge desde las entrañas con unos guturales que parecen extraídos de la roca misma para luego ascender a cielos limpios con una facilidad pasmosa, mientras Clara desborda un poderío operístico que corta el aire como una espada de cristal templada en el fuego de mil fraguas. Repasaron su historia como quien hojea un grimorio de hechizos olvidados, centrando el tiro en ese “The Art of Peace” que suena a gloria benedictina y a madurez bien ganada tras años de lucha contra la industria. Temas como “Strike Back”, “Fatal Obsession” o la melancólica “When I Die” no fueron sólo canciones, sino paisajes sonoros de una arquitectura compleja donde el teclado de Xavi ponía los cimientos y las réplicas vocales para que la melodía no se despeñaba por el precipicio. Son una maquinaria que ya no pide permiso para soñar grande, sino que reclama su trono por derecho propio, demostrando una actitud 100% profesional que nos dejó con los ojos brillantes y la mandíbula en el suelo.
Pero entonces, la noche decidió ponerse a prueba y el destino lanzó sus dados más negros cuando llegó el turno de los valencianos Sylvania. Lo que vivimos fue una epopeya digna de los libros de Tolkien; una lucha fratricida contra una técnica caprichosa que intentó hundir el barco en cada acorde, en cada estrofa. La banda, recién llegada de cabalgar por tierras mexicanas y estadounidenses, lejos de amedrentarse ante el infortunio, se ajustó el peto de cuero y sacó el escudo ante cortes de luz que nos dejaron en penumbras absolutas, convirtiendo la sala en una cueva hostil donde sólo brillaba el acero de las cuerdas. “Purgatorium” y “El Río de los Lamentos” no fueron simplemente interpretadas, fueron defendidas a capa y espada como declaraciones de guerra contra la mala suerte, con la banda capeando un temporal de calamidades que habría quebrado el espíritu de cualquier músico de cristal. Alberto Tramoyeres, el corazón palpitante y motor de esta bestia, actuó como una brújula infalible que no perdió el norte ni cuando la oscuridad total se adueñó del escenario, demostrando por qué es el líder natural de esta formación. A su lado, un colosal Alberto Symon, cuya voz es un cañón diseñado para honrar la lengua de Cervantes, elevaba “Finis Templarii” a una categoría casi mística, proyectando un carisma que llenaba cada rincón de la sala a pesar de las sombras.
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En medio de este vendaval de adversidades técnicas y apagones premonitorios, hubo un momento que rompió la coraza de hierro del concierto y nos recordó por qué el metal es una religión universal: la banda detuvo el tiempo para rendir un tributo cargado de humanidad y gratitud, dedicando unas palabras de fuego a los fans costarricenses que cruzaron medio mundo, desde el corazón de Centroamérica, solo para ser testigos de este ritual en la Ciudad Condal. Ese puente invisible tendido sobre el océano hizo que el cansancio, la baja de los teloneros y los fallos técnicos desaparecieran de un plumazo, recordándonos que esta música no entiende de distancias kilométricas. En el epicentro del caos, Sergio Pinar desató una invocación desde la batería; no fue un solo de cinco minutos, fue un trueno rítmico, un castigo divino a los parches y al doble bombo que despertó a los dioses antiguos y nos fundió a todos en un solo rugido de percusión y gargantas, con Sergio dirigiendo a la hueste de fieles con sus baquetas como si fueran cetros reales.
A pesar de los latigazos del destino, gemas como “La Princesa Prometida”, con Tramoyeres volando sobre el mástil, y “Hechizo de Invierno” brillaron con la luz propia de quienes saben que el metal es, ante todo, resistencia y hermandad. Tramoyeres, en un acto de honestidad brutal, se deshizo en disculpas por los problemas de la noche, confesando su amor por Barcelona, su segunda casa, mientras la base rítmica de Álvaro Chillarón al bajo mantenía el pulso de un concierto que se negaba a morir. El final fue un incendio emocional descontrolado: las melodías sinfónicas de “Tu Calor será mi Luz” y la emblemática y épica “Vivo en tu Memoria” cerraron una velada donde la fe del Power Metal venció al lado oscuro de los cables, los generadores y los fusibles. Sylvania no dio un concierto; sobrevivió a una batalla de desgaste contra los elementos y nos regaló las cicatrices más hermosas en forma de melodía, dejándonos claro que, aunque el escenario se apague y el mundo se desmorone, siempre habrá una guitarra dispuesta a rugir entre las ruinas y una comunidad dispuesta a corear hasta el último aliento.



La Sala Upload se sentía esa noche como el último bastión de una resistencia olvidada, un refugio de paredes frías donde el vacío inicial, denso y casi físico, amenazaba con devorar las ilusiones de los pocos que nos atrevemos a cruzar el umbral. El silencio inicial era un animal acechante, una sombra que vaticinaba un desastre sin precedentes, pero en cuanto Embersland tomó posiciones, el aire dejó de ser oxígeno para convertirse en pura electricidad estática. No estábamos ante una simple banda, sino ante un ecosistema indomable que ha aprendido a florecer en las grietas del asfalto barcelonés; verlos fue como internarse en un bosque ancestral donde las leyes de la física no aplican y donde el Power Metal se hibrida con lo sinfónico de forma natural. El juego de sus tres voces es un viaje esquizofrénico y delicioso: Will ruge desde las entrañas con unos guturales que parecen extraídos de la roca misma para luego ascender a cielos limpios con una facilidad pasmosa, mientras Clara desborda un poderío operístico que corta el aire como una espada de cristal templada en el fuego de mil fraguas. Repasaron su historia como quien hojea un grimorio de hechizos olvidados, centrando el tiro en ese “The Art of Peace” que suena a gloria benedictina y a madurez bien ganada tras años de lucha contra la industria. Temas como “Strike Back”, “Fatal Obsession” o la melancólica “When I Die” no fueron sólo canciones, sino paisajes sonoros de una arquitectura compleja donde el teclado de Xavi ponía los cimientos y las réplicas vocales para que la melodía no se despeñaba por el precipicio. Son una maquinaria que ya no pide permiso para soñar grande, sino que reclama su trono por derecho propio, demostrando una actitud 100% profesional que nos dejó con los ojos brillantes y la mandíbula en el suelo.
Pero entonces, la noche decidió ponerse a prueba y el destino lanzó sus dados más negros cuando llegó el turno de los valencianos Sylvania. Lo que vivimos fue una epopeya digna de los libros de Tolkien; una lucha fratricida contra una técnica caprichosa que intentó hundir el barco en cada acorde, en cada estrofa. La banda, recién llegada de cabalgar por tierras mexicanas y estadounidenses, lejos de amedrentarse ante el infortunio, se ajustó el peto de cuero y sacó el escudo ante cortes de luz que nos dejaron en penumbras absolutas, convirtiendo la sala en una cueva hostil donde sólo brillaba el acero de las cuerdas. “Purgatorium” y “El Río de los Lamentos” no fueron simplemente interpretadas, fueron defendidas a capa y espada como declaraciones de guerra contra la mala suerte, con la banda capeando un temporal de calamidades que habría quebrado el espíritu de cualquier músico de cristal. Alberto Tramoyeres, el corazón palpitante y motor de esta bestia, actuó como una brújula infalible que no perdió el norte ni cuando la oscuridad total se adueñó del escenario, demostrando por qué es el líder natural de esta formación. A su lado, un colosal Alberto Symon, cuya voz es un cañón diseñado para honrar la lengua de Cervantes, elevaba “Finis Templarii” a una categoría casi mística, proyectando un carisma que llenaba cada rincón de la sala a pesar de las sombras.
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En medio de este vendaval de adversidades técnicas y apagones premonitorios, hubo un momento que rompió la coraza de hierro del concierto y nos recordó por qué el metal es una religión universal: la banda detuvo el tiempo para rendir un tributo cargado de humanidad y gratitud, dedicando unas palabras de fuego a los fans costarricenses que cruzaron medio mundo, desde el corazón de Centroamérica, solo para ser testigos de este ritual en la Ciudad Condal. Ese puente invisible tendido sobre el océano hizo que el cansancio, la baja de los teloneros y los fallos técnicos desaparecieran de un plumazo, recordándonos que esta música no entiende de distancias kilométricas. En el epicentro del caos, Sergio Pinar desató una invocación desde la batería; no fue un solo de cinco minutos, fue un trueno rítmico, un castigo divino a los parches y al doble bombo que despertó a los dioses antiguos y nos fundió a todos en un solo rugido de percusión y gargantas, con Sergio dirigiendo a la hueste de fieles con sus baquetas como si fueran cetros reales.
A pesar de los latigazos del destino, gemas como “La Princesa Prometida”, con Tramoyeres volando sobre el mástil, y “Hechizo de Invierno” brillaron con la luz propia de quienes saben que el metal es, ante todo, resistencia y hermandad. Tramoyeres, en un acto de honestidad brutal, se deshizo en disculpas por los problemas de la noche, confesando su amor por Barcelona, su segunda casa, mientras la base rítmica de Álvaro Chillarón al bajo mantenía el pulso de un concierto que se negaba a morir. El final fue un incendio emocional descontrolado: las melodías sinfónicas de “Tu Calor será mi Luz” y la emblemática y épica “Vivo en tu Memoria” cerraron una velada donde la fe del Power Metal venció al lado oscuro de los cables, los generadores y los fusibles. Sylvania no dio un concierto; sobrevivió a una batalla de desgaste contra los elementos y nos regaló las cicatrices más hermosas en forma de melodía, dejándonos claro que, aunque el escenario se apague y el mundo se desmorone, siempre habrá una guitarra dispuesta a rugir entre las ruinas y una comunidad dispuesta a corear hasta el último aliento.








