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Powerwolf en Copenhague: “La Noche en que el Lobo Reinó en Dinamarca”
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Un movimiento que volvió a tomar mucha fuerza a fines de los 2010 y principios de esta década fue el Power Metal. Bandas clásicas del género retomaron impulso y se encuentran en buen estado de salud, mientras otras más modernas aumentaron su convocatoria significativamente. También surgieron muchas nuevas bandas que apuntan a este estilo.

El punto común de estos tres casos es que priorizan las presentaciones en vivo y la diversión. Las canciones escuchadas en disco muchas veces dicen poco o no alcanzan el mismo nivel que en directo. La mayoría compone música para que sus conciertos se transformen en una horda de metaleros disfrazados, saltando y pogueando como si vivieran en la Tierra Media.

Una de las bandas más convocantes del género actualmente es Powerwolf, quienes siguen girando con un extenso tour llamado “Wake Up the Wicked Tour”. Esta gira cuenta con los veteranos HammerFall como invitados muy especiales y con los enanos de Wind Rose como banda invitada.

Los enanos abrieron la noche contando solo con un nivel de escenario, mientras que el resto de las bandas dispuso de dos pisos en escena. Sin embargo, esto no limitó la escenografía. Un juego de luces efectivo, piedras ficticias y los atuendos de los músicos fueron suficientes para sumergir a todos en una mina de fantasía.

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El sonido empezó desparejo, con mucho grave y poca presencia de agudos. Luego se balanceó y mejoró bastante, permitiendo escuchar bien los instrumentos y los coros vocales.

El fuerte del show fue la diversión, cultivada por dos medios. El primero fue la energía de los músicos: todo el tiempo se movían, saltaban o hacían gestos para levantar a la gente, que —vale decir— se prendió en todas las acciones propuestas por la banda, desde saltar hasta simular que excavaban en una mina.

El segundo medio fueron las canciones. Están pensadas para que el público salte a su ritmo y cante sus letras. Esto se logra con ritmos sencillos, melodías vocales muy marcadas y estribillos de pocas palabras. Si bien funciona en vivo, hace que los discos no me resulten tan interesantes. A mi parecer, sacrifican parte de su costado musical para darle más importancia a la fiesta en sus conciertos. Evidentemente les funciona, porque cada vez convocan más, pero en lo personal, la música va primero.

El show terminó con una outro de música tecno y los músicos saludando mientras el público bailaba.

Llegó la hora de HammerFall, quienes contaron con otro nivel en escena y lo aprovecharon desde el inicio. Con el vocalista Joacim Cans en las alturas y cubierto de humo, dieron el puntapié inicial con “Avenge the Fallen” y, pegada, la rápida “Heeding the Call”.

El sonido fue excelente desde el principio: una batería sólida y potente como base, un bajo presente pero sin excederse y guitarras que brillaban en todo momento. La voz, por encima en la mezcla, fue clara y precisa.

La ejecución fue impecable. Se nota que es una banda con muchos años de trayectoria. No fallaron en ningún momento y se los veía muy compenetrados con el show. Sabían cuándo hacer una pausa o alargar un tema para generar un momento con el público.

La interacción fue fundamental y jugaron con la audiencia de maneras divertidas e ingeniosas. Antes de “Hammer High”, por ejemplo, hicieron que la gente imaginara que tenía un martillo en su puño izquierdo, lo alzara y “martillara” en el estribillo. O en “Let the Hammer Fall”, donde bromearon con el nombre del grupo e hicieron que el público coreara el mismo.

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El final llegó con el hit del grupo, “Hearts on Fire”, donde el vocalista bajó a cantar el estribillo en el vallado. Tras esto, la banda saludó y prometió volver pronto. HammerFall demostró que no es necesario dejar de lado la música para convertir el recinto en una fiesta metalera.

Un gran telón con el logo de la banda principal cubrió todo el escenario y las pantallas laterales comenzaron a funcionar. El telón cayó y el vocalista Attila Dorn pedía al público que gritara mientras la plataforma en la que se encontraba descendía. Al llegar al piso, dieron inicio al show con “Bless ‘Em With the Blade”, continuando con “Armata Strigoi”.

Desde el comienzo se marcaron varias constantes. La primera fue el sonido excelente. Al ser una banda que en vivo no tiene bajista, le dieron todo el peso de los graves a la batería, pero en el nivel correcto, sin tapar las frecuencias más agudas. Las guitarras brillaban, intercambiándose solos y partes rítmicas con gran claridad. El teclado se escuchaba por debajo de las guitarras, algo que se agradece. La voz estaba fuerte, clara y nítida al frente de la mezcla.

La segunda constante fue el público enloquecido y rendido a los pies de la banda. El piso del grandioso K.B. Hallen se transformó en una batalla épica de metaleros pogueando, haciendo crowdsurf y saltando durante todo el show.

La tercera fue la entrega total de los músicos, que daban todo para divertir. Esto estuvo encabezado por el vocalista, pero bien secundado por el tecladista Falk Maria Schlegel, quien cuando no tocaba se iba al frente del escenario a interactuar con el público. En la previa de “Dancing With the Dead”, ambos se pusieron a bailar vals e invitaron a la audiencia a imitarlos.

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La escenografía también fue impactante, con el escenario ambientado como un castillo y una pantalla enorme de fondo proyectando videos del lobo —mascota del grupo— caracterizado según la temática de cada canción. Por supuesto, hubo máquinas de humo y un juego de luces imponente.

Honestamente, tuve que ser muy quisquilloso para encontrar puntos negativos. Uno podría ser que las canciones son muy similares entre sí, siempre apuntando al estribillo glorioso y al gancho fácil. El otro es la falta de dinamismo estructural: terminaba una canción, había un espacio para interactuar con el público e introducir la siguiente, comenzaba el tema, y así sucesivamente. Quizás tocar dos canciones seguidas hubiera aportado más fluidez. Sin embargo, es un detalle menor.

El cierre de la primera tanda llegó con la súper festejada “We Drink Your Blood”. Pero aún hubo espacio para un último aullido en los bises, gracias a “Sanctified with Dynamite”, “Blood for Blood” y “Werewolf of Armenia”, donde el público dio el último grito de la noche.

Tras terminar, los músicos se quedaron saludando un buen rato y se retiraron con un excelente inicio de tour bajo el brazo.

El Power Metal volvió a tomar fuerza y a captar nuevas generaciones, gracias a su fuerte enfoque en la diversión y la fantasía. Si bien a veces sacrifican parte de la profundidad musical, logran un cometido nada menor: entretener, hacer feliz a la gente y devolverle al metal una cuota de alegría que muchos sentían perdida.

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Powerwolf en Copenhague: “La Noche en que el Lobo Reinó en Dinamarca”
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Un movimiento que volvió a tomar mucha fuerza a fines de los 2010 y principios de esta década fue el Power Metal. Bandas clásicas del género retomaron impulso y se encuentran en buen estado de salud, mientras otras más modernas aumentaron su convocatoria significativamente. También surgieron muchas nuevas bandas que apuntan a este estilo.

El punto común de estos tres casos es que priorizan las presentaciones en vivo y la diversión. Las canciones escuchadas en disco muchas veces dicen poco o no alcanzan el mismo nivel que en directo. La mayoría compone música para que sus conciertos se transformen en una horda de metaleros disfrazados, saltando y pogueando como si vivieran en la Tierra Media.

Una de las bandas más convocantes del género actualmente es Powerwolf, quienes siguen girando con un extenso tour llamado “Wake Up the Wicked Tour”. Esta gira cuenta con los veteranos HammerFall como invitados muy especiales y con los enanos de Wind Rose como banda invitada.

Los enanos abrieron la noche contando solo con un nivel de escenario, mientras que el resto de las bandas dispuso de dos pisos en escena. Sin embargo, esto no limitó la escenografía. Un juego de luces efectivo, piedras ficticias y los atuendos de los músicos fueron suficientes para sumergir a todos en una mina de fantasía.

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El segundo medio fueron las canciones. Están pensadas para que el público salte a su ritmo y cante sus letras. Esto se logra con ritmos sencillos, melodías vocales muy marcadas y estribillos de pocas palabras. Si bien funciona en vivo, hace que los discos no me resulten tan interesantes. A mi parecer, sacrifican parte de su costado musical para darle más importancia a la fiesta en sus conciertos. Evidentemente les funciona, porque cada vez convocan más, pero en lo personal, la música va primero.

El show terminó con una outro de música tecno y los músicos saludando mientras el público bailaba.

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El sonido fue excelente desde el principio: una batería sólida y potente como base, un bajo presente pero sin excederse y guitarras que brillaban en todo momento. La voz, por encima en la mezcla, fue clara y precisa.

La ejecución fue impecable. Se nota que es una banda con muchos años de trayectoria. No fallaron en ningún momento y se los veía muy compenetrados con el show. Sabían cuándo hacer una pausa o alargar un tema para generar un momento con el público.

La interacción fue fundamental y jugaron con la audiencia de maneras divertidas e ingeniosas. Antes de “Hammer High”, por ejemplo, hicieron que la gente imaginara que tenía un martillo en su puño izquierdo, lo alzara y “martillara” en el estribillo. O en “Let the Hammer Fall”, donde bromearon con el nombre del grupo e hicieron que el público coreara el mismo.

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Un gran telón con el logo de la banda principal cubrió todo el escenario y las pantallas laterales comenzaron a funcionar. El telón cayó y el vocalista Attila Dorn pedía al público que gritara mientras la plataforma en la que se encontraba descendía. Al llegar al piso, dieron inicio al show con “Bless ‘Em With the Blade”, continuando con “Armata Strigoi”.

Desde el comienzo se marcaron varias constantes. La primera fue el sonido excelente. Al ser una banda que en vivo no tiene bajista, le dieron todo el peso de los graves a la batería, pero en el nivel correcto, sin tapar las frecuencias más agudas. Las guitarras brillaban, intercambiándose solos y partes rítmicas con gran claridad. El teclado se escuchaba por debajo de las guitarras, algo que se agradece. La voz estaba fuerte, clara y nítida al frente de la mezcla.

La segunda constante fue el público enloquecido y rendido a los pies de la banda. El piso del grandioso K.B. Hallen se transformó en una batalla épica de metaleros pogueando, haciendo crowdsurf y saltando durante todo el show.

La tercera fue la entrega total de los músicos, que daban todo para divertir. Esto estuvo encabezado por el vocalista, pero bien secundado por el tecladista Falk Maria Schlegel, quien cuando no tocaba se iba al frente del escenario a interactuar con el público. En la previa de “Dancing With the Dead”, ambos se pusieron a bailar vals e invitaron a la audiencia a imitarlos.

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Honestamente, tuve que ser muy quisquilloso para encontrar puntos negativos. Uno podría ser que las canciones son muy similares entre sí, siempre apuntando al estribillo glorioso y al gancho fácil. El otro es la falta de dinamismo estructural: terminaba una canción, había un espacio para interactuar con el público e introducir la siguiente, comenzaba el tema, y así sucesivamente. Quizás tocar dos canciones seguidas hubiera aportado más fluidez. Sin embargo, es un detalle menor.

El cierre de la primera tanda llegó con la súper festejada “We Drink Your Blood”. Pero aún hubo espacio para un último aullido en los bises, gracias a “Sanctified with Dynamite”, “Blood for Blood” y “Werewolf of Armenia”, donde el público dio el último grito de la noche.

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