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El pasado jueves 30 de abril, en el predio abierto de Tecnópolis, se llevo a cabo el recital de Megadeth. Bajo la producción de AKE y la apertura de los […]

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Como comentamos varias veces en este espacio, la escena danesa está generando bandas que están ganando renombre y prestigio en la escena europea. Una de las más destacadas es Baest, […]


1914 en Madrid: “Odio, rabia y tristeza”
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Pocas salas en Madrid tienen el misticismo y la cercanía de la Wurlitzer Ballroom. El pasado lunes 20 de abril, la céntrica sala de la calle Montera se convirtió en un búnker de resistencia sonora para recibir a los ucranianos 1914 y a los daneses Katla. A pesar de ser el inicio de la semana, la expectación era máxima; a las 19:00 ya asomaban los primeros fieles por la puerta y, para cuando se permitió el acceso, la cola serpenteaba calle abajo dejando claro que el metal extremo sigue teniendo un tirón incuestionable en la capital. El público era un crisol: veteranía y juventud, géneros mezclados y estéticas que iban desde el cuero más clásico hasta lo más contemporáneo, todos unidos bajo un mismo techo que pronto empezaría a sudar.

El primer gran reto de la noche fue logístico. El escenario de la Wurli, que ya de por sí es íntimo, se quedó minúsculo para albergar dos baterías completas, la de 1914 con su imponente doble bombo y un esqueleto de dos metros que esperaba su turno apretado al fondo de la sala. Tampoco entraban bien los nombres de la telas, que quedaban colgando sin dejar leer correctamente. Esto obligó a ambas bandas a tocar prácticamente pegadas, una falta de espacio que se notó sobre todo en el arranque de Katla, que apenas tenían margen de movimiento y tenían que esquivar los platos y medir muy bien sus cabeceos.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Entrevista Dmytro Kumar (1914): “No soy metalero, no soy músico, soy un nerd de la historia”

Los encargados de abrir fueron Katla, y decir que cumplieron sería quedarse muy corto. La banda proveniente de Copenhague trajo a Madrid un estilo que golpea con la contundencia del Sludge y el Doom, pero con una energía mucho más directa y vibrante de lo que el género suele acostumbrar. Su sonido es telúrico; se basa en ritmos pesados que estallan en pasajes de una fuerza bruta que puso a toda la sala a agitar la melena desde el primer acorde. Lo que los hace singulares es esa capacidad de conectar con el público de forma casi instantánea, logrando que sus letras se corearan con pasión a pesar de la distancia idiomática. Ropieron a sudar pronto y dejaron imágenes brutales con el pelo empapado y la cara roja. El momento de vertir cerveza en caja y timbales también regaló instantáneas para recordar.

Su paso por Madrid no fue un trámite. Entre tema y tema, los daneses se mostraron encantados con la ciudad. Contaron cómo habían disfrutado del sol el día anterior perdiéndose por las calles de Malasaña y alabaron la efusividad de la escena metalera local. Aunque lamentaron no hablar castellano, su inglés fue más que suficiente para conectar con una audiencia que no dejó de participar. La entrega fue tal que el guitarrista terminó volando sobre las cabezas del público en un crowdsurfing de alto riesgo; verle pasar a escasos centímetros de los ventiladores del techo, que giraban a toda potencia intentando en vano paliar el calor asfixiante de la sala, fue pura adrenalina y la sala entera lo celebró. Se despidieron, no sin antes prometer que volverian. A cambio nos hicieron prometer que estaríamos allí repitiendo. Un diez absoluto para su ejecución y su carisma. Los escucharé mucho más y ya soy fan de la banda.

Tras la explosión de energía de los teloneros, el ambiente cambió drásticamente con la entrada de 1914. Los de Lviv practican un Blackened Death/Doom Metal que es, ante todo, narrativo y solemne. Su música se define por la densidad, guitarras que suenan como tanques avanzando por el barro y una base rítmica demoledora que apoya la voz agónica de su vocalista. Aunque en términos de dinamismo escénico estuvieron varios escalones por debajo de la electricidad de Katla, su propuesta era distinta: venían a transmitir un mensaje de peso histórico y urgencia presente.

Fieles a su estilo, se tomaron muy en serio su música, pero hubo un momento en que la sala se detuvo en seco y el silencio fue sepulcral, caragado de respeto. La banda habló de la terrible realidad que destroza su país, mencionando cómo de forma habitual se atacan edificios civiles y se asesina a población inocente. Fue un instante para reflexionar con el corazón roto, donde la rabia y la tristeza que emanan sus temas cobraron un sentido real y doloroso. Nos contó su odio por Rusia y comocada día teme no ver el siguiente. Nos deseó que nunca nos tocara vivir la pesadilla que es su vida actual.  El setlist fue un repaso a sus cortes más emblemáticos, y la sala entera, unida por una emoción compartida, coreó con ellos conectados por sentimientos de odio a la opresión y luto por las víctimas. Creo que es banda para salas más grandes y espero tener la oportunidad de verles de nuevo, pronto y con la alegría del final del conflicto.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Katla en Copenhague: “Brutalidad y entrega en cada acorde”

En lo técnico, el audio estuvo super correcto, algo que suele ser la norma en esta sala; directo y nítido a pesar del volumen. Las luces fueron el complemento perfecto para la atmósfera, con una abundancia de rojos profundos y momentos estroboscópicos blancos que, si bien dificultaron la tarea de fotografiar, por lo oscuro del ambiente con zonas sin iluminación, resultaron extremadamente inmersivos para el espectador. El calor fue el otro gran protagonista, un tema de conversación recurrente entre los asistentes, pero que no impidió que el lleno fuera celebrado por todo lo alto y el respetable lo diera todo.

Salir de la Wurlitzer después de una noche así obliga a pensar en la dualidad de la condición humana. Por un lado, la música como nexo de unión, capaz de congregar a personas de todas las edades un lunes cualquiera para compartir una experiencia catártica. Por otro, el recordatorio constante que nos trajo 1914 sobre el horror de la guerra. Es desolador analizar cómo la historia se repite por culpa del capricho de ególatras que, movidos por intereses oscuros, imperialistas y ansias de poder, provocan muerte y destrucción desde la distancia. La guerra no es una estadística, es el dolor real de quienes lo pierden todo mientras el mundo mira. Nos queda la música como refugio y como grito de protesta, esperando que el eco de lo vivido sirva para recordar que ninguna ambición personal justifica jamás el sacrificio de una sola vida inocente. Cumpliremos la promesa con Katla y seguiremos la pista de 1914, cuya rabia es, hoy más que nunca, justa y necesaria.

 

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1914 en Madrid: “Odio, rabia y tristeza”
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Pocas salas en Madrid tienen el misticismo y la cercanía de la Wurlitzer Ballroom. El pasado lunes 20 de abril, la céntrica sala de la calle Montera se convirtió en un búnker de resistencia sonora para recibir a los ucranianos 1914 y a los daneses Katla. A pesar de ser el inicio de la semana, la expectación era máxima; a las 19:00 ya asomaban los primeros fieles por la puerta y, para cuando se permitió el acceso, la cola serpenteaba calle abajo dejando claro que el metal extremo sigue teniendo un tirón incuestionable en la capital. El público era un crisol: veteranía y juventud, géneros mezclados y estéticas que iban desde el cuero más clásico hasta lo más contemporáneo, todos unidos bajo un mismo techo que pronto empezaría a sudar.

El primer gran reto de la noche fue logístico. El escenario de la Wurli, que ya de por sí es íntimo, se quedó minúsculo para albergar dos baterías completas, la de 1914 con su imponente doble bombo y un esqueleto de dos metros que esperaba su turno apretado al fondo de la sala. Tampoco entraban bien los nombres de la telas, que quedaban colgando sin dejar leer correctamente. Esto obligó a ambas bandas a tocar prácticamente pegadas, una falta de espacio que se notó sobre todo en el arranque de Katla, que apenas tenían margen de movimiento y tenían que esquivar los platos y medir muy bien sus cabeceos.

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Los encargados de abrir fueron Katla, y decir que cumplieron sería quedarse muy corto. La banda proveniente de Copenhague trajo a Madrid un estilo que golpea con la contundencia del Sludge y el Doom, pero con una energía mucho más directa y vibrante de lo que el género suele acostumbrar. Su sonido es telúrico; se basa en ritmos pesados que estallan en pasajes de una fuerza bruta que puso a toda la sala a agitar la melena desde el primer acorde. Lo que los hace singulares es esa capacidad de conectar con el público de forma casi instantánea, logrando que sus letras se corearan con pasión a pesar de la distancia idiomática. Ropieron a sudar pronto y dejaron imágenes brutales con el pelo empapado y la cara roja. El momento de vertir cerveza en caja y timbales también regaló instantáneas para recordar.

Su paso por Madrid no fue un trámite. Entre tema y tema, los daneses se mostraron encantados con la ciudad. Contaron cómo habían disfrutado del sol el día anterior perdiéndose por las calles de Malasaña y alabaron la efusividad de la escena metalera local. Aunque lamentaron no hablar castellano, su inglés fue más que suficiente para conectar con una audiencia que no dejó de participar. La entrega fue tal que el guitarrista terminó volando sobre las cabezas del público en un crowdsurfing de alto riesgo; verle pasar a escasos centímetros de los ventiladores del techo, que giraban a toda potencia intentando en vano paliar el calor asfixiante de la sala, fue pura adrenalina y la sala entera lo celebró. Se despidieron, no sin antes prometer que volverian. A cambio nos hicieron prometer que estaríamos allí repitiendo. Un diez absoluto para su ejecución y su carisma. Los escucharé mucho más y ya soy fan de la banda.

Tras la explosión de energía de los teloneros, el ambiente cambió drásticamente con la entrada de 1914. Los de Lviv practican un Blackened Death/Doom Metal que es, ante todo, narrativo y solemne. Su música se define por la densidad, guitarras que suenan como tanques avanzando por el barro y una base rítmica demoledora que apoya la voz agónica de su vocalista. Aunque en términos de dinamismo escénico estuvieron varios escalones por debajo de la electricidad de Katla, su propuesta era distinta: venían a transmitir un mensaje de peso histórico y urgencia presente.

Fieles a su estilo, se tomaron muy en serio su música, pero hubo un momento en que la sala se detuvo en seco y el silencio fue sepulcral, caragado de respeto. La banda habló de la terrible realidad que destroza su país, mencionando cómo de forma habitual se atacan edificios civiles y se asesina a población inocente. Fue un instante para reflexionar con el corazón roto, donde la rabia y la tristeza que emanan sus temas cobraron un sentido real y doloroso. Nos contó su odio por Rusia y comocada día teme no ver el siguiente. Nos deseó que nunca nos tocara vivir la pesadilla que es su vida actual.  El setlist fue un repaso a sus cortes más emblemáticos, y la sala entera, unida por una emoción compartida, coreó con ellos conectados por sentimientos de odio a la opresión y luto por las víctimas. Creo que es banda para salas más grandes y espero tener la oportunidad de verles de nuevo, pronto y con la alegría del final del conflicto.

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Salir de la Wurlitzer después de una noche así obliga a pensar en la dualidad de la condición humana. Por un lado, la música como nexo de unión, capaz de congregar a personas de todas las edades un lunes cualquiera para compartir una experiencia catártica. Por otro, el recordatorio constante que nos trajo 1914 sobre el horror de la guerra. Es desolador analizar cómo la historia se repite por culpa del capricho de ególatras que, movidos por intereses oscuros, imperialistas y ansias de poder, provocan muerte y destrucción desde la distancia. La guerra no es una estadística, es el dolor real de quienes lo pierden todo mientras el mundo mira. Nos queda la música como refugio y como grito de protesta, esperando que el eco de lo vivido sirva para recordar que ninguna ambición personal justifica jamás el sacrificio de una sola vida inocente. Cumpliremos la promesa con Katla y seguiremos la pista de 1914, cuya rabia es, hoy más que nunca, justa y necesaria.

 

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