
La gira europea de Avatar recaló el pasado 24 de febrero en Razzmatazz 1, en una noche que, sin colgar el cartel de entradas agotadas, presentó una muy buena entrada y un ambiente predispuesto a la intensidad desde primera hora. El cartel era tan variado como atractivo, con las noruegas Witch Club Satan y los neozelandeses Alien Weaponry calentando el terreno antes de que los suecos desataran su particular circo de pesadilla.
Las primeras en aparecer fueron Witch Club Satan, envueltas en una puesta en escena ritualista y provocadora. Su black metal crudo y performativo convirtió la sala en una suerte de aquelarre contemporáneo, con una propuesta que combinó teatralidad, discurso combativo y pasajes de abrasiva intensidad. Alternando momentos casi litúrgicos con explosiones de ruido y actitud desafiante, lograron captar la atención de un público todavía en proceso de llenar la sala, pero ya entregado a la experiencia.
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El relevo lo tomaron Alien Weaponry, que aportaron un giro radical hacia la contundencia tribal. Con su habitual descarga de groove metálico y raíces maoríes, el trío imprimió músculo y dinamismo a base de riffs afilados y ritmos marciales. Temas como “Rū Ana Te Whenua” o “Kai Tangata” activaron los primeros conatos serios de circle pit, mientras su carisma y precisión terminaron de despertar a una audiencia que ya mostraba claras ganas de guerra de cara al plato fuerte.
Con la introducción ambiental y una escenografía que evocaba una carpa circense siniestra, Avatar hicieron su entrada envueltos en dramatismo. La apertura con “Captain Goat”, de su último trabajo, marcó el tono de una actuación milimetrada en lo visual y demoledora en lo sonoro. Sin dar respiro, enlazaron con “Silence in the Age of Apes” y “The Eagle Has Landed”, esta última coreada con fuerza por una Razzmatazz 1 que, aun sin estar a rebosar, rugió como si lo estuviera.
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La banda sueca desplegó un repertorio que equilibró material reciente con clásicos incontestables. Sonaron cortes de Don’t Go in the Forest, como “In the Airwaves” o la propia “Don’t Go in the Forest”, integrados con naturalidad entre himnos como “Bloody Angel”, “The Dirt I’m Buried In” o “Smells Like a Freakshow”. Johannes Eckerström, magnético y teatral, ejerció de maestro de ceremonias absoluto, alternando registros vocales, cambios de vestuario y discursos calculados al milímetro para mantener a la audiencia en su puño.
El tramo final fue una auténtica explosión colectiva. “Colossus” y “Let It Burn” elevaron la temperatura hasta niveles asfixiantes, antes de que el bis rematara la faena con “Hail the Apocalypse”, convertido en clímax definitivo entre confeti y brazos en alto. Avatar confirmaron en Barcelona que lo suyo va mucho más allá de un simple concierto de metal: es espectáculo, es teatralidad y es una maquinaria perfectamente engrasada capaz de transformar una sala grande en un universo propio durante casi dos horas de absoluta intensidad.

La gira europea de Avatar recaló el pasado 24 de febrero en Razzmatazz 1, en una noche que, sin colgar el cartel de entradas agotadas, presentó una muy buena entrada y un ambiente predispuesto a la intensidad desde primera hora. El cartel era tan variado como atractivo, con las noruegas Witch Club Satan y los neozelandeses Alien Weaponry calentando el terreno antes de que los suecos desataran su particular circo de pesadilla.
Las primeras en aparecer fueron Witch Club Satan, envueltas en una puesta en escena ritualista y provocadora. Su black metal crudo y performativo convirtió la sala en una suerte de aquelarre contemporáneo, con una propuesta que combinó teatralidad, discurso combativo y pasajes de abrasiva intensidad. Alternando momentos casi litúrgicos con explosiones de ruido y actitud desafiante, lograron captar la atención de un público todavía en proceso de llenar la sala, pero ya entregado a la experiencia.
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Con la introducción ambiental y una escenografía que evocaba una carpa circense siniestra, Avatar hicieron su entrada envueltos en dramatismo. La apertura con “Captain Goat”, de su último trabajo, marcó el tono de una actuación milimetrada en lo visual y demoledora en lo sonoro. Sin dar respiro, enlazaron con “Silence in the Age of Apes” y “The Eagle Has Landed”, esta última coreada con fuerza por una Razzmatazz 1 que, aun sin estar a rebosar, rugió como si lo estuviera.
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