

Llegar a Barrowland Ballroom siempre tiene algo especial. El cartel de luces de neón encendido sobre la fachada, el tour bus aparcado en la entrada lateral y ese murmullo previo que se mezcla con el olor a cerveza y expectación. El 16 de febrero no era una noche más: Avatar volvía a Glasgow dentro de su gira europea 2026, acompañado por Alien Weaponry y Witch Club Satan. Tres propuestas muy distintas bajo un mismo techo.
Apenas cruzo la puerta, me dirijo directo hacia la barrera del photo pit. En pocos minutos saldría al escenario Witch Club Satan y no quería perderme ni un segundo. La sala ya mostraba una buena entrada, con un público diverso: camisetas negras, parches, maquillaje teatral aquí y allá. Se respiraba curiosidad por esta banda que estaba por venir.
Vamos a ser bien sinceros aquí: un trío de black metal abriendo la noche para una banda como Avatar me resultó, de entrada, un poco extraño y fuera de lugar. Musicalmente son estilos que no comparten mucho más que guitarras distorsionadas —y ni siquiera una distorsión que suene remotamente similar—. Pero no me voy a quejar. Me dio la posibilidad de ver a Witch Club Satan en vivo, algo que estaba esperando con ganas desde hacía tiempo.
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La banda noruega ha generado críticas encontradas, y no precisamente solo por su música. Su decisión de salir a tocar prácticamente desnudas ha sido objeto de debate constante: algunos lo interpretan como provocación innecesaria, otros como un acto de afirmación y libertad corporal. No estamos aquí para una discusión filosófica sobre lo correcto o incorrecto. Lo que sí puedo decir es que la teatralidad de su show encaja de forma perfecta con su propuesta artística. Las guitarras son increíblemente agresivas, la armonía de las tres voces crea una atmósfera cruda y directa, y el black metal que practican está despojado de adornos innecesarios: sin teclados, sin capas atmosféricas excesivas, sin producción grandilocuente. Todo es frontal.
Desde el primer acorde quedó claro que no habían venido a pedir permiso. El sonido era áspero, compacto, sin concesiones. La batería marcaba un pulso constante, casi marcial, mientras las guitarras construían paredes de ruido controlado. El uso del nombre “Satan” no es casual: más allá de cualquier lectura religiosa, funciona como símbolo de rebelión, de desafío al status quo, de negarse a encajar en moldes preestablecidos. Y esa idea se siente en cada gesto, en cada mirada fija hacia el público.
Durante su set de media hora —que se sintió extremadamente corto— repasaron temas de su álbum homónimo lanzado el 8 de marzo de 2024, fecha que no fue elegida al azar. Sonaron “Fresh Blood, Fresh Pussy”, “Salvation”, “Mother Sea” y “Black Metal is Krig”, entre otras. Esta última fue introducida con un grito que encendió la sala: “No mercy for Epstein”. El Barrowland explotó en vítores y aplausos, demostrando que el público no solo estaba atento a la música, sino también al mensaje.
Visualmente, el impacto fue inmediato. No había escenografía elaborada ni pantallas LED. Solo luces duras, sombras marcadas y tres figuras dominando el escenario con una seguridad que desmentía su condición de banda invitada. Hubo momentos en los que la intensidad fue tal que parecía que la sala se encogía, como si el techo descendiera un poco más con cada blast beat. Cuando terminaron, la sensación general fue clara: habían dejado huella. No sé si convencieron a todos los presentes, pero nadie pudo ignorarlas. Al bajar del escenario, pude intercambiar unas palabras con Johanna. Comentó que ganas no faltan para hacer un headline tour por el Reino Unido. Si eso se concreta, será una fecha que no pienso perderme.
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La noche continuaba y el contraste no podía ser mayor. Desde las frías tierras escandinavas pasábamos al hemisferio opuesto. Era el turno de Alien Weaponry, el trío proveniente de Aotearoa, Nueva Zelanda. Hace un par de años tuve la oportunidad de verlos en el O2 Academy y me habían sorprendido positivamente. Después de aquel show escuché su debut varias veces. Hubo algo que no terminó de engancharme del todo, quizás por cuestión de gustos o porque no le dediqué el tiempo suficiente. Pero el directo es otra historia.
Arrancaron con contundencia, sin demasiadas palabras. Desde los primeros compases quedó claro que su propuesta se apoya en riffs sólidos y una base rítmica potente. A diferencia de Witch Club Satan, aquí el groove tiene un papel central. No hay esa crudeza casi primitiva del black metal, sino una construcción más cercana al thrash y al groove metal contemporáneo. Algo que respeto profundamente de Alien Weaponry es cómo integran su herencia cultural maorí en cada aspecto de su arte. El uso del idioma te reo Māori en sus letras no es un recurso decorativo. Es una declaración de identidad. También se percibe en la iconografía, en los tatuajes tribales de Tūranga Morgan-Edmonds, en la forma en que presentan ciertos temas. No voy a fingir que conozco en profundidad la realidad sociocultural de Nueva Zelanda. Nunca he estado allí. Pero es evidente que la reivindicación cultural tiene un peso real en su propuesta. Y en una escena globalizada como la del metal, eso les otorga un carácter distintivo.
Su set también fue de aproximadamente media hora. El tiempo alcanzó para cinco canciones. Sonó “Rū Ana Te Whenua”, que generó los primeros mosh pits de la noche, y cerraron con “Kai Tangata”, cuyo estribillo es imposible de ignorar. Ahí sí, la sala se transformó en un hervidero. Los crowd surfers comenzaron a aparecer uno tras otro y el mosh pit se volvió intenso. Y por supuesto no pudo faltar el clásico canto de Glasgow: “Here we, here we, here we fucking go!”. No hay nada que diga más “Glasgow” que ese cántico.
Si bien el impacto emocional no fue tan inmediato como el de Witch Club Satan, Alien Weaponry cumplió con creces. Hubo más interacción que en otras fechas de la gira, más conexión verbal con el público, a comparación de la fecha en Copenhague que cubrió mi colega Nacho Belial. Aun así, me dio la sensación de que la comunión total no terminó de materializarse del todo. Quizás el contraste estilístico influyó, quizás el público ya estaba mentalmente preparado para el plato fuerte.
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Y ese plato fuerte se hizo esperar. Entre el final del set de Alien Weaponry y el inicio de Avatar hubo una pausa de casi 40 minutos. El escenario se cubrió, técnicos iban y venían, se probaban luces. La expectativa crecía. El Barrowland estaba completamente lleno. Con más de veinte años de carrera, Avatar es una banda que pisa fuerte dentro de la escena. Sus shows siempre dan de qué hablar por la teatralidad y la puesta en escena. Esta gira no ha sido la excepción.
Las luces se apagaron por completo. Silencio. Luego, movimiento en la penumbra. La plataforma de la batería comenzó a abrirse en dos. Desde el fondo del escenario emergió una estructura móvil con todos los miembros de la banda sobre ella. Oscuridad casi total. Túnicas negras, capuchas, una atmósfera cargada de misterio. Johannes Eckerström sostenía una imitación de una antigua lámpara de aceite, proyectando una luz tenue sobre su rostro.
El arranque fue con “Captain Goat”, tema que encaja perfectamente con la estética casi marinera con la que ingresaron al escenario. La plataforma avanzó lentamente hacia el frente mientras el riff principal marcaba el inicio oficial del espectáculo. Estaba claro que estábamos ante una producción pensada al detalle.
Continuaron con “Silence in the Age of Apes”. Para ese momento, Johannes ya se había deshecho de la túnica y la lámpara. Su alter ego, The Clown, tomó el control absoluto del escenario. Su presencia es magnética. No necesita grandes desplazamientos: con una mirada y un gesto consigue que miles de personas estén pendientes de cada movimiento.
El setlist fue variado, aunque con una clara mayoría de temas de su lanzamiento más reciente, Don’t Go In The Forest. Lo escuché recientemente y, siendo honesto, no es un disco para mí. No me pareció nada especial. Pero los gustos son subjetivos. Lo que es innegable es el profesionalismo de la banda. La ejecución fue impecable. Cada acorde en su lugar, el tempo ajustado, la sincronización entre los miembros casi quirúrgica.
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Hubo espacio para clásicos que desataron la euforia colectiva. “Hail the Apocalypse” convirtió la sala en un coro unificado. “Smells Like a Freakshow” trajo ese aire circense que tanto caracteriza a la banda. Las luces, perfectamente sincronizadas, reforzaban cada cambio de dinámica. Johannes interactuó constantemente con el público. Hizo chistes, recordó la última vez que tocaron en Glasgow y comentó cuánto disfrutan venir a esta ciudad. Esa conexión no se siente forzada. Es parte del espectáculo, pero también parece genuina.
Visualmente, el show fue una sucesión de momentos memorables: cambios de vestuario sutiles, juegos de sombras, plataformas móviles. No es solo un concierto; es una obra estructurada con introducción, desarrollo y clímax. Cerca del final, la intensidad no decayó. Si acaso, aumentó. El público, lejos de mostrar cansancio tras casi dos horas de show, permaneció activo. Manos en alto, coros a pleno pulmón, teléfonos capturando cada instante.
Cuando llegó el último acorde y las luces se encendieron, la sensación era clara: el público se iba más que satisfecho. Puede que no todas las canciones conecten por igual con todos, puede que el último álbum divida opiniones, pero como experiencia en vivo, Avatar entrega exactamente lo que promete: espectáculo, precisión y una identidad definida.
La noche en el Barrowland fue, en definitiva, un recorrido por tres universos distintos dentro del metal. Desde la crudeza sin filtros de Witch Club Satan, pasando por la reivindicación cultural y el groove sólido de Alien Weaponry, hasta la teatralidad meticulosamente construida de Avatar. Tres bandas, tres maneras de entender el escenario, un mismo público dispuesto a dejarse llevar. Y esa es, al final, la magia de noches como esta en Glasgow.
- Witch Club Satan
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- Alien Weaponry
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- Avatar
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Llegar a Barrowland Ballroom siempre tiene algo especial. El cartel de luces de neón encendido sobre la fachada, el tour bus aparcado en la entrada lateral y ese murmullo previo que se mezcla con el olor a cerveza y expectación. El 16 de febrero no era una noche más: Avatar volvía a Glasgow dentro de su gira europea 2026, acompañado por Alien Weaponry y Witch Club Satan. Tres propuestas muy distintas bajo un mismo techo.
Apenas cruzo la puerta, me dirijo directo hacia la barrera del photo pit. En pocos minutos saldría al escenario Witch Club Satan y no quería perderme ni un segundo. La sala ya mostraba una buena entrada, con un público diverso: camisetas negras, parches, maquillaje teatral aquí y allá. Se respiraba curiosidad por esta banda que estaba por venir.
Vamos a ser bien sinceros aquí: un trío de black metal abriendo la noche para una banda como Avatar me resultó, de entrada, un poco extraño y fuera de lugar. Musicalmente son estilos que no comparten mucho más que guitarras distorsionadas —y ni siquiera una distorsión que suene remotamente similar—. Pero no me voy a quejar. Me dio la posibilidad de ver a Witch Club Satan en vivo, algo que estaba esperando con ganas desde hacía tiempo.
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La banda noruega ha generado críticas encontradas, y no precisamente solo por su música. Su decisión de salir a tocar prácticamente desnudas ha sido objeto de debate constante: algunos lo interpretan como provocación innecesaria, otros como un acto de afirmación y libertad corporal. No estamos aquí para una discusión filosófica sobre lo correcto o incorrecto. Lo que sí puedo decir es que la teatralidad de su show encaja de forma perfecta con su propuesta artística. Las guitarras son increíblemente agresivas, la armonía de las tres voces crea una atmósfera cruda y directa, y el black metal que practican está despojado de adornos innecesarios: sin teclados, sin capas atmosféricas excesivas, sin producción grandilocuente. Todo es frontal.
Desde el primer acorde quedó claro que no habían venido a pedir permiso. El sonido era áspero, compacto, sin concesiones. La batería marcaba un pulso constante, casi marcial, mientras las guitarras construían paredes de ruido controlado. El uso del nombre “Satan” no es casual: más allá de cualquier lectura religiosa, funciona como símbolo de rebelión, de desafío al status quo, de negarse a encajar en moldes preestablecidos. Y esa idea se siente en cada gesto, en cada mirada fija hacia el público.
Durante su set de media hora —que se sintió extremadamente corto— repasaron temas de su álbum homónimo lanzado el 8 de marzo de 2024, fecha que no fue elegida al azar. Sonaron “Fresh Blood, Fresh Pussy”, “Salvation”, “Mother Sea” y “Black Metal is Krig”, entre otras. Esta última fue introducida con un grito que encendió la sala: “No mercy for Epstein”. El Barrowland explotó en vítores y aplausos, demostrando que el público no solo estaba atento a la música, sino también al mensaje.
Visualmente, el impacto fue inmediato. No había escenografía elaborada ni pantallas LED. Solo luces duras, sombras marcadas y tres figuras dominando el escenario con una seguridad que desmentía su condición de banda invitada. Hubo momentos en los que la intensidad fue tal que parecía que la sala se encogía, como si el techo descendiera un poco más con cada blast beat. Cuando terminaron, la sensación general fue clara: habían dejado huella. No sé si convencieron a todos los presentes, pero nadie pudo ignorarlas. Al bajar del escenario, pude intercambiar unas palabras con Johanna. Comentó que ganas no faltan para hacer un headline tour por el Reino Unido. Si eso se concreta, será una fecha que no pienso perderme.
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La noche continuaba y el contraste no podía ser mayor. Desde las frías tierras escandinavas pasábamos al hemisferio opuesto. Era el turno de Alien Weaponry, el trío proveniente de Aotearoa, Nueva Zelanda. Hace un par de años tuve la oportunidad de verlos en el O2 Academy y me habían sorprendido positivamente. Después de aquel show escuché su debut varias veces. Hubo algo que no terminó de engancharme del todo, quizás por cuestión de gustos o porque no le dediqué el tiempo suficiente. Pero el directo es otra historia.
Arrancaron con contundencia, sin demasiadas palabras. Desde los primeros compases quedó claro que su propuesta se apoya en riffs sólidos y una base rítmica potente. A diferencia de Witch Club Satan, aquí el groove tiene un papel central. No hay esa crudeza casi primitiva del black metal, sino una construcción más cercana al thrash y al groove metal contemporáneo. Algo que respeto profundamente de Alien Weaponry es cómo integran su herencia cultural maorí en cada aspecto de su arte. El uso del idioma te reo Māori en sus letras no es un recurso decorativo. Es una declaración de identidad. También se percibe en la iconografía, en los tatuajes tribales de Tūranga Morgan-Edmonds, en la forma en que presentan ciertos temas. No voy a fingir que conozco en profundidad la realidad sociocultural de Nueva Zelanda. Nunca he estado allí. Pero es evidente que la reivindicación cultural tiene un peso real en su propuesta. Y en una escena globalizada como la del metal, eso les otorga un carácter distintivo.
Su set también fue de aproximadamente media hora. El tiempo alcanzó para cinco canciones. Sonó “Rū Ana Te Whenua”, que generó los primeros mosh pits de la noche, y cerraron con “Kai Tangata”, cuyo estribillo es imposible de ignorar. Ahí sí, la sala se transformó en un hervidero. Los crowd surfers comenzaron a aparecer uno tras otro y el mosh pit se volvió intenso. Y por supuesto no pudo faltar el clásico canto de Glasgow: “Here we, here we, here we fucking go!”. No hay nada que diga más “Glasgow” que ese cántico.
Si bien el impacto emocional no fue tan inmediato como el de Witch Club Satan, Alien Weaponry cumplió con creces. Hubo más interacción que en otras fechas de la gira, más conexión verbal con el público, a comparación de la fecha en Copenhague que cubrió mi colega Nacho Belial. Aun así, me dio la sensación de que la comunión total no terminó de materializarse del todo. Quizás el contraste estilístico influyó, quizás el público ya estaba mentalmente preparado para el plato fuerte.
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Y ese plato fuerte se hizo esperar. Entre el final del set de Alien Weaponry y el inicio de Avatar hubo una pausa de casi 40 minutos. El escenario se cubrió, técnicos iban y venían, se probaban luces. La expectativa crecía. El Barrowland estaba completamente lleno. Con más de veinte años de carrera, Avatar es una banda que pisa fuerte dentro de la escena. Sus shows siempre dan de qué hablar por la teatralidad y la puesta en escena. Esta gira no ha sido la excepción.
Las luces se apagaron por completo. Silencio. Luego, movimiento en la penumbra. La plataforma de la batería comenzó a abrirse en dos. Desde el fondo del escenario emergió una estructura móvil con todos los miembros de la banda sobre ella. Oscuridad casi total. Túnicas negras, capuchas, una atmósfera cargada de misterio. Johannes Eckerström sostenía una imitación de una antigua lámpara de aceite, proyectando una luz tenue sobre su rostro.
El arranque fue con “Captain Goat”, tema que encaja perfectamente con la estética casi marinera con la que ingresaron al escenario. La plataforma avanzó lentamente hacia el frente mientras el riff principal marcaba el inicio oficial del espectáculo. Estaba claro que estábamos ante una producción pensada al detalle.
Continuaron con “Silence in the Age of Apes”. Para ese momento, Johannes ya se había deshecho de la túnica y la lámpara. Su alter ego, The Clown, tomó el control absoluto del escenario. Su presencia es magnética. No necesita grandes desplazamientos: con una mirada y un gesto consigue que miles de personas estén pendientes de cada movimiento.
El setlist fue variado, aunque con una clara mayoría de temas de su lanzamiento más reciente, Don’t Go In The Forest. Lo escuché recientemente y, siendo honesto, no es un disco para mí. No me pareció nada especial. Pero los gustos son subjetivos. Lo que es innegable es el profesionalismo de la banda. La ejecución fue impecable. Cada acorde en su lugar, el tempo ajustado, la sincronización entre los miembros casi quirúrgica.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Burning Witches en Murcia: “al filo de la Inquisición”
Hubo espacio para clásicos que desataron la euforia colectiva. “Hail the Apocalypse” convirtió la sala en un coro unificado. “Smells Like a Freakshow” trajo ese aire circense que tanto caracteriza a la banda. Las luces, perfectamente sincronizadas, reforzaban cada cambio de dinámica. Johannes interactuó constantemente con el público. Hizo chistes, recordó la última vez que tocaron en Glasgow y comentó cuánto disfrutan venir a esta ciudad. Esa conexión no se siente forzada. Es parte del espectáculo, pero también parece genuina.
Visualmente, el show fue una sucesión de momentos memorables: cambios de vestuario sutiles, juegos de sombras, plataformas móviles. No es solo un concierto; es una obra estructurada con introducción, desarrollo y clímax. Cerca del final, la intensidad no decayó. Si acaso, aumentó. El público, lejos de mostrar cansancio tras casi dos horas de show, permaneció activo. Manos en alto, coros a pleno pulmón, teléfonos capturando cada instante.
Cuando llegó el último acorde y las luces se encendieron, la sensación era clara: el público se iba más que satisfecho. Puede que no todas las canciones conecten por igual con todos, puede que el último álbum divida opiniones, pero como experiencia en vivo, Avatar entrega exactamente lo que promete: espectáculo, precisión y una identidad definida.
La noche en el Barrowland fue, en definitiva, un recorrido por tres universos distintos dentro del metal. Desde la crudeza sin filtros de Witch Club Satan, pasando por la reivindicación cultural y el groove sólido de Alien Weaponry, hasta la teatralidad meticulosamente construida de Avatar. Tres bandas, tres maneras de entender el escenario, un mismo público dispuesto a dejarse llevar. Y esa es, al final, la magia de noches como esta en Glasgow.
- Witch Club Satan
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