


Entrar al Casal de Joves Prosperitat para ver a Furi Helium y Delugge no es ir a un concierto; es meterse en una zona de conflicto donde la única arma es la distorsión y donde la única ley válida es el volumen. No hay postureo, no hay pantallas LED, no hay discursos tibios ni coreografías prefabricadas. Hay cables, hay sudor, hay amplificadores al borde del colapso y una sensación constante de que algo puede reventar en cualquier momento. El recinto se convirtió en un pequeño epicentro sísmico dentro de Nou Barris, un punto donde la escena underground barcelonesa volvió a demostrar que la resistencia cultural no se negocia y que el ruido sigue siendo una forma legítima de protesta. El Casal no es una sala diseñada para el confort burgués. No es un teatro con butacas numeradas ni una nave industrial convertida en templo hipster. Es un espacio comunal, con cicatrices en las paredes y con una acústica que no perdona errores. Allí no se va a consumir música como quien consume un producto; se va a exponerse. Y esa noche nadie salió intacto.
Desde la prueba de sonido ya se intuía que aquello no iba a ser una velada tranquila. Los graves retumbaban como un aviso previo y cada golpe de caja parecía probar la resistencia estructural del edificio. Delugge fue la primera descarga de la noche y lejos de ejercer como simple telonero cumplidor, asumió el papel que mejor le encaja: el de arquitecto de la tormenta. Subieron al escenario sin aspavientos, sin discursos motivacionales y sin teatralidad innecesaria. Presencia sobria, concentración absoluta y esa actitud de quien sabe que lo único que tiene que hacer es tocar y dejar que el sonido haga el resto. Alfonso tomó el micrófono como quien agarra una herramienta de demolición. No necesitó grandes gestos; su intensidad estaba en la garganta, en la tensión del cuello, en la forma de escupir cada frase como si fuera la última. El arranque con “Bark” fue una declaración de principios: riffs densos, tempos pesados y esa sensación física de que el aire se vuelve más espeso cuando el volumen alcanza cierto umbral. No es música para acompañar una cerveza; es música para atravesarte el estómago.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Satan en Barcelona: “Ritos Sacramentales”
La dupla “Dead or Alive” y “Crushing Weight of Reality” dejó claro que Delugge no juega a medias tintas. Su sonido se mueve entre el post-nu metal y el sludge, pero sin quedarse atrapado en la etiqueta. Es una muralla de densidad táctil, una masa sonora que no se limita a sonar, sino que presiona. Los tempos lentos no son un descanso, son una tortura calculada que acumula tensión hasta que todo estalla. Cada riff cae como una losa y cada cambio rítmico parece diseñado para descolocar el equilibrio del cuerpo. En medio de esa tormenta controlada, Joy se convirtió en uno de los puntos más magnéticos de la noche. Con su cresta mohicana cortando el aire como una bandera de guerra, sostuvo la guitarra con una mezcla de precisión y rabia que no admite distracciones. Cuando se le rompió una cuerda en plena actuación, no hubo gesto dramático ni pausa incómoda. Hubo temple. Hubo profesionalidad. Cambió de cuerdas con una serenidad casi desafiante y volvió a atacar los riffs como si nada hubiera pasado, castigando “Misery” y “Tik Tok” con una contundencia que hizo vibrar el suelo de la Prospe. Ese tipo de momentos separa a las bandas que juegan a ser intensas de las que realmente lo son.
En la base rítmica, Eric aporreaba los parches con una violencia técnica que no es descontrol, sino precisión quirúrgica aplicada con mala leche. Cada golpe estaba donde tenía que estar, pero con la fuerza suficiente para convertir la batería en una declaración de guerra. Sergi, al bajo, no se limitaba a acompañar: construía un cimiento grueso, casi tectónico, que daba soporte a la masa guitarrera. Su melena en constante movimiento marcaba el pulso visual de la banda mientras las frecuencias bajas golpeaban el pecho del público como un segundo corazón. El set avanzó con la atmósfera opresiva de “Stanczyk” y “Hands Around”, dos piezas que demuestran que la banda sabe manejar el silencio relativo con la misma inteligencia que el estallido. Los tempos ralentizados no diluyen la energía; la concentran. Es como ver cómo se tensa una cuerda hasta el límite, sabiendo que en cualquier momento puede romperse. Y cuando finalmente explota, el pogo no es una opción: es una consecuencia inevitable. “Karonte” empujó al público hacia territorios más oscuros, con texturas casi abisales que envolvían la sala en una sensación de descenso progresivo. Y cuando llegó “Kraken”, la épica no fue impostada; fue orgánica. La canción creció como una criatura marina emergiendo desde el fondo, pesada y devastadora, hasta sumergir a todos en esa mezcla de catarsis y violencia sonora que define a Delugge. Para entonces ya no quedaba nadie indiferente. No habían sido un simple calentamiento: habían sido la antesala necesaria para que lo que viniera después tuviera el terreno preparado.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Sylosis en Barcelona: “Destrucción Total”
Y entonces llegó Furi Helium. Sin atrezzo, sin escenografías grandilocuentes y sin la necesidad de demostrar nada a nadie, el quinteto se plantó en el escenario con esa actitud que solo tienen las bandas que saben exactamente quiénes son. No hubo introducciones teatrales ni discursos complacientes. Hubo un conteo, un golpe seco y “Overtaken” cayó como un puñetazo directo a la mandíbula. Si Delugge había construido una presión constante, Furi Helium la transformó en impacto frontal. El thrash/groove que manejan no es una revisión nostálgica ni un ejercicio de estilo. Es una reinterpretación honesta, con raíces claras en la vieja escuela, pero con músculo contemporáneo. “The Anger of Osiris” confirmó que la base rítmica formada por Adrià Filella a la batería y Carlos “El Topo” López al bajo no está ahí para acompañar, sino para liderar el asalto. Cada doble bombo parecía perforar el suelo y cada línea de bajo añadía un peso extra a la avalancha. David Fornos y Sergio Malagón se enzarzaron en un duelo de guitarras que no era competición, sino complicidad explosiva. Sus riffs beben de la tradición más clásica del thrash, pero están hipertrofiados, afinados para sonar más gruesos, más cortantes. No hay concesiones a la comodidad. Cada palm mute es una cuchillada rítmica y cada solo aparece cuando tiene que aparecer, sin caer en la pirotecnia vacía. Y en el centro de todo, Kírian Bonet. No como frontman de pose estudiada, sino como portavoz de una rabia colectiva que no necesita disfraz. En “Break the Chains” su voz fue un grito directo contra la resignación, una descarga de frustración canalizada con precisión. Y cuando sonó “Criminals”, la pista se convirtió en una lavadora humana. Cuerpos chocando, hombros impactando, gente cayendo y levantándose en cuestión de segundos. No era violencia gratuita; era energía liberada sin filtro.
Uno de los momentos más significativos llegó con los debuts en directo de “Tidal Disruption” y “Orangutan Klan (L.N.L.)”. Estrenar material en un entorno así no es un trámite; es una prueba de fuego. Y la superaron con contundencia. Se nota que la banda está evolucionando hacia un sonido más pesado y técnico, incorporando estructuras menos previsibles y dinámicas más complejas sin perder esa mala hostia que los define. No hay domesticación. Hay crecimiento. El bloque central con “Empty Shells”, “World of Ideas” y “The Chronophage” fue una demostración de que Furi Helium suena nítido y afilado incluso en la saturación máxima. No caen en la clásica bola de ruido donde todo se mezcla sin definición. Cada instrumento tiene su espacio, cada golpe se distingue y cada riff respira lo justo antes de volver a atacar. Esa claridad en medio del caos es lo que marca la diferencia entre sonar fuerte y sonar bien. Cuando llegó “Obsolete”, la sala ya estaba en ebullición. El sudor empezaba a empañar el aire y la temperatura subía al ritmo del doble bombo. “Bloodspiller” fue otro clavo más en el ataúd de la calma. Y entonces, como si todavía quedara algo por dinamitar, arrancaron con “Time to Fight!”. El título no podía ser más explícito. El local se vino patas arriba. El mosh se expandió hasta los laterales, varias personas agarraron el micrófono para corear los estribillos y durante unos minutos no hubo escenario ni público, sólo una masa compacta de rabia compartida. “K-Pass” funcionó como remate, pero no como cierre amable, sino como última embestida. Y cuando “Beat Of The Rising Sun” selló la noche, quedó claro que aquello no había sido solo un concierto. Fue un recordatorio de que en Nou Barris no se va a bailar para olvidar, se va a gritar para no callar. Se va a purgar la frustración de un mundo que se cae a pedazos mientras algunos siguen fingiendo que todo va bien. Lo que ocurrió esa noche en el Casal de Joves Prosperitat no saldrá en los titulares complacientes ni en los suplementos culturales que prefieren hablar de tendencias asépticas. Pero allí, entre paredes sudadas y amplificadores al rojo vivo, hubo verdad. Hubo una comunidad que se reconoce en el ruido, que entiende el pogo como una forma de abrazo violento y que encuentra en la distorsión un lenguaje más honesto que muchos discursos institucionales. Mientras existan bandas como Delugge y Furi Helium, el underground seguirá siendo ese lugar incómodo donde no caben las medias tintas. Un espacio donde la música no adorna, sino que confronta. Y donde cada riff, cada grito y cada golpe de batería recuerdan que el silencio nunca ha sido una opción.



Entrar al Casal de Joves Prosperitat para ver a Furi Helium y Delugge no es ir a un concierto; es meterse en una zona de conflicto donde la única arma es la distorsión y donde la única ley válida es el volumen. No hay postureo, no hay pantallas LED, no hay discursos tibios ni coreografías prefabricadas. Hay cables, hay sudor, hay amplificadores al borde del colapso y una sensación constante de que algo puede reventar en cualquier momento. El recinto se convirtió en un pequeño epicentro sísmico dentro de Nou Barris, un punto donde la escena underground barcelonesa volvió a demostrar que la resistencia cultural no se negocia y que el ruido sigue siendo una forma legítima de protesta. El Casal no es una sala diseñada para el confort burgués. No es un teatro con butacas numeradas ni una nave industrial convertida en templo hipster. Es un espacio comunal, con cicatrices en las paredes y con una acústica que no perdona errores. Allí no se va a consumir música como quien consume un producto; se va a exponerse. Y esa noche nadie salió intacto.
Desde la prueba de sonido ya se intuía que aquello no iba a ser una velada tranquila. Los graves retumbaban como un aviso previo y cada golpe de caja parecía probar la resistencia estructural del edificio. Delugge fue la primera descarga de la noche y lejos de ejercer como simple telonero cumplidor, asumió el papel que mejor le encaja: el de arquitecto de la tormenta. Subieron al escenario sin aspavientos, sin discursos motivacionales y sin teatralidad innecesaria. Presencia sobria, concentración absoluta y esa actitud de quien sabe que lo único que tiene que hacer es tocar y dejar que el sonido haga el resto. Alfonso tomó el micrófono como quien agarra una herramienta de demolición. No necesitó grandes gestos; su intensidad estaba en la garganta, en la tensión del cuello, en la forma de escupir cada frase como si fuera la última. El arranque con “Bark” fue una declaración de principios: riffs densos, tempos pesados y esa sensación física de que el aire se vuelve más espeso cuando el volumen alcanza cierto umbral. No es música para acompañar una cerveza; es música para atravesarte el estómago.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Satan en Barcelona: “Ritos Sacramentales”
La dupla “Dead or Alive” y “Crushing Weight of Reality” dejó claro que Delugge no juega a medias tintas. Su sonido se mueve entre el post-nu metal y el sludge, pero sin quedarse atrapado en la etiqueta. Es una muralla de densidad táctil, una masa sonora que no se limita a sonar, sino que presiona. Los tempos lentos no son un descanso, son una tortura calculada que acumula tensión hasta que todo estalla. Cada riff cae como una losa y cada cambio rítmico parece diseñado para descolocar el equilibrio del cuerpo. En medio de esa tormenta controlada, Joy se convirtió en uno de los puntos más magnéticos de la noche. Con su cresta mohicana cortando el aire como una bandera de guerra, sostuvo la guitarra con una mezcla de precisión y rabia que no admite distracciones. Cuando se le rompió una cuerda en plena actuación, no hubo gesto dramático ni pausa incómoda. Hubo temple. Hubo profesionalidad. Cambió de cuerdas con una serenidad casi desafiante y volvió a atacar los riffs como si nada hubiera pasado, castigando “Misery” y “Tik Tok” con una contundencia que hizo vibrar el suelo de la Prospe. Ese tipo de momentos separa a las bandas que juegan a ser intensas de las que realmente lo son.
En la base rítmica, Eric aporreaba los parches con una violencia técnica que no es descontrol, sino precisión quirúrgica aplicada con mala leche. Cada golpe estaba donde tenía que estar, pero con la fuerza suficiente para convertir la batería en una declaración de guerra. Sergi, al bajo, no se limitaba a acompañar: construía un cimiento grueso, casi tectónico, que daba soporte a la masa guitarrera. Su melena en constante movimiento marcaba el pulso visual de la banda mientras las frecuencias bajas golpeaban el pecho del público como un segundo corazón. El set avanzó con la atmósfera opresiva de “Stanczyk” y “Hands Around”, dos piezas que demuestran que la banda sabe manejar el silencio relativo con la misma inteligencia que el estallido. Los tempos ralentizados no diluyen la energía; la concentran. Es como ver cómo se tensa una cuerda hasta el límite, sabiendo que en cualquier momento puede romperse. Y cuando finalmente explota, el pogo no es una opción: es una consecuencia inevitable. “Karonte” empujó al público hacia territorios más oscuros, con texturas casi abisales que envolvían la sala en una sensación de descenso progresivo. Y cuando llegó “Kraken”, la épica no fue impostada; fue orgánica. La canción creció como una criatura marina emergiendo desde el fondo, pesada y devastadora, hasta sumergir a todos en esa mezcla de catarsis y violencia sonora que define a Delugge. Para entonces ya no quedaba nadie indiferente. No habían sido un simple calentamiento: habían sido la antesala necesaria para que lo que viniera después tuviera el terreno preparado.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Sylosis en Barcelona: “Destrucción Total”
Y entonces llegó Furi Helium. Sin atrezzo, sin escenografías grandilocuentes y sin la necesidad de demostrar nada a nadie, el quinteto se plantó en el escenario con esa actitud que solo tienen las bandas que saben exactamente quiénes son. No hubo introducciones teatrales ni discursos complacientes. Hubo un conteo, un golpe seco y “Overtaken” cayó como un puñetazo directo a la mandíbula. Si Delugge había construido una presión constante, Furi Helium la transformó en impacto frontal. El thrash/groove que manejan no es una revisión nostálgica ni un ejercicio de estilo. Es una reinterpretación honesta, con raíces claras en la vieja escuela, pero con músculo contemporáneo. “The Anger of Osiris” confirmó que la base rítmica formada por Adrià Filella a la batería y Carlos “El Topo” López al bajo no está ahí para acompañar, sino para liderar el asalto. Cada doble bombo parecía perforar el suelo y cada línea de bajo añadía un peso extra a la avalancha. David Fornos y Sergio Malagón se enzarzaron en un duelo de guitarras que no era competición, sino complicidad explosiva. Sus riffs beben de la tradición más clásica del thrash, pero están hipertrofiados, afinados para sonar más gruesos, más cortantes. No hay concesiones a la comodidad. Cada palm mute es una cuchillada rítmica y cada solo aparece cuando tiene que aparecer, sin caer en la pirotecnia vacía. Y en el centro de todo, Kírian Bonet. No como frontman de pose estudiada, sino como portavoz de una rabia colectiva que no necesita disfraz. En “Break the Chains” su voz fue un grito directo contra la resignación, una descarga de frustración canalizada con precisión. Y cuando sonó “Criminals”, la pista se convirtió en una lavadora humana. Cuerpos chocando, hombros impactando, gente cayendo y levantándose en cuestión de segundos. No era violencia gratuita; era energía liberada sin filtro.
Uno de los momentos más significativos llegó con los debuts en directo de “Tidal Disruption” y “Orangutan Klan (L.N.L.)”. Estrenar material en un entorno así no es un trámite; es una prueba de fuego. Y la superaron con contundencia. Se nota que la banda está evolucionando hacia un sonido más pesado y técnico, incorporando estructuras menos previsibles y dinámicas más complejas sin perder esa mala hostia que los define. No hay domesticación. Hay crecimiento. El bloque central con “Empty Shells”, “World of Ideas” y “The Chronophage” fue una demostración de que Furi Helium suena nítido y afilado incluso en la saturación máxima. No caen en la clásica bola de ruido donde todo se mezcla sin definición. Cada instrumento tiene su espacio, cada golpe se distingue y cada riff respira lo justo antes de volver a atacar. Esa claridad en medio del caos es lo que marca la diferencia entre sonar fuerte y sonar bien. Cuando llegó “Obsolete”, la sala ya estaba en ebullición. El sudor empezaba a empañar el aire y la temperatura subía al ritmo del doble bombo. “Bloodspiller” fue otro clavo más en el ataúd de la calma. Y entonces, como si todavía quedara algo por dinamitar, arrancaron con “Time to Fight!”. El título no podía ser más explícito. El local se vino patas arriba. El mosh se expandió hasta los laterales, varias personas agarraron el micrófono para corear los estribillos y durante unos minutos no hubo escenario ni público, sólo una masa compacta de rabia compartida. “K-Pass” funcionó como remate, pero no como cierre amable, sino como última embestida. Y cuando “Beat Of The Rising Sun” selló la noche, quedó claro que aquello no había sido solo un concierto. Fue un recordatorio de que en Nou Barris no se va a bailar para olvidar, se va a gritar para no callar. Se va a purgar la frustración de un mundo que se cae a pedazos mientras algunos siguen fingiendo que todo va bien. Lo que ocurrió esa noche en el Casal de Joves Prosperitat no saldrá en los titulares complacientes ni en los suplementos culturales que prefieren hablar de tendencias asépticas. Pero allí, entre paredes sudadas y amplificadores al rojo vivo, hubo verdad. Hubo una comunidad que se reconoce en el ruido, que entiende el pogo como una forma de abrazo violento y que encuentra en la distorsión un lenguaje más honesto que muchos discursos institucionales. Mientras existan bandas como Delugge y Furi Helium, el underground seguirá siendo ese lugar incómodo donde no caben las medias tintas. Un espacio donde la música no adorna, sino que confronta. Y donde cada riff, cada grito y cada golpe de batería recuerdan que el silencio nunca ha sido una opción.

















